🖤
—¿Por qué?
La pregunta se queda suspendida entre nosotros.
Victoria no alza la voz. No necesita hacerlo. Hay algo en su mirada… en la forma en que sostiene mi atención… que exige una respuesta real.
La observo un segundo más de lo necesario.
Y entonces hablo.
—Seamos sinceros —digo, mi voz firme, fría—. ¿Qué va a ser de tu vida de ahora en adelante?
Silencio.
—No voy a pelear. Ni tampoco quiero ofenderte. Pero vas a salir de aquí hoy… ¿y a dónde vas a ir? Tienes dinero, sí. Quizá en estos años trabajando a mi lado, y siendo mi mujer, hayas ahorrado. Pero ¿cuánto tiempo te va a durar?
Camino despacio. Sin apartar los ojos de ella.
—La escuela de Patricio es privada. Ni siquiera podrías mantenerte al día con las actividades. Y él… —trago saliva apenas— él es un niño muy inteligente.
Pausa.
—¿Vas a dejar que todo lo que hemos construido se vaya a la basura?
Ella no responde.
Pero tampoco aparta la mirada.
—Cuando termine el high school… va a tener oportunidades. Becas, sí… —me encojo de hombros— aunque yo podría pagarle la universidad que quisiera. Aquí… o en cualquier parte del mundo.
Mi voz baja apenas.
—¿A tu lado qué tendría?
Silencio.
—Una escuela pública. No la subestimo… tú estudiaste en una. Y sabes que te considero una de las mujeres más inteligentes que he conocido.
La miro fijo.
—Pero ¿qué más, Victoria? ¿Trabajar? ¿Estudiar en una universidad comunitaria? ¿Depender de becas? ¿Ser humillado… como tú lo fuiste?
El golpe no fue intencional.
Lo sé.
Y aun así… logra herirla.
Ella traga saliva. Sus ojos brillan, pero no llora.
Nunca llora cuando más debería.
—Tienes razón —dice al final, en voz baja—. Pero no puedo dejarlo. Es mi hermano. Lo único que tengo.
Algo dentro de mí se tensa.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
La frase sale más suave de lo que esperaba.
—Nuestros caminos se separan hoy, Victoria. Pero tú vas a poder verlo. Voy a hablar con mi abogado. Redactaremos un acuerdo… algo que nos beneficie a los dos.
Silencio.
Pero ella no se mueve.
—Aún no entiendo por qué quieres quedarte con él.
La miro.
De verdad la miro esta vez.
—Para empezar, Patricio no es una cosa —respondo, más bajo—. No es algo que puedas mover de un lugar a otro. Es un niño que merece tener una estabilidad. Conmigo la tendrá, aunque tú ya no estés a mi lado.
Doy un paso hacia ella.
—Es lo más cerca que he estado de tener un hijo.
Trago saliva.
—Y no lo voy a perder por esto.
Silencio.
—Los dos tomamos decisiones que nos trajeron hasta aquí —continúo—. Caminos distintos. Y está bien.
No, no lo está. Pero ya es tarde.
—Es lo mejor.
Otra mentira.
—Le prometí a tu madre que lo iba a cuidar.
Mi voz no falla.
—Y lo voy a hacer.
Ella me sostiene la mirada.
—¿Cómo puedo confiar en que lo que dices es verdad?
La respuesta sale sin filtro.
—Vas a tener que hacerlo. No pienso darte garantías de lo que he estado haciendo desde que ustedes entraron a mi vida. Cuidarlos.
Pausa.
—No te queda de otra.
Algo cambia en su expresión.
Se endurece.
—Pienso que yo debería hacerme cargo de él —dice—. Y que seas tú quien lo visite.
Una risa seca se me escapa, sin humor.
—Voy a buscar un abogado también —continúa—. Porque te conozco… y no confío en ti.
La miro fijo.
—¿Ahora quieres hablar de confianza?
Mi voz sube.
—¿Cuando fuiste tú la que se acostó con mi mejor amigo?
—¡Y tú te acostaste y te casaste con la mujer que me juraste que no te gustaba! —responde ella, igual de fuerte—. ¡Que no te movía ni un pelo!
Silencio.
Pesado. Denso.
—Tú me traicionaste —digo, más bajo, más peligroso—. Yo no lo hice.
La miro sin parpadear.
—Yo no te traicioné.
Pausa.
—Solo te oculté lo que era necesario.
—Entonces dime —exige—. Dime cómo pasaron las cosas. Cómo ese bebé terminó en su vientre.
Aprieto la mandíbula.
—Iba a decírtelo —respondo—. Esperaba que las elecciones terminaran… y después hablar contigo.
—¿Y por qué no decirme cuando pasó?
La miro.
Y esta vez… no suavizo nada.
—Porque te conozco.
Silencio.
—Porque sé que eres impulsiva. Y podrías haber hecho una locura que me habría costado la presidencia. Mi lugar en el partido. Todo por lo que hemos trabajado.
Pausa.
—Y no podía arriesgarme.
La verdad… a medias.
—Pero ya no importa —añado—. Ya nada importa.
—Quiero que me digas la verdad.
Su voz tiembla.
La mía no.
—No puedo. No quiero. Eso ya no cambiará nada.
Silencio.
—No lo haré. Ni ahora… ni nunca.
La miro, directo.
—Porque ya no confío en ti. Por qué cuando cierro mis ojos te veo con él.
Algo se rompe. Lo veo. Lo siento. Pero sigo.
—Solo quiero que sepas algo —continúo, más bajo—. Yo hubiera dado mi vida por ti.
Pausa.
—Y lo arruinaste.
Silencio.
—Cuando decidiste irte. Cuando me traicionaste.
Camino hacia la puerta.
No la miro.
No puedo.
—Ahora ve a recoger todas tus cosas —digo—. O lo que quede… no lo sé.
Paso una mano por mi rostro.
—No sé cuántas rompí en mi desesperación.
Abro la puerta.
—Pero llévate todo.
Pausa.
—Cuando vuelva… no quiero que quede ningún rastro de ti en este departamento.
Camino hacia el elevador.
Cada paso pesa más de lo que debería.
—Adiós, Victoria.
No debería voltear. Pero lo hago. Solo un segundo. Uno de más.
—Adiós, Eros.
Y ahí termina. No la discusión. No esta batalla. Ahí terminamos nosotros.