🩷
No puedo contestar. Por un momento me quedo en shock.
No sé qué decir. No sé qué pasó. No sé quién hizo esto. Porque ahora lo entiendo todo.
Esto es una trampa. Alguien quiere que Eros piense que Andrew y yo estuvimos juntos… y ese alguien está detrás de él.
Andrew no hace nada por contradecirlo y, en este momento, no sé si deba decir la verdad.
Solo un segundo en el que Eros se separa de mí… y al siguiente ya no está.
Se lanza.
Otra vez.
—¡Eros, no!
Pero no me escucha.
Nunca me escucha cuando está así.
Su cuerpo impacta contra Andrew antes de que él pueda levantarse del todo. El golpe es seco, brutal, y el sonido me atraviesa como si fuera a mí a quien están estrellando contra el suelo.
—¡Eros, no! —grito—. No me obligó. Nosotros…
El puño vuelve a caer.
Y otra vez.
Y otra.
No hay control.
No hay medida.
No hay nada que lo detenga.
Me quedo congelada.
Un segundo.
Dos.
No sé qué hacer.
Mi mente no alcanza a seguir lo que está pasando. Todo es demasiado rápido, demasiado violento, demasiado… irreal.
—Eros… por favor…
Me lanzo contra él, empujándolo con lo poco que tengo, agarrándome de su brazo, de su pecho, de lo que sea.
—¡Suéltalo! No es su culpa. Yo le pedí que fuera por mí. Yo le pedí que me ayudara.
Esta vez mi voz sí sale.
Fuerte.
Desesperada.
Él se detiene.
Su respiración es pesada. Irregular. Sus manos siguen cerradas en la camisa de Andrew, pero ya no golpea.
Se levanta.
Y cuando me mira…
no es solo enojo.
Es algo peor.
—¿Te acostaste con él? —pregunta.
No grita.
No necesita hacerlo.
—Eros, tú menos que nadie puedes cuestionarme.
Doy un paso al frente.
Sostengo su mirada.
Aunque por dentro todo me tiemble.
—Eres mi mujer —dice, tomándome por los brazos con más fuerza de la necesaria.
No me aparto.
No esta vez.
—No, no lo soy —respondo, firme—. Dejé de serlo el día en que me traicionaste. Dejé de serlo el día en que decidiste esconderme lo que estabas haciendo.
Sus dedos se tensan sobre mi piel.
—Victoria… —su voz baja—. ¿Te acostaste con él?
Otra vez.
Más lento.
Más peligroso.
—¿Y qué si lo hice? —respondo sin apartar la mirada—. El hijo en el vientre de Olivia no llegó en una cigüeña.
Algo en su expresión se rompe.
Pero no desaparece.
Se transforma.
—Tú no lo hiciste —dice, negando con la cabeza—. No pudiste.
—¿Por qué no?
Doy un paso más cerca.
Lo obligo a mirarme.
—Porque me amas —dice—. Tú me amas a mí.
Ahí está.
No es una duda.
Es una convicción.
Y eso…
eso es lo que más me duele.
—No vamos a hablar de amor —corto—. Eros, es mejor que te vayas.
Una risa sin humor se le escapa.
—¿Y dejarte con él?
Señala a Andrew sin mirarlo.
Como si ni siquiera fuera una persona.
—Victoria… te daré lo que quieras —su voz baja aún más—. Pero dime que estás mintiendo. Dime que no lo hiciste. Que tú no quisiste…
Da un paso hacia mí.
Invade mi espacio.
—Yo puedo perdonarte todo —susurra—. Todo… menos esto. No que hayas sido de nadie más.
Sus manos vuelven a mí.
A mi cintura.
A mi cuerpo.
Como si comprobara que sigo ahí.
—Tú eres solo mía —dice—. Siempre lo has sido.
Inclina la cabeza apenas.
Sus labios casi rozan los míos.
—Desde que te vi… supe que te quería para mí.
Su respiración se mezcla con la mía.
—Y también supe que te tendría.
Silencio.
Pesado.
Asfixiante.
—Me costó —añade en un susurro—… pero lo logré.
Y es ahí…ahí donde todo se rompe. Porque ya no hay duda.
Esto no es por mí. Esto es por lo que represento. Por lo que significa que alguien más haya tocado algo que él cree suyo. Él no está desesperado por mí. Está desesperado por no perder lo que cree que le pertenece.
Y yo… yo ya no quiero ser eso.
No quiero ser la mujer que espera. La que se conforma con un beso en la oscuridad, con una mirada que nadie nota.
No quiero pasar mis días en un departamento esperando a que se aburra de mí.
Quiero vivir.
Quiero salir.
Es ahora o nunca. Y odio que tenga que ser así.
Porque lo amo. Lo amo incluso ahora. Incluso después de todo. Incluso sabiendo que debería odiarlo, que debería despreciarlo, que debería arrancarme todo lo que siento por él como si fuera una enfermedad.
Pero no puedo.
Porque Eros no es solo el hombre que me rompió.
También es el hombre que me encontró cuando no tenía nada. El que me hizo sentir vista. El que me enseñó lo que era querer… aunque nunca supiera hacerlo bien.
Y eso es lo que más duele.
Que una parte de mí quiere decir la verdad. Quiere correr hacia él, tomar su rostro entre mis manos y decirle que no pasó nada, que sigue siendo él, que siempre ha sido él.
Pero si lo hago… todo se acaba. No para él.
Para mí.
Porque decir la verdad es volver.
Es regresar a ese departamento donde no hay ventanas abiertas, donde mi vida depende de sus tiempos, de sus decisiones, de lo que él esté dispuesto a darme.
Es volver a ser la mujer que espera. La que se conforma. La que se esconde. Y no.
No puedo. No otra vez. No después de haber salido.
No después de haber sentido, aunque fuera por un momento… lo que es respirar sin él.
Mi pecho se aprieta. Mi garganta arde.
Y aun así… lo hago. Lo miro. Directo.
Sin bajar la vista.
Sin permitir que vea lo que realmente siento.
—Andrew me gustó cuando lo conocí. Eso ya lo sabías —digo, y mi voz no tiembla es controlada. Fría.
—Y no sé si fue la adrenalina de escapar de tu departamento
—Nuestro departamento —añade. Me interrumpe. Niego.
—No se si fue la tristeza que siento o las bebidas que tomamos…
Sostengo su mirada.Hasta el final.
—…pero sucedió.
Silencio. No me detengo. No le doy espacio.
—Y no me arrepiento —añado—. No me arrepiento de sentir…
—No digas más —dice, dándose la vuelta.
Asiento. El se aleja.
Aprovecho para arrodillarme al lado de Andrew. Sangre sale de su boca. Levanto su cabeza y la apoyo en mis piernas.
—Vas a estar bien —susurro muy bajito. Mirando sus ojos verdes hinchados de tantos golpes.
—Señora Cross por favor —digo, levantando la vista—. Llama a una ambulancia.
Ella saca su teléfono de su bolso, pero Eros se lo arrebata y lo tira contra la pared con tanta fuerza que se hace pedazos.
—Nos vamos —dice hacia ella.
Amanda no dice nada. Por primera vez… la veo en silencio.
—Limpien todo —Eros se da la vuelta y les habla a los hombres que estaban detrás de Amanda.
Ella sale. Ellos se quedan.
No sé qué voy a hacer, pero debo esperar a que se vayan. Tengo que buscar ayuda para Andrew.
Lo miro a los ojos. Estos se empiezan a cerrar.
—Aguanta… solo un momento más —susurro, acariciando su cabello.
Escuchó aplausos. Fuertes. Cada vez más cerca.
—Esta podría ser una hermosa escena de amor —dice Eros detrás de mí. Muy cerca de mi oído.
Se me hiela la sangre.
—Lamentablemente… tú vienes conmigo.