POV Eros Cross
Una maldita pesadilla.
No siento el corazĂłn.
No siento el cuerpo.
Solo siento eso.
Ese golpe.
Ese maldito golpe seco que me atraviesa el pecho, me vacĂa… y luego me llena de algo peor.
Más oscuro.
Más violento.
Más animal.
Andrew está de pie.
Y entonces ya no veo nada más.
Me lanzo.
No pienso. No mido.
Lo tomo del cuello y lo estrello contra la pared con una fuerza que me rompe algo por dentro.
—¡¿Qué hiciste?! —rujo.
Mi voz sale desconocida. Más grave. Más rota. Más cerca de una bestia que de un hombre.
Su espalda golpea el muro y el sonido me alimenta en lugar de detenerme. Le doy el primer golpe antes de que responda. Un puñetazo seco. Brutal. Directo al rostro. Luego otro. Y otro.
No quiero hablar.
No quiero explicaciones.
Quiero verlo sangrar.
Quiero arrancarle de encima cualquier rastro de mi mujer.
Quiero borrar esta escena de la Ăşnica forma que mi cuerpo entiende.
—¡Eros! —escucho a mi madre detrás, su voz afilada, contenida—. ¡Detente!
Toca mi hombro. La empujo hacia atrás.
No me detengo.
Andrew no se cubre. No intenta esquivarme. No responde. Recibe cada golpe de frente, con la mandĂbula tensa, la mirada fija en algĂşn punto que no soy yo.
Y eso… eso me descompone más que si me devolviera el golpe.
Porque sus manos tocaron a mi mujer.
Porque me traicionĂł.
Porque dañó lo Ăşnico bueno que tenĂa en mi vida.
Y Ă©l lo sabĂa.
Mi mejor amigo.
Una risa amarga, enferma, se me rompe por dentro al pensar eso. Qué palabra tan estúpida. Qué mentira tan elegante.
Lo golpeo otra vez y esta vez siento algo abrirse en mis nudillos. Dolor. Calor. Sangre quizá. No sé. No me importa.
Andrew intenta respirar. Nada más.
Lo agarro de la camisa, lo jalo hacia mĂ y le doy un cabezazo.
—¡Te voy a matar! —le escupo en la cara—. ¡Te juro que te voy a matar!
—Eros, basta —dice mi madre otra vez, más baja ahora. Más peligrosa.
Pero entonces escucho otra voz.
La suya.
Mi Victoria.
—¡Eros!
Y ese único sonido, mi nombre en su boca, me golpea más fuerte que cualquier cosa.
Volteo apenas.
Y la veo.
Semidesnuda. Temblando. Pálida. Hermosa. Aterrada.
—Eros… ya no. Basta…
Quiero detenerme.
Pero mi cabeza no deja de mostrarme imágenes que no vi. Imágenes que no sé si pasaron. Imágenes que mi rabia inventa con una crueldad perfecta.
Él tocándola.
Él besándola.
Él sobre ella.
Ella debajo de él.
No.
La sola idea hace que algo se me quiebre.
Suelto a Andrew solo para volver a golpearlo. Esta vez cae al suelo. Me subo sobre él.
Sus ojos se clavan en los mĂos.
No hay defensa.
No hay intento de detenerme.
Solo… esa quietud.
¿Qué hiciste, Andrew?
—¡Eros, por favor! —grita Victoria.
Y entonces… en mi debilidad… Se lanza hacia mĂ.
—Ya no más… detente —grita.
Sus manos llegan primero a mis brazos, luego a mi espalda, jalándome como puede, aunque sabe perfectamente que no va a moverme ni un centĂmetro si yo no quiero.
—¡Suéltalo! ¡Eros, suéltalo! Lo vas a matar.
Su contacto me sacude. No sé si quiero que me toque.
—No hagas esto… yo no… la presidencia…
—Aléjate, Victoria. No quiero hacerte daño —le digo con voz ronca, sin dejar de mirar a Andrew.
—Eros…
—¡Aléjate! —esta vez la palabra me sale más fuerte, más rota.
Ella se congela.
No porque le grite.
No le teme a mis gritos.
Pero sabe que apenas me estoy conteniendo.
La rabia.
El dolor.
La necesidad violenta de romper todo lo que toque antes de dejar que esto me rompa a mĂ.
Sus labios se separan apenas.
Su respiraciĂłn tiembla.
Y verla asà me mata más.
Porque no sĂ© si está asustada por mĂ… o por algo más.
Miro a Andrew otra vez. Está en el suelo, respirando con dificultad, apenas consciente. Sangre en la boca. Un hematoma empezando a hincharse en el pómulo.
Sigo queriendo matarlo. No menos. Más. Pero ya no puedo golpearlo sin saber.
Necesito saber.
Necesito una sola verdad antes de volverme completamente loco. Me levanto. Voy hacia ella.
La habitaciĂłn desaparece. Mi madre, los hombres detrás de mĂ, Andrew sangrando en el suelo… todo se vuelve ruido lejano.
Solo está Victoria.
Solo ella.
Tan cerca que puedo ver el temblor exacto de sus pestañas. El miedo en sus pupilas. La confusiĂłn. El vacĂo.
No está actuando.
La conozco demasiado bien. No. Le tomo el rostro con ambas manos.
—MĂrame.
No sé si lo susurro o lo ordeno. Ella me mira. Y yo juro por Dios que me voy a volver loco.
—¿Qué pasó?
Ella parpadea. Su mirada baja. No responde. Traga saliva.
Su confusión me desarma más que cualquier golpe.
—Victoria, mĂrame —insisto, inclinándome hacia ella—. ÂżQuĂ© pasĂł? ÂżPor quĂ© estabas aquĂ? ÂżPor quĂ© saliste de casa? ÂżPor quĂ© estabas en esta habitaciĂłn con Andrew?
Su boca se abre, pero las palabras no salen bien. Tropiezan. Se rompen antes de nacer.
—No sé… yo… tú me encerraste… y yo no… yo no…
La escucho y cada respuesta sin sentido me revienta más por dentro.
—¿No sabes? —pregunto, y odio el filo de mi propia voz—. ¿No sabes cómo llegaste aqu� ¿No sabes por qué estabas desnuda con él en una cama?
Ella niega enseguida. Muy rápido.
—Andrew fue a buscarme… pero yo no sé cómo…
Se queda sin aire.
Sus ojos se llenan de algo que no termina de ser llanto. Shock. VergĂĽenza. Miedo. Todo mezclado.
Siento náuseas.
Náuseas reales.
Mis manos siguen en su rostro. Ya no la sostengo con violencia. La sostengo como un hombre se aferra a lo Ăşnico que le impide caer de rodillas.
Bajo la voz.
—Respóndeme algo…
Ella mira hacia abajo.
—Victoria… por favor.
Esa palabra no la uso nunca. Nunca asĂ. Pero ahora me sale sola.
Humillante.
Necesaria.
Desesperada.
Mis ojos bajan por su cuello, sus hombros, la sábana cerrada contra el pecho. Busco marcas. Rasguños. Lo que sea.
Mi mente ya va más rápido que yo. Demasiado rápido. Y llega al único lugar posible.
—Victoria… —mi voz se quiebra—. ¿Andrew te obligó?
No responde.
Y en ese silencio… se abre el infierno.
—Dime, por favor… dime que te obligó. Dime que abusó de ti.