La Rabia Crece La rutina volvió como un manto suave, pero asfixiante después de esa discusión. Rowan ocupaba su lugar en la Cámara de los Lores con renovada autoridad. Era solicitado en cenas, círculos exclusivos y reuniones cerradas donde los hombres más poderosos del Reino hablaban de comercio, expansión y secretos. Pero Isabella notaba las ausencias. Las miradas fugaces cuando recibía cartas que no compartía. Los días en que su ropa olía a perfume que no era el suyo. Las noches donde la pasión era una farsa bien representada o, peor aún, una obra no interpretada. Rowan seguía siendo tierno en público, atento en los gestos, pero no en la esencia. Ya no la miraba como antes. Ya no la tocaba como si ella fuera un descubrimiento. Todo el esfuerzo por su esposo se vino abajo. La triste

