El ambiente en el spa era cálido, perfumado con esencias de eucalipto, jazmín y lavanda. La música instrumental flotaba suave por los rincones, como un susurro que invitaba a la calma. Ginebra estaba recostada boca abajo sobre la camilla, cubierta por una fina sábana blanca. Su rostro descansaba en el orificio acolchado de la mesa de masajes, mientras un joven masajista, de brazos fuertes y rostro sereno, trabajaba con dedicación en su espalda. —¿Está cómoda, señora Vanucci? —preguntó él en voz baja. —Muy —respondió Ginebra, con un hilo de voz casi dormido. Tiziano, a unos pasos de distancia, también reposaba sobre su camilla. Una joven con manos cálidas y dedos expertos recorría su espalda con movimientos circulares, ligeros y cuidadosos. En teoría, todo era perfecto. Relajación, sile

