Tiziano no buscaba amor. Buscaba compañía.Tal vez, un rato de diversión. ¿Y qué tenía de malo conocer gente nueva?
—¡Lo lograste! —chilló Saskia al ver la notificación— ¡Tienes una cita esta noche!
—¿Qué? —Tiziano alzó la vista, alarmado— ¡Yo no dije que era esta noche!
—Pero ya está hecho —canturreó Sienna, entrando como un tornado al dormitorio—. O sales o te escondes en la cueva de papá con Zeus.
—Zeus tiene más vida social que tú —masculló Saskia.
—Y huele mejor que tú —añadió Sienna, mientras abría el closet.
Lo que encontró provocó un silencio incómodo.
—¿Es en serio, Tiziano?
—Todo es verde. O n***o. O camuflado —dijo Saskia, sacando una chaqueta militar.
—¡Aquí solo hay uniformes! ¿Dónde están tus jeans? ¿Tus camisetas?
—No tengo.
—¿Tus zapatos casuales?
—Solo tengo botas de guerra.
—¿Ropa interior normal?
—Son calzoncillos térmicos, nivel desierto afgano.
Las hermanas se miraron, pálidas.
—Es peor de lo que creí —murmuró Sienna.
En diez minutos, las chicas ya tenían una montaña de ropa sobre la cama. Saskia era implacable: sacó una camisa blanca ajustada, con mangas remangadas hasta el antebrazo, y unos pantalones de mezclilla azul oscuro. También añadió unos zapatos marrones pulidos.
Sienna metió mano en su reserva personal y apareció con una chaqueta de cuero color vino tinto que le quedaba escandalosamente bien.
—¡Te ves como un civil! —exclamó Saskia con orgullo—. Uno de esos que venden perfume en los anuncios caros.
—No huele como uno —dijo Sienna, sacando una botella de perfume y rociándolo como si fuera insecticida.
—¡Alto! ¡Ya, ya! —se quejó él.
—¡Te van a oler desde París! —rió Saskia.
—Levanta el pie —ordenó Sienna.
—¿Qué?
—¡El pie! —Le roció perfume hasta debajo de la suela del zapato.
—¿Quién demonios va a olerme ahí?
—Nunca se sabe.
Y sin previo aviso, Saskia le dio una fuerte palmada en las nalgas.
—¡Apretadas! ¡Perfectas! ¡No nos hagas quedar mal!
—¿Qué rayos, Saskia?
—Si te va bien, ¡te compras ropa nueva y botas esos trajes que dan miedo! —añadió Sienna.
Tiziano bufó, pero en el fondo… agradecía el alboroto.
Mientras salía por la puerta, Zeus lo siguió hasta el umbral. El perro lo miraba como si no entendiera por qué no lo llevaba esta vez. Tiziano se agachó y le rascó la cabeza.
—Es sólo una cita, compañero. Nada más.
Pero mientras caminaba hacia el auto, con el perfume impregnado hasta el alma y las bromas de sus hermanas aún resonando en sus oídos, algo dentro de él lo apretaba.
Amelie seguía ahí.
Y ni la cita más perfecta del mundo podría arrancarla de su pecho.
Tiziano llegó al restaurante con pasos seguros. El aire estaba frío, pero el perfume que Saskia le había echado lo tenía en modo Chanel número cinco por dentro y por fuera.
El lugar era acogedor, había música suave y velas encendidas.
Se acomodó en la mesa y esperó. Revisó el reloj. Cinco minutos tarde. Diez. Quince…
—¡Hola! —La voz resonó como un disparo.
Se giró y la vio. Rubia, como en la foto. Pero con tacones imposibles, un vestido que parecía pintado en el cuerpo y un andar que sugería que había probado el vino… y lo había terminado.
—Tú debes ser Tizi… Tizi-bombón, ¿verdad?
—Tiziano —corrigió él, levantándose como un caballero.
—¡Eso dije! —soltó una carcajada escandalosa—. ¡Eres más rico en persona!
Se le lanzó al cuello rodeandolo con sus manos y le plantó dos besos, uno en la mejilla… y el otro peligrosamente cerca de la boca.
Se sentaron. Él intentó mantener la conversación civil.
—¿Entonces trabajas en diseño gráfico?
—¡Eso decía el perfil! —tomó la copa de vino y la vació en dos tragos—. Pero lo que yo diseño son momentos inolvidables. Como este…
Le guiñó un ojo.
—Ah… claro —Tiziano tragó saliva. Lo militar en él empezó a activarse: observación, vigilancia, cálculo de ruta de escape.
—Vi tu perfil, me encantó. ¡Eso que dice de ti! Apasionado del sexo salvaje —le dijo, arrastrando la “s”.
Él se atragantó con el agua.
—Eso fue una broma de mis hermanas —tosió.
—¡Pues diles que gracias! —Le puso la mano sobre el muslo se acercó a su cuello y lo mordió.
De inmediato todas las alarmas se activaron.
—Perdón… necesito ir al baño un segundo —dijo con una sonrisa tensa.
Se levantó, caminó hacia el fondo… y entonces vio la puerta de la cocina.
Recorrió el lugar en segundos. Memorizó las rutas e identificó la salida de emergencia.
Caminó como quien va a buscar al chef. Saludó al cocinero con una inclinación de cabeza militar.
—¿Puedo pasar por aquí? Está… complicado afuera.
El cocinero lo vio de arriba abajo, notó su porte y la desesperación en sus ojos.
—Amigo, todos hemos pasado por eso alguna vez. Adelante.
Salió por la puerta trasera. Corrió por el callejón, pisó la cola de un gato, tropezó con una caja. Llegó a la esquina y llamó a Sienna.
—¿Ya terminó la cita? —preguntó ella entre risas.
—Estoy detrás de un restaurante vietnamita. Ven por mí. Trae a Zeus. Y una cerveza fría.
—¿La cita estuvo mal?
—Casi me viola. No puedo con más rubias. ¡Cancelado el perfil!
—Ja, ja, ja, entendido. Vamos en camino, Tizi-bombón.
Cortó y suspiró. Se sentó en la acera, mirando al cielo.
Al menos había escapado con honor.
Y sin perder la dignidad. Bueno… casi.
…
El carro frenó frente a la casa y las risas no cesaban.
—¡Coroné dijo la loca! —soltó Sienna entre carcajadas.
—¡Lo peor fue el mordisco! —gritó Saskia, doblada de la risa.
Tiziano los miraba con resignación. Zeus ladraba como si se estuviera riendo también.
—¿Terminaron? ¿O siguen burlándose de un veterano de guerra?
—Un veterano que huyó por la cocina —replicó Saskia..