Ginebra se asomó por la ventana del camarote. El mar estaba calmo otra vez. No quedaban rastros del caos, excepto en su mente. Se giró hacia Tiziano, quien estaba sentado cerca, revisando su silla de ruedas como si esperara encontrar respuestas entre los engranajes. —Necesito que estés atento a todo. Tiziano levantó la mirada. —¿Atento a qué exactamente? —A los pasajeros. A las conversaciones. A los movimientos. Algo no encaja —dijo ella, sentándose frente a él—. Los piratas... no se comportaron como piratas. Tiziano alzó una ceja. —¿Cómo se supone que se comporta un pirata? —Como un ladrón desesperado. Con codicia, con hambre, con prisa. Pero estos no lo eran. No obligaron a nadie a entregar joyas. Ni relojes. Ni teléfonos. Solo amenazaron. Buscaron. Y luego se fueron. —¿Y? —Cre

