El interior del crucero era un laberinto de gritos, forcejeos, y miedo. Pero en la cubierta principal, Tiziano Fiorenzo, aún en silla de ruedas, no pensaba rendirse. A su lado, un pirata ensangrentado se sujetaba la pierna, gimiendo de dolor. La bala que Tiziano había disparado no había sido mortal. Pero sí había puesto un límite. —¡Atrás! ¡Todos! —gritó Tiziano, apuntando a los demás. Entonces se escuchó, el zumbido grave de hélices. La luz blanca del helicóptero atravesaba la niebla y empezaba a descender desde el cielo tormentoso. —¡Refuerzos! —exclamó un tripulante. Tiziano alzó la mirada. —Si… —susurró, reconociendo el emblema pintado en la cola del helicóptero—. No son refuerzos cualquiera. Era una unidad militar secreta de élite. Soldados comenzaron a descender por cuerda

