El risotto llegó, humeante y aromático. También la pasta de Ginebra. El primer bocado lo hizo cerrar los ojos, en una expresión casi religiosa. —Está bueno, ¿verdad? —dijo ella con una sonrisa traviesa. —Aceptable —murmuró él, pero comió más rápido. Durante el resto de la comida, hablaron de arte, de caballos, de cómo Tiziano había montado en su infancia con su padre, antes de que la vida se volviera más oscura. Ginebra lo escuchaba como si cada palabra fuera una gema rara. Cuando terminaron, se quedaron un rato más, solo observando los caballos moverse entre la hierba alta. Uno de ellos se acercó a la cerca. —¿Quieres saludarlo? —preguntó Ginebra. —No puedo correr si se me lanza encima —dijo él, con ironía. —Yo tampoco, pero lo intentaremos juntos. Se acercaron. Ginebra empuj

