Marinette
«Voy a sacarte de aquí, Marinette. Te lo prometo»
No podía contar con los dedos, todas las veces que había soñado con aquellas palabras.
Odiaba mi situación y mi vida era una completa basura. Vivía con un padre que no me quería, y lo había demostrado con la brutal paliza que me dio la noche anterior y para colmo, estaba condenada a contraer matrimonio con un hombre al que detestaba con toda mi alma.
La mayoría de los parisinos dirán que soy muy afortunada. Y no era para menos. Ser la favorita del rey era todo un privilegio, menos para mí, que era una auténtica maldición.
Comparando todo aquello con tener al hombre de mis sueños frente a mí, asegurándome que me sacará de aquella pesadilla para llevarme con él, era de esperar, que, definitivamente lo escogería a él con los ojos cerrados.
Aún no podía creer como habían cambiado las cosas, porque, efectivamente, hubo una época en la que Chat Noir era quizás la persona a la que más odiaba en él mundo, y para él yo también lo había sido; sin embargo, ahora él estaba ahí, conmigo, curando las heridas que mi propio padre había causado y prometiéndome que me rescatará de las garras de las que un día fueron mi hogar.
Quien lo diría, mi secuestrador, era ahora el único que podía salvarme.
Quería pensar que había sido yo la responsable de su repentino cambio. Aún no se me olvidaba que Adrien había sido el asesino que mató a centenares de personas en el atentado del Corral de comedias. Y sin embargo, dos noches atrás había sido todo un héroe para aquellos pobres trabajadores del circo, por no mencionar su forma de comportarse conmigo mientras me animaba y me prometía dulcemente que todo acabaría pronto.
Aquel nuevo Adrien se estaba llevando todo lo que quedaba de mi corazón. Pensaba que no podía caer más hondo por él, creí llegar hasta el fondo de mis sentimientos, pero estaba equivocada y aquella era la prueba de que nunca, jamás, terminas de enamorarte por completo de una persona, sino que ese amor, puede continuar creciendo cada vez más, hasta límites insospechados.
Lo amaba, lo amaba tanto que me dolía y sentía que... si alguna le llegaba a ocurrir algo, yo me moría.
Y por esa misma razón las palabras de aquella señora llevaban atormentándome durante todo el día. Romperle el corazón... Hacerle daño... provocarle dolor...
Agaché la mirada y mi expresión se entristeció.
—Eh...—Adrien me tomó del mentón con delicadeza y me obligó a mirarlo.—¿Y esa cara? Tú siempre has querido esto, ¿qué te preocupa?
Cerré los ojos y suspiré. Me dejé caer sobre su pecho y me acurruqué contra su regazo. Pronto, él me acunó con sus brazos y comenzó a juguetear con mi pelo distraidamente.
—Te he estado esperando durante tanto tiempo...—confesé. Levanté ligeramente la cabeza para mirarlo.—Que creo...que estoy soñando y cuando despierte todo habrá desaparecido.
—Lo siento—se disculpó, con un gruñido de desagrado y a la vez de arrepentimiento. Se inclinó y agarró de un puñado las sábanas de mi cama para arroparme.—Sabía lo que estaba haciendo. En serio, y sabia como era tú padre, pero creí que no podría llegar a ser tan cabrón como yo. Soy un asesino ¿recuerdas?—se detuvo durante un breve periodo de tiempo.—Yo maté a tú madre, Marinette. Por eso pensé que cualquier persona, por muy jodida que fuese, jamás llegaría a ser tan miserable como yo.
Me removí levemente entre sus brazos y me incorporé para quedar frente a frente.
—¿Cuándo vas a dejar de menospreciarte tanto?—levanté una de mis manos y la posé sobre su mejilla.—El pasado ya se quedó atrás, no importa lo que hayas hecho, eso ya da igual.
Adrien resopló por lo bajo y se apartó de mí suavemente aunque sí con un malestar perceptible en sus ojos.
—Yo solo sé, que cada vez que veo a mi padre, al rey o cualquier persona de la élite, siento rechazo y no puedo evitar sentir que... no les importo. Ahora creo que ni siquiera mi padre siente afecto por mí, quiere que me case con el rey para librarse de mí. Desde lo de la violación ha estado intentándolo.—Aseguré.—Pero tú... tú eres distinto—le sonreí y coloqué una mano sobre su pecho. a la altura de su corazón.—Este no es el corazón de un asesino, porque un asesino no salva inocentes y un asesino no se cuela en la habitación de una mujer para curarle las heridas.
Una pequeña sonrisa se formó en su boca. Levantó su mano y la posicionó sobre mi nuca para atraerme hacia él, me besó la frente y volvió a abrazarme.
—No sé como lo haces, bichito—dijo, apoyando su barbilla sobre mi cabeza.—Pero siempre haces que las cosas se vuelvan del revés.
—Digamos que tengo un don de palabra—dije sonriendo.
—Aunque a veces seas demasiado pesada con tus discursitos—bromeó soltando una risotada.
Lo fulminé con la mirada y la idea de morderle la mano se me cruzó por la cabeza, pero no quería romper el abrazo que nos unía en aquellos momentos. Me gustaba estar acurrucada contra él, disfrutando de su calor y espirando su aroma, un olor que me fascinaba en él, uno mentolado entremezclado con la esencia del bosque. Todo lo que venía de Chat Noir era único y especial.
—Adrien...—lo llamé mientras retorcía la sábana.
No me respondió, pero si que soltó un gruñido en respuesta, como si le hubiese molestado romper la calma que se respiraba entre nosotros.
—Creo que deberíamos esperar unos días—dije al fin.
Sus brazos me apartaron levemente y enseguida tuve su rostro enfrente del mío.
—¿A qué te refieres?—preguntó incrédulo.
—No puedo irme todavía—aclaré.
—¿Y eso por qué?—Preguntó, frunciendo el ceño en una mueca de desaprobación.—¿Ya se te ha olvidado como tienes la espalda?
—Lo sé, y por eso mismo creo que tenemos que esperar... un tiempo, quizás unos días o... unas semanas—expliqué.—No puedo irme en este estado, estoy muy débil para caminar hasta el centro del bosque y tú no podrías cargarme hasta allí.
—¿Enserio lo dudas?—dijo enarcando una ceja.—Me estás subestimando.
—Sí, cargarme sí, ¿pero podrías hacerlo sin que nadie de esta casa se diera cuenta?—inquirí.—En mi estado no podríamos escapar de aquí sin llamar la atención, además... no quiero irme ahora que las cosas están tan avanzadas—lo miré a los ojos, deseando que me comprendiera.—Ya desaparecí una vez, y culparon a Marlene por ello, si lo vuelvo a hacer, estoy segura de que ella será otra vez la sospechosa, es la única que está más apegada a mí en esta casa, y lleva suplicando todo el día que esa puerta se abra para poder ayudarme. Si escapo, la acusarán de cómplice. Hay veces en las que mi padre no la deja servirme, sospecha de nuestra complicidad.
—Eso tiene solución, ella puede venir con nosotros—dijo encogiéndose de hombros.
—Tiene dos hijos, y aunque tú no lo creas, ella sigue pensando que tú eres un criminal, no creo que quiera conducir a sus hijos hacia la boca del lobo.
Adrien resopló por la bajo y se dejó caer sobre mi cama, quedando tumbado poca arriba, mirando al techo.
Me recosté junto a él y seguí su mirada.
—Necesito que confíes en mí—dije, sin apartar los ojos del techo.—Sé lo que hago, necesito un tiempo para pensar las cosas, una solución que no involucre a las personas que quiero.
—Confío en ti, Marinette—dijo de mala gana.—En quien no confío es en tu padre.
—Buscaré la forma de sobrellevarlo, intentaré cumplir sus deseos, sin enfadarlo... hasta que llegue el momento—.Le aseguré.
—Sí, hasta que estés en un altar con el gilipollas del rey. No me jodas, Marinette—espetó malhumorado.
—No aguardaré a tanto—le aseguré.—El tiempo que mis heridas tarden en cerrarse, y consiga que Marlene huya de París con sus hijos con los fondos suficientes.
Suspiró pesarosamente y me miró sin muchos ánimos. Mi idea no le agradaba y en cierto modo, a mi tampoco. Mi plan era muy arriesgado y entre tanto, tendría que lidiar con Jouvet.
—Está bien...—dijo él finalmente, aunque por el tono de su voz, sabía que no estaba muy convencido.—Pero, escúchame bien, si veo que esto se alarga más de la cuenta, voy a venir aquí y te sacaré a rastras—me soltó, y por fin vi una pequeña sonrisa burlona en su rostro.—Y me da igual si te pones a gritar o a patalear.—Se vuelve a tumbar en mi cama, con las manos puestas detrás de la nuca—¡Eh! esta cama es la pura gloria. Me gusta.—Se acomodó aún más y cerró los ojos.
—Puedes venir a dormir aquí todos los días que quieras—le dije inclinándome sobre él.
Por un momento su sonrisa se crispó, y se atragantó, tosiendo varias veces. Se incorporó de golpe y me miró con una expresión extraña en sus ojos.
—No juegues con fuego bichito—me advirtió.
Normalmente solía hacer chistes malos en cuanto al sexo se refería, pero desde que se enteró de mi pasado, intentaba controlarse y no decir cosas de las que muy posiblemente se arrepentiría. Él sabía lo importante que era todo eso para mí. Las relaciones conyugales me aterraban y lo único que recordaba de ello era dolor, un dolor atroz que casi me rompe el alma.
—Lo digo enserio—dije con las mejillas encendidas. Jugueteé con mis manos y miré hacia un lado.—Que no pueda irme contigo, no quiere decir que no podamos vernos.
Su mirada se oscureció y me escrutó con un brillo que me causó un hormigueó en el estómago.
—Tú padre te golpeó cuando vio mi chaqueta, Marinette...—murmuró.—No quiero volver a darle otra razón más para que te haga daño.
—Entonces... tendremos que ser más cuidadosos—lo tomé de una mano y lo miré directamente a los ojos.—No tiene por qué enterarse.
Sonrió de lado.
—¿Estás sugiriendo que nos veamos a escondidas como dos amantes?—inquirió ensanchando aún más su sonrisa.
Mis mejillas volvieron a enrojecer.
—Eh... ¡No! No me refería exactamente a eso... yo... solo quería decir que...
—Tranquila, ¡era broma!—soltó una risotada juguetona y me alborotó el cabello con su mano.—Te he entendido perfectamente, princesa.
Se levantó de la cama con una agilidad sorprendente y se recolocó su cinturón. Observé cada uno de sus movimientos, observándolo atentamente y apreciando cada detalle de su perfecto rostro.
—Me voy ya, necesitas descansar un poco—dijo sin quitarme los ojos de encima.—Intenta no hacer mucho esfuerzo ¿vale? Las heridas pueden abrirse más de la cuenta.
—¿Piensas quitarle el puesto a Nathaniel, doctor Agreste?—inquirí con una sonrisa burlona.
Me devolvió la sonrisa y negó con la cabeza.
—Sabes que mis cuidados te gustan más que los del zanahorio—me retó.
—¡Ey! ¿Todavía sigues llamándolo así?—pregunté enarcando una ceja.
Se encogió de hombros con indiferencia.
—Depende del día y mi humor—se acercó hacia mí y me dio un ligero beso en los labios.—Te veo mañana, princesa.
—Entonces... ¿Eso es qué aceptas?—insistí, aún atolondrada por el repentino beso.
—Cada noche, apareceré por esa ventana—me aseguró.—Así que asegúrate de tenerla siempre abierta.
—¿Eso importa mucho? Siempre que vienes, la abres como se te viene en gana. La pared está desconchada por algunos lados.
—Supongo que mi fuerza es antinatural—se mofó, encogiéndose de hombros.
Puse los ojos en blanco ante su falta de modestia, pero no pude evitar reír. Estaba feliz. Feliz de volver a tenerlo conmigo. Puede que aún no hubiese nada definitivo, pero había una pequeña posibilidad de que las cosas por fin fuesen bien, al menos por una vez en mi vida.
—Entonces, ¿me lo prometes..?—murmuré en voz baja. Temía que pudiese a arrepentirse y regresar al punto inicial, donde no quería acercarse a mí para mantenerme protegida de él mismo.
Él me miró y me extendió su mano para que la sostuviese.
—Palabra de gato—me aseguró con esa pícara sonrisa que solo él podía tener.
Me quedé observando su mano durante varios segundos y finalmente la cogí. En ese momento tiró de mí hacia delante, levantándome de la cama para ponerme en pié. Mi cuerpo chocó contra su torso y no pude evitar quedarme completamente paralizada.
—Las noche es nuestra—me susurró.—No te olvides de eso.
Dicho aquello, se fue tan rápido que apenas me dio tiempo de verlo saltar por la ventana.
Perdí ligeramente el equilibrio y me agarré al pilar de la cama.
Mi corazón latía con fuerza, como si me estuviese martilleando por dentro. Mi piel se estremeció y una sensación se apoderó de mi cuerpo, un deseo infernal que me pedía a gritos la calidez de su cuerpo.
«Dios, ¿pero que me acaba de pasar?»
○•○•○
Adrien
Por primera vez en mi vida estuve un día entero de buen humor y en parte, se debía a que había podido dormir a pata suelta. Aunque el día anterior al ver a Marinette malherida, hubiese tenido unas ganas terribles de cometer un asesinato, y no con una muerte rápida, precisamente.
Ella no aceptó venir conmigo, y enserio que estuve a punto de traerla a rastras. Dejarla con su padre, no me hacía ni puta gracia, más sabiendo que la tenía encerrada en su habitación.
No me había dado cuenta hasta ese momento, pero j***r, Tom era un auténtico cabrón. Un miserable que le hacía la vida imposible a su propia hija y yo se la entregué pensando que allí estaría más segura. Miraculous no era el país de las maravillas y había un peligro cada en cada esquina, empezando por mí, que podría ser el mismo diablo, pero comparado con el infierno en el que Tom la tenía sometida, esto era el paraíso.
Le había dado un tiempo, en realidad todo el que ella necesitara para recuperarse y solucionar los problemas con la criada, y después de eso la traería aquí, conmigo. Mientras tanto, pensaba visitarla todos los días, bueno, para ser exactos todas las noches. Ese había sido el trato. Al menos, me aseguraría de que su padre no volvía a levantarle la mano.
—¡Oye, Noir!—me espetó una voz detrás de mí—Te parecerá bonito ¿no?
Puse los ojos en blanco y me giré sobre mis talones para mirar a la dueña de la voz.
—Nino no está aquí—dije, encogiéndome de hombros. Normalmente, Alya solía venir a reprocharme gilipolleces sobre mi mejor amigo.
—No—me fulminó con la mirada y me golpeó dos veces el pecho con su dedo índice—.No es a él a quien busco esta vez.
Fruncí el ceño y me crucé de brazos.
«¿Qué coño quiere ahora esta loca?»
—Has estado viéndola ¿verdad?—me incriminó.—La has visto y no eres capaz de decirme nada.—Me pegó un pequeño puñetazo en el pecho y si las miradas matasen yo estaba bien enterrado.
—No sé de que me estás hablando, Alya—dije sin humor.—Así que ve a molestar a otro, creo que Nino está con Nathaniel, tiene diarrea y seguro que necesita un poco de compañía femenina. Un masaje a lo mejor le va bien.
—¡Me da igual que Nino vaya cagándose por ahí! Ya se le pasará—aseguró echando chispas por los ojos. Al parecer estaba bien cabreada y yo era la razón.
—Nino se sentiría muy mal si te escuchara ahora mismo—dije fingiendo indignación.
—¿Quieres dejar la diarrea de Nino? ¡Te estoy hablando de Marinette, maldita sea!—me espetó. Esbozó algunos gestos de desaprobación con los brazos y por un momento creí que me iba a meter una hostia.—Se suponía que te la llevaste a rastras precisamente para alejarla de ti y resulta que ahora te encuentras con ella a la primera de cambio.
Sonreí falsamente y me incliné un poco para quedar a posa distancia de su rostro.
—Lo que yo haga con Marinette no es asunto tuyo—murmuré sin quitar esa sonrisa que había comenzado a joderle bastante.
—¡Claro que me incumbe! ¡Ella era mi amiga, por el amor de Dios! Apenas tuvimos tiempo de despedirnos por tus prisas. Yo no tenía que alejarme de ella, ¡eras tú! Y resulta que la única que se mantiene al margen aquí soy yo. ¡¿Qué te pasa?! ¡Piensas que no merecemos estar con ella!—me golpeó varias veces con las manos y los puños. Y yo la observé desde arriba con una mueca sin inmutarme ni un pelo.—¡Somos una panda de paletos ¿verdad?! ¡No somos dignos!
—¡¿Quieres quedarte quieta de una puta vez?!—espeté comenzando a cabrearme. La agarré de ambas manos y la inmovilicé con facilidad, aunque ella seguía resistiéndose para liberarse y volver a la carga—¡Voy a traerla de vuelta ¿vale?! Va a regresar...
En ese momento se detuvo y se quedó mirándome con ojos muy abiertos.
—¿Qué...?—murmuró perpleja.
La solté poco a poco, asegurándome de que ya estaba más calmada.
—Anoche estuve en su habitación y estaba herida—expliqué apartando la mirada.
—¿Cómo? ¿Cómo que herida?
—Su padre la golpeó.—Aclaré.—Y sé que ésta no es la primera vez que lo hace.
—Dios mío...—se llevó ambas manos a su boca, paralizaba por las palabras que estaba escuchando—¿Y ella cómo está? ¿Se encuentra bien?
—Le desinfecté las heridas, pero no sé si eso será suficiente—expliqué.—Ahora iré a ver a Nathaniel, a lo mejor él tiene algo que le ayude a cicatrizar. No sé, alguna crema o cualquier mierda de esas que alivia el dolor.
—Es posible—murmuró con la mirada perdida, aún asimilándolo todo.—No me puedo ni imaginar por lo que debe estar pasando...—sus ojos me escrutaron de arriba abajo con recelo—¿Y dónde se supone que está ella ahora mismo? ¿Después de ver lo que ese salvaje le hizo no te la llevaste contigo?
Suspiré exasperado y me llevé una mano a mi pelo, despeinándolo con nerviosismo.
—j***r, claro que lo intenté—espeté.—Pero no es tan fácil. Ella me pidió tiempo, no sé cuando pero quiere organizar algunas cosas antes de... ya sabes "volver a desaparecer"
No me dijo nada, susurró algo para sus adentros y se abrazó a ella misma con la mirada clavada en el suelo.
—Después de lo que me has contado no creo que sea muy sensato que se quede en ese lugar mucho tiempo—dijo sin muchos ánimos.
Sonreí tristemente y coloqué una manos sobre su hombro para tranquilizarla.
—Muy pronto estará con nosotros, ya lo verás—le aseguré.—Y mientras tanto, estaré pendiente y no dejaré que le pase nada malo.
—Estoy preocupada, ella... ¡Es mi amiga, maldita sea!Y me da rabia no poder estar a su lado cuando más me necesita—sus ojos comenzaron a cristalizarse y sabía que no le faltaba mucho para llorar.
—Te abrazaría en estos momentos, pero tengo miedo de que salga Nino por esa puerta y rompa esta maravilla—me señalé la cara y sonreí con suficiencia.
No logré demasiado, pero sí conseguí que una sonrisa asomara por sus labios.
—Eres un idiota...—dijo en voz baja. Levantó su puño y me golpeó el brazo, un poco más suave que antes—.Hasta que no regrese, tienes que cuidármela bien ¿me entiendes?—las lágrimas se evaporaron de sus ojos y su semblante severo y amenazante regresaron.—Si algo le pasa, tú serás quien pague todas las consecuencias.
—Asumiré ese riesgo.—Dije sonriendo con socarronería.
—Más te vale, Chat Noir—volvió a advertirme con una señal.—Más te vale.
○•○•○
Marinette
Era apenas medio día y ya estaba impaciente por que llegara la noche. No podía apartar la mirada de la puerta, con una sonrisa boba en mis labios. Desde que se fue, no había dejado de pensar en él y en su promesa...
Mi espalda aún seguía malherida y el dolor aún me atormentaba de vez en cuando, pero se hacía menos insoportable si pensaba en Adrien y el hecho de volver a verlo esa misma noche.
Solté un suspiro enamoradizo e hice un esfuerzo de colocarme un corpiño, no muy ajustado. No podía seguir con el camisón todo el día, ni tampoco me sentía productiva estando todo el día en la cama. Así que decidí darme un baño y arreglarme un poco.
Sentí un ligero pinchazo cuando la tela rozó las finas líneas escarlatas de mi espalda, pero cuando pasaron unos breves minutos mi cuerpo se acostumbró.
Me senté enfrente de mi tocador y me apliqué un ligero toque de polvos para disimular las terribles ojeras que colgaban de mis ojos, así como un tono rosado en mis labios. Mi aspecto era horrible y aunque odiaba el maquillaje, debía hacer algo para verme menos horrible. Agarré un cepillo y me peiné, desenredando algunos nudos que atravesaban mi cabello, y en gran medida aquellos nudos se debían a Adrien, pues le encantaba meter sus manos en mi pelo y hacer con él un nido de gallinas.
No pude evitar morderme el labio inferior, recordando su beso... Jamás pensé que llegaría hacerlo. Creí que había zanjado todo lo que nos unía y anoche, demostró que entre nosotros aún quedaba una viva llama que encendía cada parte de nuestro cuerpo. Los dos nos deseábamos y aquel beso fue la prueba. Un beso repleto de pasión y anhelo.
Solo esperaba que esa noche, él regresara y volviera a besarme de la misma forma que me hacía perder la razón, de esa forma que me hacía actuar diferente y de esa forma que desataba lo más oscuro de mi corazón.
De repente, escuché como el pomo de la puerta se giraba justo con el sonido de una llave abrir la puerta. Di un sobresalto alarmada e inmediatamente agarré un vestido para cubrirme ya que estaba en ropa interior.
—Papá—exclamé mirando como irrumpía en mi cuarto junto con cinco criados de la casa.
—Coged todo, su ropa, sus joyas y lo que ella considere más importante—ordenó mi padre.
Seguí los movimientos de los sirvientes y vi como abrían mi armario y los cajones de mi sifonier para sacar mi cosas.
—¡Un momento!—Me levanté atropelladamente y le arrebaté a una mujer un vestido que había comenzado a sacar de mi armario.—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué están sacando mis cosas?
Mi padre cruzó su mirada con la mía y me dolió, ver que no había ni pizca de arrepentimiento ni lástima en sus ojos. Estaban vacíos, sin una pizca de emoción en sus ojos. No me podía creer que tuviera tan poco corazón de no tener remordimiento después de una paliza de ese tamaño.
—Te están ayudando a hacer la maleta,—me explicó—porque hoy mismo te vas a mudar al palacio, con el rey.
Sentí un pinchazo en lo más profundo de mi corazón y por un momento, todo lo que me rodeaba, comenzó a dar vueltas.
—¿Qué?—murmuré, deseando que lo que acaba de oír fuese solo una mala alucinación.
—Ya me has oído.—Anunció, con un tono de voz más grave.—Te vas a ir al castillo, donde puedas estar más cerca del rey y donde puedas estar vigilada las veinticuatro horas del día—pude percibir la indirecta de sus palabras. El castillo sería como una nueva prisión para mí, repleta de guardias y personal pendiente de mí, para impedir una escapada o en este caso un posible encuentro.—Jouvet ya me ha dicho que tiene la habitación preparada y una bonita celebración de bienvenida—una sonrisa torció su gesto.—Así que no le hagas el feo de llegar tarde, cielo.
Se acercó hacia mí y me di un beso en la mejilla, cargado de veneno. Después, con una mirada de advertencia salió de mi habitación.
Mis ojos lo siguieron hasta que lo perdieron de vista y aún sin poder asimilar la situación me senté en la cama, procurando suavizar el dolor que tenía en mi pecho.