Marinette
Dejé que la esponja absorbiera el agua de la cubeta. La observé durante varios segundos, viéndola crecer y aumentar de volumen.
Suspiré y con temor volví a cogerla, sintiéndola más pesada que cuando la eché en el barreño.
Coloqué la esponja sobe mi hombro derecho y con suavidad la estrujé, dejado que el agua caliente cayese en cascada por mi espalda. Cuando el agua entró en contacto con mis heridas no fui capaz de reprimir las lágrimas. El dolor se profundizó y tuve la sensación de que se me clavaban cientos de espinas en la piel.
Papá no dejó que nadie entrara a mi cuarto, ni siquiera un médico que pudiera tratarme. Y como no. No querría muchos testigos que fuesen conscientes de lo que me había hecho.
Habían pasado varias horas, pero algunas de mis heridas aún sangraban levemente y estaba segura de que se habían infectado por no limpiarlas en condiciones. Curarlas por mi propia cuenta era difícil, sobre todo porque no podía verlas, ni tampoco llegar a algunas zonas. Así que, lo único que podía hacer, era lavarlas con agua caliente y dejar que curasen lo mejor posible hasta que papá se dignase a ceder el paso a Marlene.
Aunque, si cumplía su promesa y no me abría hasta que le dijera un nombre, podía esperar cualquier cosa.
Me sequé con cuidado con una toalla y agarré un fino camisón holgado que no se pegaba a mi cuerpo. No me puse ningún corset, de hacerlo, las heridas empeorarían por falta transpiración, así que opté por una bata de seda para que me ocultase un poco más.
En cuanto llegué a mi cuarto no tuve fuerzas suficientes para llegar hasta mi cama. Me apoyé sobre mi tocador y no pude evitar mirar mi reflejo en el espejo. Tenía un aspecto horrible: mi piel estaba pálida, mis ojos rojos y oscuras ojeras e irritaciones los rodeaban de tanto llorar.
Durante unos segundos creí que me mareaba, porque todo comenzó a dar vueltas, el suelo se convirtió en mi techo y las paredes en una rueda giratoria que me producía náuseas.
Debía tener fiebre, seguramente a causa de la infección de las heridas.
Si tan solo papá dejara entrar a Marlene, podría traerme algún medicamento o una pomada para la sanarme.
Sentí como mi cuerpo se puso tenso, justo en el mismo instante en el que escuché las puertas de la ventana de mi balcón abrirse con brusquedad hasta que chocaron contra la pared provocando un estridente sonido.
Inmediatamente me incorporé y tan rápido como pude me giré para ocultar mi espalda, pues no era muy difícil adivinar el nombre del intruso que acaba de poner pié en mi cuarto.
No pude evitar sentirme terriblemente mal, mis planes... nuestro encuentro... Todo se había estropeado por culpa de mi padre.
«Mi padre...»
Una voz habló dentro de mi cabeza y el terror se adueñó de mí. Mi padre era el único que entraba y salía de este cuarto y lo había hecho varias veces, para que confesara el nombre del hombre con el que había estado. Habían pasado al menos dos horas desde su última visita, y podría volver a entrar en cualquier momento.
«No, no podía verlo»
—Adrien... T-tienes que irte de aquí ahora mismo...—dije, sacando la poca energía que me quedaba. Miré atemorizada la puerta de mi cuarto y después a él.
—Primero dame dos razones—caminó hacia mí a paso firme y se detuvo justo a tres centímetros de mí, su altura me hizo sentir pequeña La severidad de su mirada me hizo temblar—La primera ¡, ¿por qué debería irme ahora mismo? y la segunda, ¿por qué no has aparecido esta tarde?
—No... No ha sido nada, y tampoco tengo que darte ninguna explicación—dije apartándome de él, y caminando para otra parte, teniendo cuidado de no dejar al descubierto mi espalda—. Me surgió algo muy urgente y no pude asistir—respondí a la defensiva.
Lo vi fruncir el ceño mientras que seguía cada uno de mis pasos.
Se limitó a mirarme con una expresión extraña en su rostro, como si estuviera analizándome.
—No sé por qué, pero me da la sensación de que o te estás escondiendo de mí o algo te pasó después de que te dejase en este cuarto anoche—me soltó.
—No...—dije frotándome las manos con nerviosismo.—¿Por qué crees algo así? Son solo ideas tuyas.
Volví a caminar unos pasos y me apoyé levemente en la pared más cercana, en el otro extremo de la habitación.
—¿Enserio? Y si es así ¿por qué cojones te apartas de mí y te vas a la otra punta de la habitación? ¿Crees que tengo la peste?—me espetó molesto.
—P-Pues... porque...porque...—miré a mi alrededor, angustiada y sin saber muy bien que responderle. Adrien tenía que marcharse de aquella habitación y tenía que hacerlo rápido, si papá entraba, sería el fin para los dos.—Porque he cambiado de opinión. Cambié de opinión a última hora y creo que tú tenías razón, lo mejor es que... cada uno vaya por su lado y no forzar las cosas.
Adrien se pasó una mano por su cabello rubio, alborotándolo y despeinándolo levemente.
—¿Me estás diciendo que el encuentro que tú misma planeaste fue un error?—dijo y noté confusión en su mirada.
Asentí varias veces con la cabeza.
—Sí. No tenía mucho sentido al fin y al cabo encontrarnos una última vez, si igualmente tú y yo... nunca estaremos juntos—dije.—Así que porque no dejar de una maldita vez todo esto... Lo único que haremos es hacernos daño el uno al otro...
No me di cuenta de en que momento, Adrien había atravesado la habitación entera hasta volver a plantarse enfrente de mí. La punta de sus zapatos rozaba levemente mis pies descalzos y su respiración se fundía con la mía en un son acompasado.
—Marinette...—Levantó su mano y la posó sobre mi barbilla, obligándome a sostener mi mirada contra la suya.—Te veo como débil, como si estuvieras enferma o...—su mano viajó hasta mi mejilla y la acarició con suavidad—recuperándote de algo.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, y el miedo a que Adrien descubriese lo que papá me había hecho me puso alerta. Sentí como mi respiración se entrecortaba y la ansiedad se apoderaba de mí.
—Te digo que todo está bien Adrien... Ya... deja de preocuparte—insistí con nerviosismo, sin percatarme de que mis ojos se habían cristalizado. Parpadeé varias veces e intenté con todas mis fuerzas no derramar aquellas lágrimas—Por favor... Por favor, vete de aquí.—dije, como última vía de escape.
Agaché la cabeza y me quedé fija a un punto exacto del suelo, esperando a que hiciese lo que le había pedido.
—Joder...—lo escuché gruñir por lo bajo.
Conocía ese tono de voz. Estaba enfadado. Estaba molesto conmigo.
Vi como sus pies comenzaban a caminar hacia la ventana nuevamente.
—Si quieres que me largue, está bien, lo haré. Al fin y al cabo, me alegro de que por fin hayas captado la idea—me espetó.—De que tú y yo no podemos vernos y estar separados es la única solución.
Sentí una angustia y un golpe en mi pecho.
Se estaba alejando.
Se iba a marchar.
Me iba a dejar sola, a merced de un padre que me había maltratado.
Estaba echando a la única persona que acaba de mostrarme afecto y preocupación. El único que podía quererme.
—¡¡Espera!!—hice afán de salir corriendo hacia él, justo cuando iba a subirse al balcón, pero entonces, la falta de energía me jugó una mala pasada y caí al suelo completamente adolorida.
Comencé a llorar. Lloré con rabia, lloré de dolor y de impotencia. Lloré para sacar todo lo que tenía contenido dentro de mí. Había estado todo el día completamente sola, con unas heridas que me estaban matando de dolor y ahora... ahora que tenía a Adrien junto a mí yo... yo lo estaba alejando.
Escuché el sonido de sus pasos correr hacia mí.
Me acurruqué contra mi propio cuerpo, abrazándome a mí misma y encogiéndome en el suelo.
Los brazos de Adrien me agarraron, y con suavidad me levantaron del suelo pero hubo un pequeño deje de brusquedad cuando me obligó girarme, quedando de espaldas a él con todas mis heridas al descubierto.
Lo sabía, sabía que mi ropa estaba teñida de sangre y él ya las había visto.
Sentí como sus manos agarraban firmemente el dobladillo de mi bata y los tirantes de mi camisón para apartarlos de mi cuerpo. Me quedé completamente expuesta ante él, desnuda de cintura para arriba. No me importó. Ya nada importaba y simplemente sentí una liberación dentro de mí, la libertad de que por fin alguien pudiese ayudarme.
Adrien no pronunció ninguna palabra, se quedó completamente mudo durante varios segundos, pero sentía como su mirada estaba clavada en mi espalda.
—Hijo de puta...—gruñó.
En ese instante, salió disparado hacia la puerta, en busca del padre que me había hecho aquella salvajada.
—¡Adrien, no! ¡Detente!—le grité, mientras agarraba con torpeza de la tela de mi camisón para ocultar mi pecho.—No intentes abrir... Está cerrado con llave. Si forcejeas, llamarás la atención.
—Si tengo que aporrear la puerta para que ese cabrón entre, lo haré—dijo señalando la puerta.—Ha sido él, ¿verdad? Tú padre te ha hecho esto.
No le respondí al instante, tan solo me quedé observándolo varios minutos sin saber que decir.
Asentí.
—Lo voy a matar, juro por mi vida que lo mato—se dirigió nuevamente hacia la puerta y nuevamente sentí como todo comenzaba a dar vueltas.
Si Adrien se dejaba ver en casa... Si Chat Noir se presentaba en la mansión Dupain- Cheng, golpeando a su señor, para defenderme a mí, todo sería un completo caos.
Me apoyé sobre una viga de madera que sujetaba la cama y me llevé una mano a la cabeza.
Adrien se detuvo enfrente de la puerta, con el brazo en alto listo para aporrear y derribar si era necesario el muro de madera, pero por el tiempo que estaba tardando en hacerlo, supe que se estaba debatiendo si ir a matar a mi padre o quedarse conmigo.
Lo escuché maldecir interiormente y le dio una patada a una pequeña banqueta de madera.
—Me cago en la hostia, j***r—espetó malhumorado; sin embargo, no dudó un segundo en acercarse a mí y sujetarme con sus manos para ayudarme a mantener el equilibrio.
Posó una mano sobre mi frente y frunció el ceño.
—Tienes fiebre—dijo. Me cogió en volandas, con cuidado de no rozar las heridas de mi espalda y me sentó en la cama.—Túmbate, boca abajo.—Me ordenó. Echó un vistazo a todo su alrededor y suspiró.—¿Tienes una botella de alcohol?
«Oh, no el alcohol, escuece demasiado» Pensé.
Tragué saliva y asentí.
Me miró con insistencia esperando una respuesta y yo simplemente señalé el pequeño mueble del tocador, allí solía guardar la botella porque de vez en cuando Marlene y yo nos gustaba tomarnos una copa hablando de algo en especial, a escondidas de los hombres ya que según ellos una mujer no podía beber ninguna bebida alcohólica.
Adrien abrió el mueble de golpe y pensé que iba a arrancar una puerta.
—¿Gasas, una toalla o papel?—preguntó.
—En el baño, en esa puerta de ahí—indiqué mientras tragaba saliva.
Pocos segundos después, apareció con un fino pañuelo de mi baño y la cubeta que había utilizado antes.
Me tumbé tal y como él había dicho y me apoyé en la almohada de cara a la pared extrema donde estaba él. No podía evitar sentir un poco de vergüenza por toda aquella situación, por no mencionar que estaba semi desnuda delante de él.
—Que sepas, que en cuanto te cure esas heridas, voy a matar a tu padre—aseguró. —Así que ya puedes ir preparando el funeral y un bonito vestido n***o.
Cambié de lado y lo miré con el ceño fruncido.
Abrió la botella, sacando el corcho con los dientes y vertió el alcohol sobre el paño. Después rebajó el líquido con agua. Se acercó hacia mí y no pude evitar tensarme, pensando que todo aquello iba a doler más que caminar encima de un rosal.
Al parecer, él pareció notar mi temor, porque enseguida dijo:
—Oye, tranquila. Sé más de esto de lo que crees—me aseguró apartando mi cabello azabache de los hombros para dejar al descubierto mi espalda.—De pequeño tenía que buscarme la vida yo solo y eso incluía curarme por mi propia cuenta cada vez que alguien me metía una paliza.
No dije nada. Estaba demasiado concentrada en el paño que tenía entre las manos y el momento exacto donde iba a posarlo sobre mi espalda. Entonces, él sonrió y eso apartó todas aquellas chorradas que tenía en la cabeza. Una sonrisa que me aceleró él corazón y me hizo quedar como una boba, observándolo fijamente.
—Coge mi mano, si quieres, y apriétala todo lo que quieras—dijo extendiendo su mano libre.—Y si sientes mucho dolor cógela más fuerte, si tienes que rompérmela hazlo, te doy permiso—bromeó.
Alargué una de mis manos y con cuidado la tomé.
—Como te he dicho, aprieta fuerte mi mano e intenta no gritar—me dijo en voz baja.
Sentí como posaba el trapo mojado y limpiaba las heridas con cuidado. Lo estaba haciendo lo más suave que podía, pero el dolor me hacía tensarme.
Apreté con fuerza su mano y él también lo hizo, sujetando la mía con firmeza.
Solté un pequeño gemido de dolor y me estremecí cuando uno de sus dedos rozó mi piel desnuda.
Adrien maldijo para sus adentros, seguramente al ser consciente de la crudeza de mi estado.
—Tranquila...—intentó calmarme.—Tranquila, princesa, ya queda poco.—Sentí como descendía por mi espalda, desinfectando cada una de las marcas que cruzaban mi piel.—Joder... No sé ni como cojones has aguantado tanto tiempo con esas heridas, si no llego a venir...
Sus palabras quedaron ahogadas en un gruñido.
—Siento mucho lo que te he dicho antes—confesé.—Tenía miedo. Tenía miedo de que mi padre llegara y te encontrase en mi habitación.
—¿Por qué te ha hecho esto?—me preguntó echando el trapo sobre la cubeta de agua, tiñéndola de un color escarlata, el color de mi sangre. Después me secó con un paño seco y lo dejó sobre mi espalda, cubriéndola.
—Se enteró de que me había escapado—expliqué.—Y cuando regresé, él entró en mi cuarto poco después de que tú te fueses, me vio con tu chaqueta puesta y creyó que había pasado la noche con un hombre—recordar la escena, me produjo un escalofrío.—Ha cerrado la puerta con llave, dijo que no me dejaría salir hasta que no dijera tú nombre y yo... yo...no podía decírselo...—en ese momento mi voz se quebró.
No podía imaginar a Adrien en peligro, en manos de mi padre y del rey, simplemente aquella escena me dejaba sin aire y sin aliento.
Adrien se inclinó levemente y depositó un beso sobre mi cabeza para calmarme.
—No llores—me dijo.—No tienes que preocuparte más ¿vale?—aseguró.—No voy a permitir que vuelva a ponerte una mano encima, eso tenlo por seguro.
—No intentes ir detrás de mi padre, por favor. Nadie puede descubrir... que tú y yo... tuvimos algo en el pasado—le pedí.—Si lo haces llamarás la atención.
Adrien soltó un juramento y resopló fuertemente. Después se puso en pie de mala gana y camino de un lado para otro de la habitación. La razón por la que mi padre seguía vivo en aquellos momentos era porque mi estado de salud le había preocupado más que salir de c********a. En cuanto tuviese la más mínima oportunidad, saldría a por él sin la menor consideración.
Aún me sentía adolorida, pero saqué la fuerza suficiente para incorporarme un poco y al menos quedar sentada sobre la cama. Agarré las sábanas para cubrirme y lo miré suplicante.
—Por favor Adrien—insistí.—Yo... Yo también siento rabia, y créeme que en estos momentos siento que el hombre que hizo esto anoche no era mi padre, pero... creo que lo mejor será no dejarnos llevar por la rabia, ni por los impulsos. Y no es por proteger a mi padre, sino por lo que pueda pasarnos a nosotros también. Adrien... si alguien descubre lo que... —quise decir "lo que sientes por mí", pero me contuve, y recapacité. Eso era cosa del pasado—Que hubo una época donde yo... era importante para ti, podría utilizarlo para atraparte, ¿no te das cuenta? Mi padre ya sospechó por lo que ocurrió el día de la fiesta y yo... yo no quiero que me utilicen para hacerte daño.
«Le romperás el corazón a la persona que amas con locura»
Una lágrima silenciosa surcó mi mejilla.
—No soportaría que te hiciesen algo por mí culpa—sollocé, impotente, recordando las palabras de aquella mujer, recordando las amenazas de mi padre y el compromiso del rey.
Quizás era cierto y estar separados fuese la mejor opción para los dos, quizás él estaría mejor sin mí. Lejos de la futura esposa del hombre que ofrece mil francos por su captura.
Adrien me miró, con una expresión que no supe como descifrar, pero sin duda, lo que jamás llegué a esperar fue lo que ocurrió a continuación:
Caminó hacia mi cama nuevamente, acercándose a mí sin el menor respeto al espacio personal. Apoyó una de sus rodillas en el colchón de la cama y posó su mano sobre mi nuca para atraerme hacia él.
Lo siguiente fue un hecho que me nubló la visión.
Su boca se pegó a la mía y me besó con suavidad. Solo me estaba acariciando, como si estuviera memorizando la forma de mis labios con los suyos, y luego cuando mi cuerpo ya no podía aguantarlo más, deslizó su lengua entre mis labios abiertos y me besó con tanta pasión que creí perder la razón.
Me puse de rodillas, olvidando la sábana que cubría mis pechos y me acerqué aún más a él para profundizar nuestro beso. El pareció gruñir por mi falta de cuidado, pues estaba herida, pero en aquellos momento el dolor había pasado a un segundo plano. Rodeé su cuello con mis brazos y enterré mis manos en su melena dorada, acariciándola y despeinándola a su paso.
Él me recibió posando cuidadosamente sus manos sobre mis caderas, apegándose aún más a mí. Su boca se fusionó con la mía, mostrándole con aquel beso todo lo que sentía: mi amor, mi tristeza, mi dolor y mi soledad y él lo recibió y correspondió a él de una manera aún más intensa.
Cuando nos separamos por falta de aire, me tomó de las mejillas y apoyó su frente contra la mía.
—j***r, Marinette...—me dijo, con la respiración entrecortada.
Cerró los ojos y permaneció en aquella posición durante varios minutos.
—Te amo, Adrien...—le confesé al borde de las lágrimas—Creí que todo este tiempo me había ayudado a olvidarme de ti, pero... pero no puedo... No soy capaz de sacarte de mi cabeza.
—Si sigues así vas a volverme loco, princesa—dijo, esbozando una sonrisa ladeada.—Y ahora ¿Qué ahora contigo, eh? ¿Cómo quieres que me largue y te deje aquí en manos de ese cabrón?
Cerré los ojos, disfrutando por un momento de sus palabras y las intenciones con las que iban.
—Mira... Voy a ser egoísta, y me da igual volver a ser un hijo de puta, pero voy a llevarte conmigo—me dijo.—Y si tengo que volver a hacerlo, volveré a raptarte para poder protegerte.
Se separó de mí y me cogió de ambas manos.
—Voy a sacarte de aquí, Marinette, te lo prometo.
Su propuesta me emocionaba, y me hacía sentir mariposas en el estómago hasta tal punto de acelerarme el corazón. Había deseado este momento desde hacía tanto tiempo, había rezado tanto para que él volviese a por mí.
Sin embargo... ahora no podía evitar tener la certeza de que algo me impedía aceptarlo.
«Romperás el corazón de la persona que amas con locura» «Nada podrá cambiarlo»
Esas palabras... ¿Por qué no podían salir de mi cabeza?