Marinette
Sentía como si hubiese pasado por mi cuerpo una manada entera de caballos. El dolor era horrible y por un momento creí que papá iba a matarme a golpes.
Las lágrimas no dejaban de salir y mis manos se aferraban a las sábanas con el fin de hacer el escozor de los latigazos más ameno. El dolor era insoportable, pero era aún más doloroso ver a mi padre castigarme de una forma tan cruel.
Había estado prisionera por una banda de criminales durante tres meses, y en ese periodo de tiempo, Chat Noir no se atrevió a levantarme la mano y sin embargo mi padre... una de las personas que me había dado la vida, me estaba tratando como una vulgar basura, recibiendo un escarmiento como un animal.
—Ya, ya, ya—me dio un último latigazo, esta vez, más suave y en la parte baja de mi espalda.—Deja de llorar.
Me giré hacia él y a pesar de las lágrimas que me hacían parecer débil y tal vez miserable, le lancé una mirada repleta de rencor.
—Tú eres la culpable de todo. Te lo has buscado tú solita, con tu falta de modales, ¡con tus inmoralidades! ¿Crees que a mí me gusta pegarte?¿Crees que me divierto castigando a mi propia sangre?—Se acercó hacia mí y posó la punta del látigo sobre mi barbilla, obligándome a levantar la cabeza.—Dale gracias a Dios de qué no te hago algo peor, porque te juro que si vuelvo a verte con ese desgraciado o con cualquier otro hombre, no seré tan considerado.
Lanzó el látigo hacia un lado y este cayó al suelo. Al parecer no pensaba recogerlo e iba a dejármelo ahí para hacerme revivir aquel horrible momento durante todo el día.
Se giró hacia Marlene y la encaró con la mirada.
—No quiero que te acerques a ella, ni a esta habitación ¿me has entendido?—volvió a mirarme y sentí terror por la amenazada que reflejaban sus ojos.—Porque no saldrá de aquí hasta que me diga quien era el miserable con el que estaba. Esa puerta se va a cerrar y nadie, excepto yo entrará.
Escuché como la puerta se cerraba, con tal fuerza que provocó que la pintura de las paredes se desconchara por los lugares más deteriorados.
Solté un sollozo, sintiendo el espantoso dolor de mi espalda.
Temía mirarme al espejo y encontrar una espalda repleta de heridas que muy posiblemente no cicatrizarían.
Enterré mi cara en la almohada y lloré desconsoladamente hasta que me quedé completamente sin fuerzas.
○•○•○
Adrien
Me encontré con los trabajadores del circo a mitad de camino y no opusieron mucha resistencia cuando les propuse seguirme.
«Como se nota que no son de por aquí»
De lo contrario, se hubiesen negado a seguir los pasos del mayor delincuente del país.
Ayudé a caminar a una pobre mujer que solo tenía una pierna, dejándola apoyarse en mí. Se pasó la mayor parte del camino contándome chistes y adivinanzas que no tenían ni puta gracia, aunque yo, por cortesía, me reía falsamente para no dejarle la moral por los suelos.
Me percaté de que una pequeña silueta no dejaba de seguir mis movimientos, a muy pocos pasos de mí, casi pegada a mis piernas. Sonreí de lado y me giré hacia la pulga que me perseguía desde que nos encontramos.
—¿Tienes miedo de que un lobo venga y te coma, enana?—inquirí burlón.
La niña negó con la cabeza, pero no dudó en mirar a su alrededor buscando a un depredador que pudiese tragársela de un bocado.
—Tranquila, por esta zona no hay lobos, era coña—dije cuando noté como había comenzado a temblar.
Le tenía gran respeto a aquella cría, de hecho, de no haber sido por ella, Marinette y yo ya estaríamos siento unos monigotes de feria de una bruja endemoñada.
—¿Por qué no dices nada? ¿Es qué te ha comido la lengua el gato?—inquirí.
Tampoco me habló.
Fruncí el ceño.
—Es muda—me confesó la mujer que tenía a mi lado en voz baja.—La jefa le cortó al punta de la lengua cuando la atraparon. Al parecer no dejaba de llorar y como castigo decidió dejarla sin habla.
«Joder, y yo haciendo chistes sobre comerse la lengua el gato»
Mi gran habilidad a parte de la espada y las armas, era cagarla siempre y cuando podía, y aquella era la prueba de que la había vuelto a cagar.
—Es una niña muy valiente—continuó la mujer.—Desde entonces, no ha vuelto a derramar una sola lágrima.
Miré de reojo a la niña y no pude evitar sentir las tremendas ganas de arrancarle la cabeza a la loca del circo. Sí, le metí un balazo, pero hubiese preferido hacerle morir entre terrible dolor y sufrimiento, para que se jodiese.
El resto del camino, preferí hacerlo en silencio. Aquella gente había vivido cosas terrible en ese circo y temía que cualquiera gilipollez de las mías pudiese herirles la moral.
En cuando llegamos, la primera en salir fue Kagami.
Con tanta movida, me había olvidado completamente de que esa chica estaba durmiendo en mi cuarto.
Se abalanzó sobre todos y cada uno de los trabajadores y los abrazó con fuerza, dándoles la bienvenida y agradeciendo a Dios que todos estuviesen a salvo.
«Más bien fue gracias a mí...Bueno y también a Marinette»
Mostró especialmente un mayor apego a la niña muda. En cuanto la vio, la levantó entre sus brazos y comenzó a darle besos por toda la cara. Hice una mueca y casi sentí lástima por la pobre criatura.
Miraculous no era muy grande y fue difícil acoplar a cada uno en un lugar donde poder pasar la noche, aunque al final un poco apretados se pudieron alojar en las diferentes cabañas. Algunos como Kim, se renegaron en cuanto ordené que cada uno hospedara a uno de ellos, pero tal solo bastó con una mirada de advertencia para cerrarle la puta boca.
Aquella noche, dormí con una sensación muy rara en el estómago, una satisfacción que no podía compararse a la de matar a una decena de personas por placer.
No sabía bien como definirlo, quizás porque también me sentía conmocionado por mi encuentro con Marinette, y su... propuesta.
Una propuesta que me emocionaba tanto como me angustiaba.
○•○•○
Adrien
A la mañana siguiente me desperté con el sonido de unas voces que se escuchaban fuera.
—Joder...—gruñí.
Apenas había podido dormir dos horas. Debían ser las siete de la mañana ¿Quién cojones estaba despierto?
Aparté las mantas de mala gana y me levanté mientras caminaba hacia la mesa de mi cuarto y ponerme mi camisa negra.
Bostecé con pereza y me revolví en pelo, adormilado. Abrí la puerta de la cabaña y no pude evitar fruncir el ceño.
—¡Eh!—dije, intentando captar la atención de todos.—¿Qué estáis haciendo?
Lo último que me esperaba ver aquella mañana era ver como se largaban todos y cada uno de los trabajadores del circo, ¿es qué no se podían quedar quietos ni un minuto?
La mayoría de ellos me miraron y agacharon la cabeza, avergonzados porque estaban rechazando la hospitalidad que le habíamos dado.
Agarrada a un hombre con una barba de longitud considerable, se acercó la mujer de una sola pierna. Esbozaba una triste sonrisa y su mirada era nostálgica.
—Tenemos que marcharnos, muchacho—. Me dijo.
Su acompañante, simplemente se dedicó a mirarme.
—¿Ha habido algún problema? No se...—me encogí de hombros y miré a algunos integrantes de Miraculous, sin entender muy bien las prisas que les habían entrado por largarse.—¿Os ha tratado alguien mal esta noche? Si es así podéis decírmelo, y sin problema, lo agarro y lo echo de aquí a patadas.
No me hacía ni puta gracia que fuesen solos por ahí, la mayoría de la gente no era tan tolerante y cualquiera podría atacarlos solo por su aspecto. Sí vivíamos en un mundo de mierda.
—Eres muy amable—dijo ella levantando una mano, haciéndome callar.—Todos lo han sido y puedo decir que después de muchos años, hoy por fin pude dormir tranquila—soltó un suspiro y miró a su amigo, como si de alguna forma le pidiese apoyo—. No sabemos como agradecerte todo lo que habéis hecho por todos nosotros, sin duda aparecisteis cuando más lo necesitábamos, y por esa razón no pretendemos abusar de vuestra hospitalidad.
En ese momento, quise interrumpir, pero ella volvió a cortarme.
—Sabemos lo que sois y la existencia de este lugar—me confesó.
—Entonces es por eso.—No pude evitar sentir un bajón dentro de mí. Y al parecer ella notó la desilusión en mi rostro—¿Creéis que os haremos daño?
—No...—Negó rotundamente con la cabeza, varias veces.—Por favor, muchacho ¿cómo crees? No cabe duda, de que en estos momentos, este sitio es el lugar más seguro para nosotros. Pero también sabemos la gran actividad que se mueve por aquí, andáis de un lugar a otro, haciendo millones de hazañas y... ese no es lugar para un puñado de discapacitados, nosotros solo entorpeceríamos vuestro trabajo y aunque no quieras decírnoslo, solo seríamos una carga.
Ante sus palabras, no supe que decir, aunque mi opinión no era ni de lejos, aquella. Ni siquiera me había parado a pensar una cosa así.
—Nadly conoce un pueblo cerca de aquí—dijo, señalando al hombre que tenía a su lado.—Necesitamos un sitio tranquilo, un lugar donde podamos hacer una vida lo más normal posibles y queremos probar un poco de suerte por esos lares.
—Aún así, creo que os estáis precipitando—insistí.—Ni siquiera os habéis recuperado y con todo lo sucedido no habéis podido ni dormir en condiciones.—En ese momento un bostezo amenazó con salir de mis labios, procuré reprimirlo y en su lugar solo conseguí poner cara de gilipollas. j***r, ni siquiera yo que estaba en completa forma había descansado bien.—Podéis quedaos aquí unos días más, no se, el tiempo suficiente para recuperaros.
La mujer volvió a negar.
—Este tipo de decisiones es mejor tomarlas rápido, sin ningún pensamiento que te haga retroceder—me aseguró.—Además todos estamos de acuerdo y muchos de esos amigos tuyos nos han dado comida y agua para los días del viaje. Y... sobre todo, no queremos que Kagami se entere de nuestra partida.
—¿Kagami?—inquirí.—¿Ella no se va con vosotros?
Según tenía entendido, ella también había trabajado con esa gente en el circo.
—Ella es la única que gracias a Dios no tiene ninguna falta. Es por así decirlo una jovencita normal y corriente—me explicó.—Si la atamos a nosotros, no podrá llevar esa vida como una mujer normal y tampoco queremos castigarla, obligándola a estar pendiente de nosotros y cuidándonos a cada rato.
Hubo un prolongado silencio.
—Sé que has hecho demasiado por nosotros, pero necesito pedirte una última cosa más—dijo, y noté como se avergonzaba al pedir otro favor.—Cuídala, deja que se quede aquí, esa jovencita tiene mucho que dar y estoy segura de que podrá hacer grandes cosas aquí, contigo.
No respondí al instante. Me había mostrado muy generoso con aquella gente, porque de alguna forma creía que les debía mi seguridad y protección, pero en cuanto a aquella chica, no estaba seguro de poder integrarla así como así en Miraculous. No la conocía, ni tampoco sabía de donde venía y si podía confiar en ella.
—Está bien...—murmuré y hasta yo noté la inseguridad en mis palabras.
Un brillo de alegría inundó los ojos de la mujer y olvidando su evidente inestabilidad se deshizo del agarre del hombre y se acercó hacia mí para darme un abrazo. La sujeté apresuradamente, antes de que cayese al suelo y sin darme cuenta yo también la rodeé con mis brazos.
«Joder, me estaba volviendo un puto blando»
—Gracias...—me dijo.
Noté como se le quebraba la voz y evitaba sollozar.
—No sé como pagarte todo lo que has hecho.
—No es necesario—dije, rompiendo el abrazo para poder mirarla a la cara.—Intentad no meteros en problemas y sobre todo cuidaos—Sonreí de lado.—Creo que con eso, voy bien servido.
—Puede que la gente os vea como criminales, pero a mis ojos—levantó una mano y me acarició la mejilla. Inevitablemente, mi cuerpo se tensó y la imagen de mi madre apareció delante de mí.—Sois ángeles, enviados por el señor.
○•○•○
Adrien
«Puede que la gente os vea como criminales, pero a mis ojos, sois ángeles, enviados por el señor»
Me habían dicho muchas cosas a lo largo de mi vida, cosas horribles y despreciables que podrían acabar con la moral de cualquiera: monstruo, bestia, asesino, criminal, desgraciado, miserable... y algunos más que se me quedan por el camino. Pero, ángel, ni de coña.
Jamás pensé que una persona pudiera verme de aquella manera.
Bueno, Marinette había comenzado a verme como un héroe, pero eso era porque la relación que ambos habíamos tenido se había convertido misteriosamente en algo mucho más fuerte que la de cualquier persona normal sentiría.
Sin embargo, escuchar a una persona ajena utilizar mi nombre para un bien, me había dejado consternado durante todo el día.
Solo habían pasado unas horas con aquella mujer y creí haber establecido unos lazos con ella que me ataban fuertemente. Quizás, porque hacía mucho que una persona me trataba de aquella forma, de una manera "maternal". Habían pasado muchos años sin recibir aquella especie de cariño y de la noche a la mañana había surgido una mezcla de sensaciones que no me dejaban tranquilo.
No podía evitar sentirme terriblemente mal, y no hacía otra cosa que pensar en aquella gente y en lo que podía estar pasándoles. Después de la última conversación, se me había hecho mucho más difícil dejarlos marchar, pero ellos lo habían decidido así y yo no era quien para mantenerlos encerrados. Ya cometí ese error antes, tuve a Marinette encerrada en contra de su voluntad y no iba a volver a repetir la misma situación.
Quedaban apenas unos minutos para el medio día y con todo lo sucedido, casi me olvido del encuentro en el que ella y yo habíamos quedado.
j***r, tenía ganas de verla. Quería verla y contarle todo lo que había pasado, decirle que los trabajadores del circo estaban bien y que nos habían dado las gracias por haberlos sacado de la miseria.
Estaba seguro de que aquello la alegraría, y conociéndola se pondría muy orgullosa de haber logrado hacer algo caritativo y valiente, según ella, una misión secreta resuelta con éxito.
Agarré mi cinturón, donde guardaba mi catana y mi pistolete y lo até a mi cintura. Nunca se sabía cuando alguien podía acecharme, así que era mejor ir preparado, por si la cosa se descontrolaba.
Cogí mi chaqueta y llevé una mano al picaporte.
En cuanto abrí la puerta, alguien se me echó encima y me obligó a retroceder varios pasos hacía atrás hasta que me inmovilizó contra la pared.
No me costó mucho reconocerla.
—¿Va a ser esto una costumbre tuya, empotrarme contra la pared cada vez que nos encontramos?—gruñí y hasta yo me di cuenta de que mis palabras habían sonado mal y fuera de contexto.
—¡¿Dónde están?!—me dijo, agarrándome con más fuerza.—¡¿Qué has hecho con ellos?!
Pasé un pié por detrás del suyo y la hice perder el equilibrio. Ella cayó al suelo al instante y con una sonrisa triunfal me agaché para mirarla desde arriba.
Su expresión me dejaba bien en claro que si pudiera me mataría solo con la mirada.
—Lo primero de todo: yo no soy un monigote al que puedes ir amenazando por la vida—le dije, apoyando mi brazo en la rodilla.—Y segundo, calladita estás más guapa.
—Serás cabrón... hijo de la gran...—comenzó a decir, pero yo la interrumpí al instante.
—Antes de que comiences a decir esa larga lista de palabras maravillosas con las que halagarme, quiero recordarte quien fue la persona que los trajo hasta aquí sanos y salvos.
—¡¿Entonces dónde están?!—se incorporó inmediatamente, aunque permaneció sentada en el suelo.—Me he despertado y no he visto a ninguno. ¡Si les has hecho algo por lo que son, te juro que te cuelgo de las bolas y no te bajo hasta que se te sequen!
—Wow, nos hemos levantado muy agresivos hoy ¿eh?—me levanté y le tendí una mano para ayudarla a levantarse. Ella miró mi mano y después me miró a mí. Me dio un manotazo, rechazando mi ayuda y finalmente se puso en pié sola.—Se han ido, ellos solos, por su propia cuenta. Al parecer no querían tener cerca a alguien que los amenaza con secarles los huevos cada vez que se enfada.
—No estoy para bromas. Quiero saber a donde han ido—me exigió.
—A un pueblo cerca de aquí, tranquila, seguro que estarán bien—aseguré con insuficiencia.
—¿Qué pueblo?—preguntó.—¿Qué dirección tomaron?
—Antes de que salgas como una loca a nosequé parte, quiero que sepas que te han prohibido rotundamente que los sigas y...buenas noticias—le dediqué una sonrisa burlona—: Te han dejado a mi cargo.
—Y una mierda, guapito, no pienso quedarme aquí, ni mucho menos dejar que juegues conmigo a los niñeros—me espetó.
—Tranquila, a mí tampoco me ha hecho mucha ilusión. No me gusta tener en mi casa a alguien tan... agresivo como tú, pero que le vamos a hacer. Supongo que la suerte no nos sonríe a ninguno de los dos.
—No. Si bien tú eres un idiota conformista, yo no soy de las que se rinden—me aseguró.—Me da igual que no me quieras decir para dónde se fueron, los encontraré por mi cuenta, yo sola—caminó con decisión hacia la puerta, pero yo fui más rápido y le interrumpí el paso, impidiéndole salir.
—Lo siento mucho, pero me temo que no puedo dejar que te vayas.—Le advertí.
—Si no te quitas de en medio no tendré piedad en dejarte estéril, muñeco—me soltó y el último apodo me sentó como una patada en los huevos.
—Mira me da igual si quieres dejarme sin descendientes y me da igual si quieres secar mis huevos como a las pasas, pero le hice una promesa a tu amiga y no pienso defraudarla.—Le aseguré.—Me pidió que cuidase de ti y es lo que voy a hacer. Se lo debo.
Aquella mujer había puesto todas sus esperanzas en mí, no podía defraudarla, aunque la chica que me había mandado cuidar fuese una completa toca pelotas.
La miré con seriedad y firmeza y durante varios segundos ella sostuvo mi mirada con seguridad.
—Así que ¿por qué no ponemos los dos de nuestra parte?—proseguí.—Estoy seguro de que ella te importa tanto como tú a ella, así que compórtate. Dejarte atrás no ha sido fácil para ellos, así que no se lo pongas más difícil exponiéndote a toda clase de peligros, inútilmente. No se lo merecen.
Me dio la espalda, molesta y soltó un gruñido exasperado.
—¡Mierda!—espetó.
La observé con una ceja enarcada mientras me apoyaba en el marco de la puerta.
—Si te sirve de consuelo, puede que no todos hayan decidido marcharse—esbocé una sonrisa y me aparté de la puerta para dejar paso a la pequeña que salió corriendo en su dirección.
La mirada de Kagami se iluminó al instante y su expresión se transformó.
«A eso se le llama tener dos caras»
—¡Camille!—exclamó abriendo sus brazos para recibirla.
Sí, también habían decidido dejarla a ella, al parecer ella y Kagami eran uña y carne y no podían estar la una sin la otra.
—Yo os dejo a las dos para que podáis instalaros, si necesitáis cualquier cosa podéis pedírselo a cualquiera, quizás ropa limpia y algo caliente.
Kagami me miró y no sabía si sus ojos me estaban echando o agradeciéndomelo.
Aunque, finalmente salí de la puerta y las dejé solas.
En aquellos momentos tenía cosas más importantes que hacer y j***r, ya llegaba tarde.
○•○•○
Adrien
Por cada minuto que pasaba, mi paciencia se iba agotando.
Estaba en el sitio exacto donde le había dicho y allí no estaba ni Dios.
Iba corriendo, esperando que me incriminaría gilipolleces sobre llegar tarde, pero cuando llegué no había nadie.
Ya había pasado más de una hora y tampoco llegaba. Quería esperarla, porque pensé que había podido tener algún problema a la hora de escabullirse o quizás el gilipollas del rey que la había entretenido para ir a comprar leotardos y pajaritas.
Pero nada.
Tan solo se escuchaba el viento remover las ramas de los árboles y el sonido de algunos pájaros que pasaban volando por allí.
Lancé una pequeña piedra con desgana y me puse en pié maldiciendo para mis adentros.
Había sido demasiado bueno para ser verdad.
No podía evitar sentir un nudo en el estómago, y por más que evitaba, la sensación de que algo había podido ocurrirle no se me iba de la cabeza.
Ella había sido la que quiso aquel encuentro, no yo. Fue ella quien insistió en vernos, no yo.
¿Entonces cual había sido el problema?
¿Por qué cojones no aparecía?
Miré a lo lejos, esperando ver una carreta o algún jinete cabalgando, pero la soledad de aquellas lares era más que palpable. Había escogido aquel lugar precisamente por eso. Era una zona muy tranquila y normalmente nadie solía pasar por allí.
Me di media vuelta, caminando de nuevo hacia el interior del bosque, con el corazón en la garganta y unas terribles ganas de romper algo.
Aunque hubiese sido yo, el que había decidido poner fin a lo nuestro, verla de nuevo me había alegrado el día, y tenerla cerca, aunque solo fuese por última vez era lo que más deseaba tener entre mis manos en aquellos momentos.
No.
Aquello no podía quedarse así.
Marinette no iba a dejarme plantado. No después de insistirme tanto.
Volví a girarme sobre mí mismo y me encaminé hacia la mansión de los Dupain- Cheng.
Marinette tenía que darme muchas explicaciones, y más le valían que fuesen buenas.