Adrien
Caminé con sigilo por los tejados de la ciudad, escrutando con la mirada lo que sucedía por las calles. La plaza estaba testada de casetas que se disponían por las calles de forma estratégicas para captar clientes. Había al menos una decena de estas y en todas ellas había algún tipo de charlatán que se encargaba de atraer gente para cazarla y hacerlas comprar entradas para ese circo.
A simple vista, aquello era normal. No era la primera vez que gente de esta clase—normalmente pobres— venían a París para conseguir un poco de dinero.
No quería precipitarme a la ligera y arruinarles el negocio y la vida, en general. Necesitaba pruebas que pudiesen afirmar lo que esa chica había dicho.
No podía confiar en una desconocida que decía tantas gilipolleces en tanto tiempo. Podría tratarse de una empleada frustrada que simplemente querría arruinarle el negocio a su jefe.
Aunque, de ser cierto. Aquella gente podría ser peligrosa y si la corona estaba en sus planes, Marinette podría correr peligro.
Como si mis pensamientos la hubiesen llamado, la vi salir de una tienda, acompañada de un tipo que la seguía a todas partes. Me quedé observándola durante varios segundos, analizando cada uno de sus movimientos.
Se sentó en un banco y al parecer mandó a su cochero a por algo, porque el tipo se alejó de ella, perdiéndose entre la multitud.
«Menudo incompetente»
¿Cómo se le ocurría dejarla sola en mitad de tanta gente?
Volví a fijar mi mirada en ella y por su postura tensa, sabía que estaba pensando hacer algunas de las suyas. La conocía demasiado bien como para no verlo.
Se levantó del banco, mirando a una mujer que había junto a la caseta.
«Joder»
Enserio, esta mierda no llevaba en París ni un día y ella ya iba a meterse en la boca del lobo.
Fruncí el ceño cuando la mujer la agarró de la mano incitándola a entrar.
«Tranquilo, Chat. No te precipites, no salgas y te expongas delante de todos por una gilipollez»
No podía actuar impulsivamente, quizás esa mujer era inofensiva y solo iba a decirle cuatro idioteces para dejarla contenta. Seguro que dentro de cinco estaría fuera.
«— Es solo una tapadera que utilizan para ocultar la secta que tienen montana, trafican con personas y con todo tipo que cosas. Chantajean y les comen la cabeza a los ciudadanos para que formen parte de sus artimañas.»
La voz de esa chica sonó en mi cabeza, provocando que todo mi cuerpo se tensara.
Me cago en la hostia. Si Marinette no salía de ahí en cinco minutos, juro por mi vida que reviento la caseta.
○•○•○
Marinette
El ambiente de aquel lugar era muy tétrico y tenía un ambiente misterioso e intrigante. El olor también era extraño, pero sin duda era muy agradable, como si respirar fuese más fácil con ese suave aroma.
El interior estaba adornado por finas y despampanantes telas con extraños símbolos grabados en ellas y con estatuas pequeñas de criaturas y dioses extraños que no podía reconocer.
—Por favor, siéntese.—Dijo señalando unos cojines situados junto a una pequeña mesa de madera.
Agarré la falda de mi vestido y con cuidado tomé asiento.
—Es todo un honor para mí que la futura reina del país esté sentada enfrente de mí—aseguró sentándose al otro extremo de la mesa redonda.
—¿C-Cómo me ha reconocido?—pregunté perpleja. Yo tenía entendido que estas personas eran extranjeras, no deberían reconocerme, no al menos tan a la ligera.
La mujer soltó una pequeña risotada.
—Pequeña... Yo lo sé todo—me aseguró, mirándome directamente a los ojos.—Así que... está interesada en asistir a mi circo.
—Sí, quiero llevar a una persona muy importante para mí—expliqué entusiasmada.—Estoy segura de que sus hijos alucinarán con su espectáculo.
Sonrió con amabilidad y colocó un mantel de terciopelo sobre la mesa.
—Le aseguro que no decepcionaremos a esos niños—me aseguró, alisando las arrugas que se habían formado en la lujosa manta.—¿Ha oído hablar alguna vez sobre el tarot?
—Es esa cosa de las cartas ¿verdad?—pregunté dubitativa.
Asintió.
—Es impresionante como unas cartas pueden adivinar el futuro—dije con una sonrisa.
—¿Le gustaría que se lo leyera?
Quise asentir sin pensármelo dos veces, pero luego caí en la cuenta de que el dinero se lo había quedado el cochero y en el bolso solo tenía un pañuelo y un paquete de galletas de chocolate.
—Me gustaría mucho, de verdad—me excusé, abrumada—Pero no tengo nada con lo que pagarte.
—¡Oh, no se preocupe!—dijo, levantando los brazos hacia mí.—La primera tirada es gratis.—Me aseguró, poniéndose en pié.—No se mueva de aquí, voy a por las cartas.
La observé desaparecer por la pequeña puerta, oculta tras una capa de cortinas.
Aproveché mi momento de soledad para inspeccionar más a fondo el lugar.
El ambiente era muy diferente al que estaba acostumbrada, sin duda aquellas personas debían tener una cultura y creencias muy diferentes a las nuestras.
El sonido de un bisbiseo, captó mi atención. Levanté la mirada y vi a una niña asomaba por la puerta. Su cabello estaba desaliñado, sus ropas manchadas y desgastadas y sus pies no tenían zapatos.
Me miraba por el umbral de la puerta, a la vez que estaba con sus sentidos alerta, mirando a su alrededor.
—Hola—la saludé con una sonrisa.
La niña me miró desde la distancia y con cautela me lanzó un periódico para que lo cogiese. Me quedé mirándolo fijamente y después la volví a mirar a ella.
Me señaló el periódico, como si me estuviese diciendo que debía leerlo.
Agarré el periódico, reparando la página exacta donde estaba abierto.
«Los Dupain Cheng en la familia real»
«Marinette Dupain Cheng, muy pronto en el salón del trono»
Aquella noticia ya estaba pasada de al menos dos días, y no era nada bueno para mí.
Fruncí el ceño y volví a mirar a la pequeña.
—¿Qué me quieres decir?—pregunté.
La niña señaló el periódico y después la puerta por donde había salido la mujer.
—¿Quieres decir que ella lo ha leído?—inquirí.
Ella asintió.
«Por eso me ha reconocido»
Volví a mirar a la niña.
—¿No puedes hablar?
Se señaló la boca y negó con la cabeza.
De repente, unos brazos aparecieron detrás de la pequeña y la agarraron con brusquedad.
—¡¿Qué estás haciendo aquí?!—le gritó un hombre, alzándola del suelo mientras la cogía de la pechera—¡Te dije que no salieras de la habitación!
Levantó una de sus manos y sin el menor remordimiento la golpeó con la mejilla.
—¡Deténgase!—grité poniéndome en pie.—¡No estaba haciendo nada malo!
En ese momento, la mujer que estaba conmigo apareció con total normalidad.
—¿Qué es tanto alboroto?
—Ha vuelto a salir, y por poco la perdemos. Ya se nos ha escapado una, no podemos permitirnos el lujo de dejar que otra se largue—la voz de aquel hombre era muy ronca.
—Esta mocosa otra vez.—La mujer se acercó a ella y la agarró de la oreja.—¿Qué estabas haciendo ahora, niña?
En ese momento, me interpuse entre ella y la pequeña, separándoles.
—No son formas de tratar a una niña ¿no le parece?—inquirí, fulminándola con la mirada.—Resulta irónico que su espectáculo sea para entretener a los niños si luego piensa tratarlos de esta manera.
La expresión agresiva de la mujer se transformó de golpe y en su lugar apareció una dulce sonrisa.
—Camille es una niña muy rebelde, a veces ya ni siquiera sabemos que hacer para que tenga modales—se disculpó, después miró al hombre—Será mejor que la lleves a su cuarto, ¿No cree que sería una tragedia que se perdiese en una ciudad tan grande?
El hombre agarró a la niña de los brazos y la arrastró hacia el exterior de la caseta. La señora me miró con una sonrisa.
—Siento que haya tenido que presenciar este momento, por favor vuelva a tomar asiento—me pidió.
—Tengo prisa, mi cochero me está esperando y debe estar preocupado—dije con frialdad, ya no creía nada que viniese de esta mujer, no después de ver como se había comportado con esa niña.
Sus ojos dejaron de brillar y por un momento su sonrisa se crispó, como si evitase decir algo.
—No se preocupe—dijo con la boca pequeña.
Quise salir de aquel lugar lo antes posible, con un nudo en la garganta que no me dejaba respirar. No estaba tranquila, no después de dejar a esa niña en manos de esa gente.
—Señorita—llamó la mujer.
Me giré hacia ella, y pude notar que su sonrisa se había desvanecido, y en su lugar lucía una mueca amenazante que me produjo un escalofrío.
—Sus entradas—dijo, levantando su brazo, extendiéndome los cuatro pequeños papeles.
Me acerqué a ella con recelo y las tomé cautelosamente. En el momento en el que se las quité de las manos una carta cayó al suelo, boca abajo, dejando ver un corazón rojo en el centro.
Miré a la mujer, que me observaba a los ojos, quizás esperando a que yo la recogiese. Me agaché despacio y cogí la carta y le di la vuelta observándola con el ceño fruncido.
—Es la carta de los amantes—explicó con una sonrisa—Y ha caído boca abajo.
Examiné la carta con el ceño fruncido y me percaté de que había un 1N dibujado en el extremo.
—Significa que ese día, romperás el corazón de la persona que amas con locura—explicó.
«El 1 de noviembre, el Día de todos los santos. El mismo día donde esos tres hombres me violaron»
Le entregué la carta y la mujer la recibió gustosa sin borrar aquella sonrisa torcida de su rostro.
—Que tenga un buen día, señorita—dijo, agachando la cabeza.—Espero verla el día del espectáculo.
—Igualmente—dije con desconfianza.
Me giré sobre mí misma y por fin conseguí salir. La luz del sol me nubló la vista, en contraste con la oscuridad que desprendía aquel lugar.
Miré por todos lados, esperando ver a mi cochero, pero aún no había llegado.
«Qué extraño, creía que había estado demasiado tiempo ahí metida»
Levanté levemente la falda de mi vestido para poder andar con más soltura y caminé hacia el puesto de té al que lo había mandando.
Tampoco estaba allí.
Suspiré exasperada y me llevé una mano a la frente.
«¿Dónde se habrá metido?»
Caminé más adelante, recorriendo toda la calle mientras miraba por todos lados.
Sentía las miradas de los ciudadanos, observarme fijamente. Seguramente estarían pensando barbaridades sobre mí por ir yo sola por la ciudad.
Sin embargo, mi cabeza no hacía otra cosa más que reproducir las palabras de aquella extraña mujer.
«Significa que ese día, romperás el corazón de la persona a la que amas con locura»
Un escalofrío se adueñó de mi cuerpo e inevitablemente sentí frío.
Esa mujer debía estar loca, tan solo ver como había tratado a esa niña podía adivinarse que no era de confiar. Ese lugar no era seguro, y algo me decía que ocultaba algo.
Miré las cuatro entradas que tenía entre mis manos y sin pensármelo dos veces las tiré, dejando que el viento las hiciese volar a lo largo de la calle.
Ese lugar no era de fiar y no pensaba poner a Marlene ni a sus hijos en peligro.
Una sensación extraña se apoderó de mí y no sabía por qué, pero desde el momento que salí de esa caseta tenía el presentimiento de que algo me perseguía y que pronto se echaría encima de mí.
Me giré con cuidado, observando a la gente que había a mis espaldas: todos parecían normal, gente charlando o comprando en el mercado.
Suspiré pesarosamente y me llevé una mano a la frente.
«Ese sitio ha debido afectarme, voy volverme loca»
Tenía que encontrar a mi cochero y volver a casa enseguida, después de todo lo que acaba de pasar, solo quería irme a casa.
Caminé unos metros más, buscándolo con la mirada y con aquella angustiosa sensación a mis espaldas.
Dos hombres, de la misma estatura y completamente calvos, iban allá donde yo iba. Aunque siempre que los miraba, ambos estaba actuando con normalidad, tratando asuntos de negocios o comprando cualquier tipo de alimento.
Me maldije internamente.
Maldije el momento en el que decidí alejarme del cochero para entrar a un lugar como aquel.
Si no lo encontraba en la próxima hora, tendría que volver a casa yo sola y eso enfadaría a papá.
De repente, unas manos se colaron por mi cintura y me agarraron, arrastrándome hacia un pequeño callejón sin salida.
Ni siquiera tuve tiempo para reaccionar, ni tampoco de reconocer a la persona que me había atacado.
Me hizo chocar contra la pared y sin darme tiempo ni a gritar me tapó la boca con su mano. Mientras que con su cuerpo me impedía moverme. Aprisionó su duro torso contra mi cuerpo, y apoyó su antebrazo sobre la pared, justo encima de mi cabeza, conformando una prisión humana que no me dejaba escapar.
Un aroma familiar se apoderó de mí.
Mi respiración se aceleró y enseguida levanté la mirada para toparme con esas perfectas gemas esmeraldas.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, él se llevó una mano a los labios, indicando que no abriese la boca. En ese momento miró hacia un lado, en la dirección que comunicaba con la calle principal.
Los dos hombres que había estado viendo aparecieron por ella, buscando algo con angustia y diciendo todo tipo de palabrotas y maldiciones.
Escuché a Adrien maldecir al tiempo que su cuerpo se relajaba.
—Joder...
—¡Me has asustado!—le recriminé, una vez que había logrado salir de mi estado de shock.
Le golpeé el pecho, para que me liberare y al parecer, solo fueron cosquillas para él.
—De nada—ironizó él rodando los ojos.
—¿Cómo qué de nada?—inquirí poniendo los brazos en jarra—¿Es qué acaso tengo que agradecerte algo?
En realidad sí. Y mucho, de no ser por él, habría caído en manos de esos dos tipos, aunque preferí hacerme la desentendida.
—Esos dos te estaban siguiendo desde que saliste de esa caseta—dijo, señalando la calle por donde habían pasado.—¿Cómo se te ocurre meterte ahí tú sola?
—Culpas a esos tipos de seguirme, pero tú no eres muy diferente a ellos—espeté.—Si sabes todo eso será porque también me seguías.
Sonrió con insuficiencia.
—Pues me alegro de haberlo hecho, porque sino algo muy feo hubiese ocurrido, bichito—me soltó.
—¿Y tú que sabes si me seguían o no? A lo mejor había tomado el mismo camino que yo—dije dándole la espalda.—Además no necesito que estés pendiente de mi ¿vale? No necesito que me protejas de nada. Sé cuidarme yo sola.
—Sí... claro—ironizó él.—Y por eso te metes en la primera caseta que te encuentras en el camino, con una mujer que tiene más pinta de bruja de Blancanieves que te pitonisa. ¡No me digas que encima te has comido la manzana! ¿O acaso os ha bendecido a tu prometido y a ti con un montón de enanitos en leotardos?
—Idiota...—lo insulté, ignorándolo y volviendo a la plaza.
No quería ni verlo en pintura, no después de mi encuentro con él anoche. Y sobre todo para evitar tener una conversación sobre lo ocurrido en aquella caseta.
—¿Piensas volver tú sola?—me preguntó.—¿Acaso te va el m********o o qué?
—¡Sí!—espeté—.Al fin y al cabo ¿puedo estar segura con el criminal más buscado de París? No me hagas reír, Adrien.
—Tu cochero se fue a no sé qué sitio, supongo que te estaba buscando—me explicó.—Deja que te lleve a casa.
—¿Qué quieres? ¿Qué llegue a mi casa contigo y le diga a mi padre: Hola papá, he perdido al cochero así que me topado con el tipo que me tuvo secuestrada durante meses y se ha ofrecido a traerme?
Adrien soltó una risotada socarrona y negó con la cabeza.
—Muy surrealista, sí—aseguró sin borrar esa sonrisa de su cara.
—Me alegro de que te hayas dado cuenta—volví a girarme para andar por mi cuenta, pero entonces una idea surgió en mi cabeza—. ¿Tú sabes quien eran esos tipos?
—¿Los cabeza huevo?—dijo levantando ambas cejas.
—Sí.
—Los he visto salir de la misma caseta que tú. Tienen que ser del circo que acaba de llegar a la ciudad—explicó.
Me llevé una mano al mentón, dubitativa. Todo ese asunto comenzaba a desconcertarme más y más. Esa gente no eran simples acróbatas de circo.
—Escucha— Adrien posó sus dos manos sobre mis hombros, sobresaltándome. Estaba tan ensimismada en mis pensamientos que no me había dado cuenta de en qué momento se había acercado tanto.—Pase lo que pase, no vuelvas a acercarte a ninguna de esas casetas ¿Me oyes? Ni a ese circo tampoco.
Fruncí el ceño y lo miré con curiosidad.
—¿Por qué?—quise saber.—¿Acaso hay algo extraño en él?
—No tienes por qué saber nada, mientras te mantengas alejada, todo irá bien.
—Pues que causalidad que he comprado entradas para ir—aseguré, intentando provocarlo.
Odiaba que decidieran por mí y sobre todo que me dijeran que hacer y que no.
Me fulminó con la mirada y soltó varias maldiciones.
—Tú solo no te acerques a ese sitio ¿me has entendido?—insistió.—Así que deja de ser tan cabezota por una vez en tu vida y hazme caso—me advirtió.—Puede ser peligroso.
—¿Acaso estás preocupado por mí?—pregunté mirándolo directamente a los ojos.
—Joder... ¿Cuándo vas a dejar de hacer eso?
— ¿Hacer qué? — Quise saber.
—Comportarte conmigo como si tú no hubieses significado nada para mí —se quejó.
— Lo dices en pasado—insisto. Mirándolo con ojos penetrantes.
Resopló por lo bajo.
— Marinette deja de revolver el pasado. La decisión que tomé esta hecha, tú y yo no podemos estar juntos ¿vale? No podemos.
○•○•○
Marinette
Al final, Adrien no quiso separarse de mí hasta que encontré a mi cochero. Así que insistió en observarme por los tejados hasta que finalmente consideró que estaba a salvo. Un hecho que me molestó tanto como me ilusionó. Su preocupación me conmovía, pero no podía emocionarme por algo que muy posiblemente jamás tendría.
Además aquella mujer me había lanzado una clara advertencia: romperé el corazón de la persona que más amaba y ese era el de Adrien.
Adrien tenía razón, teníamos que estar separados. Si me mantenía alejada de él y seguía con mi plan de seducción con Jouvet, jamás podré hacerle daño.
Aunque, no solo era aquel problema el que tenía en la cabeza: ese circo guardaba algo turbio y la obsesión que Adrien tenía de alejarme de él, había encendido en mí aquella chispa de desconfianza.
La niña que vi no estaba bien, y cantaba a kilómetros, por su aspecto que aquella gente la estaba maltratando.
Me daban igual las palabras de Adrien. Ya no era la mujer débil e indefensa que había conocido en Miraculous, y si pensaba que podría protegerme toda la vida, se equivocaba.
Estaba decidido: esa misma noche iría visitaría misterioso circo.