XI

3768 Words
Marinette      El silencio en la ciudad era sepulcral.      Era media noche y no se veía ni un alma por las calles. La plaza del mercado estaba completamente desierta y las diferentes casetas que se disponían a lo largo del camino estaban cerradas.      Se disponían a varios metros unas de otras, trazando un perfecto camino que conducía al núcleo del espectáculo: el circo. Seguramente, se tratase de un truco que utilizaban para indicar el camino a los clientes y espectadores.      Era diciembre y el frío invernal daba muestra de ello. Me oculté aún más con mi manto de terciopelo y caminé a lo largo de la calle. Con suerte, todo el mundo estaba en la cama o durmiendo y por una vez en mi vida me alegré de ser "amiga" de la banda más peligrosa de la ciudad, al menos tenía una posibilidad más pequeña de ser atacada.       Salir de casa no había sido cosa fácil. Tuve que atravesar una barrera de obstáculos que lamentablemente me conocían a la perfección: Marlene, la primera, que casualmente ese mismo día terminó después su jornada; papá fue otro, aunque no supuso mucho problema, pues había días en los que para él era invisible, y finalmente a unos cuantos vigilantes que había a la entrada, pero tampoco  resultaron un gran impedimento, su partida de cartas parecía ser más importante que cualquier otra cosa que ocurriese a su alrededor.       Era consciente del lío en el que podía meterme: si me pillaban, papá no me dejaría salir de casa hasta el día de mi matrimonio, un riesgo que estaba decidida a asumir.       Aquel circo ocultaba algo y no entendía por qué, pero desde el momento en el que vi a esa  niña, supe que tenía un compromiso con ella. Me advirtió de algo, seguramente relacionado con la extraña mujer del tarot. La forma en la que la había tratado me produjo escalofríos y por alguna razón, tenía la necesidad de sacarla de allí.       Además, Adrien había insistido mucho en no aparecer por  aquel lugar. Un punto más que me decía que ese circo ocultaba algo muy turbio y pensaba llegar hasta el fondo. Él no me había querido decir de qué se trataba, bien, pues tampoco necesitaba su información super secreta. Yo misma lo averiguaría y con un poco de suerte podría sacar algunas conclusiones y a aquella niña muda.       Salí de casa con una pequeña bolsa de esparto a mis espaldas donde llevaba un pequeño cuchillo que había cogido de la cocina—en caso de emergencia— y un poco de dinero que pudiese utilizar por si  me pillaban  fisgoneando en su terreno.       Llegué a las afueras de la ciudad donde se disponía una enorme carpa dividida en tres pequeñas zonas circulares que convergían en el centro terminando en un techo puntiagudo  que llegaba hasta las nubes. Al parecer, estas habían bajado formando un ambiente húmedo y espesa neblina.       Me acerqué con cautela, no sin antes comprobar que todo estaba despejado y me oculté en la primera caseta que me sirvió de escudo. La carpa del circo no era lo único que había. A su alrededor se disponían varias casetas y jaulas que portaban animales y todo tipo de criaturas que no había visto en mi vida.      Todo estaba oscuro, y lo único alumbrado era un pequeña parte de la carpa, donde se distinguían tres siluetas que hablaban cordialmente. Al parecer se trataba de dos hombres y una mujer que estaba sentida en una pequeña banqueta de madera.       Agarré la falda de mi vestido para poder así caminar con más sigilo hasta situarme justo a un lado de aquellas tres personas, tan solo la fina lona de la carpa era lo que me separaba de ellas.       —Hemos buscado por toda la ciudad y no hay ni rastro de ella—informó una voz masculina.      —¡Me da igual que ya hayáis buscado! ¡Quiero que la encontréis y me la traigáis de vuelta!—no fue muy complicado reconocer la voz de la pitonisa de aquella mañana.—Mañana es la primera sesión y todas mis criaturas deben estar allí para el espectáculo.       «¿De quién estarán hablando? ¿Acaso la misma niña se había vuelto a escapar?»      —Ha podido huir al bosque—aseguraron.—No puede haber tomado otro camino.       —Y si lo creéis... ¿Por qué demonios no estáis buscándola por esa zona?—inquirió la mujer.      —Hay rumores...—se excusó uno.—Dicen que en el bosque se encuentra es escondite de Chat Noir.       Con solo escuchar su nombre, mi corazón se aceleró.        —¿Acaso le tenéis miedo a un solo hombre?—espetó ella.—¡Ese tipo es solo apariencia! ¡La gente hablar mucho, y poco a poco los rumores se hacen leyenda!      «Eso es porque no lo conoces bien, bruja»       —Dicen que llevan más de tres años detrás de él, y la corona francesa aún no ha podido atraparlo—explicó.       —Además, él fue el responsable del atentado en el corral de comedias—reafirmó el otro.—Si esa zorra ha dado con él, ya debe de estar pudriéndose con los gusanos.       No tenía idea de quien podía ser la pobre mujer de la que estaban hablando, pero sin duda sentí compasión por ella. Esas formas de dirigirse a ella me ponían enferma, y a juzgar por el insulto del final, no podría tratarse de la niña.        Miré a mis espaldas y caminé hacia la parte trasera del circo. Quería llegar más a fondo, esos tres tramaban algo y si podía averiguar de qué se trataba lo haría para arruinarle los planes y echarlos de la ciudad a patadas.       Sonreí con suficiencia      «Por una vez me alegro de ser la prometida del rey»      Las condiciones en aquella parte de la carpa eran lamentables, si en la primera fachada del circo todo estaba listo para un espectáculo de gama alta para las mejores clases, en este lado todo parecía una auténtico vertedero.       Escuché el sonido de una una armónica sonar a mis espaldas. La melodía era muy bonita y se notaba que su músico elegía las notas con sumo cuidado para que el resultado fuese una composición perfecta y a la vez melancólica.      Me asomé levemente, asegurándome de no mostrar mi cuerpo al completo, pero sí lo suficiente como para ver al autor de aquella hermosa música.      La imagen era muy difusa, pues lo único que lo alumbraba era una pequeña fogata que apenas desprendía luz; sin embargo, a pesar de aquella oscuridad pude ver a la perfección una escena que me dejó paralizaba.       Había un hombre. Un hombre que tocaba la armónica, pero no con sus manos ni con sus dedos, sino con sus pies. Una agilidad sorprendente que le permitía arrimar el instrumento a su boca usando únicamente los pies y las piernas.       Junto a él había una mujer que hacía girar un aro de metal alrededor de un cintura, moviéndose únicamente con las caderas y con el único soporte de una pierna, ya que la otra estaba amputada a partir de la rodilla.       Sus miradas estaban perdidas y apenas alcanzaba a ver un brillo en ellos, como si de alguna forma fuesen incapaces de afrontar el mundo con esperanza y felicidad.       No sé bien en qué momento lo hice, pero mis mis mejillas corrían lágrimas que lamentaban la situación que esa pobre gente tenía que soportar.      «¿Enserio había pagado por ver humillar a estas personas?»       Definitivamente, ese circo era una completa tortura, una estafa que se aprovechaba de los males ajenos para formar su espectáculo.       Si lo explicaba con delicadeza y aprovechaba la atracción que Jouvet sentía por mí, lograría que cerrasen esa carpa y que liberasen a esa gente a la que tenían sobre explotada.      Caminé hacia atrás lentamente procurando ocultarme entra las gruesas lonas de aquel lugar, pero mi cuerpo chocó con algo que me hizo girarme al instante.      La punta de una espada afilada se posó sobre mi cuello e instintivamente solté un grito despavorido.       —Me cago en la hostia—maldijo una voz.       La persona que tenía frente a mí apartó su arma al instante y se la guardó en su cinturón.       Mis ojos se posaron en los de él reconociendo su rostro y sus afilados ojos verdes, aunque muy en el fondo su voz repleta de la palabrotas ya me había dado la pista que necesitaba.       Suspire aliviada y me llevé una mano a la garganta, allá donde había estado a punto de derramar una gota de sangre.     —Ya no sé que hacer ¡j***r!—maldijo para sí mismo.—Es que no me cabe en la cabeza lo que te pasa.     —¿Y tú que estás haciendo aquí?—espeté malhumorada.—¡Y ¿por qué tienes que ir a todos sitios con esa espada?! Casi me matas, ¡bruto!    —¿Quieres bajar la voz?—me ordenó, en un susurro, cargado de reproche—. ¿No te das cuenta de que nos van a descubrir si hablas tan alto? Además, soy yo el que debería hacerte esa pregunta ¿Qué coño estás haciendo aquí? Creí haberte dicho que no te acercases.      —Y yo creía que  tú ya sabías que nunca te hago caso—aseguré molesta por su repentina regañina—Tú dices que este lugar no es de fiar y yo opino lo mismo. Además, esta mañana esos tipos me seguían, así que tengo razón de más para investigar por mi cuenta y  destapar lo que sea que tienen aquí montado—. Levanté mi bolsa de esparto con orgullo y sonreí.—Y... vengo preparada para cualquier emergencia.       Adrien me arrebató la bolsa de las manos, sin disimular el enfado que tenía.      —¿Enserio?—sacó el pequeño cuchillo de cocina y me miró incrédulo—¿Pensabas defenderte con esto?      Me encogí de hombros con indiferencia.      —Sí.     —No me jodas, Marinette—lo metió nuevamente en la bolsa de mala gana y me la lanzó de mal humor.      —¿Qué pasa?—inquirí—Puede que no haga mucho, pero al menos uno de ellos se lleva un pinchazo.       Lo vi refunfuñar por lo bajo, pero me ignoró por completo. Su atención estaba puesta a nuestro alrededor.       —Es horrible ¿Verdad?—pregunté poniéndome detrás de él para  ver aquello que estaba captando su interés. Y al parecer, él también se había percatado de esas dos personas que parecían mostrar un talentos inigualable, a pesar de sus condiciones físicas.—Antes... escuché hablar a tres personas—expliqué—. Parecían estar muy alteradas, buscando a alguien. Creo que a una mujer.        En ese momento, se giró hacia mí, mostrando cierto interés..       —¿A una mujer, dices?—repitió.      Asentí.       —Sí y parece que es muy importante, quizás para que no pueda hablar sobre las barbaridades que hacen en este circo—aseguré.       —Entonces era verdad...—murmuró para él mismo mientras miraba al suelo pensativo.       —¿El qué?—pregunté, curiosa.       Me miró con sus ojos verdes, dubitativo, como si de alguna forma estuviese pensando si responderme o no.       —Creo que sé de quien hablaban—aseguró, evitando dar el más mínimo detalle.       Volvió a girarse para posar su mirada sobre el hombre de la armónica y su peculiar bailarina.       —No son así por casualidad.—Me explicó.—Son los del circo o... lo que sea que sean.—Capturan a personas que se acercan y las conviertes en monos de feria.       —¿Qué?—pregunté aterrada.—¿Q-Quieres decir que ellos fueron los que les arrebataron los brazos y la pierna?     Adrien asintió.      —Y si no me equivoco, hay aún más personas igual a ellos. Deben de tener un pequeño ejército que haga cuatro gilipolleces para hacer reír al público.—Dijo, frunciendo el ceño.     —¿Entonces a qué estamos esperando?—inquirí señalando la calle que conducía a la plaza.—Hay que avisar al pueblo—aseguré, deseando hundirles el negocio a aquella gentuza.—Yo puedo hablar con Jouvet, tal vez me haga caso y los echen de Francia. A lo mejor incluso los meten entre rejas.       Adrien negó con la cabeza.       —No—dijo frunciendo el ceño.—Es mejor ser discretos.       Lo miré perpleja, sin entender muy bien a qué se refería.      —Si los delatamos es muy posible que paguen justos por pecadores—aseguró.—Estoy seguro de qué detendrían a todos los integrantes del circo, incluidos esta pobre gente—señaló con la cabeza al músico y a la bailarina, y suspiró.—Además, ya sabes como es la sociedad aquí en París,  los culparían más a ellos que a los dueños de todo esto y solo por ser diferentes.       Al escucharlo decir esas palabras, una sonrisita ladeada se formó en mi boca. Entrecerré mis ojos y lo miré de forma pícara.      Él en cuanto se percató de mi penetrante mirada se removió, aparentemente incómodo.      —Oye, ¿qué te pasa?—preguntó, mirándome —¿Por qué me miras aquí?       —Esta gente te importa ¿verdad?—inquirí.—Te preocupas por ellos—me acerqué aún más a él sin borrar la sonrisa—.Parece que el cruel Chat Noir tiene un corazón blandito ahí dentro.       —¿Pero qué estás diciendo?—me espetó molesto mientras me daba la espalda.—Solo hago todo esto porque esa gente tiene problemas. No soporto los abusos de poder, eso es todo.       —Sí... ya claro... Como sea—me coloqué a su lado y fijé mis ojos en la carpa del circo.—Pues yo siento lo mismo que tú. No podemos permitir que esos criminales sigan cometiendo más atropellos.       Adrien me miró con una mueca en la boca.       —¿Cuál es el plan?—pregunté finalmente.       —¿Qué plan ni que pollas?—me espetó.—Tú te quedas aquí o te largas para su castillo de princesa.      Lo fulminé con la mirada y puse los brazos en jarra.      —¡Ni hablar, yo voy contigo!—sentencié.—He llegado hasta aquí yo sola y sigo de una sola pieza.       —j***r, después de todo lo que te he contado de esta gente y no tienes los santos cojones de salir corriendo asustada—me fulminó con la mirada.      —¿Me has contado todo eso para asustarme?—reproché furiosa.     —En parte, pero al parecer ha dado mucho resultado—dijo caminando de un lado a otro mientras se alborotaba su melena rubia.—Mira, podemos hacer esto bien.       Lo miré con una ceja enarcada.      —Tú te quedas aquí, o más bien detrás de esa caseta y me esperas, ¿me entiendes?—dijo—O podemos recurrir a métodos más extremos, porque si te tengo que atar a ese póster con una mordaza lo voy a hacer.       —Si piensas que aún soy tu prisionera, estás muy equivocado, Adrien—dije, ahora con un tono de voz más agresivo.Su amenaza me había molestado.—Tú mismo me liberaste y ahora soy una mujer completamente libre que puede hacer lo que le dé la gana.—Sonreír con suficiencia.—Así que ya no tienes ningún poder sobre mí.       —Sabes que puedo volver a hacerte mi prisionera aquí y ahora, bichito—se acercó amenazante hacia mí, encarándome con la mirada y haciendo efecto de su imponente altura.—Aunque solo sea por unos minutos.       —Venga, Chat Noir—pronuncié las dos últimas palabras con un tono de voz sarcástico.—Inténtalo, si puedes.       Durante varios segundos, nuestras miradas pelearon, la una contra la otra, sin mediar ni una palabra. Tan solo hacían efecto las chispas que brotaban de nuestros ojos, chocando unas con otras.       —Mira tú puedes hacer lo que quieras. Puedes irte y dejarme aquí, pensando que estoy a salvo. Pero yo estaré por mi cuenta y me colaré ahí dentro aunque sea yo sola ¿Es eso lo que quieres?       —A veces no te soporto—me soltó en voz baja.       Le dediqué una falsa sonrisa.       —Lo sé, a mi me pasa igual—le dije dándole dos golpecitos en el hombro.—¿Entonces pasamos por la puerta trasera o por la entrada?—agarré la falda de mi vestido y comencé a caminar.—Y por cierto, ¿qué vamos a hacer? ¿Destrozarles la carpa? ¿La hundimos? Bueno, primero deberíamos liberar a los trabajadores—di un repingo entusiasmada,—¡ya sé! uno se encarga de liberarlo y otros de destruirlo todo. Yo me pido la parte de destrozarlo todo.      —¿Quieres cerrar la boca de una puta vez?—me espetó en voz baja.—¿Es qué quieres que nos descubran?      —Tienes razón, hay que ser sigilosos—murmuré.—Perdón... es que es la primera vez que estoy en una misión secreta.       —Ahora entiendo por qué te dejé con tu padre—me espetó rodando los ojos.       Lo fulminé con la mirada y agarré uno de sus cortos mechones rubios para retorcerlos y tirar de él levemente.      —¡Eh, ¿pero qué haces?!—me dio un manotazo en la mano y se rascó la cabeza.      —¡Shh!—advertí en voz baja—No hagas ruido ¿es qué quieres que nos descubran?—dije, repitiendo sus palabras.       Sacudió levemente la cabeza, gruñendo en voz baja y no dijo nada más.       Me di cuenta de que aunque solo había sido por un momento, la vieja Marinette impulsiva había regresado. Y no entendía por qué, pero estar junto a él, me hacía sentir viva, como si la opresión y la tristeza se desvanecieran, y ser una dama ya no estuviese en mi lista de obligaciones.       Sentí como su mano cogía la mía, incitándome a caminar junto a él.       Atravesamos la zona de los camerinos y las grandes jaulas que portaban animales que solo había visto en libros:  un elefante, dos leones, varios pájaros de colores vivos y tres monos que al vernos comenzaron a chillar y hacer ruidos raros, agarrándose con fuerza a los barrotes de la jaula y saltando de un lugar a otro.       —Me cago en los putos monos, si no se callan juro que les meto un tiro a cada uno—maldijo Adrien mientras recorría con la mirada el camino que tenía delante.        Me percaté de que la zona de carpa donde había luz, ahora estaba  a oscuras y la mujer que había visto aquella mañana y sus acompañantes ya no estaban.       Nos acercamos, lo más sigilosos que fuimos capaz y nos colamos por debajo de las lonas del circo. Adrien las sujetó el tiempo suficiente para que pudiese pasar con mi aparatoso vestido y después las dejó caer. No tardó mucho en alargar su brazo para asegurarse de que estaba pegada a él. La oscuridad reinaba el lugar, y no había ni un atisbo de luz que pudiese guiarnos.       —¿Y qué pensamos hacer aquí?—murmuré extendiendo los brazos. No quería chocarme con nada y provocar un estridente ruido que advirtiese a todos los ocupantes.       —Encontrar la prueba  que me de una razón para reventar a los gilipollas responsables de  esto—aseguró y al contrario que yo, él si parecía ver por donde caminaba.—Cuidado con la cabeza.       En ese momento, puso una mano sobre mi nuca y me obligó a agacharme levemente para no golpearme con algo.       —¿Cómo puedes ver? Está todo muy oscuro—dije, esbozando una mueca.       —He vivido casi toda mi vida en la parte más oscura del bosque. Ya estoy acostumbrado a moverme por la noche—explicó.—Me ofende que no lo sepas ya.      Refunfuñé por lo bajo, ignorando su falta de modestia.       —Cómo no...—ironicé, poniendo los ojos en blanco.       Tratamos de movernos en completo silencio, sin decir ni una sola palabra, quizás para poder pasar desapercibidos o porque no teníamos mucho más de lo que hablar.       —Mira, si te he dejado venir conmigo es porque no quería que te regresaras a casa sola,  pero no te acostumbres mucho a esto—me soltó con resignación.—Decidí alejarme de ti para protegerte, no para que vayas de cabeza al primer peligro que se te pone por delante.       —¿Y piensas que quedándome en casa aislada del mundo estoy segura?—inquirí.—Siempre van a existir peligros y aunque insistas en meterme en una burbuja de cristal no estaré a salvo, nunca. Y... prefiero morir hoy a permanecer toda una vida en una habitación cerrada.        A pesar de la oscuridad, pude percibir el brillo de sus ojos verdes mirarme con esa intensidad que solo ellos podían hacer.       En ese momento, comenzó a sonar una extraña melodía, tan alegre como a su vez perturbadoras que logró sacarme un pequeño escalofrío. Varias antorchas comenzaron a prender fuego, unas seguidas de otras, acompasas, hasta que la carpa entera quedó perfectamente iluminada, permitiéndonos una visión completa de todo nuestro alrededor.      El interior era enorme y la mayoría estaba compuesto por varios asientos donde el público debía sentarse. En el centro había un escenario un poco más alto que el resto del suelo, rodeado de varios circuitos con artilugios y extraños obstáculos, así como largas escaleras que conducían a la parte más alta de la carpa donde se extendían varias cuerdas entrecruzadas que desembocaban en una piscina de cristal repleta de agua.       Noté como el cuerpo de Adrien se tensaba, me agarró del brazo y me obligó a situarme detrás de él.       —¡Vaya! Así que tenemos dos clientes que no han podido esperar al día de la función—sonó una voz que me produjo escalofríos.       Recorrimos la estancia con la mirada, pero no vimos a la dueña de la voz.       Una mujer que conocía a la perfección salió de detrás del escenario. Su sonrisa era claramente perceptible y su mirada atravesaba el cuerpo de Adrien para desembocar en mí.       —¡Pero qué grata sorpresa, Señorita Dupain!—dijo, fingiendo una falsa alegría —¡No creí verla de nuevo tan pronto! ¿Acaso viene a ver como las cartas terminan de leer su futuro?—en ese momento, su mirada se posó divertida sobre Adrien.—Porque me pareció que la historia se había puesto de lo más emocionante. 
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