Marinette
—Irán todos los miembros de la élite, creo que para reafirmar tu compromiso—decía Catherine mientras revisaba la lista de todas las tiendas que debíamos visitar—Ya sabes, con todo aquel lío de la banda Miraculous, no hubo tiempo para concretar nada.
—Tampoco fue muy necesario.—Puse los ojos en blanco y me fijé en el escaparate de una tienda de sombreros.—¿Qué te parece? ¿Pasamos a esta?
Entrecerró los ojos y se quedó escaneando el letrero de la tienda, después miró la lista y negó con la cabeza.
—No, primero tenemos que elegir los vestidos y después los accesorios—dijo, como si fuese obvio y lo que acabara de decir fuese la idea más tonta del mundo mundial.—La siguiente calle a la derecha, esa tienda tiene unos vestidos para morirse.
Miró entusiasmada la calle y prácticamente salió corriendo hacia allí.
—Oye...—refunfuñé, viendo como se alejaba.—¡Espérame!
Me agarré la falda de mi vestido y la seguí tan rápido como mis tacones me permitieron.
La encontré parada enfrente el escaparate de un tienda de vestidos, mirando uno en especial de un bonito color cían. Para mi gusto era demasiado cargado, pero ella lo miraba como si fuese la octava maravilla del mundo.
—Marinette...—murmuró, mirando con ojos brillante el vestido.—Me he enamorado...
La miré divertida y me crucé de brazos.
—¿Amor a primera vista?—inquirí con una ceja enarcada.
—Totalmente—se giró hacia mí y me alegró volver a ver a la Catherine impulsiva y habladora que conocí.—¡Vamos, quiero probármelo!
Me agarró de la mano y me arrastró al interior de la tienda.
Se acercó al mostrador donde había una mujer mayor de cabello encanecido y rostro surcado de varias arrugas. Mientras hablaba con ella, yo me dediqué a explorar las perchas, repletas de todo tipo de vestidos. Todos eran preciosos y más de uno me llamó la atención.
—¿Está segura de eso?—la escuché decir.—Por favor, mire otra vez, a lo mejor está muy al fondo y no se ha dado cuenta.
—Lo siento, señorita. No solemos tener tallas tan altas, vienen muy de vez en cuando y el último se lo llevaron hace muy poco.
«Bien señora, le tendrían que dar un premio por el tacto de sus palabras»
—Entiendo...—musitó Catherine cabizbaja.—Se lo agradezco de todas formas.
Caminó hacia mí, más seria de lo que había entrado y se encaminó hacia la puerta.
—Vayámonos—dijo.—No hay de mi talla.
—Podemos mirar otros modelos—sugerí sacando un bonito vestido rosa pálido de una percha.—A lo mejor te gusta alguno.
—Ya la has oído—cuando abrió la puerta, el sonido de la campanita de entrada entró en mis tímpanos.—No suelen traer tallas tan grandes.
Suspiré y volví a colgar el vestido de mala gana.
No habíamos empezado nada bien. Había traído a Catherine de compras para subirle la moral y tenía que venirme una vieja a fastidiarme todo el plan.
—No te desanimes, solo ha sido una tienda y encima la primera—dije, situándome a su lado.—Aún quedan muchas más.
—Normalmente cuando vengo con mi madre es lo mismo, nunca tienen la talla de los vestidos que me gustan y al final tienen que hacerme uno a mi medida que parece un saco—espetó.—Quizás no deberíamos hacer esto—se giró hacia mí.—No quiero hacerte perder el tiempo.
—No digas estupideces—la agarré del brazo y la hice caminar hacia la siguiente tienda.—Vamos a encontrar el vestido ideal para ti, aunque tengamos que recorrernos la ciudad entera ¿Me has oído? NO VAMOS A RENDIRNOS.
Pasamos a varias tiendas y Catherine tenía que tener siempre los benditos ojos para elegir el vestido del que justamente no tenían su talla y cuando la tenían ella le sacaba un defecto como "Me abulta la barriga" o "Tiene el escote demasiado grande"
Yo le mostraba todo tipo de vestidos, siempre buscando a medida de sus posibilidades y para todos tenía que tener una maldita pega.
Yo también me probé muchos vestidos y la mayoría me gustaban para la fiesta. A Catherine todos ellos le encantaban y decía que estaba preciosa con ellos, pero sabía, por la expresión de su cara, que ella no estaba contenta, así que yo también los dejaba.
Pasaron dos horas y mis pies estaban destrozados, como si de alguna forma hubiera estado andando sobre rosales durante toda la tarde.
Llegué a la conclusión de que ir de compras con Catherine esta una de las cosas más difíciles que había hecho nunca y eso que ya llevaba unas cuantas: tirarme de un pozo, saltar por un molino en llamas, escapar de un circo ardiendo, pegarme con Lila Rossi y enamorarme de un criminal en serie.
—Te lo he dicho—dijo cuando las dos estábamos sentadas sobre el banco de la plaza.
Mi cuerpo pedía un descanso y no hacía otra cosa que abanicarme en busca de un poco de aire y eso que estábamos aún en invierno.
—No suelo encontrar ropa adecuada a mí—se quejó. Respiró hondo y me miró—¿Por qué no te has cogido ninguno de esos vestidos? Te iban como anillo al dedo.
Me mordí el labio inferior mientras miraba el agua que rebosaba de la fuente, distraída en las formas que esta hacía.
—No terminaban de convencerme—dije y me encogí de hombros sin más.—¿Lista para la segunda ronda? Aún nos queda una calle más.
La escuché resoplar hondo y se recortó sobre el respaldo de piedra del banco.
—Quizás deberíamos irnos a casa—dijo.—Ni siquiera sé si iré a esa fiesta, nadie me ha dado invitación.
Me puse en pié a regañadientes y me situé delante de ella, poniendo los brazos en jarra.
—A mí tampoco me han dicho nada y eso que soy la prometida del rey—la agarré de la mano y la incité a levantarse.—Así que nos vamos a presentar allí, con o sin invitación y les vamos a dar a todos en las narices.
Me costó una eternidad levantara, pero al final logré que cediera.
Entramos a otra tienda y le enseñé una larga lista de vestidos a los que se negó a probarse rotundamente y siempre se encabezonaba en aquellos que no le estaban bien.
—Esto es una estupidez...—refunfuñó por lo bajo.—Marinette, ¿por qué no te pruebas tú el vestido que te has probado antes? Seguro que te quedará estupend...
—¿Qué te parece este?—saqué de la percha un vestido azul marido, de seda, no muy voluminoso y de escote de palabra de honor, bordado con fino encaje por su falda y con un suave fular que caía por la espalda.
En cuanto se giró para observarlo, sus ojos se abrieron de golpe y su boca se entreabrió, embobada por la maravilla que acaba de encontrar.
—No me puedes negar que no es bonito. Y...—me fijé en la etiqueta y sonreí satisfecha.—¡Qué casualidad! Es de tu talla.
—¿Estás segura que has mirado bien?—me arrancó el vestido, prácticamente de las manos y comprobó la etiqueta varias veces.
—Vas a borrar los números de tanto mirarlo—dije, arrevatándole el vestido para llevarlo hacia el probador—Venga, pruébatelo.
—Solo si tú te pruebas este—cogió un vestido al que le había echado el ojo antes y lo extendió sobre su cuerpo para que pudiese apreciarlo mejor.—No finjas que no te gusta, porque he visto como lo mirabas.
No podía mentirle. Aquel vestido era precioso, de un color rosa pálido que dejaba los ojos al descubierto, con un fajín del mismo tono con dos mariposas en un extremos y la falsa era simplemente alucinante, con finos estampados de flores, apenas perceptibles que daban un toque único al vestido.
Había preferido pasar de largo de él porque prefería centrarme más en Catherine, pero ahora, no había motivos para no probármelo.
—Está bien—dije—. Entonces vamos juntas.
Nos metimos en un gran probador, muy luminosos y repleto de espejos por todos lados, lo que daba la sensación de ser aún más espacioso. Dos trabajadoras del local nos ayudaron a quitarnos los vestidos que llevábamos y a ponernos los nuevos. Ajustaron cada detalle: el bajo, los botones, los lazos y las mangas. Esbocé una mueca en dos ocasiones, cuando la modista me pinchó con un alfiler, pero fingí no sentirlo, en cambio Catherine, cada vez que le ocurría algo así, soltaba un grito de los mil demonios.
—Creo que ya esta—anunció la modista contemplando mi reflejo en el espejo.—¿Cómo lo ve usted? ¿Está bien el largo o prefiere que le coja más?
—Así está bien, gracias—dije, girándome un poco para verme por detrás.
La mujer me sonrió y me hizo una pequeña reverencia con la cabeza. Se giró hacia Catherine y su modista, que al parecer también había terminado su trabajo, estaba ajustándole el fajín con un alfiler que al parecer no atravesó la tela.
—Las dejaremos solas para que se miren mejor—dijo la señora que me había atendido.—Las esperamos fuera. Cualquier cosa que necesiten, no duden en avisarnos.
—Gracias.
Las observé salir por detrás de la cortina y en ese momento me giré para ver a Catherine que a su vez hizo lo mismo que yo.
Las dos nos quedamos una en frente de la otra, admirándonos con los vestidos de gala puestos. Ella estaba simplemente preciosa, el azul oscuro destacaba el tono de su piel y la tela se ajustaba a la perfección a su figura, por no mencionar el fular translúcido que colgaba desde sus hombros hasta sus pies.
—Wow...—dijimos a la vez.—¡Estás preciosa!
Nos miramos a la vez y no pudimos evitar soltar una carcajada.
—No, enserio, Catherine... Ese vestido es una maravilla y puesto en ti es el doble de espectacular—le aseguré.
—Gracias...—murmuró y se giró de nuevo para contemplar su relejo.—¿De verdad me queda bien?
—Bien es quedarse corto—me bajé de la base donde me había subido para que la modista me arreglase el la falda y caminé hacia ella.—Por favor, no le saques ningún defecto a este vestido porque sino te aseguro que tú y yo vamos a escapar muy muy pero que muy mal.
La escuché reírse por lo bajo y entonces supe que estaba más animada.
Dio una vuelta sobre sí misma y se miró cada parte de su cuerpo, desde el escote hasta los pies. Su expresión volvió a ser seria y supe que algo estaba rondando por su cabeza.
—¿Tú crees que me veo guapa?—me preguntó.
Hice un gesto de insuficiencia y me agarré la falda con cuidado para subir sobre la base de madera donde estaba ella subida. Me coloqué detrás de ella y posé mis dos manos sobre sus hombros para apoyarme en ella.
—Ya sabes mi respuesta, Cath—dije observando nuestra imagen en el espejo.—Estás espectacular.
—Eso lo dices tú, pero...¿Y los hombres?—murmuró.—¿Qué pensarán cuando me vean?
—Se quedarán muy pasmados—dije, sonriendo.—Créeme, a más de uno se le va a caer la baba.
Suspiró y agachó la mirada.
—Llevo esperando esto mucho tiempo—confesó.—En todas las fiestas y convenciones, miro desde la distancia a hombres apuestos, esperando que se acerquen a mí.—Hizo una pausa para tomar aire, como si todo aquello le afectara demasiado.—Pero ninguno venía hacia mí, me ignoraban y pasaban de mí como de la pared.
—Eso es porque no te conocen—repliqué. Me separé un poco de ella y me puse enfrente para que dejara de mirarse por un momento.—Si lo hicieran, más de uno quedaría rendido a tus pies, te digo yo que se pelearían y aparecerían duelos a diestro y siniestro.
Ella me sonrió con tristeza, levantando la comisura de sus labios.
—Tengo veintitrés años...—dijo.—Normalmente las mujeres se comprometen sobre los dieciséis. Cuando pasan la veintena, se supone que es una edad donde debemos estar casadas y amantando a nuestros hijos... Tener más de veinte y no tener a un hombre que te acompañe es una deshonra para mí y para mi familia.
Esa lógica era la típica que se inventaría su madre. Una lógica tan horrible como ella. Una lógica donde las mujeres somos máquinas de hacer bebes y ser el objeto de miradas de todos los hombres.
Y según esa ridiculez yo estaba en toda la pompa de buscar marido. Supongo que dieciocho años era la oportunidad perfecta, y yo ya tenía un hombre para mí y ese no era Jouvet, así que no podría aplicarse.
—Por eso mi madre y mi hermano no suelen invitarme a las fiestas, se avergüenzan de que no esté casada y saben que... si aún no lo estoy, jamás lo estaré.
La miré directamente a los ojos, intentando no cuestionar la lógica de su madre, y os aseguro que me costó tanto que tuve que morderme la lengua.
En su lugar, la abracé y dejé que se desahogada en mis brazos.
—¿Nunca te ha dicho nadie que para el amor no hay edad?—pregunté acariciando los finos rizos de su corta melena castaña.
—No, pero no es algo que se estile en la élite—musitó.
—Porque no se ha puesto de moda—me separé de ella y llevé algunos mechones de mi pelo detrás de las orejas.—Hay que... cambiar algunas cosas y... que mejor oportunidad que mi fiesta de compromiso.
—Todo el mundo me ve como la hermana pequeña y catetona del rey—soltó un suspiro y levantó un poco la mirada para observar su imagen.
—Entonces eso también habrá que cambiarlo—le aseguré.—Y empecemos por cambiar tu actitud. El sábado, lo primero que tienes que hacer es creértelo. Confía en tu imagen y piensa que eres digna de recibir las miradas de todos. Ve segura de ti misma y lánzate, habla con la gente, demuéstrales quien eren en realidad.
—No suelo ser muy sociable...—me interrumpió y se abrazó así misma.
—Ah no—espeté.—Claro que lo serás, estarás conmigo y cuando la gente se acerque a la prometida del rey tú estarás conmigo y... puede que caiga algún que otro hombre guapo que caiga rendido a tus encantos.
Pasé una mano por sus hombros y las dos nos quedamos mirando nuestros reflejos.
—Seremos las reinas de la fiesta.
○•○•○
Marinette
Me quedé dormida, esperándolo todo la noche, tal y como siempre hacía. La tarde de compras con Catherine había sido agotadora y mis pies y todo mi cuerpo necesitaba un descanso.
Estaba metida en un trance, como esas veces que estás entre dormido y a la vez despierto, en una frontera entre el mundo de los sueños y la realidad.
No quería dormirme, quería esperarlo despierta, para recibirlo entre mis brazos y jurarnos amor eterno como lo hacíamos todas las noches. Lo esperé durante una hora entera y como no aparecía mis parpados se volvieron más pesados, haciendo más difícil mantener mi promesa.
No estaba segura de en qué momento ocurrió, pero sucumbí ante el sueño y el cansancio me dejó tumbada en mi cama entre las sábanas y los cojines.
No pasó mucho tiempo cuando sentí unas manos suaves recorrer mi cuerpo, acariciando mis brazos con suavidad y los extremos de mi cuerpo, por mi cintura y mi estómago.
Sonreí, sabiendo que él estaba ahí, junto a mí, dándome todo lo que necesitaba, tocándome de esa forma que solo él sabía hacer.
Preferí no abrir los ojos y simplemente disfrutar el tacto de sus manos contra mi piel, apartando la molesta tela que separaba mi piel de la suya.
Sus caricias eran adictivas y el calor de su cuerpo era adictivo. Todo mi ser lo reclamaba, lo quería tan cerca de mí que me asustaba. Tenía miedo de mi misma, que mi amor y mi deseo por él fueran a hacerle daño.
«Le romperás el corazón a la persona que amas con locura»
A pesar de todo, las palabras de aquella mujer no se me quitaban de la cabeza. Solo eran supersticiones y puede que todo fuese una farsa, pero algo dentro de mí me decía que esas cartas podrían estar en lo cierto.
Abrí los ojos y me encontré con aquellos ojos esmeraldas que me hacían perder la razón, con su melena rubia despeinada que le daba aquel aspecto tan atractivo y terriblemente sexy y su perfecta mandíbula tan varonil que me dejaba con la boca abierta.
Adrien era simplemente perfecto, todo lo que yo había soñado. Él único hombre capaz de llevarse mi corazón. Él único.
—Adrien...—gemí su nombre, retorciéndome por sus caricias.
—Marinette...—escuché decir a su voz. Una voz totalmente diferente.—Eres tan hermosa...
Esa voz...
Él no era Adrien.
...
Mis ojos se abrieron de golpe y el rostro de Adrien se desvaneció por completo y en su lugar apareció el de otra persona.
Esos ojos castaños, ese pelo restirado hacia atrás y esa barbilla adornada por una barba perfectamente recortada...
«Jouvet»
Inmediatamente me incorporé. Dando un salto y apartándome todo lo posible del hombre que estaba sentado sobre mi cama. Me fijé en mi camisón de dormir y en mi cuerpo: los tirantes estaban bajados, dejando ver uno de mis pechos y la falda estaba levantada prácticamente del todo.
Me percaté de que una de sus manos habían estado recorriendo mi pierna, mis muslos y... otras partes de mi cuerpo.
Entonces... mi sueño... Mi sueño no había sido tan irreal...
Esas caricias que estaba sintiendo, esos besos y su tacto no habían sido mi imaginación.
La única diferencia era que no había sido Adrien quien lo había hecho.
Agarré las sábanas de mi cama y me tapé con ellas mientras que mis ojos se cristalizaban y al ira se iba adueñando de mi cuerpo.
—Marinette, déjeme explicarle—Jouvet levantó sus manos, en son de paz.
—¡¿Qué está haciendo en mi cuarto?!—le grité, agarrando las sábanas con fuerza.—¿Qué estaba haciendo en mi cama y por qué estoy medio desnuda?!
Jouvet suspiró, pero no por disculpa ni arrepentimiento, sino como si estuviese hablando con una loca que desvariaba por una estupidez.
—Marinette eres mi prometida, es obvio que puedo entrar en tu cuarto—me miró y por un instante sentía que sus ojos podían atravesar las sábanas y mi camisón.—Y también puedo hacer otras cosas, todo lo que hay aquí es mío y eso incluye poder disfrutar de tu cuerpo.
—Lárgate de aquí...—murmuré apretando los dientes.—¡¡Fuera!! No le quiero volver a ver aquí ¿Me entiende? ¡¡No vuelva a acercarse a mí!!
Agarré el joyero que había en mi mesita y apunté hacia él.
Sus ojos se vieron reflejados por un destello de malestar, como si la amenaza fluyera dentro de ellos.
Sin embargo, terminó por ponerse en pie, aún sin apartar la mirada de mí.
—Está bien—dijo.—Me iré si es lo que quiere, pero tenga claro que esta no será la última vez que ocurra esto—me señaló con el dedo índice.—Soy tu futuro esposo y eso me da derecho a tocarte tantas veces como a mí me de la gana. Así que vete mentalizando, porque ya me estoy cansando de vivir bajo el mismo techo y no poder disfrutar de ti como me corresponde.
Caminó hacia la puerta y la abrió con tanta fuerza que creí que iba a arrancar el picaporte.
—Y cuando eso ocurra, será mi nombre el que gimas.
Dio un estruendoso portazo que me hizo encogerme.
Ahora que se había ido, nada me impidió llorar. Me recosté sobre mi cama y me acurruqué conmigo misma, llevando las rodillas hacia mi pecho.
Empecé a temblar. Temblé de miedo, temiendo que Jouvet volviera a aparecer por aquella puerta.
Miré hacia la ventana, aún era de noche y Adrien... él no había venido.
No había aparecido aún y en su lugar Jouvet se había aprovechado para irrumpir en mi cuarto y tocarme por todos lados.
El recuerdo de sus manos, frías sobre mi cuerpo me dio escalofríos. Miré la puerta, con miedo a que regresara a terminar lo que había empezado y cumpliera su promesa.
—Adrien...—sollocé.—¿Dónde estás? Te necesito...
Necesitaba llorar sobre su pecho, sentirme protegida entre sus brazos y escuchar su dulce voz prometerme que estaba bien, que estaría a salvo ahora que él estaba conmigo.
Pero no fue así.
Él no apareció por mi ventana aquella noche.