XXIV

4587 Words
Adrien      Recuerdo aquel olor... El olor del cacao hirviendo a fuego lento sobre las llamas que bailoteaban en la chimenea. El chocolate caliente era la mejor comida del mundo, sobre todo, cuando tu madre era quien lo cocinaba.       Me tiraba toda la tarde junto a ella, observándola remover la cacerola, esperando a que la cena estuviese lista. Normalmente, nuestras cenas se basaban en eso: chocolate, o leche con los mejores bollos y panes de mi padre y aunque pareciese raro, me encantaba mojar el pan en el chocolate.       Una familia de panaderos no era el mejor trabajo del mundo, de hecho, a mis padres les costaba sudor y esfuerzo llegar a final de mes para pagar los impuestos, pero al menos, no solíamos pasar hambre, no teniendo harina y levadura.       —Adrien, cariño, ¿por qué no avisas a papá?—la voz de mamá me sacó del trance en el que me hallaba, pues entre el olor y las formas que hacía la cuchara sobre el chocolate, era sin duda la mejor hipnosis para dejarme fuera de combate.—La cena está casi lista.      Resoplé por lo bajo y puse los ojos en blanco.       Era un puto vago.      —¿Por qué no puede ir Félix?—pregunté inflando los mofletes.      —Tú hermano está en su habitación y teniéndote a ti al lado no voy a subir ni a darle una voz para decirle algo que tú puedes hacer perfectamente.—Ni siquiera se molestó en mirarme, estaba demasiado atenta en la cacerola como para ver mi cara de mala leche.—No seas perezoso, señorito.       Mi madre podía llegar a ser una pesada ejemplar.       —Ya voy...—me levanté de mala gana y caminé hacia la puerta de casa.        Papá estaba fuera, cargando grandes sacos de harina que parecían muy, muy , muy pesados.        «De mayor quiero ser tan fuerte como papá, capaz de levantar sacos enooormes de harina»        Los estaba descargando de un carro atado a una mula que estaba comiéndose los pajitos que crecían salvajes alrededor de casa.       —¿Quieres que te ayude?—le pregunté, observando como dejaba un saco apilado encima de otro sobre el porche de casa.—Mamá ha terminado la cena, si te ayudo terminarás antes y cenaremos antes.       Papá levantó la cabeza y me miró divertido.      —Cada saco de estos, son tres Adrienes—dijo, incorporándose para secar el sudor de su frente con la manga de su camisa.—No creo que puedas.       Era demasiado testarudo y en cierto modo... supongo que no he cambiado tanto. Cerré mis dos manos en puños y desafié a mi padre con la mirada. Su comentario me había enfadado y mucho.       Nunca me gustó que me subestimaran.       Corrí hacia el carro, repleto de sacos y me arremangué mientras sacaba pecho. Agarré la tela de esparto llena de harina y cerré los ojos mientras retenía en aire.       Tiré, tiré con fuerza, sacando todas mis energías para levantar aquel saco. Había desafiado a mi padre y quería demostrarle que yo podía ser igual de fuerte que él.       Sentía su mirada puesta en mi espalda y hubo un momento que se me escapó un pedo por hacer demasiado esfuerzo.        En ese momento, a la maldita mula le dio por avanzar unos pasos y eso fue lo suficiente como para hacerme caer hacia atrás.       Escuché las fuertes carcajadas de mi padre detrás de mí y eso me puso de peor humor.       —Te dije que  eran demasiado pesados para ti, ¿te has hecho daño?      Ni siquiera lo miré, sino que torcí el gesto y evité sus ojos.      Estaba demasiado avergonzado y nuevamente, le había demostrado que era un bueno para nada.       —¿Por qué no puedo ser tan bueno como tú?—pregunté, aún sin mirarlo.—Solo sirvo para hacerle los recados a mamá.      Papá volvió a reír.       —¿Bueno en qué? ¿En hacer pan?—preguntó él.— Créeme, es mejor que aspires a algo mejor que eso.     —No solo en eso.—Lo interrumpí.—Más bien en levantar sacos de cien kilos y llevarlos al hombro como si no pesaran.       —No creo que esos sacos pesen cien kilos—se burló.      —Pues a mí si me lo parece—espeté molesto.—Ni pesaran menos, hubiese podido con ellos.       —Para lo pequeño que eres, lo has hecho muy bien—me aseguró y vi como su mano se ponía enfrente de mi cara para ayudarme.—Aunque, si quieres, algún día de estos puedo entrenarte. Créeme, en pocos días, estarás levantando dos de esos sacos a la vez.       —¿De verdad?—levanté los ojos al fin y lo miré con una sonrisa de oreja a oreja.        —De verdad—reafirmó, esperando a que aceptara su mano para levantarme.—Venga, levanta del suelo, que como te vea mamá, te va a caer una buena. Ya sabes la manía que tiene con la ropa blanca.       Lo cogí de la mano y sin apenas esfuerzo, me levantó entre sus brazos y me llevó en brazos, y eso me hizo darme cuenta de lo pequeño que era en comparación.       Lo miré a la cara, percibiendo sus rasgos firmes y varoniles, sin duda un hombre en toda la ley, y yo... no llegaba ni a semihombre. Él era todo a lo que podría aspirar a ser cuando creciese, y si lo lograba, sería la persona más feliz del mundo. Solo quería que, en un futuro, yo fuese un hombre, él pudiera estar allí, viéndome para que se sintiese orgulloso de mí.       —¿Qué es esto?—pregunté, viendo como su cuello estaba rodeado de un fino cordel.       No pude evitar seguir la dirección de aquella fina cadena y sin pedirme permiso, saqué de entre su camisa el objeto que tenía colgado: era una llave.      Una llame muy bonita, y muy brillante. Tenía incrustados tres pequeños diamantes rojos y la forma de la cerradura era muy rara. y aunque no había ido demasiado al colegio, su forma era muy parecida a una "K".       Vamos, que no aquella cosa, no abría nuestra casa.       —Un regalo de un viejo amigo—me quitó la llave con brusquedad y está volvió a colgar sobre su pecho, después, la ocultó entre su camisa.       —No te la había visto nunca—dije, fijo en la zona donde debía estar.—Es muy bonita.       —Eso es porque mi amigo me la trajo hace poco—dijo.—Le gusta viajar mucho y siempre me trae cosas muy raras.       Me quedé pensativo, recordando la imagen de aquella llave.        —Me gusta mucho—dije.—¿Le puedes decir a tu amigo que me traiga otra igual?      —Me temo que eso va a estar difícil.       —¿Por qué?—quise saber.—¿Ya se ha ido?       Él negó con la cabeza.        —Porque solo existen cuatro en todo el mundo—me explicó u subió los tres escalones que conducían a la puerta de casa.—Las otras tres están perdidas por toda Francia.        —¡Entonces yo las encontraré!—aseguré.—¡Las encontraré para ti!       —Por lo que veo, hoy estás muy entusiasta.—dijo reprimiendo una sonrisa.      —¡Lo digo enserio! ¡Voy a encontrar esas tres llaves y cuando lo haga, te las entregaré como trofeo!—Le prometí.—Palabra de Agreste.  ...      Abrí los ojos, con ese recuerdo repitiéndose en mi cabeza, una y otra vez.       «Voy a encontrar esas tres llaves»      —Tres llaves... ¿Por qué se me viene esto a la cabeza? ○•○•○ Marinette     —¿Qué estás haciendo aquí?—preguntó una voz a mis espaldas.     Una voz, que me produjo un escalofrío desde mi espalda hasta mi cuello.       El corazón me dio un vuelco y mi respiración se desvaneció.       Clavé la mirada, primero en el extravagante cuadro de la pared y después me fui girando poco a poco.       La expresión altiva y orgullosa era la misma la que la de hijo: mirada segura, labios muy finos, nariz aguileña y cejas perfectamente arregladas.       Reconocía que su aspecto imponía muchísimo. Iba elegante, con un vestido no muy pomposo pero de un recargado encaje granate, sus manos estaban cubiertas por unos finos guantes de lana bordados y un despampanante sombrero que parecía un jarrón encima de su cabeza.        Nos quedamos mirándonos durante varios segundos, sin decir una sola palabra. Estábamos demasiados ocupadas, analizándonos la una a la otra y yo, sobre todo calculando la situación para ver a que me enfrentaría en un futuro.      —Te he hecho una pregunta, jovencita—insistió.—¿Acaso tu padre no te enseñó a hablar cuando te pregunta un mayor?      «¿Un mayor? ¿Jovencita? ¿Quien se cree que es?»      Me está tratando como una niña.        —Esto...—me froté las manos con nerviosismo y clavé los ojos en el suelo.—Estaba esperando a...       —Mírame a los ojos cuando hablas—me interrumpió.       «Vieja marimandona»       Resoplé por lo bajo, procurando que no se diera cuenta de que su presencia me estaba produciendo diarrea.       —Estaba esperando a Jouvet—solté, mirándola directamente a los ojos. Si ella quería una guerra de miradas, eso era lo que tendría.      —¿Jouvet?—inquirió, acercándose hacia mí poco a poco, cruzada de brazos y con una ceja enarcada que levantaba hasta el extremo de su nariz.—¿Esa es la forma de dirigirte a tu futuro esposo? No, mejor aún ¿al rey de Francia?      «Más bien a un corrupto»       —Considero que puedo tratar a mi prometido con un tono... menos formal—dije, haciendo énfasis en las últimas palabras.—No se, en el seno de matrimonio ambas partes deben sentirse cercanas.       «Con un poco de suerte me echará la cruz y obligará a su hijo a romper el matrimonio y elegir una mujer tan horriblemente pomposa como él»      No habló enseguida, sino que se dedicó a dar vueltas a mi alrededor, como un buitre merodeando alrededor de un c*****r.       Dio al menos tres vueltas a mi alrededor y yo, simplemente, quise largarme de allí sin más. Odiaba ser el centro de atención, especialmente si alguien te miraban con tanto descaro.       —Eres muy hermosa, de eso no cabe duda—soltó, sin venir a cuenta.       Así que me estaba evaluando como una muñeca de colección.       —La belleza no es el mejor atributo en una persona.—Dije, con la cabeza bien alta.—Hay cosas más importantes que evaluar y que tienen el doble de valor.       La mujer arqueó ambas cejas y la comisura de sus labios se arqueó hacia arriba.       —Eso... es un buena observación, querida.—Dijo, desplazando su atención hacia los papeles tirados sobre el escritorio de Jouvet.—Pero de qué sirve prestar atención a esas cosas tan importantes, si el resto las pasan por alto.       —Supongo que eso dependerá de cada persona—dije, queriendo largarme de allí.       Cuando me levanté aquella mañana, lo que menos me apetecía hacer era hablar con mi "suegra".         —No se puede hablar de una persona, sino de las grandes masas—se dio media vuelta y se recostó levemente sobre el escritorio de madera.—Te diré un consejo, muchacha, porque creo que estar encerrada tanto tiempo no te hace ver la realidad de las cosas.       —Sé mucho más de lo que cree señora—espeté, molesta.       —Entonces sabrás que tu imagen será lo único que te ayude a sobrevivir en esta tierra, un lugar repleto de codiciosos que ansían ser los mejores en todo.—Me explicó.—Y ese es el papel de los hombres, el nuestro es más sencillo.       Ya sabía por donde iba todo aquello y simplemente no me gustaba en lo más mínimo.       —Supongo que el nuestro es estar sentadas todo el día, esperando a que los esposos nos lleven la comida a casa—solté, y no intenté que mi tono de voz sonara calmado.—Bueno, supongo que tendremos que dejarnos la vida en estar perfectas, ser el patrón de mujer que todo el mundo piensa que es el correcto.       Sus manos, se cernieron sobre la madera de la mesa, y aunque creí haberla desafiado, su sonrisa permanecía intacta.       —No lo habría descrito mejor—dijo, enderezándose otra vez.—Sabes más del asunto de lo que creía y también sé que mi hijo  elegido a una niña bastante impulsiva y deslenguada, por lo que veo.       —Se ve que le gustan los retos—dije, esbozando una sonrisa irónica.       Su mirada volvió a recorrerme con descaro con una sonrisa más falsa que verdadera.       —Entonces, en eso, se parece a mí—su voz se escuchó afilada, tanto que sentir mi voz cortarse cuando quise decir algo.—Te espero mañana a la hora del té, eres una niña muy curiosa y me gustaría conocer más de ti.       Algunas plumas de su sombrero me rodaron la mejilla cuando pasó justo a mi lado. Abandonó la estancia sin decir ni una palabra más, dejándome una sensación de lo más extraña en el estómago. ○•○•○ Adrien       Me había quedado dormido en el claro del bosque, el mismo donde una vez había llevado a Marinette para estar a solas con ella. Llevaba dos noches sin dormir una mierda y tumbarme en aquel lugar había sido la excusa perfecta para cerrar los ojos.       Bostecé con pereza y caminé con desgana hacia casa. Debía ser medio día, y yo llevaba desaparecido como un día entero. Desde que la hija de Bourgeois regresó, no me hacía ni puta gracia asomar las narices por Miraculous. Digamos que no nos llevábamos demasiado bien, yo no le caía bien a ella y ella a mí tampoco.       Con un poco de suerte, entraría a mi habitación y no tendría que verle la cara. Nathaniel se encargaba muy bien de ella y parecía un perro detrás de ella haciendo todo lo que ella quería. Aunque no lo reconociera, él no hacía otra cosa más que babear por ella.       Eché un vistazo a su cabaña y entré en la mía de mala gana. Quería lavarme la cara y todo el cuerpo en general porque llevaba un olor a rosas que no me quitaba ni a hostias.       Me encantaba el olor de Marinette, de hecho, podría pasarme horas y horas con la cara enterrada en su cuello, pero ese era su olor y yo... simplemente no iba a ir por ahí oliendo a flores de mujer, paso. Estuvimos como dos horas metidos en el agua y fue de todo menos un baño.       Reconocía que la chica tenía buen gusto a la hora de elegir cosas  que me ponían y j***r, sus caricias y sus manos eran como las de un ángel.        Recordar las noches que los dos pasábamos era lo único que me ponía de buen humor y aunque prefería que ella estuviese aquí, en Miraculous, poder verla todos los días ya era un regalo. Anoche casi la cago, pero ¿Quién sería yo sin cagarla? Siempre decía lo primero que se me vino a la cabeza y reconozco que un baño romántico no era lo que tenía planeado, aunque al final fue bastante bien.        Cuando llegué a mi cuarto, despejé todas mis fantasías con Marinette, sobre todo cuando vi a una mujer completamente diferente en la habitación y rebuscando entre mis cosas.       Fruncí el ceño de inmediato y como ella no se había dado cuenta de mi presencia, me apoyé en el marco de la puerta y me dediqué a observar lo que se suponía que estaba haciendo, porque cuando alguien se metía entre mis cosas, me ponía de muy mala hostia.       —No tengo caramelos, si es lo que buscas—dije, enarcando una ceja.        Kagami soltó una encogida y enseguida se puso en pie, incorporándose para mirarme con ojos muy abiertos.      —Y-yo... no sabía que ibas a venir...—titubeó y creo que por primera vez, la vi sonrojarse.       Estaba incómoda y no faltaba mas: la había pillado husmeando en mis cosas.       Caminé con desconfianza hacia ella y abrí el cajón que segundos antes había cerrado. Comprobé que no faltaba nada y que todo estaba como antes y después volví a mirarla a ella.       —Es mi casa—dije, cruzándome de brazos.—Puedo venir cuando me salga de los huevos.       —No, yo digo, ya que llevas un día entero sin asomar las narices a lo mejor has decidido tomarte unas vacaciones—me espetó y adoptó la pose a la que estaba acostumbrada a verla.       Sonreí con falsedad.        —No me vengas a echar nada en cara—le espeté y no moderé mi tono de voz.—La que estabas metiendo las narices donde no te llaman eres tú—señalé los cajones con la cabeza y la volví a mirar para pedirle explicaciones.—¿Qué cojones hacías?       —Nada que te incumba—me fulminó con la mirada e hizo afán de salir de la habitación.       Fui más rápido que ella y la agarré del brazo, la obligué a retroceder y cerré la puerta para que no pudiese salir.        —Ahora mismo me vas a decir por qué estabas mirando mis cosas—ordené.—No creas que voy a tener en mi casa a cualquiera.        —Y yo quería comprobar con quien clase de persona estoy viviendo—me encaró con la mirada.—Eso es todo.       No pude evitar reír, soldando toda la ironía que tenia acumulada.       —¿Te crees que soy gilipollas o qué?—espeté, perdiendo la poca paciencia.       —Siempre lo pienso—una sonrisa burlona apareció en su boca, y aunque ella era la que tenía que agachar la cabeza y disculparse, se enderezó y se acercó a mí más de lo debido, encarándome y desafiándome con la mirada.       —Deja de jugar a lo que sea que estás jugando y dime por qué estabas husmeando—dije, serio y sin la típica chispa de diversión que solía tener, por muy crítica que fuese la situación.       —Ya te lo he dicho—su frío aliento golpeó mi boca y entonces supe que estaba demasiado cerca de mí.—Solo estudio el terrero, Agreste.       La última palabra me dejó clavado en el sitio, con los ojos muy abiertos y una cara de gilipollas que no podía ni quitar a golpes.       Mi reacción pareció divertirle porque su sonrisa victoriosa habló por ella.       Aprovechó el momento para alejarse un poco.       «¿Y esta como coño sabía mi apellido?»       Me había quedado completamente en shock, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para darle en las narices. Aquella mujer, había aparecido de la nada, con ganas de joderme la vida, rebuscando en mis cosas y para colmo sabiendo mi identidad.       Al parecer, no estaba dispuesta a responder a las preguntas que le hacía mi mirada, porque sin borrar su sonrisa caminó hacia la puerta para irse.        La seguí con la mirada, sin poder mover ninguna parte de mi cuerpo.       Y entonces colgando del fajín de su vestido, vi un objeto que colgaba, balanceándose al ritmo de sus caderas sobre su falda.       «Una llave»      Fue lo único capaz de sacarme de su ensoñación. Me moví más rápido de lo que ella pensó, me abalancé y la agarré por detrás haciéndole una llave que la inmovilizó en el suelo.       Kagami soltó un grito de sorpresa y apretó los dientes cuando se vio atrapada por mi cuerpo encima del suyo.       —Tengo muchas preguntas—dije, inmovilizando sus manos encima de su cabeza.—Y me las vas a contestar todas.       —Pues entonces, espera sentado, muñeco—no tuve ni puta idea de como lo hizo, pero me retorció la muñeca y sin darme tiempo a reaccionar me hizo rodar por el suelo y esta vez, le tocó a ella quedarse encima de mí.       No sabía si lo hizo estratégicamente, pero sentí como sus caderas se posaban sobre las mías y cuando notó a mi amigo debajo de ella se frotó levemente con una sonrisa que dejaba mucho que desear.       —No creas que yo soy como esa niñita inocente con la que te acuestas—dijo ella y aunque no me tenía agarrado de las mano, el movimiento de su trasero sombre mí era el arma que me tenía completamente bajo control.—Se más de lucha de lo que te piensas y siempre suelo ganar.       —Ah, que bien—ironicé, preparando mi siguiente estrategia.—Es bueno saberlo.       Me incliné y la agarré de los dos brazos, atrapando sus piernas con las mías y volviendo a girar.       —Por cierto—dije, y esta vez tuve más cuidado para no dejarla escapar.—Parece que sabes mucho de mi vida. Estoy empezando a preocuparme.        —No es un secreto que todas las noches te largues a ver a la hija de Tom Dupain—dijo, removiéndose entre mis brazos.—Vuestra historia es muy sonada por este lugar—se mordió el labio inferior para hacer fuerza y cambiar de posición.—Deberías tener más cuidado con tus amigos,  pueden criticarte por la espalda.       —¿Y mi apellido?—pregunté y no la solté. Pensaba tener una respuesta y esta no se iba a largar hasta que me lo contara todo.—¿Cómo te has enterado?       —¿Debería ser un secreto que Chat Noir se llame Adrien Agreste?—ironizó con una sonrisa burlona.—¿O acaso soy una privilegiada en saberlo?      En ese momento, levantó una de sus rodillas y me golpeó en el estómago. Me eché a un lado  y ella aprovechó para golpearme con su puño cerrado justo antes de hacerme una llave que me inmovilizó el brazo derecho.       Me hizo chocar contra la pared y mi nariz por poco se rompe al golpearse con la piedra dura.       —Hija de puta...—maldije entre dientes.       —Te dije que no me subestimaras muñeco—. Susurró contra mi oído y un escalofrío recorrió mi espalda.      Mis ojos se desplazaron hacia la llave que colgaba de su fajín. Sonreí de lado, y sin decir ni una palabra se la arranqué y la encerré en el mi puño.       —Y tú tampoco deberías—dije, mostrándole la llave que acaba de arrebatarle.       Enseguida, liberó mi brazo y se abalanzó hacia mí para quitármela.       Punto para mí.      —¡Devuélvemla!—me gritó.       Levanté mi brazo bien en alto, aprovechándome de mi altura.       —Parece que esta cosa es muy importante—dije, mirándola por debajo.      —¡¿Y qué si lo es?!—dio un salto en vano.—¡Dámela ahora mismo!      —Primero dime por qué estabas hurgando en mis cosas—le advertí—Y por qué sabes mi nombre.       —Jamás—volvió a dar otro salto que tampoco sirvió de mucho.      —Entonces puedes despedirte de tu llave—sonreí burlón, esperando que se tirara de los pelos.—Será un bonito collar para mi niñita inocente.       —¡¡NO!!—gritó tan fuerte que hasta a mí me asusto.—¡A ella no! ¡Esa llave no puede salir de aquí, ni mucho menos puede entrar en el palacio!       Enarqué una ceja incrédulo.       —¿Por qué?—pregunté. Todo aquello se me estaba haciendo muy extraño y cada cosa que le sonsacaba me creaba una duda nueva.      Me lanzó una mirada envenenada, y por sus gestos, no estaba muy dispuesta a confesarme nada.       —Muy bien...—agarré con fuerza la llave y caminé hacia la puerta.—Le diré a Alya que me traiga una cadena, este collar me va a quedar de puta madre.       —¡Tú padre no querría que la entregaras!—me soltó de golpe y mis pies se detuvieron de golpe.       Me giré hacia ella y la miré directamente a los ojos.       —¿Qué has dicho?—murmuré, afectado por la mención de mi padre.       —La historia de las cuatro llaves—dijo, señalando de mala gana aquella cosa que tenía entre mis manos.—¿Recuerdas? Solo existen cuatro en todo el mundo.      —Sí, sí, eso ya lo se—la interrumpí más cabreado de lo que me hubiese gustado, pero no me había hecho ni puta gracia que una completa desconocida supiese tanto de mi pasado.—Pero lo que no sé es cómo coño conoces a mi padre.       —No lo conozco—dijo, encogiéndose de hombros.—Solo oí hablar de él, mi padre y él eran muy amigos ¿sabes?        Hubo un largo silencio, ella se quedó callada durante varios segundos, procesando si debía decir o no lo que estaba pensando. Respiró hondo y se apartó el flequillo de su frente.      —Por eso estaba rebuscando en tu cuarto—me confesó.—Mi padre tenía dos de las cuatro llaves y le entregó una otra al tuyo. Cada uno poseía una.       EL recuerdo de mi sueño me llegó a la memoria y no pude evitar vislumbrar la llave que mi padre tenía colgada en el cuello.       «¡Voy a encontrar esas tres llaves y cuando lo haga, te las entregaré como trofeo!»       —Esas llaves...—abrí mi mano y me quedé mirándola unos segundos fijándome en su forma y sus detalles.—¿Qué son?       Escuché el sonido de sus pasos sobre el suelo y supe que se estaba acercando a mí.        —No lo sé, exactamente—dijo, situándose a mi lado y aunque tuvo la oportunidad perfecta para quitármela de las manos, no lo hizo.—Pero son muy importante y más aún lo que abren. Perteneció al Rey Guillermo, el monarca anterior a Bourgeois, algunos dicen que guardó en un cofre sus pertenencias, otros dicen que sus joyas, en realidad no estoy segura, pero sea lo que sea, estoy segura de que marcará el destino de todo Francia. Guillermo I fue el primer rey que murió sin heredero, sin familia, completamente solo. Su muerte es un misterio y su voluntad quedó sepultada junto a él. No sé exactamente que guardó ahí dentro, pero ese hombre no era tonto y puede ser algo fundamental.       Eché la cabeza a un lado y la miré con el ceño fruncido.       —Es esencial que las encontremos todas, sobre todo porque hay que evitar que alguien equivocado lo haga—explicó.—Por eso necesitamos la llave de tu padre, si tenemos éstas dos llaves, podremos proteger esa caja, sea lo que sea.       —Mi padre está muerto—musité.—Y no me entregó ninguna llave.       —Entonces...—su mano viajó hasta la mía, y no la que tenía la llave, sino la que estaba completamente libre. La tomó y entrelazó sus dedos con lo míos.—La encontraremos, los dos justos y cumpliremos el deseo de nuestros padres.       Miré su mano, cogida con la mía, y dubitativo pensé en sus palabras.       «Voy a encontrar esas llaves, papá»      Supongo que fueron mis deseos más oscuros y el espíritu de un niño que tan solo quería enorgullecer a su padre lo que me obligó a corresponder a su gesto y encajar los dedos de mi mano con los de ella.       —Lo haremos. 
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