XXIII

3829 Words
Marinette      Me pasé todo el día metida en la habitación de Catherine y aunque me costó una vida, logré que se sincerara y me contara todo lo que la atormentaba.       Su vida no había sido para nada feliz, sobre todo si todos las marginaban, incluidos tú hermano y tú propia madre. Estuvimos hablando horas y horas, ni siquiera bajamos a comer al salón.      «Qué les den al rey y a la estirada de su madre. Me importaba un pimiento»      Nos trajeron la comida a la habitación y allí estuvimos hasta que la devoramos entera.       Consolar a un alma perdida era agotador y cuando llegué a mi habitación lo único que quería era tirarme a la cama y dormir a para suelta, pero... no podía, porque yo tenía planes... Muchos de hecho.       Tenía una hora para prepararlo todo para cuando él llegara, empezando por mí misma. Me quité toda la ropa y me vestí únicamente con la bata de seda que me ponía justo antes de meterme en la bañera porque eso... era lo que tenía planeado: un baño, los dos juntos, con agua calentita y sales de rosa.       Estaba segura de que no podría resistirse a la tentación, sobre todo si yo estaba dentro. Supongo que él jamás a tenido el lujo de bañarse en este tipo de aguas y solo tenía que recordar mis primeros días en Miraculous para entenderlo, cuando la bruja número uno me bañó con un agua más helada que la Antártida.        Esa sería mi forma de agradecer todo lo que estaba haciendo por mí, sobre todo lo de la noche pasada.        Inspeccioné el baño, parte por parte, asegurándome de que todo estaba tal y como yo lo quería:  bañera en medio, agua a temperatura correcta, un plato de esas cerezas que tanto le gustaban a él y dos toallas perfectamente dobladas en el taburete de al lado.       «Perfecto»      Lo único que faltaba era mi príncipe de vestido de n***o, que por la hora que era, no tardaría en llegar.      Esperé, alistándome mi bata y adoptando una pose cautivadora que lo dejase sin habla cuando llegara.      Esperé.      Y esperé.      Esperé durante toda una hora.      Mi pose cautivadora se transformó en una que tenía de todo, menos cautivadora. Me desparramé sobre la cama y me tumbé poca arriba, contando minuto a minuto.      «Pero, ¿dónde se ha metido?»      Suspiré exasperada mientras me desestresaba jugando con el cojín.      El sonido de la puerta de la ventana abrirse captó provocó una fuerte encogida y por sus típicas entradas "a lo bestia" que siempre hacía, supe que él había llegado. Me incorporé rápidamente y adopté la pose que había estado ensayando.       En cuando Adrien puso pie en la habitación se alborotó su melena dorada, completamente empapada, lo mismo con su ropa, y es que, tan ensimismada estaba en mis planes que ni siquiera me dí cuenta de que estaba cayendo el diluvio del siglo.       «Las estrellas se han alineado a mi favor», pensé. «Con esa ropa empapada no tendrá más remedio que acompañarme al baño»      Una sonrisa maliciosa se formó en mi boca, y lo escaneé de arriba abajo desnudándolo con la mirada.        —j***r—maldijo para él mismo mientras se secaba el agua de la frente con la manga de su camisa, aún más mojada.—Poco más y me pongo a nadar con los peces.      «No te preocupes, amor. Vas a nadar conmigo»,  mi cabeza se estaba saliendo de sí y agradecí no decir aquellas palabras en voz alta.       —Estás un poco mojado—dije acercándome a él y por primera vez en la noche, él levantó la mirada para mirarme.      Sus ojos recorrieron la fina bata que se adhería perfectamente a mi cuerpo en los sitios clave y por la forma en que se retuvo, supe que había logrado causarle el efecto que quería.       —¡Bah! Esto se seca en cinco minutos.—Dijo, apartando la mirada incómodo mientras le quitaba importancia al hecho de estar más mojado que una sopa.       —Puedes tender la ropa ahí y esperar a que se seque—sugerí fingiendo indiferencia.—Y tengo el lugar perfecto para hacerte entrar en calor.       Durante varios segundos, lo vi observarme extrañado, sin saber muy bien a qué me refería y yo preferí no responderle y guiarlo de la mano hasta mi baño.      Abrí la puerta con cuidado y lo hice entrar, dejando que observara cada rincón de la habitación. Él recorrió cada cosa que había con una expresión que no supe muy bien como descifrar.       —¿Qué te parece?—pregunté, emocionada, dando un pequeño saltito.—¿Te gusta?      No me respondió al instante. Todavía estaba asimilando lo que tenía delante y no sabía si eso era bueno o malo.      —Oye, princesa.—se giró hacia mí con una pequeña mueca en la cara.—¿Me estás sugiriendo que huelo mal y que necesito un baño?      Mi sonrisa se crispó al instante y pronto se transformó en una mueca.       «Menudo imbécil, olvidaba que era un ignorante con todo eso de los detalles románticos»      —No—dije, intentando pasar por alto su comentario, que al parecer, parecía ir bastante enserio, porque él no sonreía.—Solo quiero que estés calentito mientras tu ropa se seca. Además, no vas a estar chorreando por toda mi habitación.       Sus ojos pasaron de mí y después  sobre el chiringuito que acababa de montar, desde la bañera con agua rosa, al cuenco de cerezas y las dos belitas que iluminaban muy tenuemente la estancia.       —Venga...—apoyé las dos palmas de mis manos sobre su espalda empapada y lo empujé hacia delante para que avanzara.—Solo será un baño, los dos solos, juntos, abrazados ¿Lo ves? ¡Es muy romántico!      Adrien giró su cuello para mirarme con una mueca en la cara.      —Es jodidamente ridículo—espetó y las fantasías que había tenido durante todo el día se rompieron como el cristal de un espejo.      Me separé de él de golpe y lo miré tan indignada como furiosa.       —¡¿Cómo qué ridículo?!—farfullé molesta.     Había estado preparándolo todo para él durante una hora y todo para que el muy imbécil me soltara que es ridículo.      —¡Claro que lo es! ¿Me ves cara del príncipe de azúcar y fresas?—se burló.—No voy a bañarme con agua rosa, paso.      Me quedé pasmada, tanto que mi boca se quedó formando una perfecta "O". Pero será...     —Venga, mejor vamos a la cama, eso sí que es el paraíso—dijo agarrándome de la mano.—Además, tengo la sensación de que hoy voy a tardar menos en desnudarte.       En cuanto pronunció aquellas palabras, la poca paciencia que me quedaba se desquebrajó como el cascarón de un huevo. Levanté mi mano libre y sin ninguna consideración le di una bofetada tan fuerte que resonó por la habitación.       Adrien se quedó completamente atónico, aún asimilando que acaba de abofetearlo sin ninguna consideración. La mano me dolía muchísimo y juraría que me había hecho más daño yo que él, aunque a juzgar por la marca roja que dibujaba la silueta de mi mano, diría que estábamos empatados.       Mis ojos estabas cristalizados y sabía que iba a estallar en cualquier momento.       —¡¿Sabes el tiempo que llevo preparando todo esto para ti?!—le espeté, respirando fuertemente para aguantar las lágrimas.—¡Mucho!       Al parecer, él aún seguía con esa expresión de idiota, y creo que se había quedado en la parte de la bofetada, asimilándola.      —Me he esforzado mucho para sorprenderte y para hacerte un regalo—continué y me maldije a mí misma cuando vi que una lágrima había surcado mi mejilla.—Y todo para que vengas diciendo que es ridículo y que prefieres meter la cara entre mis dos piernas. ¡Pues no!       Adrien parpadeó dos veces, y por fin adoptó una expresión normal.      —Nunca valoras las cosas que hago...—proseguí, recodando que desde el primer momento, él había pensando que era una buena para nada.—Siempre piensas que no puedo hacer nada por mí misma y que todo  lo que hago es ridículo o infantil.       Agaché la mirada y cerré mis dos manos en puños y por más furiosa que estuviese, no podía evitar sentirme ridícula.       Enseguida sentí como unos brazos fuertes y firmes me rodeaban y me atraían hacia un cuerpo duro que me acurrucó contra él.      —Lo siento.—Se disculpó.—A veces no pienso las cosas que digo.       —Las dices porque las piensas.—Murmuré contra su pecho, sintiendo como su ropa mojada empapaba la fina tela de mi bata.—Así que es lo mismo.       —No, no es eso...—dijo él con suavidad.—Es solo que... sabes que yo vengo de un sitio muy diferente y no estoy acostumbrado a este tipo de cosas, por eso me parecen un poco... raras.       En esa ocasión no le respondí sino que permanecí acurrucada contra él hasta que, con cuidado, me obligó a separarme de él para mirarme a los ojos.       —¿Tan importante es para ti que nos bañemos juntos?—me preguntó, esbozado una dulce sonrisa.       Me dediqué a mirarlo durante un tiempo, mordiéndome el labio inferior antes de asentir.       Adrien suspiró, miró la bañera y después volvió a mí.       —Está bien...—terminó por decir y, aunque sus palabras sonaron poco convencidas a mí me bastó para saltar a sus brazos y darle un beso en los labios.       El respondió soltando una pequeña risita que no evitó que correspondiera a mi beso.      —Pero con la condición de qué todo lo que pase en esa bañera sea cosa mía—dijo, rompiendo el contacto de nuestras bocas durante un segundo.       —Trato hecho.— Dije, volviendo a atacar sus labios.       Nuestros cuerpos se enredaron el uno contra el otro y no fue necesario mucho tiempo para que sus labios comenzaran a descender para atacar mi cuello.      Yo, mientras tanto, llevé mis manos hacia el dobladillo de su camisa para quitársela. Se pegaba a él como una segunda piel, cosa que, añadida con mis nervios y mi poca experiencia, provocara que me temblara las manos y no hiciera nada más que levantársela hasta el ombligo.       Enseguida él vino en mi rescate y en un rápido movimiento me ayudó a apartar aquella molesta prenda de su cuerpo.  No pude evitar quedarme fija durante unos momentos su perfecta figura, de pectorales definidos, hombros anchos y un abdomen perfectamente esculpido.       Las manos comenzaron a vibrarme, como si bailoteran solas hacia su cuerpo, deseando tocar su piel.  Las apoyé sobre su pecho y seguí una caricia hasta sus hombros para volver a bajar por el mismo sitio y encontrarme con su abdomen. Sentí como se estremecía ante mi contacto y eso me hizo sentir poderosa.        Él no se quedó atrás, no le costó ni cinco segundos agarrar mi bata por el escote y hacerla caer como una cortina por mi cuerpo.       Así entre besos y eternas caricias, los dos nos quedamos completamente desnudos disfrutando de los leves contactos que hacían nuestros cuerpos.  Ni siquiera me percaté del momento en el que Adrien me había llevado en brazos hasta la bañera y me había metido junto a él. Simplemente, estaba demasiado absorta en sus besos y en sus manos como para prestar atención a todo nuestro alrededor.       Estábamos muy cerca el uno del otro, él debajo y yo sentada y recostada sobre él, siendo consciente de que no era necesario mucho espacio más como para realizar el acto. De hecho, llegué a pesar de que nuestros cuerpos nos jugarían una pasada, movidos por el deseo, y acabaran con la distancia que había entre nosotros, pero no fue así y Adrien fue el más fuerte en ese sentido, se aseguraba de mantener las distancias y aunque sabía perfectamente que estaba siendo terriblemente para él no tener sexo, se mantuvo prudente y continuó con nuestro juego de caricias y besos.       De vez en cuando se nos escapaba un gemido, sobre todo cuando alguna de nuestras manos rozaban alguna que otra parte sensible de nuestros cuerpos. Y yo viajé por las nubes en dos ocasiones cuando él acarició mi intimidad de esa forma que te hacía tocar las estrellas.       Llegué a la conclusión de que Adrien debía tener unas manos mágicas, de otra forma, no entendería como, con tan solo dos dedos y unos cuantos roces, provocase en mí la sensación más asombrosa del planeta.        Si la noche anterior fue asombrosa, esta lo fue aún más, porque conseguí sentirme completa, sobre todo sabiendo que Adrien estaba disfrutando tanto como yo y el placer y las sensaciones eran las mismas, en igualdad de condiciones.       Mis besos lo volvían loco, sobre todo cuando recorría la piel de su perfecto torso con mis labios y en varias  ocasiones lo escuché soltar alguna que otra palabrota movido por el placer, sobre todo cuando llegaba a algunos puntos clave de su cuerpo.        —Ahora entiendo por qué siempre hueles tan bien—murmuró sobre mi piel.—Supongo que te pasarás en esta bañera horas y horas.       Sonreí para mí misma y jugueteé con el agua, haciendo pequeños circulitos       —Sí...—confesé.—Siempre me han encantado los baños de agua calentita.       —No está mal—se encogió de hombros y se dedicó a reliar un dedo en mi cabello azabache.       Ahora, estábamos tranquilos, y simplemente estábamos recostados contra la bañera, disfrutando del agua caliente y nuestra compañía.       —¿Eso quiere decir qué te ha gustado?—inquirí, incorporándome de golpe para mirarlo.      Él me miró y cogió una cereza del cuenco, haciéndose el difícil en responderme.       —En realidad me ha gustado más lo que ha pasado dentro de la bañera—dijo masticando la fruta.       Sabía perfectamente, que le encantaban las cerezas y por esa misma razón opté esa misma mañana por coger un tarro de la cocina.       Permanecí en aquella posición, observándolo fijamente, sin cansarme de los rasgos de su rostro. Él siendo consciente de mi poco discreto análisis, sonrió.       —Quiero proponerte algo, bichito—dijo.—Pero antes de nada, tienes que prometerme no te vas a poner a saltar como una cría ni hacer ninguna clase de escándalo.      —Yo no me comporto como una niña—espeté molesta y él enarcó una ceja en señal de que no estaba demasiado de acuerdo conmigo.       Bueno... está bien, puede que a veces me comportara de forma un poco impulsiva... Pero solo un poco.      —Como sea...—dije cambiando de tema.—¿Qué es eso que querías proponerte?       Adrien cogió otra cereza del cuenco y de la metió entera a la boca y yo intenté adivinar como hacía para no atragantarse.       —Quiero que vengas a Miraculous...—dijo con la mirada perdida en las pequeñas ondas del agua.—De visita... una tarde.        Mis ojos se abrieron como platos y me faltó muy poco para verter el agua de la bañera y tirarla por la ventana.       ¿Estaba hablando enserio?      Estaba claro que terminaría yéndome con él, pero aún no tenía claro el momento, pero supongo que ir un día para poder ver a Alya, Manon,  Nino y Nathaniel, me emocionaba muchísimo. Sobre todo, desconectar de este horrible lugar y sentirme en mi verdadera casa.       —Alya te hecha de menos y no hace otra cosa que preguntarme por ti—prosiguió.       —¿Lo dices enserio?—dije, sin aún terminar de creérmelo por completo.      Él asintió.       —Pero, ¿cómo lo haremos?—pregunté, comenzando a pesar en un plan lo suficientemente bueno como para escapar, pasando desapercibida.      —Ya lo tengo todo planeado, tranquila.—Me guiñó un ojo y después me besó la mejilla.—No quiero que llores por mi culpa otra vez, y aunque no quiera hay veces que no puedo evitar joderlo todo.       —No importa—dije agachando la mirada.—Ya lo he olvidado, además lo que acabas de decir lo compensa todo.       Una pequeña sonrisa se formó en sus labios y enseguida estos volvieron al encuentro de los míos.       —Te amo, bichito.       —Y yo a ti también, Chatón. ○•○•○  Marinette       Al día siguiente, volví a hacer el mismo recorrido que el día anterior. Le prometí a Catherine que la llevaría de compras para conseguir los mejores vestidos de la ciudad y no iba a defraudarla.       Solo esperaba que hoy, al menos, no estuviera tirando los vestidos por toda la habitación.       Caminé por el largo pasillo, con todos los sentidos alerta por su me encontraba con Jouvet o la bruja de su madre.       Sobre todo con Jouvet, no me hacía ninguna gracia tener que mirarlo de frente sabiendo que por las noches hacía todo tipo de cosas con otro hombre en su propia casa.       La propuesta que él me hizo anoche me tenía demasiado emocionada y según habíamos planeado, me escaparía la noche de la fiesta que estaba organizando Jouvet. Con tanta gente, ese tipo no se dará cuenta ni de que existo.       Lo que más me preocupaba era Catherine, temía dejarla sola durante algunas horas, teniendo en cuenta lo sensible que había estado estos últimos días, pero no podía dejar pasar por alto una oportunidad como esa.       Con aquel lío mental en mi cabeza, atravesé el pasillo con dos vocecitas que me llevaban por dos caminos: por el bueno (quedarme en la fiesta acompañando a Cath), o el malo (escaparme con Adrien una noche y volver a ver Miraculous)       La balanza estaba demasiado equilibraba, y justo cuando comenzaba a decantarse para un lado, unas voces captaron mi atención.      —No, no creo que sea cierto—logré distinguir la voz de Jouvet que sonaba dentro de la habitación contigua a su cuarto.       —Nunca se debe descartar algo tan símbolito como esto—dijo otra voz, una que no logré distinguir.—El rey Guillermo siempre fue un amante de los acertijos y los juegos de lógica, tenía demasiado tiempo libre y no me extrañaría que dejase su testamento en esta caja.      Fruncí el ceño y no pude evitar acercarme a la puerta para escuchar con más atención.      —Han pasado dos generaciones después de eso—aseguró Jouvet.—La familia real ha cambiado y después de Bourgeois, la corona de París me pertenece por derecho. La gente me votó a mí y una historia de viejas no va a cambiar eso.       —Dos familias reales ilegítimas, recuérdelo bien.—Le cortó el hombre.—El trono de Francia siempre ha pertenecido a la Familia Benavente y si alguien consigue la última reliquia del último sucesor, tendrías muchos problemas.       Esuché algunos pasos que se dirigían a la puerta y por instinto, retrocedí varios pasos.       —No entiendo por qué vienes a contarme esto ahora.—Dijo Jouvet y sus pasos se detuvieron de nuevo.—Nadie ha encontrado esa caja en éstos cincuenta años que el rey Guillermo falleció, ¿Qué te hace pensar que existe y qué existiera la más remota idea de que pueda ser hallada?       —Han encontrado la tercera llave—confesó el hombre del que desconocía la voz.—Las otras tres aún siguen desconocidas.      Se hizo el silencio durante varios segundos.       —¿Y cómo estás tan seguro de que es la llave correcta?—preguntó Jouvet.—Puede que sea un estafador, quizás un deambulante que fabrique baratijas para engañar a la gente.       —El material y el aspecto son inconfundibles, nadie tiene las pruebas suficientes como para fabricar una llave con esas características tan insólitas—aseguró.—Esas llaves son reales y si existen, quiere decir que la caja también es real y que alguien la está buscando.       Los pasos regresaron y en esta ocasión supe que no se detendrían. Caminé hacia atrás tropezándome varias ocasiones y me escondí detrás de las cortinas de los ventanales de palacio.       —Entonces yo la encontraré primero—la voz se Jouvet se hizo más fuerte cuando abrió la puerta. Él y otro señor anciano salieron del despacho y recorrieron el pasillo entero.—Y entonces, nadie más podrá cuestionarme el puesto que me corresponde.        No pude evitar fruncir el ceño.       No me había enterado muy bien de la conversación, sobre todo cuando había un lío de llaves y cajas que no sabía que significaban, pero de lo que sí estaba segura era de que aquello no le hacía demasiada gracia a mi querido prometido.       Me aseguré de que sus voces se perdieron en la inmensidad de palacio y con sigilo me colé en el despacho de Jouvet.      Era bastante grande, no tanto como las habitaciones pero tenía una amplitud considerable. Estaba adornados con muebles de madera adornados con animales de caza disecados y algún que otro cuadro suyo colgado en la pared.       Jouvet era como un perro marcando su territorio, solo que en lugar de hacerlo con pis, él lo hacía con horripilantes cuadros suyos.       En el centro había una gran mesa de madera con tantos papelajos que me agobié por un instante; sin embargo, había uno que resaltaba más que el resto, y no era por su tamaño, sino por el sobresaliente dibujo que había.       —La caja de Guillermo III, rey de Francia—leí el título que había al pié del papel.—1720 a 1770.       Mis ojos se detuvieron en el dibujo, sin duda muy bonito y tan bien trazado que parecía que podía tocarlo: era una caja y por las formas y trazos se veía que era de madera, estaba bordada con elegantes dibujos de los que sobresalía en particular la silueta de un hombre con una corona entre sus manos. Debajo de la caja, había otros cuatro dibujos, cada uno representaba una llave, cuyas ranuras eran muy extrañas, porque sus formas no eran para nada las típicas que abrían una puerta. No. Éstas era diferentes, sobre todo cuando dichas ranuras ejercían unas curvas y siluetas que conformaban una letra.      De no ser de las señales que había a cada lado no me habría percatado de aquel sutil detalle, pero ahora que lo sabía podía apreciar con gran claridad de que, cada llave tenía la forma de una letra distinta, de forma que si se unían, las cuatro formaban la palabra: King.       Todo aquello era demasiado extraño.       ¿Qué importancia tenía una caja vieja de un rey muerto? ¿Y por qué tantas molestias en forjar unas simples llaves con un detalle tan exquisito?       No tenía ni idea, pero fuera lo que fuese, aquello era muy importante, especialmente si había conseguido poner nervioso a Jouvet.       —¿Qué estás haciendo aquí?—preguntó una voz a mis espaldas.       Una voz que me produjo un escalofrío desde mi espalda hasta mi cuello.       El corazón me dio un vuelto y mi respiración se desvaneció.       «Me han pillado»
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD