XXII

4413 Words
Marinette      La luz del sol se coló por el cristal de mi ventana. Esbocé una mueca de desagrado y hundí mi rostro en la almohada.      Extendí mi brazo, con la intención de encontrar ese cuerpo cálido que había estado junto a mí toda la noche, pero no encontré nada.       Levanté la cabeza y mis ojos encontraron una espalda ancha que estaba sentada sobre la cama. Lo vi agachado, poniéndose las botas mientras procuraba hacer el menor ruido posible.       —¿Qué haces?—murmuré adormilada.       En cuanto escuchó mi voz, echó su cabeza a un lado para mirarme.       —Irme—dijo, esbozando una sonrisa ladeada.        Gruñí en voz alta y fingí un puchero mientras me levantaba y me ponía de rodillas sobre la cama. Estaba desnuda, lo sabía, pero me daba igual, solo quería abrazarlo y acurrucarme contra su pecho durante todo el día.       —No...—Lo abracé por detrás y apoyé mi cabeza en su hombro, no sin antes darle un pequeño besito en la mejilla.—No te vayas, quédate conmigo.       Soltó una dulce risotada que fue música para mis oídos y giró su cabeza para buscar mis labios.        —Dentro de unos minutos esto estará lleno de criados—dijo, bajando sus labios hacia mi cuello para depositar un pequeño beso. Después me recorrió mi rostro con la mirada—Enserio... princesa, es mejor que me vaya.        Hizo afán de levantarse, pero yo, de nuevo lo retuve con mis brazos tirando de su cuerpo hacia atrás.       —Pero si todavía es muy temprano...—refunfuñé.—Quédate un poco más.       Lo escuché reír y eso dibujo una sonrisa en mis labios.       —Entonces no me voy—en cuanto dijo aquellas palabras, se giró con una rapidez antinatural y me hizo rodar por la cama hasta que quedé debajo de él. Agarró las sábanas y ocultó nuestros cuerpos debajo de ellas, de forma que todo lo que nos rodeaba desapareciese.       Parecía que estuviésemos encima de una nube, rodeados de una sábana calentita, tan blanca como la nieve.       —Te lo diré para la próxima, bichito—me advirtió, apoyando sus manos a cada lado de mi cabeza—Si me dices esas cosas desnuda, van a tener que echarme de aquí a patadas.       Solté una risita y levanté mis dos manos para coger su cara y acercarla a mí. Aquella era la primera vez que él se quedaba durante toda la noche, durmiendo junto a mí. Y eso era el mejor de los regalos.       —Entonces tendré que decir muchas, muchas, muchas cosas empalagosas para que no te vayas—dije esbozando una sonrisa traviesa.       —Tampoco te pases, la Marinette cascarrabias y mandona me gusta más—dijo poniendo una expresión pensativa.—Sí, definitivamente la prefiero.       —¿A sí?—inquirí enarcando una ceja y él asintió siguiéndome el juego.—Entonces quítate de encima.       Arqueó ambas cejas, esbozando una expresión divertida.       —¿Estás segura?—inquirió poniendo una sonrisa diabólica.      Asentí con la cabeza, correspondiendo a un juego malicioso que habíamos empezado.       —Sí—dije, reafirmando mi decisión.        —Nadie me echa de ninguna parte, soy yo el que decide cuando irse.—Aseguró, enterrando su rostro en el hueco entre mi cuello y mi hombro. Su respiración me hizo sentir un cosquilleo y no pude evitar soltar una risotada nerviosa.       —¡Quita, tonto! Me haces cosquillas—dije, poniendo mis dos manos sobre su pecho para apartarlo.       —Eso no son cosquillas—se apartó un poco para mirarme a la cara.—Esto...—sentí como sus manos se posaban sobre mi estómago y mis costados.—sí lo son.     Comenzó a mover las manos por mi piel, haciéndome cosquillas sin ninguna compasión. Me removí con fuerza mientras que las carcajadas no cesaban.       —Oye...—titubeé entre risotada y risotada.—¡Para! ¡Para! ¡Tengo muchas cosquillas!       No entiendo ni por qué dije aquello, porque solo sirvió para avivar más a la bestia que tenía encima de mí. Sonrió victorioso y me miró desde arriba con un brillo malicioso en sus ojos.       —Primero di que soy el tío más apuesto y sexy de la ciudad—dijo.—No, mejor aún, del planeta.       —E-Eres un presumido—espeté sin dejar de reír.—Y arrogante.       —Repuesta incorrecta.—Esbozó una mueca.—Venga, yo te ayudo. Repite conmigo: Adrien es el tío más apuesto y sexy de todo el planeta.       —Sigue soñando,  Agreste.—Gruñí, agarrando sus brazos para alejarlo.      —Eres muy aguafiestas ¿te lo había dicho ya?—inquirió, fingiendo estar pensativo.       —Y tú un crío.       Sus manos se detuvieron y los dos nos quedamos completamente quietos al escuchar unos pasos caminar por el pasillo. Miré a Adrien, que se llevó una mano a los labios para indicar que no hiciese ruido. Apartó la sábana de nuestras cabezas y se quedó mirando la puerta, completamente alerta mientras desplazaba sus ojos al perchero donde estaba su cinturón de armas.       Tras varios segundos de tensión, los pasos parecieron alejarse hasta convertirse en un fino eco que terminó por desaparecer.      —Será mejor que me vaya.—Dijo separándose de mí. Se incorporó quedando sentado sobre mi cama. Permaneció un segundos mirando a la puerta y después se giró hacia mí con una sonrisa ladeada.—Por cierto, princesa. A la próxima intenta hacer menos ruido ¿vale? Anoche por poco me rompes los tímpanos.       Mis mejillas enrojecieron al instante y no pude evitar coger un cojín y golpearle la cabeza. A pesar de que estaba de espaldas lo escuché reír.       —¡Fue por tu culpa, idiota!—le espeté molesta.       —Sí, claro...lo que tú digas—dijo con insuficiencia mientras se ponía en pie.—Que sepas que me mordiste cuando te tapé la boca.      Cogí el segundo cojín de la cama y se lo lancé. Él se agachó instintivamente y cogió su cinturón con despreocupación. Su sonrisa burlona no desaparecía, y por más que la adorase, en aquellos momentos me estaba poniendo muy nerviosa. Agarré las sábanas y las hice una bola para tirárselas también.       —Oye, sabes que me encanta verte desnuda, pero vas a coger frío si no te tapas con algo.—Cogió el bolón de sábanas al vuelo y las extendió mientras se acercaba a mí otra vez.       Le arranqué la sábanas de la mano y me puse en pié para cubrirme con ellas, haciéndome un vestido improvisado. Sentía su mirada afilada, observando cada uno de mis movimientos y no pude evitar ponerme nerviosa.       —¡Deja de mirarme!—gruñí malhumorada.       —¿Por qué?—se apoyó sobre la pared, despreocupadamente y me miró con fanfarronería.—No hay nada que no haya visto ya, princesa.       —Da igual, sigue siendo vergonzoso—me excusé, recordando todo lo que había pasado la noche anterior.       De repente, sentí sus brazos rodear mi cintura y sin apenas esfuerzo me levantó del suelo, de forma que mis pies quedaron colgando a varios centímetros. Mis ojos se toparon con los suyos y sus labios, entreabiertos en aquella eterna sonrisa muy cerca de los míos.       —No tienes nada de lo que avergonzarte—me aseguró.       —No se...—murmuré apartando la mirada ligeramente.—Pero... tú ya me has visto desnuda muchas veces y yo nunca.—refunfuñe, recordando que anoche, ni siquiera me dejó quitarle la camiseta.       Adrien echó la cabeza hacia atrás ligeramente y rio.       —No te preocupes por eso, bichito. Algún día me verás—dijo.—Algún día.       —No, algún día no. Esta noche—ordené poniendo morritos.       Él rodó los ojos y negó con la cabeza.       —Marinette ya te dije que todavía no vamos a hacerlo—dijo, depositándome en el suelo con cuidado.—Aún hay muchas cosas por hacer.       —¿Y qué más? Ya me has enseñado todo lo que puedes hacer hoy—dije cruzándome de brazos molesta.       —No, todo no—dijo guiñándome un ojo.—Ya lo verás.       Caminó por toda la habitación, cruzando de un extremo a otro hasta llegar a la ventana.       —¡Oye no te vayas! ¡Todavía no hemos terminado!—corrí detrás de él y lo agarré de la camisa para retenerlo.—Esta noche volverás ¿no?       —¿Hace falta que responda a esa pregunta?—inquirió, burlón, mientras agarraba la mano con la que lo tenía cogido y la sostenía entre las suyas.       —A lo mejor no...—dijo, sonriendo.—Pero me gusto escuchártelo decir.       —Voy a estar aquí todas las noches, como una vara—me aseguró, llevando mi mano sus labios para besarla.—¿Crees que podrás aguantar hasta esta noche?       Fingí pensármelo durante varios minutos.       —Intentaré sobrellevarlo—dije sintiendo como su calidez abandonaba la palma de mi mano.       Me guiñó un ojo, y salió disparado por la ventana. Yo corrí detrás de él y me asomé, observando como su perfecta silueta se perdía entre los rayos del amanecer. ○•○•○ Marinette      Después que Adrien se fuera, decidí hacer algo productivo con mi vida mientras llegaba la noche. no había echo nada más largarse y ya lo estaba extrañando. Me estaba convirtiendo en un ser nocturno que prefiere la adrenalina y la buena vida cuando el sol se pone, pero es que, con Adrien todo era así: un mundo patas arriba. Con él nada podía ser normal o como el resto, simplemente cada cosa que hacía, la convertía en algo único y especial y por eso, yo estaba completamente loca por él.       Me vestí, decantándome por un vestido blanco de tirantes bordados y unos zapatos del mismo color. Me recogí el pelo en una coleta baja y me maquillé un poco, lo suficiente como para disimular mi cara de haber dormido dos horas.      Y mientras me miraba al espejo recordando mis últimos momentos con Adrien me propuse un reto para mí misma: yo también lo haría sentir bien. No era justo que yo fuese la única que se desnudaba enfrente de él, tenía que haber igualdad de términos y yo ya tenía el plan perfecto para nosotros dos. Algo ,que por muy cabezota que él fuera, no podría resistirse.       Con ese pensamiento, me miré por última vez y salí a los pasillos. Hoy no me apetecía encontrarme con Jouvet, ni muchísimo menos con su madre. Ahora ya sabía que esa mujer estaba pisando el mismo suelo que yo, y por lo que Catherine me había dicho, no era una mujer fácil, así que por mi bien trataría de evitarla en la mayor medida posible.       Si quería evitar a esos dos ogros, más me valía salir del palacio y dar un paseo por los alrededores. Según tenía entendido era martes, el día del mercado, un día dedicado a los comerciales deambulantes que montaban pequeños chozos y casetas con productos caseros y artesanales. Le pediría a Catherine que me acompañase, así al menos podríamos estar libres de su hermano y su madre y sobre todo de las arpías que hablaban a nuestras espaldas hasta que cayera la noche.       Giré el primer pasillo a la derecha y caminé hacia su habitación. Al menos saqué algo productivo del día en el que me enseñó el castillo por segunda vez.        Pero, claro, al parecer el mundo estaba siempre en mi contra y solía tener la costumbre de perseguir la mala suerte allá donde iba. Justo por el pasillo de enfrente, venía Jouvet, con su típica pose presumida y recta. No le costó ni tres segundos para localizarme en su campo de visión.       «Genial, justo a la persona que quería ver»      —Buenos días, señorita—me saludó, deteniéndose a pocos pasos de mí.—Parece que ha madrugado mucho esta mañana.       Saqué todas mis fuerzas para esbozar una sonrisa, que al final se visualizó más como una mueca.       —Puedo decir lo mismo de usted, alteza—dije, más brusca de lo que me hubiese gustado, pero después de altercado del día anterior, no me hacía ninguna gracia compartir espacio con él.     Jouvet se removió en su sitio y miró al suelo mientras colocaba sus dos brazos detrás de su espalda.       —¿Y qué hace por el pasillo de la familia real?—quiso saber.—Nunca la había visto por aquí.       —Venía a visitar a su hermana.—Esta vez, sí que sonreír, sintiendo la satisfacción fluir por todo mi cuerpo.       «¿Creías que venía a visitarte a ti? ¡Ja! Espera sentado, amigo mío»      La expresión de Jouvet se crispó y por mi momento pude apreciar una mueca de desagrado en su boca.       —No sabía que usted y mi hermana se había vuelto tan amiga—dijo esbozando una sonrisa más falsa que mis ganas de estar allí con él.       —Sí, la verdad es que es extraño, sobre todo cuando apenas sabía que tenía una hermana hasta hace dos días, pero que se le va a hacer, las dos hemos congeniado muy bien—dije, fingiendo educación.—Si me disculpa, tengo cosas que hacer.       Pasé junto a él, queriendo perderlo de vista,  pero era demasiado bueno que él me dejara en paz así como así. Me agarró del brazo y me hizo retroceder hasta quedar en el mismo punto de antes.       —No le di las gracias por defenderme de ese malnacido—me dijo y parecía bastante incómodo—No tenía por qué haberlo hecho.       —En otras circunstancias no lo hubiera hecho, pero estabais borrachos y era muy lamentable que personas tan influyentes se metieran en una pelea tan vulgar por una simple apuesta.—Aseguré.—Eres el rey, tienes que hacerte respetar y demostrar que eres digno de tu puesto—le lancé una mirada acusatoria y me zafé de su agarre.—Hágame caso, no se meta en problemas por un juego de maleantes, no está solo en juego su vida, sino la de toda la ciudad. No tire por la borda lo que André Bourgeois construyó a base de sudor y esfuerzo.       Mis palabras parecieron dejarlo lo suficientemente pasmado como para permitirme pasar de él y huir. No tenía sentido seguir dándole vueltas a lo de el día anterior. Todo lo que ocurrió fue por su culpa, y yo, tan estúpida me involucré en su juego con ese tal Quintana. Yo también noté la forma en la que me miró, pero pensaba que se debía a una forma de intimidar a su adversario para sentirse superior.       Apartando todos aquellos pensamientos de mi mente recorrí el pasillo, fijándome en cada una de las puertas hasta llegar a la de Catherine. Me detuve enfrente de ella y levanté la mano para llamar.       —¡No! ¡Este tampoco!—escuché decir—¡Ni este, ni este, ni este!      Fruncí el ceño y pegué la oreja la puerta mientras daba dos toques sobre la madera.       —¿Catherine?—pregunté, preocupada.—¿Va todo bien? ¿Puedo entrar?      Su voz cesó en cuanto me escuchó y no se molestó en responderme, sino que todo el alboroto que tenía se volvió inexistente.       —Oye sé que estás ahí, ¿Puedes salir un momento?—dije, irguiéndome.—Se me acaba de ocurrir un plan genial y me preguntaba si querías acompañarme.       Nadie contestó.       Bufé y cargué mis mofletes de aire para después echarlo poco a poco.      —Catherine, sé que estás ahí—dije llamando de nuevo. Las puertas de palacio no tenían cerradura, simplemente los empleados o conocidos esperaban a fuera hasta que la persona les daba permiso para entrar. Sabía que era una falta de respeto entrar sin una autorización, pero aquella chica había empezado a preocuparme.       Los dos últimos días había estado demasiado alegre conmigo, y hoy sin ningún motivo me ignora y pasa de mis narices. Pues no, señor.       —Se acabó, voy a entrar—sin darle tiempo para reaccionar, llevé mi mano hacia el picaporte y la abrí.       En cuando irrumpí en el interior, mis ojos se abrieron como platos, recorriendo toda la estancia que estaba echa un completo desastre. Tuve que reaccionar rápido para esquivar un vestido que alguien me había lanzado. Me agaché de golpe y la prenda salió disparada hacia el pasillo.      —Wow, menudo lanzamiento...—dije con una mueca de desagradado.       Levanté la mirada y me encontré con una Catherine que se miraba al espejo mientras colocaba delante de su cuerpo un vestido, asegurándose de que las costuras le cubrían als caderas o se ajustaban a su talla.       La escuché soltar una maldición y acto seguido tiró el vestido con tanta rabia que creí que haría un boquete en el suelo.       Se giró sobre ella misma para agarrar otro vestido que tenía sobre la cama, cuando sus ojos se encontraron con los míos. No tarde mucho en percatarme de que estos, estaban rojos y llorosos y sus mejillas húmedas por las lágrimas.       —Marinette...—murmuró, dejando caer su vestido al suelo.—¿Q-Qué haces aquí? ¿Por qué has entrado?       Miré el vestido que acaba de tirar al suelo y después a ella, sin saber muy bien como reaccionar a su repentino humor mañanero.       —Esto...—dije, removiéndome incómoda.—He llamada a la puerta  y... no me has dicho que no entrara así que...      —Márchate...Por favor—me interrumpió dándome la espalda.—Si no te he respondido es porque no quiero hablar con nadie.       —Bueno...—me agaché para recoger algunos de los vestidos que había tirado por los suelos y los deposité con cuidado sobre la cama.       —No los dejes ahí.—dijo y me sorprendió que me hubiese visto, sobre todo si su mirada estaba clavada en la ventana.—No los quiero, puedes quedártelos tú, a lo mejor te quedan bien, tienes un cuerpo perfecto, al fin y al cabo.        Su voz se quebró al decir las últimas palabras.       —Pero, ¿qué tonterías estas diciendo?—me acerqué a ella, a grandes zancadas, hasta ponerme enfrente.       Sabía a qué se debía todo aquello y las culpables de todo tenían nombre y cara.       —¿Estás así por lo que dijeron esas mujeres en el salón de apuestas?—pregunté, mirándola directamente a los ojos.       Por un momento, no pude evitar preocuparme:  sus ojos parecían inyectados en sangre, seguramente, consecuencia de haber estado llorando toda la noche, sus labios demasiado hinchados por el llanto y su piel roja e irritada.       No me respondió, tan solo se dedicó a mirarme con una mirada suplicante que lo dijo todo por ella.       Entonces mis ojos bajaron un poco y me percaté en su corset, extremadamente apretado y atado a sus espaldas, tanto que estaba segura de que su respiración se atascaría en cualquier momento.        —¡Por dios, Catherine. Quítate eso!—me acerqué a ella atropelladamente para aflojarle las cuerdas, pero ella se apartó de mí con brusquedad.       —¡No!—me gritó y volvió a estallar en llanto.—¡Es la única forma de que no se me note la barriga!       —Catherine, no hagas tonterías, ese corpiño te va a hacer daño si lo tienes tan apretado, seguro que no te deja ni respirar—dije, comenzando a perder la paciencia.       Ella parecía haber caído en un tipo de ataque de ansiedad y yo no sabía qué hacer exactamente para quitarle esas chorradas de la cabeza.       —Me da igual—dijo.—Puedo aguantarlo. Mi madre dice que una mujer puede aguantar la respiración durante todo el día.       —Tú madre no tiene idea de nada.—Le espeté molesta. ¿Cómo podía decir que una persona podía aguantar doce horas con una cosa que te estruja la carne hasta tal punto que la sangre no puede ni circular.      —¡No digas eso de mi madre! ¡Ella lo sabe todo!—me gritó, como si fuese una niña pequeña.—¡Vete de aquí, ¿es qué no me has escuchado antes? ¿Por qué no te has ido ya?!      Esta mujer era muy muy muy cabezota, pero si ella era cabezota yo lo era más, o sino, que se lo digan a Adrien.       —No me voy a ir de aquí hasta que te quites el corset—dije, cruzándome de brazos mientras me sentaba sobre su cama.—Así que tú misma.       Vi como su labio inferior temblaba, luchando por hacer un puchero, sin embargo, yo no suavicé mi mirada, al contrario, lo observé con severidad, haciéndole entender que lo que estaba haciendo era una completa locura.      Intentó hacerse la dura, fulminándome con la mirada para intimidarme y echarme a patadas, pero no funcionada, sobre todo cuando tienes un estado emocional débil. No pasó ni medio segundo cuando se derrumbó, dejándose caer en el suelo hasta quedar de rodillas. Enterró sus rostro entre sus manos y comenzó a llorar.       —¿Por qué?—sollozó.—¿Por qué haces esto?       El corazón me dio un vuelco y verla de esa forma, tan vulnerable y abatida me produjo un nudo en el estómago. Me levanté de la cama y caminé hacia ella, arrodillándome para quedar a su altura.       —Eh... Catherine...—apoyé una de mis manos en su hombro intentando que levantara la cabeza.—Puedes contarme cualquier cosa. Lo sabes,  ¿verdad?       —No entiendo...—dijo entre sollozos.—No entiendo por qué haces todo esto.      La miré confundida, sin comprender a que se refería.       —No entiendo porqué estás aquí conmigo, por qué eres tan buena y no te ríes o te alejas como el resto—dijo, aclarando todas mis dudas.       —¿Y por qué haría algo así?—pregunté, esbozando una pequeña sonrisa.      —Normalmente la gente lo hace, se mantiene alejada de mí y mantienen las distancias. Incluso mi hermano lo hace, nunca me invita a ninguna de sus fiestas y dice que me quede en mi habitación...—confesó y sus palabras me hicieron hervir la sangre. Ese estúpido de Jouvet...—Mi madre dice que es porque estoy gorda y la gente tiende a acercarse a las cosas bonitas y delicadas.—finalmente apartó las manos de su cara y me miró.—Cómo tú.       Negué con la cabeza, mientras me ponía en pié y le tendía la mano para ayudarla a levantarse.      Ambas teníamos mucho de lo que hablar y no era el suelo el lugar más apropiado. Caminé hacia su cama y le hice un gesto para que me siguiese.       Su fuerte temperamento se desinfló de golpe y ahora parecía un corderito dócil que hacía todo lo que le pedían.       —Por eso me acerqué a ti—continuó.—Creí que estando cerca se me pegaría un poco de tu carisma y tu belleza.       —Catherine no digas esas cosas—gruñí poniéndome detrás de ella para aflojarle las cuerdas del vestido. Me senté sobre las sábanas, al estilo indio.—Yo soy igual que tú, una mujer normal y corriente.       —No, no lo eres...—dijo, y sus rulos se movieron cuando negó con la cabeza.—Si no, mi hermano no se hubiese fijado en ti.       —Tú hermano es muy peculiar y digamos que más bien me convertí en una especie de trofeo con patas para él—dije, tirando de los nudos del corpiño.—Y no lo digo para que te ofendas, que conste.       —No me ofendo—se encogió de hombros.—Mi hermano es un completo imbécil.       No pude evitar sonreír, pensando que Jouvet estaba rodeado de una familia que lo consideraba un incompetente.       —Me alegro de que por fin nos hayamos puesto de acuerdo.—Suspiré triunfal cuando por fin el maldito corpiño se desabrochó por completo.       Escuché que Catherine respiraba con brusquedad, absorbiéndose las lágrimas.       —Oye, deja de sentirme mal—dije levantándome de la cama para dirigirme a su armario.—Olvida todo lo que estas cotorras dijeron. No tienen idea de lo que es la verdadera belleza.—revusqué un vestido bonito que pudiera ponerse para subirle la moral.—¿Te fijaste en las gemelas? Parecían una especia de mensajeras del más allá. Daban mucho miedo y eso sí que es muy rarito.       No logré que sus lágrimas cesaran pero al menos le sonsaqué una sonrisita.      —No creo que encuentres nada bonito ahí dentro.—Dijo secándose las lágrimas con las manos.—Me he probado todos, y ninguno me cabe. He vuelto a engordar.       —Venga, no digas eso.—Dije, esbozando una mueca.—Ayer llevabas un vestido y no creo que hallas subido tanto de peso en una sola noche.      —Pues parece que sí—refunfuñó por lo bajo.      Resoplé, sintiendo como su pesimismo se me estaba contagiando, hasta que, la una bombillita se me encendió en la cabeza.       —Lo que a ti te pasa es que necesitaras encontrarse guapa a ti misma, y... yo tengo la solución para eso.—Dije, orgullosa de mis propias palabras, Catherine se miró con una deja enarcada y con una expresión de «no entiendo un carajo»—Y puesto que no tienes nada que te guste... ¿Qué te parece si mañana hacemos una especie de día de chicas—hice un gestito con los dedos, entrecomillando mis palabras—, podemos visitar tiendas, probarnos cosas bonitas... ¿Qué te parece? Iba a proponértelo hoy , pero viendo lo visto creo que necesitas descansar y meditar.      —No creo que vestidos nuevos sean la solución...—murmuró, arrugando la manta de su cama.      —¡Tonterías! Por su puesto que sí—dije, haciendo un gesto de insuficiencia.—Creo que el otro día escuché decir a tu hermano que daría una fiesta—v que quería decirme algo, interrumpirme, quizás para decirme que ella no estaría invitada, pero yo no la dejé—Me da igual que Jouvet no te haya dicho nada, vas a ir  y... tú y yo vamos a dejarlos a todos con la boca abierta, sobre todo a el grupo de arpías que se atrevieron a hacerte llorar.       Me acerqué hacia ella y cogí sus manos mientras.       —Vamos a brillar, Cath—le aseguré.—Y les vamos a demostrar cual es la verdadera belleza. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD