XXI

2740 Words
Marinette      Caminé a paso ligero por el pasillo que conducía mi habitación y en cuanto llegué, me planté frente a la puerta y la abrí de mal humor. Entré al cuarto y la cerré de un portazo, pagando con la puerta la frustración que tenía.      Había defendido a Jouvet, sí, pero eso no quitaba lo degenerado que podía llegar a ser. Toda aquella gente lo era, apostado dinero en un juego mientras gente en París se moría de hambre.        Me giré sobre mis talones, dispuesta a ir hacia el cuarto de baño y darme un baño de sales de rosas, pero entonces, mi cuerpo dio una fuerte encogida que pronto fue acompañada de un grito de sorpresa       Apoyado junto a la ventana, estaba Adrien, que me mirada con una expresión extraña, de brazos cruzados.       —Cuando entres a mi habitación podrías avisar al menos—espeté molesta.       —¿Además de con la puerta también vas a pagar tu mal humor conmigo?—preguntó, y noté un tono de voz áspero y neutral.       Fruncí el ceño y lo observé desde la distancia.       —Al parecer no soy la única que tiene mal humor—dije, esbozando una sonrisa irónica.      —No sé—se encogió de hombros con indiferencia.—A lo mejor tienes razón y sí, tengo ganas de pegarle a algo y romper una puerta.       Comenzó a caminar hacia mí y no pude evitar hacer una mueca cuando lo vi cojear ligeramente.       —¿Qué te ha pasado?—pregunté preocupada.       —Nada importante—me cogió del brazo y me hizo girar, con una rapidez que me dejó anonadada. Sin apenas darme tiempo a asimilar las cosas me quedé atrapada entre el pilar de la ventana y su cuerpo.—Hay cosas que me preocupan más, como por ejemplo saber por qué has defendido a ese cabrón.       —¿Qué?—pregunte perpleja.—Pero, ¿cómo te has enterado?      —Yo lo sé todo bichito, y me estaba aburriendo de tanto esperar—dijo con indiferencia.—Y justo cuando había encontrado algo entretenido de ver, vas tú y lo jodes. Eres una aguafiestas.       —¿Has estado viéndolo todo el rato?—inquirí asombrada.       —Sí, y créeme, no sabes lo que he tenido que aguantarme para no entrar ahí dentro y sacarte , ¿es qué no te has dado cuenta de como te mirada el vejestorio ese? —dijo y un atisbo de rabia recorrió sus ojos verdes.—Por poco más y te arranca la ropa delante de todos—maldijo por lo bajo.—Hijo de puta...       —No ha pasado nada—aseguré.—Solo quería evitar que el asunto se saliera de las manos.       —Solo iba a ser una paliza ¿qué hay de malo en eso? El juez consigue su dinero, el rey se queda sin cara y tú te quedas sentadita en tu sitio. ¿Lo ves? Es un final feliz.      —Sí... ya y el dinero de la casa real se va al bolsillo de un estafador—ironicé rodando los ojos.—No entiendo como va todo eso del billar, pero al me dice que ese juez ha hecho trampa.       Adrien volvió a encogerse de hombros.       —Yo lo he visto todo bien.—Aseguró.       Suspiré pesarosamente y me aparté de él, escapando de su prisión humana.       —Solo quería hacer las cosas bien—dijo agachando la mirada.—Jouvet podrá ser un miserable pero no es justo que lo amenacen en su propia casa y yo tampoco quiero que se meta en líos de deudas, ya sé como acaba todo eso y no quiero que París caiga con él.       Adrien arqueó las cejas, mirándome con curiosidad, después respiró hondo y se acercó a mí.       —Lo sé, siempre estás intentando salvarlo todo—dijo, se posicionó delante de mí y me miró con seriedad.—Pero no quiero que te pongas en peligro. No siempre podemos salvar las cosas y Jouvet sabe lo que se hace, créeme, ese tipo sabe más de lo que crees. Sabe como defenderse.       Posó sus manos a cada lado de mi rostro y me observó directamente a los ojos.       —Ese juez no me ha dado buena espina—dijo.—Tienes que tener mucho cuidado. La gente como él,suele sacar trapos sucios para conseguir lo que quieren y no me estañaría que te utilizara para saldar la deuda.       Sonreí y cerré los ojos, disfrutando del tacto de sus manos sobre mis mejillas.       —Estaré bien, ya lo verás—le aseguré.—Tendré cuidado.       Sabía que mis palabras no le habían dejado demasiado tranquilo; sin embargo, hizo un esfuerzo por sonreír. Se inclinó levemente y me dio un pequeño beso en los labios a la vez que me cogía en volandas y caminaba hacia la cama. Inmediatamente enterré mis dos manos en su melena dorada y comencé a corresponder a su beso que cada vez se iba intensificando poco a poco.       Me posó cuidadosamente sobre la cama, asegurándose de que mi espalda no corría peligro y se colocó encima de mí, procurando no aplastarme.       Recordé enseguida mi propuesta y los nervios regresaron  a mi cuerpo. No habíamos vuelto a hablar de eso, pero creo que no hacían falta palabras para explicar que aquello era el inicio de lo que ambos habíamos acordado.       Sus labios se separaron de los míos y fueron bajando poco a poco desde mi boca a mi barbilla y finalmente hasta mi cuello. Una sensación embriagante se apoderó de mí y el calor invadió todo mi ser.       Lo abracé con fuerza mientras él recorría cada parte de mi cuello con su boca. Cuando presionó el lóbulo de mi oreja, un suspiro inquieto se escapó de mis labios.       En cuanto me escuchó, levantó la cabeza y me miró a los ojos.       —¿De verdad es esto lo que quieres?—me preguntó, observándome con preocupación.—No es necesario que sea justo ahora.       —No.—Lo interrumpí.—Estoy segura. Quiero esto y quiero que sea contigo.      Sus labios se curvaron en una media sonrisa.  Se inclinó y me besó.       —Entonces no se hable más—dijo sonriendo contra mi boca.—Vamos a empezar con la clase de hoy.       Sus labios se fundieron con los míos y durante unos segundos perdí la noción del tiempo. Nos enredamos uno en los brazos del otro hasta que  deslizó su lengua entre mis labios haciéndome perder el poco control que me quedaba. Suspiré, derritiéndome entre sus brazos y dejando que se adueñase de mi cuerpo.        Sus manos comenzaron a bajar por mi espalda y se retuvieron en los botones de mi vestido. Lo escuché gruñir contra mi boca, al ver que tenía dificultades para desabrocharlo. Entonces, arqueé mi espalda para darle una mayor accesibilidad.       Enterró su rostro en el hueco de mi cuello y perdí el control cuando besaba y lamía al mismo tiempo mi piel. Me mordí el labio inferior y cerré los ojos con fuerza.       Deslizó mis brazos por las mangas del vestido y un escalofrío se extendió por mi columna vertebral cuando me sentí demasiado desnuda por arriba.        Adrien no me dejó demasiado tiempo para coger frío, enseguida me cubrió con su cuerpo. Me besó la comisura de los labios y después comenzó a trazar una lineas de besitos que empezaba en mi garganta e iba bajando poco a poco. Se detuvo en la frontera que separaba mi cuello de mis pechos y mientras se retenía en ese lugar sus manos se aseguraron de sacar el vestido por mis piernas. Lo lanzó hacia un lado y una vez tuvo una mejor accesibilidad me abrazó con suavidad y me levantó levemente de la cama, quedando suspendida entre sus fuertes brazos.       Su cabeza estaba enterrada en mi cuello y yo simplemente me dejé llevar por el contacto de sus labios sobre todas las partes de mi cuerpo. Sus dedos se retuvieron en los cordones del corpiño y cuando la impaciencia se adueñó de él, agarró cada parte de la prenda y sin pensárselo dos veces tiró de ambos lados. Los cordones se rajaron completamente y el corset pasó a ser un trapo inútil.      —Espero que tengas uno igual que ese—murmuró contra mi piel.       Pero no le respondí, estaba demasiado atolondrada como para hacerlo, sobre todo pensando en que me estaba desnudando prácticamente, aunque, pensándolo bien, no había sido la primera vez que había estado desnuda delante de él. Acarició con sus manos mi espalda desnuda, tocando con suavidad la superficie de mis heridas. Sentí que su cuerpo se tensaba y por un momento creí que diría algo, pero al final decidió permanecer en silencio y seguir con lo que estaba haciendo.       Volvió a apoyarme sobre la superficie del colchón y mis manos viajaron solas hacia el dobladillo de su camisa. Yo ya estaba lo suficiente desnuda, ahora le tocaba a él.       —No—. Adrien me detuvo, agarrando mis dos manos con la suya.—Hoy no princesa, esta noche no es para mí.       —Pero...—comencé a decir, pero él me interrumpió.       —Marinette, confía en mí.—Me pidió.—Sé lo que hago.       Lo miré incrédula, sin comprender exactamente que era lo que quería de mí. Según recordaba, los hombres que me violaron se desnudaron.       —Relájate ¿vale?—se alejó de mí un poco, y no se fue muy lejos.       Una sensación de ansiedad y deseo se apoderó de mí cuando me besó en los pechos. Mi cuerpo entero se tensó y mordí tan fuerte mi labio inferior  que creí hacerme  sangre. Un hormigueó se adueñó de mi ser cuando sus labios rozaron la parte más sensible de mis senos y  cuando sacó la lengua y lamió, sentí que tocaba las nubes.       Por un momento, tuve miedo de mi misma. Mi corazón estaba latiendo con demasiada rapidez y estaba comenzando a experimentar cosas que me hacían perder la razón.      Una presión se formó en mi entrepierna y un sonido antinatural se escapó de mis labios.      —Adrien...—gemí su nombre, pero él no pareció retenerse y siguió con lo que estaba haciendo.       Su boca comenzó a descender, recorriendo mis costillas y después mi vientre.      —Dios mío...—supliqué, cuando mis pensamientos viajaron hacia un punto exacto de mi sueño, un punto que se veía tan indecente como excitante.      No aguantaba más, quería que Adrien me tocara, quería que aliviase la presión que estaba sintiendo entre mis piernas.       —Tranquila, bichito—dijo con voz ronca.—Voy a aliviarte...       Su mano bajó la última prenda que cubría mi cuerpo y la sacó por mis piernas dejándome completamente desnuda. Inmediatamente, cerré mis piernas, cosa que no alivió la ansiedad que estaba sintiendo, aunque la timidez de estar tan expuesta frente a él ganaba la excitación de mi cuerpo.        No supuso un gran impedimento para él, pues ignorando mis escasos intentos de cubrirme, coló una de sus manos entre mis dos piernas y comenzó  a acariciarme, haciendo toques suaves y superficiales sobre la parte más sensible de mi cuerpo.       Mi espalda se arqueó, respondiendo a su tocamiento.       —No intentes ocultarte de mí, bichito—se burló él sin dejar de tocarme, haciendo cada vez sus caricias más lentas y tortuosas—. Siempre encuentro lo que quiero.      Solté un gemido despavorido, que se escapó sin darle yo permiso.       —Shhh—Adrien posó su mano libre sobre mi boca, callándome mientras que la otra seguía con su trabajo.—Princesa no grites muy fuerte, no hay que despertar al palacio entero.       Maldición, él tenía razón, no podíamos hacer ruido, pero los soniditos se escapaban solos de mis labios.       Llegó un momento en el que su mano, dejó de acariciarme y por instinto volví a gemir cuando dejé de sentirlo.       —¿Crees que serás capaz de no hacer mucho ruido tú sola?—me preguntó, apartándose mas de mi rostro hasta quedar a la altura de mis piernas.—Voy a necesitar las dos manos esta vez.       Lo miré confusa, sin entender muy bien que estaba a punto de hacer. Llevaba por el deseo, asentí, sin saber a que iba a enfrentarme.       Posó sus dos manos sobre cada uno de mis muslos y me obligó a separar las piernas.       —Lo digo enserio, princesa—dijo y sentí su frío aliento chocar contra mi intimidad.—Por muy difícil que sea, no hagas mucho ruido.       Respiré con fuerza y cerré los ojos.       —Vale...—dije sin mucha convicción.       No podía verlo, pero sabía que estaba sonriendo.       Suspire, cuando sus labios besaron la parte interna de uno de mis muslos y después hizo lo mismo con el otro. Se tomó su tiempo, torturándome y haciendo todo más despacio. Acariciaba mis piernas mientras que sus labios se dedicaban a hacer lo mismo, esquivando la zona que necesitaba esa atención.      Mi cuerpo parecía una bomba relojería, a punto de estallar si no se desactivaba. Gemí otra vez, aunque en esta ocasión pareció más un sollozo repleto de súplica.      Entonces, pillándome completamente desprevenida, entierra su cabeza entre mis piernas y acerca su boca a mi intimidad.       Grité ante la desconocida sensación.      Una sensación que me gustaba. Mucho.       Sentía su lengua acariciar esa zona que me hacía perder la razón y sin dejar de hacerlo, él cogió una de mis piernas y la colocó encima de su hombro para tener una mayor accesibilidad. Encontró la parte más sensible y mis caderas se levantaron y mis rodillas hicieron el afán de cerrarse.       Adrien me agarró ambas ambas piernas e hizo fuerza para mantenerlas separas a cualquier precio. Recordaba lo que había dicho sobre no hacer ruido y comprendí que aquello era lo más difícil que me había pedido nunca.        Un hormigueó comenzó a aflorar de mi interior una sensación extraña que me hacía suplicar una y otra vez. No hacía otra cosa que gemir su nombre y si pudiese lo gritaría a los cuatro vientos.       Él pareció intuir esa sensación y aumentó la rapidez de sus movimientos. Su lengua dibujaba trazos circulares alrededor de mi intimidad y sus manos comenzaron  acariciar mis muslos cuando me vio temblar.       Durante varios segundos todo se volvió blanco y todo lo que me rodeaba dejó de existir, una sensación que me hacía precipitarme por el abismo. Todo mi cuerpo llegó al clímax y todo lo que había dentro de mí despareció, como si me hubiese quedado vacía.       Solté un último gemido y cerré los ojos mientras mis manos se agarraban a las sábanas. Adrien se separó finalmente y se incorporó para acercarse a mi rostro. Posó sus labios sobre los míos y cuando se separó me miró con una dulce sonrisa.       —¿Qué tal?—me preguntó tumbándose a mi lado. Extendió sus brazos y me atrajo hacia él de forma que mi cuerpo chocó contra su pecho.       No respondí al instante. Aún me estaba recuperando de lo que acaba de experimentar y mi mente aún seguía en  blanco.      —Ha sido... maravilloso...—murmuré acomodándome junto a él. Me incliné levemente y me apoyé sobre un codo para mirarlo a los ojos. Lo observé, captando cada parte de su rostro.       ¿Cómo podía ser tan maravilloso?       Lo que me había hecho sentir había sido una de las cosas más increíbles y hermosas de toda mi vida. Algo que desde niña me había aterrado se había convertido en una experiencia inolvidable. Y solo él había podido hacer eso.       Mis ojos se cristalizaron y no pude evitar sollozar mientras lo observaba. Su expresión se crispó y la preocupación se adueñó de su rostro. Se incorporó de inmediato y se sentó en la cama.      —Marinette...—limpió una lágrima rebelde de mi rostro con su pulgar.—Ey... princesa ¿Va todo bien? ¿Te...Te he hecho daño?       No le dije nada. Tan solo me abalancé hacia él y lo abracé con fuerza apoyando mi rostro sobre su pecho.       —Gracias...—susurré.       Su cuerpo estaba rígido, pero poco a poco se fue relajando, comprendiendo que todo estaba bien. Yo estaba bien, de hecho, estaba mejor que nunca y era gracias a él.       —j***r, bichito. Un día de estos vas a matarme.       Fue así, entre sus brazos, donde me quedé dormida, y en esta ocasión no hubo sueños, pues no había ningún sueño que pudiera compararse con la realidad 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD