Adrien
Mi cuerpo se quedó completamente paralizado, incapaz de apartar la mirada de aquella mujer. No fui yo quien disparó aquella pistola, pero aún así, recordaba a la perfección su cuerpo inmóvil sobre el suelo del corral y a Marinette abrazada a ella, llorando desesperadamente su muerte. Y... ahora estaba allí, parada delante de mí, como si nunca hubiese estado al borde de la muerte.
Sus ojos azules levantaron la mirada y se cruzaron con los míos. Se apartó los mechones de cabello rubio y se los echó por detrás de los hombros mientras esbozaba una sonrisa que no terminó por iluminar toda su cara. Dejó el periódico que tenía entre manos sobre la mesa y se puso en pie sin dejar de observarme.
—Así que este es el hombre que mató a mi padre y secuestró a mi mejor amiga—se detuvo a tres pasos de mí y me extendió la mano, cordialmente.—Es un placer conocerlo, Chat Noir.
Tardé varios segundos en reaccionar. Mis ojos se movían desde su brazo hasta su cara y después hacia Nathaniel. Permanecí impasible delante de ella, sin responderle ni corresponder a su gesto, todavía estaba demasiado shockeado como para decir algo con sentido.
—¿Vas a darme la mano o simplemente te vas a quedar mirándome como si fuera un fantasma?—inquirió enarcando una ceja.
Parpadeé varias veces perplejo y procuré esbozar una sonrisa falsa que disimulara mi estado de estupefacción.
—El placer es mío, princesa. Siempre es un honor encontrarse con alguien que viene de entre los muertos—dije mostrando mi ironía. Le tendí la mano y la estreché con cuidado.
—Chat...—me advirtió Nathaniel y con eso supe, que entre sus advertencias entraba ser caballeroso y educado.
—No es necesario, Nathaniel—dijo ella levantando una mano.—Déjalo que haga lo que quiera, para eso este es un territorio ¿no es así?—sus ojos volvieron a escrutarme con la mirada, y pude apreciar cierto rencor en ellos. Y no faltaba más.
Tantas indirectas y tantas mierdas me estaban sacando de quicio. La hija del antiguo rey estaba viva y coleando y para colmo estaba en Miraculous sacando todos los trapos sucios con la ayuda del Zanahorio, que consideraba un amigo.
Puto traidor y yo que estaba empezando a confiar en el muy cabrón.
—Dejaos de miraditas y mierdas—Caminé hacia la mesa y cogí una silla para sentarme justo enfrente del sillón donde había estado sentada Chloe Bourgeois, y con la mano les hice un gesto para que los dos tomasen asiento.—No tengo ni puta idea de qué pretendes, Nathaniel, pero quiero que me lo expliques. Por lo menos para tener una razón que me impida pegarte una hostia.
Nathanaiel se apartó algunos mechones pelirrojos de la frente y respiró hondo. No se molestó en sentarse, en su lugar le hizo una señal a Chloe para que lo hiciese por él.
—La recogí poco después de que abandonarais el corral, todos, incluido tú,la disteis por muerta, pero todavía respiraba—comenzó a explicar él.—Tú también conoces mi pasado Chat Noir, conoces mis secretos y lo que lleva perturbándome durante toda la vida. No podía dejar morir a otro m*****o de esa familia, y lo sabes.
Solté un gruñido exasperado y apoyé el codo en el brazo de la silla, mirándolo inquisitivamente. Me había traicionado y posiblemente mi yo del pasado lo hubiese descuartizado y esparcido sus restos por el Sena. Mi plan había sido deshacerse de la familia real y él, a mis espaldas, había recogido a la principal heredera y le había salvado la vida.
—Me traicionaste—espeté a regañadientes.—Conocías el plan y las consecuencias que acarreaba.
—Y tú sabías que yo jamás quise formar parte de eso—contraatacó él.—Te dije que no hacían falta tantas muertes por una simple venganza contra Tom Dupain.
—Mi venganza iba más allá que esa familia, Miraculous fue convocada para hacer frente a la nobleza y a los peces gordos—miré de reojo a la heredera de Francia e ignoré su mirada inquisitiva.—¿Por qué no mencionaste que las tenías escondida? ¿Dónde estuvo todo este tiempo?
—En un lugar donde tú ni nadie de Miraculous la encontrara, el Chat Noir que provocó ese atentado aquella noche no era muy comprensivo, y sabía que no me dejaría tratarla a tiempo.—aseguró Nathaniel.—No quería que dos mujeres inocentes sufrieran por tu sed de venganza. Marinette y la princesa no tenían la culpa de nada y me prometí a mí mismo protegerlas de ti, aunque mantener a salvo a Marinette era más difícil, teniendo en cuenta que ella insistía en acercarse más a ti.
—Mi amiga siempre ha sido así—dijo Chloe, mirándose las uñas.—Se siente atraída por el peligro, aunque...—me miró de arriba abajo y sonrió.—Reconozco que tiene muy buen gusto.
Escuché que Nathaniel soltaba una pequeña maldición y volvió a girarse hacia mí.
—Me estás echando en cara mi traición, pero sé que todo esto no te molesta en lo más mínimo.—Sonrió de lado.—Eres distinto, y has cambiado lo suficiente como para darte cuenta de que lo del corral de comedias fue una auténtica gilipollez. El Chat Noir de antes me hubiese matado, pero el de ahora, sabe que lo he hice no es ninguna tontería.
—Aún así, deberías habérmelo dicho y no haber cargado con todo esto a mis espaldas—dije a regañadientes.—Me siento como un completo imbécil después de esto.—Miré por encima del hombro a Chloe y solté una maldición.—¿Qué quiere?—pregunté en un tono de voz más confidencial—¿Por qué has decidido sacarla a la luz justo ahora?
—Creo que esa pregunta debería responderla yo—dijo ella a mis espaldas.
«Mierda, me había escuchado»
—Esto no va contigo y se lo estoy preguntando a él—dije, esbozando una falsa sonrisa.—No hace falta que te tomes las molestias de levantarte.
No me hizo ni puto caso e ignorando mis palabras se levantó para caminar hacia nosotros.
—Estoy aquí porque he decidido el momento que he considerado oportuno para reaparecer—dijo plantándose frente a mí, con sus dos manos a en las caderas.
Nathaniel miró incómodo a ambos lados y sin decir nada se alejó de nosotros para hacer no sé que mierdas, aunque lo veía observarnos desde la distancia por si la cosa se ponía fea.
—Mataste a mi padre—me incriminó ella, con una expresión que dejaba mucho que desear. Seguro que si tuviese algo afilado entre las manos, no dudaría en clavármelo en un ojo.
—No suelo tener problemas de memoria, pero gracias por recordármelo—le dije, sin borrar la sonrisa de mi cara.
Ella también me sonrió aunque a diferencia de la mía la suya parecía estar a punto de crisparse y convertirse en una mueca de desagrado.
—Quiero que te disculpes—me soltó, sin más, con una expresión altiva e imponente.—Por todo, y puede que eso no sirva para lograr mi perdón, pero al menos servirá para quitarte ese ego que tienes pegado en el cerebro.
Arqueé ambas cejas, y mis labios se curvaron justo antes de soltar una sonora risotada y su cara se puso de todos los colores.
—Yo no pido perdón—le dije, aún con la diversión reflejada en mi cara—. Aunque seas la misma reina de Francia. Yo no me rebajo de esa forma.
—Te lo estoy diciendo de buenas formas—dijo, pestañeando varias veces, como su le hubiese entrado un tic nervioso.—Cosa que tú no hiciste cuando degollaste a mi padre y arrastraras a Marinette a este agujero.
—Le quité a tu padre toda la presión que tenía su cargo, estaba muy estresado con los asuntos de palacio—dije con sorna.—Y en cuanto a tú amiga Marinette, te aseguro que estuvo muy cómoda entre mis brazos, tanto que ni siquiera quería marcharse cuando se la devolví a su padre.
Chloe abrió la boca, pero la cerró al instante. Luego, la volvió a abrir y chillo exasperada.
De repente, levantó su pierna y me dio un rodillazo en las pelotas.
Un dolor agonizante me atravesó.
—Me cago en la puta—mis ojos comenzaron a llorar e instintivamente me llevé una mano a los huevos, que parecían haberse roto como dos cascarones.
—Chloe...—Nathaniel se acercó rapidamente hacia nosotros e intentó poner una mano sobre el hombro de ella para tranquilizarla.
—¡No, Nathaniel! Te dije que iba a hacer esto, y no vas a detenerme—le ordenó levantando una mano.
Cojeé hacia la silla y me senté, sintiendo aún un dolor agonizante en la entrepierna.
—Eso es por ser un bastardo—me espetó, señalándome con el dedo índice.—Y por llevarte a mi amiga y luego volverla a entregar al miserable de su padre y al mentecato del rey, ¡¿cómo se te ocurre llevarla de vuelta?! ¡¿Es qué no sabías lo que siente respecto al rey?! ¡Para una cosa buena que haces, llevándotela lejos, vas y tienes que volver a fastidiarla! ¡Incompetente! ¡¡Inútil!!
—¡¿Con qué cojones la curaste?!—dije mirando a Nathaniel, horrorizado.—Está loca.
—Chloe, ya basta—Nathaniel apareció detrás de ella y la obligó a calmarse—. Ponerte tan nerviosa no te servirá de nada, y ya sabes que no es bueno que te alteres.
—Estoy bien, ya te lo he dicho—su gélida mirada volvió a posarse en mí y me planteé si proteger o no mis partes nobles.—Sobre todo después de haberme quitado este peso de encima.
Puse los ojos en blanco mientras resoplaba por lo bajo. j***r, no iba a poder moverme en una semana .
—Y ahora que ya está todo aclarado, te diré porque he vuelto—dijo, sentándose con elegancia sobre su sillón—. Dado que mataste a mi padre a sangre fría creo que me debes un lugar en Miraculous.
No pude evitar reprimir una mueca.
—Y lo dices después de romperme las bolas—le espeté con al voz entrecortada por el dolor.—Lo siento, ricitos de oro, pero va a ser que no.
—Solo obtendrás mi perdón si me aceptas. Además, tendrás que traer de vuelta a Marinette—ordenó.—Tengo que volver a ver a mi mejor amiga.
—¿No deberías reclamar la corona?—inquirí de mala gana.—Serías de mucha ayuda si espantas a ese cabrón del trono, en lugar de jugar a los ladrones.
—Mi herencia se fue junto con mi padre—me dijo.—Ya nada me ata al trono y no quiero una vida siendo la marioneta de los gerentes de palacio. Una mujer sola no es respetada y aunque lleve puesta una corona jamás me dejarán tomas decisiones por mi misma, siempre tendré que acatar las órdenes de segundas personas y no quiero eso para mí.
—Sí, ya, pues es eso o vivir en el bosque con los conejos—gruñí malhumorado.
Aquella mujer me había caído con una patada en los huevos y pasaba de estar soportándola todo el día. Además, ella podría ser la solución para nuestros problemas y si ella quería podía echar a Jouvet a patadas del trono.
—Chat Noir, escúchame—murmuró Nathaniel.—Tienes que dejarla. Se quedará aquí conmigo, por eso no tienes que preocuparte. He hablado con ella, y los dos tenemos un plan, pero necesitamos algo de tiempo.
Maldije en voz alta y quise ponerme en pie, pero el horrible dolor de mi entrepierna me obligó a sentarme de nuevo. Escuché la pequeña risotada que soltó Chloe y no pude evitar fulminarla con la mirada.
—No la aguanto...—refunfuñé molesto.—Me gustaría que en vez de a mí te hubiese dado a ti, así sabrías las ganas que tengo de que se quede, ¿Qué te crees que es esto? ¿Una casa de acogida? No me jodas, Nathaniel.
—Tú también deberías entenderla, de hecho, a ti te pasó lo mismo, buscaste venganza contra los que mataron a tus padre, la única diferencia es que tú secuestraste a su hija y ella te ha dado una patada en las bolas—dijo.—Cada uno os habéis tomado la justicia por vuestra parte.
Maldije para mis adentros y respiré hondo.
—Casi me deja sin descendencia—salté, recordando el rodillazo que me había metido.
—No lo volverá a hacer, enserio—Nathaniel miró a a Chloe y le hizo un gesto que no pude apreciar bien.—Ya ha hecho todo lo que tenía que hacer ¿Verdad que sí, cielo?
Ella soltó un juramento y no supe si había asentido o significaba que aún seguiría atentando contra mi persona.
—¿Cielo?—gruñí mirándolo de mala manera.—¿Y eso a qué viene?
—Tú llamas a Marinette bichito ¿No?—Nathaniel se encogió de hombros.—Pues lo mismo yo.
—Pero cielo es muy empalagoso, yo soy más original. Bichito, princesa... eso si es un buen mote—dije orgulloso de mis apodos, y es que aquellas dos palabras le venían de perlas a Marinette.
—¿Quieres qué te los copie?—inquirió Nathaniel enarcando una ceja.
—Ni de coña, búscate los tuyos.—Dije poniéndome en pié, y otra vez sentí que me partía por la mitad.—Un momento... ¿Tú y ella...?—señalé la dirección que había tomado aquella loca y después lo miré a él.
Él se encogió de hombros.
—No, no, creo que...no estamos juntos...—murmuró las últimas palabras con suavidad.
Suspiré aliviado. El pobre zanahorio correría peligro con una tipa así.
—Menos mal—dije cojeando hacia la salida.—Estaba empezando a preocuparme. Ni se te ocurra intentar nada con ella, esa mujer es el demonio.
Lo escuché soltar un pequeño suspiro, acompañado de un par de palabras que no alcancé a escuchar, pero tampoco quise retenerme mucho. Lo único que quería era llegar a mi puta habitación y tumbarme hasta que el dolor se me fuera por completo.
○•○•○
Marinette
Tosí con fuerza, evitando no soltar una arcada en medio de todo el mundo. El humo de los puros que se estaban fumando aquella gente era insoportable. La habitación estaba atestada de una nube grisácea que no me dejaba ni respirar.
No me sentía realmente cómoda en todo aquel ambiente. Estábamos en la sala de juegos del rey, una habitación de palacio dedicada única y especialmente para el juego, las apuestas y los vicios como el alcohol y el tabaco. En sí, la sala era muy grande con una gran mesa de billar en el centro y lujosos sillones acolchados pegados a las paredes. Las ventanas eran muy amplias adornadas con lujosas cortinas de seda, y del techo colgaba una elegante lámpara de araña. En una de las paredes, había un cuatro de Jouvet sosteniendo una escopeta en alto, vestido de cacería y con un pié sobre la cabeza de un ciervo.
«Patético»
No recordaba aquella sala, de hecho cuando venía a jugar con Chloe no existía o al menos debía tener otro uso.
El sonido de las bolas de billar chocar con fuerza era espantoso y junto con el sonido de los gritos de victoria de los hombres me estaba produciendo dolor de cabeza, por no mencionar los cuchicheos y cotilleos que se traían las mujeres sentadas junto a mí. Eran las esposas de los tipos que habían venido a jugar con Jouvet, y lo único que había logrado intercambiar con ellas era una mirada y un saludo. Apenas me habían prestado atención e incluso me atrevería a decir que me estaba dando la espalda para dejarme fuera de su grupo de chismosas. Aunque, viendo lo visto, tampoco me hacía mucha gracia formar parte de eso. Lo único de lo que hablaban eran de vestidos caros y rumores—seguramente falsos—de otras mujeres de la élite.
Las monedas y los billetes corrían por la gran mesa y supuse que todos estaban apostando unas cantidades de dinero inmensas. Me ponía enferma solo de pensarlo, André Bourgeois había trabajado muy duro para levantar el país. Toda la fortuna que había ganado la administraba cuidadosamente para organizar la labores del reino y Jouvet la estaba invirtiendo en una partida de billar y de cartas.
Desvié mi atención al grupo de cotorras que había junto a mí, al menos para no seguir torturándome viendo aquella pérdida de dinero. Todas eras mujeres jóvenes, pero sin duda varios años mayor que yo, salvo dos gemelas que eran las hijas de uno de los empresarios, tendrían más o menos mi edad, pero su aspecto daba un poco de miedo: tenían la piel muy pálida, unos anormales ojos grises y un cabello tan rubio que podía parecer blanco, recogido perfectamente en un hortero recogido. Se reían de una forma muy rarita y hablaban prácticamente a la vez.
Resoplé por lo bajo y apoyé mi mejilla en la palma de mi mano. Aquello era sin duda aburrido y no hacía otra cosa que mirar el gran reloj del salón, contando los minutos para que la noche cayese. Encontrarme con Adrien me tenía muy emocionada, pero no podía evitar sentirme un poco nerviosa, sobre todo después de mi proposición. Él aceptó, pero decidió que la noche anterior no comenzáramos con sus "lecciones", así que sospechaba que con eso se refería a que esta misma noche me ayudaría a superar mis miedos.
No tenía ni idea de qué podía tener planeado, según él, no llegaríamos al final, y eso era algo que me tranquilizaba a la vez que me inquietaba. Si no llegamos al final entonces... ¿cómo iba a ayudarme?
Esa duda llevaba incomodándome todo el día y además todo me daba demasiada vergüenza.
¿Iba a tener que desnudarme? ¿Y él? ¿Me iba a ver desnuda?
—Oye... ¿Por qué estás tan roja?—preguntó una voz.
Levanté la cabeza y mis ojos se encontraron con la figura de Catherine. Inmediatamente me erguí y apoyé la espalda en mi asiento fingiendo guardar mi compostura.
—Es el humo...—dije señalando el ambiente.—Me tiene un poco mareada.
—Oh...—Catherine miró la habitación y esbozó una mueca.—Tienes razón, este sitio está lleno de humo.
—Llevan fumando una hora, y cada cinco minutos renuevan el puro, ya te puedes imaginar cuantos llevan ya—suspiré exasperada y miré la mesa de billar. Jouvet estaba sosteniendo un palo y se disponía a llevar a cabo su jugada.—Y por lo visto... todavía les quedan unos cuantos.
—Siempre es así—aseguró Catherine. Sus ojos se plasmaron en el sofá donde estaba sentada y después en mí.—¿Me dejas un sitio?
—Claro—me hice a un lado para dejarle un espacio y en seguida, tomó asiento junto a mí.
En cuanto lo hizo, el grupo de cotorras se giró hacia ella. Le lanzaron unas miradas que no supe como interpretar y después volvieron a girarse mientras compartían unas risotadas que no me dieron muy buena espina.
Catherine siguió mi mirada y su rostro se apagó durante unos instantes.
—¿Y ese vestido?—escuché decir a las arpías—¿De donde lo habrá sacado?
—Parece mentira que con todo el dinero que tiene la casa real, dejen vestir a un m*****o de la familia con esos harapos—dijo otra.
—Pero es que el problema, no lo tiene el vestido, sino la que lo lleva. A esa mujer no le sienta bien nada, y no faltaba más, si se come todos los días una docena de bollos—una de las gemelas soltó una risotada que pronto se vio acompañada por la de su hermana.—Un día va a explotar.
«¿Están hablando de Catherine?»
No podía dar crédito a todo lo que escuchaba.
¿Cómo podía decir algo tan cruel a tan solo unos centímetros de ella? La rabia me consumía y por un momento, tuve el impulso de abalanzarme sobre una de las gemelas y arrancarle los pelos.
—Bueno... ¿Y qué te pareció el castillo?—preguntó Catherine, intentando esbozar una sonrisa que no llegó a sus ojos.—No hemos vuelto a hablar desde ayer.
Su voz me hizo desconectar de mis planes de arrancar pelo y volví a centrarme en ella con la oreja puesta en el grupo de arpías.
—Muy bonito, aunque ya había estado aquí antes—dije.—Era amiga de la princesa y solía venir a jugar de vez en cuando, pero hay algunas cosas que han cambiado—Miré la habitación y me morí el labio inferior.—Esta sala antes no estaba.
—Sí. Mi hermano reformó algunas habitaciones del palacio. Ya sabes... para personalizarlo un poco—explicó.
—Lo he notado—me removí incómoda en mi asiento, esforzándome para no criticar los gustos sobrecargados de su hermano.
—Hizo un gran trabajo—Catherine miró el cuadro que había justo enfrente de nosotras.—Había algunas cosas muy antiguas y deterioradas y todo lo que estás viendo es lo último de la moda interior.
—Sí...—sonreí con falsedad, evitando mostrar mi desacuerdo.—Maravilloso.
El sonido de unos tacones retumbó a lo largo de la sala. Levanté la mirada y vi a una mujer, sin duda elegante, vestida con un refinado vestido blanco y un sombrero que parecía un florero. Caminaba por el pasillo y se detuvo justo en la puerta de la sala de juegos, observando el ambiente y a todos los presentes. Portaba un bolso, tan grande que lo tenía que sujetar con dos manos y su rostro carecía de expresión alguna. Su mirada recayó en mí y no pude evitar sentirme terriblemente incómoda ante el descarado análisis que me estaba haciendo. Se llevó una mano al sombrero y lo apartó de su frente para tener una mejor visión de mí.
Tras unos segundos, demasiado largos para mi gusto, esbozó una mueca de desagrado y se puso rígida para seguir caminando, sin molestarse siquiera en entrar a la habitación para saludar.
—¿Q-Quien era?—titubeé, aún atemorizada por la intensidad de su mirada.
—Mi madre—afirmó Catherine y noté que se ponía rígida y más pálida que la leche.—Ya ha debido regresar de Londres.
La miré con el ceño fruncido. Normalmente cuando tu madre viene de una ciudad tan lejana, sueles recibirla con los brazos abiertos. Al menos eso era lo que yo hacía con la mía o con cualquier persona cercana a mí. Aunque, siendo sincera, esa mujer no me había dado buena espina y si Catherine había racionado de esa forma, no debía aguardar nada bueno.
—Me ha mirado muy... raro—musité, aun con la vista puesta en la puerta por la que se había alejado.
—Eres la prometida de mi hermano—dijo.—Pasará una temporada así, evaluando si eres una señorita hermosa y refinada. Créeme, por tu bien, intenta siempre estar guapa y con la espalda recta. Y la hora del té a las tres es sagrada para todas las mujeres de esta casa, no te la saltes nunca, sino, te meterá en su lista negra.
—Genial... —murmuré.
«Para colmo tenía que venir una suegra maniática y manipuladora»
Con un poco de suerte conseguiría caerle mal y podría considerarme una mala esposa para su hija.
—He ganado, Jouvet. No hay nada de trampa, la bola roja a golpeado la negra, el juego ha terminado—dijo la voz de un hombre.
Ambas nos giramos, observando a los hombres que habían comenzado a alterarse.
—Pero ha sido fuera de turno—se opuso Jouvet, apartando el dinero de la mesa.—Lo justo sería repetirlo otra vez.
—No hay segundas oportunidades, alteza.—Dijo otro.—La bola de Quintana ha golpeado la suya, es justo que él se quede con el dinero.
Fruncí el ceño y me incliné ligeramente sobre mi asiento.
—Ni hablar, esta es mi casa y aquí se hace lo que yo diga—sentenció Jouvet.—Y digo que hay que repetir la jugada.
Uno de los hombres, el más corpulento y de canosas barbas, soltó una risotada socarrona.
—Puede ser el rey de Francia, pero en las cartas y en el billar es un jugador más—aseguró.—Así que suelte ese dinero, majestad. No quiero que la cosa se complique por una simple partida entre amigos.
—Tendrás mi dinero cuando vuelvas a ganarme en otra partida—sentenció Jouvet.—Mientras tanto, se queda en mi bolsillo.
El tipo se acarició la barba y miró a Jouvet con una ceja enarcada mientras reía de nuevo, como si todo aquello le pareciese divertido.
—Amigo mío.—Le dijo.—Parece mentira que, con todas las apuestas que llevamos ya, no conozcas las reglas.
—Conozco las reglas del juego limpio—se defendió Jouvet.—Y no acepto tramposos en mi casa, así que ya te puedes ir largando si no quieres que llame a alguien para que te eche a patadas.
El hombre asintió con la cabeza y por un momento pensé que se había tomado demasiado bien las palabras de Jouvet, teniendo en cuando de que lo había echado sin darle ni un franco.
Pero aquello, fue hablar demasiado alto, porque enseguida levantó su mano con el puño cerrado golpeó la mandíbula de Jouvet.
Este último cayó al suelo de inmediato golpeándose con la pequeña mesita de madera que había detrás. Las bebidas y la botella de tequila se resbalaron y cayeron encima de él.
El grupo de mujeres de nuestro lado soltaron un grito despavorido pero se veía claramente una sonrisa de expectación en sus bocas. Los hombres que había alrededor de ellos no hicieron mucho para remediarlo, al contrario, apoyaron a Quintana, mirando desde arriba a Jouvet sin hacer nada al respecto.
—Ya sabes, amigo mío, que no me gusta perder, ni mucho menos que me estafen.—Aseguró Quintana.—Así que... dame el dinero y me iré.
Jouvet limpió su ropa, completamente manchada de alcohol y lo miró desde abajo.
—Hoy no será ese día.—Sentenció él.
No pude soportarlo más. Aquello era simplemente asqueroso, Jouvet era un cretino y no lo aguantaba, pero si él era todo eso, los tipos de los que se rodeaba eran aún peor. Me levanté de mi sitio y caminé hacia ellos con las manos cerradas en puños.
Quintana dio un paso hacia delante dispuesto a agarrar a Jouvet de la pechera, pero entonces me interpuse entre ellos y le dediqué una mirada altiva. Me crucé de brazos y lo encaré con la mirada.
—Será mejor que se vaya, señor—dije.—No quiero tener que llamar a la guardia de palacio y sería un poco vergonzoso para usted, teniendo en cuenta que es el juez de la ciudad.
Al principio, el tipo pareció un poco consternado aunque, después, otra sonrisa volvió a iluminar su cara, una sonrisa que me pareció asquerosa, sobre todo cuando me recorrió con la mirada, de arriba abajo.
—Marinette, apártate de aquí.—Me ordenó Jouvet poniéndose en pié con dificultad.
El juez Quintana lo ignoró completamente y yo también. Ahora toda su atención estaba en mí y parecía divertirle toda aquella situación.
—Señorita, puede que su prometido tenga un ejército de guardias, pero yo también tengo la ley de mi parte y algunos contactos. Él sabe tanto como yo, que no es tan sencillo arrestarme—miró detrás de mí, a Jouvet.—Está bien, si hoy no quiere pagar lo que me debe, no hay problema—sus ojos se posaron de nuevo en mí.—Ya podré cobrarme más tarde—sonrió, y por fin pude ver algo de cordialidad en su cara.—Felicidades Jouvet, tiene una prometida muy hermosa.
Me echó un último vistazo y le hizo un gesto a una de las mujeres del grupo de cotorras, esta enseguida se puso de pié y lo siguió como un perrito.
Cuando me aseguré de que ese abusón se había alejado, me giré hacia Jouvet y lo fulminé con la mirada, mientras negaba con la cabeza.
Era increíble a donde estaba dispuesto a llegar por las apuestas.
Olvidando a todos los que me rodeaban, agarré la falda de mi vestido y salí de la habitación como alma que lleva el diablo.