—Marinette—su voz comenzó a volverse más fuerte, más intensa y más real...—Marinette, eh... ¿me oyes?
Mis ojos comenzaron a abrirse poco a poco, topándose con una estancia que parecía turbia e inestable. Fruncí el ceño y esbocé una mueca mientras me llevaba una mano a la frente.
«Dios mío, ¿qué acaba de pasar?»
De repente, me encontré con unos ojos esmeraldas que me observaban de con extrañeza teñida de una pizca de diversión y eso último lo noté por la sonrisa burlona que adornaba sus labios.
Me incorporé atropelladamente, quedando sentada sobre la cama. Miré el reloj que colgaba de la pared y me percaté de que era casi media noche. Debí de quedarme dormida cuando llegué del paseo con Catherine.
Recaí en el sueño que acababa de tener y mi mejillas se tiñeron de golpe, me levanté de la cama con la intención de que no viera mi estado tan lamentable.
—¡Eh! ¿Por qué tanta prisa , bichito?—preguntó sin borrar la sonrisa de su boca.
—Tengo que ir al baño un momento—dije esquivando su mirada.
«Dios mío, ¿qué clase de persona soy? ¿Por qué tengo que soñar esas cosas de él? Y encima él llevaba delante de mí durante Dios sabe cuanto tiempo»
—¿Dónde te crees que vas, princesa?—sentí como su mano agarraba mi brazo, obligándome a detenerme.—Quiero saber con qué soñaba esa cabecita tuya.
Si antes mis mejillas estaban rojas, ahora deberían estar de todos los colores posibles, si es que mi expresión no se había quedado lo suficiente pálida para desfallecer.
—Creo que he escuchado por ahí mi nombre—dijo con esa sonrisa socarrona.—En realidad creo que lo he escuchado varias veces.
—E-Eh... no se de que estás hablando....—titubeé esquivando su mirada.—No recuerdo haber soñado nada...que... tenga que ver contigo.
—¿Lo dices enserio?—sus manos viajaron hasta mi cintura y por inercia yo comencé a retroceder hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra la pared.—Venga, princesa ¿Por qué no intentas hacer un poco de memoria?
Mi cara era todo un cuadro. Me sentí completamente avergonzada y al parecer, él sabía perfectamente lo que había soñado, no tenía ni idea de qué había escuchado, pero me negaba a confesarle que había tenido fantasías sexuales con él, en dos ocasiones.
—No. No lo recuerdo y ya está.—Esquivé su mirada acusatoria y agaché la cabeza con la intención de que se apartara de mí y pudiésemos mantener una conversación normal, como por ejemplo cómo se había deshecho del c*****r del soldado de la noche anterior.
Su mano viajó hacia mi mentón y me obligó a levantar la cabeza para que nuestras miradas se cruzaran. Su otra mano me apartó algunos mechones de cabello azabache de la frente y después me escrutó con sus inquisitivos ojos verdes.
—Sé lo que has soñado—me acusó.—Tu voz gimiendo mi nombre lo dice todo.
—Adrien...—intenté pararlo, pero él volvió a interrumpirme.
—¿Y sabes qué?—inquirió.—Prefiero que sueñes conmigo que con los gilipollas que abusaron de ti.
—Para...—le pedí incómoda.—Adrien no quiero hablar de esto, enserio, me da mucha vergüenza...
Quise apartarme y escapar de su prisión humana, pero era imposible y él no parecía ponérmelo fácil. Su agarré se volvió más duro y su mirada más firme.
—Mira...—comenzó a decir y supe que para él también era difícil pronunciar aquellas palabras.—Lo que pasó en esos establos fue muy difícil para ti, y sé que por eso te da tanto miedo todo lo relacionado con ese tema, pero no puedes ser egoísta contigo misma, Marinette—me cogió de ambas mejillas y sostuvo mi mirada.—No puedes ser egoísta con tu cuerpo.
Tenía razón. Desde que tres hombres me violaran en los establos de mi propia casa, cualquier tema relacionado con el sexo me aterraba. Temía volver a pasar por lo mismo, temía que todo resultara ser tan horrible como lo fue entonces. El dolor que sentí cuando cada uno entraba en mi interior estaba grabado en mi cabeza, un dolor atroz que me rompió hasta el alma. Sin embargo, si tener sexo me asustaba tanto... ¿Por qué soñaba con ello? ¿Por qué disfrutaba en mis sueños? ¿Por qué suplicaba a Adrien que me hiciera suya?
Las caricias de aquellos hombres no tenían comparación con las de Adrien, ninguno de los tres podía compararse con él y... reconocía que acostarme con él no me daba tanto miedo como volver a ser violada.
—Eres humana—dijo él—.Y aunque quieras, no puedes frenar tus impulsos, nadie puede.
Me cogió una mano y depositó un beso en la palma de mi mano.
—Yo... no sé que siento...—confesé incómoda.
Y era cierto. Todo aquello me daba pánico pero... mi cuerpo pedía a gritos el de Adrien.
—Lo sé...—Adrien apoyó su frente contra la mía y cerró los ojos.—j***r, te entiendo. Y todos esos miedos que tienes son normal. Esos tres cabrones te hicieron daño y cuando te tocaron no estaban pensando en ti, solo en ellos. ¿Y sabes qué? Si hicieron eso, es porque debían tener la polla más pequeña que el dedo pequeño del pie.
—Adrien, por favor, ya basta—logré escapar de él y caminé hacia la ventana mientras me abrazaba a mí misma.
Recordar aquel incidente era horrible. Fueron demasiadas emociones y demasiado dolor para mí.
—No quiero hablar de esas personas—confesé.—Aunque sea de cobardes, prefiero hacer como que no existieron, como si nunca hubiese pasado nada aquel día.
—Tienes razón—dijo él.—No vale la pena mencionarlos, ni siquiera lo merecen.
Intenté reprimir las lágrimas mientras cerraba mis manos en puños. Maldita sea... todo sería más fácil si aquel día no hubiese pasado nada. Podría ser una mujer normal, que no tiene miedo a algo tan básico como las relaciones conyugales.
—Solo quiero que sepas, que hacer el amor no significa lo mismo que violar—afirmó.—Hacerle el amor a alguien va mucho más allá que follar como un animal—sentí como su mano tomaba la mí y la sostenía con fuerza.
Observé nuestras manos unidas durante unos segundos y después me giré hacia él.
—Puede que hayas pasado por algo parecido, princesa, pero escúchame bien, tú sigues siendo virgen, porque no has entregado nada a nadie—se llevó una mano al pecho, a la altura del corazón y se golpeó dos veces.—Porque jamás te has entregado con eso y esto—volvió a darse otro golpe.—Es lo más importante cuando dos personas se entregan.
Las lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas y sin ser capaz de reprimirlas las dejé fluir.
—H-He soñado contigo...—confesé.—Varias veces... Y sueño que tú... que tú me tocas y a mi... a mi me gusta...—solté un suspiro mientras no dejaba de llorar, sintiéndome patética.—Dios... esto me da tanta vergüenza...
Oculté mi rostro entre mis manos, para evitar que él me viese.
—No entiendo que me pasa...—dije.—Nunca me había sucedido algo parecido ¿Tú lo sabes? ¿Es por eso que has dicho antes? Porque... porque yo no lo entiendo...
No podía seguir ignorando aquellos sueños, ni tampoco la sensaciones que sentía mi cuerpo cada vez que estaba cerca de él, todo era demasiado complicado, y quería saber por qué pasaba todo eso, por qué todo mi ser actuaba de esa forma.
—Marinette, mírame—me cogió de las muñecas y tiró de ellas para dejar mi cara al descubierto, pero yo me resistía. Todavía no quería que me viese, no aún. No después de haberle confesado mis sueños.—Marinette—esta vez su voz sonó más grave. Sonó como si me estuviese ordenando que dejara de resistirme.
—No Adrien... —le supliqué mientras que él me apartaba las manos de mi rostro.
—Bichito...—me miró directamente a los ojos, y con su pulgar limpió algunas lágrimas que surcaban mis mejillas.—¿Por qué estás llorando? No hay nada de malo en tus sueños, y yo no voy a enfadarme porque sueñes conmigo—sonrió de lado, aunque su gesto carecía de todo tipo de burla, más bien, rebosaba dulzura.—Al contrario—se encogió de hombros y miró al techo—, me... gusta bastante.
Lo miré confusa y pestañeé varias veces sin comprender bien sus palabras.
—¿Lo dices enserio?—pregunté tímidamente.—¿No...piensas que soy una tonta por soñar cosas así?
Soltó una pequeña risotada y negó con la cabeza.
—¿Por qué iba a pensar eso?—dijo, divertido.—Es más, pienso que eres adorable.—Se inclinó y depositó un pequeño beso sobre mi frente.
Sentí como mis mejillas se ruborizaban. Hablar de un tema tan íntimo con él era muy vergonzoso.
—Mira no voy a volver a tocar este tema ¿vale?—me aseguró.—Solo si tú quieres volvemos a sacarlo. Podemos hablar de cualquier otra cosa—aseguró.—Y no me acercaré a ti, ni te pondré una mano encima hasta que tú no me lo digas.
Lo miré a los ojos y asentí con inseguridad.
—Vale...—dije nerviosa.
Lo escuché suspirar y decir algo por lo bajo.
Una parte de mí seguía danzando en mis sueños, queriendo ser la mujer que pedía a gritos la atención de Adrien, pero la otra, la niña de quince años que fue violada, aún seguía teniendo miedo.
Él tenía razón, y puede que lo mejor fuese dejar aparcado ese tema, y preocuparnos de otras cosas , pero... ¡maldición, aún tenía demasiadas preguntas!
—Hacer... "eso" Duele mucho ¿verdad?—pregunté, frotándome las manos con nerviosismo, recordando todas las veces en las que esos hombros me dañaron con sus embestidas.—A mí me dolió... mucho.
Adrien volvió a levantar la mirada hacia mí.
—No, princesa—sonrió con ternura.—No duele.
Lo dijo de forma muy escueta, como si quisiera decir algo más y no tuviese el valor de decirlo, pero la seguridad con la que sonó su voz me hizo creerlo.
—¿De verdad?—insistí.
—De verdad—me garantizó, extendió una de sus manos y me pasó un mechón de cabello azabache detrás de la oreja.—Aquella vez te dolió porque fue tu primera vez y porque esos tres cabrones fueron a satisfacerse a ellos mismos.
Fijé mi mirada en un punto exacto del suelo sumida en mis pensamientos. Ahora que lo pensaba, aquella vez que vi a Lila y a Adrien, ella parecía disfrutar con las caricias de él y la "yo" de mis sueños lo hacía de la misma manera.
—Mira, deja de preocuparte por todo esto ahora. No es importante—me aseguró.—No vamos a hacer nada. Al menos no todavía. Tenemos cosas más importantes que hacer.
—Pero a mí sí me preocupa—salté.—Quiero superar esto. Quiero dejar de tenerle miedo, no quiero que ese pasado me siga atormentando.
Sus ojos me miraban con extrañeza. Tenía una expresión que no sabía como interpretar.
—Me ayudaste a superar mi miedo al agua—dije, esquivando su mirada.—Ahora quiero que me ayudes con esto... Tú haces que todo lo malo desaparezca... Sé que puedes hacerlo.
Adrien respiró hondo y noté un gesto extraño en su mirada.
—Marinette... No sé si es una buena idea...—confesó él, incómodo.—Si estás así por lo que te he dicho de tu cuerpo y de cómo te sientes, no me hagas caso. Esto puede esperar, a lo mejor cuando todo esté más calmado y sobre todo cuando tú estés segura.
Aparté la mirada de él, sintiéndome estúpida de golpe, por insinuarme de esa forma. ¿Y si él no quería esto conmigo?¿Y si no quería hacer el amor conmigo? La duda comenzó a carcomerme por dentro y por unos instantes deseé meterme en un caparazón y no salir. Me había costado muco trabajo pedir por mí misma algo así, y sobre todo dar un paso tan grande y ahora todo mi valor se me estaba desinflando como un globo aerostático.
—¿Es qué... no quieres estar conmigo?—murmuré en voz baja.
—No—se pasó una mano por melena dorada, nervioso e inquieto,—¡j***r no es eso!—suspiró exasperado y se dirigió hacia mí.—No quiero hacer esto tan a la ligera, sobre todo sabiendo lo delicado que es para ti.
Posó su mano sobre mi mejilla y la acarició.
—Déjame hacer las cosas bien ¿vale?—insistió.—Quiero hacerte olvidar tu primera vez, enserio que quiero que te olvides de esa mierda y descubras que el sexo es mucho más de lo que te imaginas.
Sus ojos se quedaron fijos en los míos y, por la expresión de su cara, sabía que estaba pensando en algo. El silencio reinó la estancia y los nervios estaban a punto de acabar conmigo.
Soltó algunas maldiciones que no logré entender muy bien y se removió inquieto en su sitio.
—Escúchame, vamos a hacer una cosa—me agarró las dos manos y me atrajo hacia él de forma que nuestros cuerpos quedaron muy juntos el uno del otro.—Te voy a ayudar, como tú dices, pero... hay que tener cuidado ¿vale? Quiero ir poco a poco. No tenemos que precipitarnos a la primera de cambio, no tenemos por qué hacerlo pero, hasta que lleguemos al final , puedo enseñarte algunas cosas que te van a encantar.
Su mirada adoptó un brillo que me hizo ruborizarme.
Sus manos viajaron hacia mi cintura y me pegó a su cuerpo prácticamente mientras me envolvía con sus brazos. Mi rostro quedó pegado su pecho y pude escuchar el sonido de su corazón latiendo con fuerza.
—No sé que habrás soñado, pero te aseguro que esos sueños no van a tener nada que ver con la realidad.
○•○•○
Adrien
Cuando regresé a Miraculous, estaba amaneciendo, aunque, el cielo aún estaba muy oscuro.
Dios, aún me costaba asimilar la conversación con Marinette. Jamás pensé que me pidiera algo así, en plan que la ayudara a superar su miedo al sexo. Y sí, debía reconocer que más de alguna vez había fantaseado con acostarme con ella, mismamente la vez que me corrí pensando en ella mientras me follaba a Lila.
No pude evitar sonreír. Y luego era ella la que se sentía culpable por soñar conmigo.
Le había prometido que la ayudaría, pero no pensaba hacerlo literalmente, es decir, llegar al final del todo. Era consciente del trauma que suponía para Marinette, y no pensaba aprovecharme de la situación para satisfacerme a mí mismo. Estaba dispuesto a ayudarla, sí, pero lo haría, haciéndola sentir bien a ella, enseñándole la magia del placer y como una persona podía sentirse bien con una mano y una boca.
Caminé hacia mi cabaña, deseando que Kagami estuviese dormida. No me apetecía ninguno de sus discursitos y sobre todo no tenía ganas de empezar una pelea por cualquier gilipollez. Lo único que quería hacer era dormir como un oso y despertarme cuando la noche caiga; sin embargo, aquello era demasiado pedir y al parecer el mundo se había puesto de acuerdo para no dejarme pegar ojo. En mi puerta no estaba Kagami, pero sí estaba Nathaniel, sentado en los escalones que había enfrente de la puerta. Tenía la cabeza gacha y las manos sobre su nuca, mientras que su mirada estaba clavada en un punto exacto del suelo.
—¡Eh!—lo llamé.—¿Qué cojones haces ahí? ¿No se supone que deberías estar durmiendo?
En cuanto escuchó mi voz, levantó la cabeza y se puso en pié.
—Te estaba buscando, Kagami me ha abierto y me ha dicho que no estabas—me incriminó.—¿Dónde has estado?
—¿No tenías otro momento para venir a j***r a mi puerta?—espeté esquivando su pregunta.—Éstas no son horas de visita.
—Sé que es muy temprano y... también sé que acabas de llegar—dijo, escrutándome con la mirada.—Pero tengo que hablar contigo, bueno... más bien tengo que enseñarte algo y nadie puede enterarse, no de momento.
Enarqué una ceja y lo miré con desconfianza.
—¿Qué te traes entre manos, zanahorio?—pregunté cruzándome de brazos.
Se pasó las manos por su pelo pelirrojo y respiró hondo.
—Antes de nada, por favor, prométeme que no te vas a poner histéricos, ni te vas a poner a pegarme.—Me pidió.
«Vale... Aquello era muy raro»
—Creo que primero, prefiero ver eso que quieres enseñarme, y después decido si te parto la cara o no—contradije, adoptando una sonrisa inocente.
—Lo digo enserio, Chat.—Dijo con un tono de voz grave.—Esto no es una broma, necesito que me prometas que te vas a comportar, por favor.
A juzgar por su inquietud, lo veía bastante preocupado así que me encogí de hombros y terminé por asentir.
—Está... bien—dije poco convencido.—Pero no te prometo nada.
Me lanzó una mirada de advertencia y me hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera hacia su caseta.
—¿Y qué es eso que me tienes que enseñar?—pregunté curioso.—¿Has robado algo?
—No...—dijo, aún más nervioso.—No es una cosa ¿vale? Es una persona.
Fruncí el ceño y lo miré extrañado.
—Puede que te esté diciendo todo esto demasiado tarde, pero con Marinette y tu comportamiento tan poco cooperativo no pude contarte nada—llevó una mano al picaporte de la puerta y la abrió, echándose a un lado para dejarme paso.—No puedo seguir ocultándola, y ella necesita un lugar mejor donde vivir.
Subí el primer escalón de la caseta y justo antes de poder entrar él me sujeto del brazo para decirme una última advertencia.
—No la vayas a cagar, por favor. Y veas lo que veas, acuérdate de Marinette antes de juzgarla—dijo.—Lo que os ocurrió a vosotros, no es muy diferente a todo esto.
Aquello ya me estaba impacientando y la curiosidad estaba aumentando a unos límites que me tentaban a mandarlo a tomar por culo y asomarme de una puta vez a la habitación.
Le respondí con un pequeño asentimiento de cabeza y me dispuse a entrar. Escuchaba los pasos de Nathaniel detrás de mí mientras caminaba hacia la sala donde guardaba todos sus libros y medicinas.
Fue entonces, cuando la vi. Sentada sobre una silla junto a la chimenea mientras ojeaba el periódico que Alya solía traer todos los días.
Enfrente de mí, estaba una mujer a la que creía muerta y enterrada junto a aquel fatídico día en el corral de comedias.