Marinette
Me sentía como si estuviese flotando en una nube, con angelitos que revolotean a tu alrededor y te tocan dulces melodías con sus armas y flautas. Estaba feliz, a pesar de la situación en la que me encontraba, aún quedaba un rayo de esperanza en mi vida, y ese rayo tenía nombre: Adrien.
Al final, la noche anterior llegué tarde a la cena, y como no, era imposible separarme de él, con sus besos y sus prometas que me llevaban al cielo. Perdí la noción del tiempo estando entre sus brazos y sin apenas preocuparme llegué a la cena con más de una hora de retraso, y para colmo Adrien me había dejado tan anonadada que ni siquiera me percaté de que llevaba los hombros y el escote demasiado descubiertos por su culpa. Mi vestido llegó echo una pena, arrugado y destarlado. Aunque, al parecer, mi felicidad y mi sonrisa compensaron mi retraso, Jouvet acabó por creerse que estaba así de feliz por él, por su cena y por su estúpido castillo.
En cuanto al c*****r del soldado, Adrien decidió encargarse de todo mientras yo estaba cenando con Jouvet. Según él, ya estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones, como si limpiar sangre y echarse un muerto al hombro fuese lo más normal del mundo. Intenté no pensar en lo asqueroso que sonaba todo y me acurruqué entre mis sábanas sin borrar la sonrisa de estúpida de mi cara. No quería levantarme, sino que quería seguir fantaseando en mi mundo de colchas y mantas calentitas sin tener que encontrarme con reyes corruptos y acosadores.
Sin embargo, no tuve mas remedio que hacerlo cuando llamaron a mi puerta para traerme el desayuno, en la cama. No comprendía muy bien aquella costumbre,yo siempre desayunaba con mi padre en el comedor, pero según la criada que me atendió, Jouvet siempre lo hacía en su cuarto, y aunque me parecía de lo más patético, lo agradecía al quitarme una comida más que compartir con él.
Devoré las pastas y le di un trago a mi zumo de arándanos. Aparté las sábanas de mis piernas para no mancharlas, con lo torpe que era, podía convertir mi cama entera en un bufete al completo. Me senté con las piernas cruzadas y sentí como algunas migas caían sobre mis piernas, me limpié la boca con la manga de mi camisón y mastiqué obviando los modales a los que estaba acostumbrada. Por una vez podía comer en condiciones, sin nadie que me estuviese mirando como si fuese una especie de muñeca de colección.
Escuché un ruino, repentino, pero muy leve, al otro lado de la puerta. La mujer que me atendió se la había dejado ligeramente entornada, supongo que debió tratarse de cualquier otro empleado o residente del palacio. Me comí la última galleta de un bocado y me puse en pié para arreglarme un poco. Aquella mañana quería sentirme bien conmigo misma, y en general todos los días y eso conllevaba tener un buen aspecto.
Caminé hacia el armario y observé todos los vestidos que había colgados en la pecha con extremo cuidado y orden. No cabía duda de que Jouvet se había encargado de aumentar mi colección de vestidos. Me tomé un tiempo para examinar cada uno de ellos, analizándolo y descartando los que eran una completa horterada. Terminé por elegir un vestido rojo, de tirantes adornados con pequeños volantes translúcidos, la tela estaba adornada por algunos finos bordados dorados que dotaban al vestido de la elegancia de una dama de la élite.
Saqué de los cajones del tocador la ropa interior y el corpiño y los llevé al baño para asearme con un baño de sales de rosa. El contacto con el agua caliente me devolvió a la vida y los cristales de la ventana del baño se empañaron por las fuertes temperaturas del agua. Hice una mueca cuando mi espalda se mojó, aún mis heridas estaban muy tiernas y no se acostumbraban a los cambios y sobre todo a cualquier contacto. A pesar de eso, logré relajarme y tomarme un tiempo para mí misma, al menos hasta que alguien llegara para decirme que Jouvet quería verme.
Mi menté viajó de nuevo hacia Adrien y una sonrisa volvió a invadir mis labios. Todo era muy arriesgado, pero eso no le quitaba la emoción. Logré recuperarlo y él, por fin entendió que puedo estar junto a él sin correr peligro. He esperado mucho para conseguirlo, y puede que sea tarde, pero ninguno de los dos está dispuesto a rendirse. Fuese como fuese, íbamos a vernos, a pesar de los riesgos, lucharíamos para ser felices y vivir una vida lejos de todo, del rey, de la élite y de mi padre. Pero para eso, aún quedaba un largo camino, tenía que recuperarme, conseguir que Marlene estuviera a salvo con sus hijos y yo... yo debía descubrir el significado de las palabras de aquella misteriosa pitonisa del circo. Porque si había una posibilidad de que yo pudiera hacer daño a Adrien, debía encontrar la forma de impedirlo a cualquier precio.
Volví a escuchar otro ruido procedente de mi habitación, y en esta ocasión fue uno más fuerte. Fruncí el ceño y con todo mi pesar salí de la bañera y me sequé con una toalla. El ruido no cesaba y sonaba como si alguien estuviese removiendo las cosas, acompañado de unos pasos que iban de un lugar a otro. Me puse la ropa interior atropelladamente y después el corset. Agarré la toalla para cubrirme y caminé sigilosamente hacia mi cuarto. Me asomé por la puerta y vislumbré la figura de una chica que estaba de espaldas mientras miraba los vestidos que había puesto sobre mi cama y cotilleaba los cajones de mi tocador.
«Pero ¿Qué estaba haciendo?»
—Disculpa—dije, terminando de entrar en la habitación y caminando hacia ella.
En cuanto escuchó mi voz de giró atropelladamente y cuando sus ojos se cruzaron con los míos, soltó un grito despavorido que me hizo pegar una encogida. Solté la toalla y miré a mi alrededor, buscando aquello que la había asustado o quizás algún resto de sangre que se hubiera quedado el día anterior.
—¡Oh, Dios mío perdóneme!—se tiró al suelo y miró mis pies.—¡No sabía que estaba en su habitación! ¡No piense que soy una entrometida, por favor, perdóneme!
La miré con extrañeza, aún asimilando la situación. Aquella chica era muy extraña.
—No... No te preocupes—dije, aún consternada. Pestañeé varias veces para aclarar mis ideas y después me agaché para ayudarle a levantarse.—Venga, levántate.
No soportaba que la gente se arrodillara ante mí, me hacía parecer alguien que no era, y sin dudar superior. Y eso no me gustaba.
En cuanto volvió a quedar en pié apartó sus manos de las mías y se separó levemente, quedando a una distancia prudente. Sus ojos me inspeccionaron de arriba abajo y noté como una expresión extraña invadía su rostro. Se frotó las manos, nerviosa y se aclaró la garganta.
—Entré a su habitación para conocerla, señorita Dupain-Cheng—me tendió su mano, a modo de presentación.
Miré su mano y después la miré a ella. Se veía joven, quizás dos o tres años mayor que yo, tenía los ojos marrones y su cara era muy redonda. Era muy bajita, yo ,que no me consideraba alta precisamente, le sacaba media cabeza y su cuerpo era bastante voluptuoso.
Correspondí a su gesto y traté de sonreír.
—Encantada de conocerla eh...—fruncí el ceño, al darme cuenta de que no sabía quien era. No parecía una empleada, y eso podía verlo en su vestido elegante y sus cabellos peinados en finos tirabuzones.
—Catherine—me dijo zarandeándome el brazo con entusiasmo. Mi cuerpo se tambaleó levemente ante la fuerza de su movimiento y cuando me soltó me quedé atolondrada—. La hermana pequeña del rey, Jouvet.
Escuchar el nombre de ese patán me quitó el buen humor.
—Oh...—sonreí falsamente ante mi falta de entusiasmo.—Qué... bien.
—¡¿Verdad que sí?!—exclamó emocionada.—¡Vamos a ser cuñadas!
Reconocía que verla tan contenta me hizo gracia.
—No sabía que Jouvet tenía una hermana—dije poniendo los brazos en jarra.
—Lo sé...—agachó la mirada con timidez y se agarró las dos manos por detrás de la espalda mientras movía su pie con nerviosismo—. No suele hablar mucho de mí...
Tuve la sensación de que su mirada se oscurecía, pero pronto volvió a recobrar su entusiasmo y una sonrisa llenó su rostro.
—¿Quieres que tomemos un té juntas?—propuso. —Así podremos conocernos mejor. Hace mucho que no vienen mujeres de mi edad a palacio.
—E...Esto... Acabo de desayunar hace un rato...—miré indecisa la bandeja con la taza y el plato vacío.
—¡Por favor! No es necesario tomar un té—me interrumpió.—¿Ha visto el palacio? Si quieres puedo enseñártelo mientras damos un paseo.
—B-Bueno...—ya había visto el palacio con Jouvet, pero me sentaba mal hacer el feo de despreciar el ofrecimiento de Catherine.—Está bien, ¿nos vemos en unos minutos en el recibidor?—pregunté esbozando una sonrisa.—El tiempo que tarde en vestirme.
—¡Allí la espero!
No me dio tiempo ni a despedirme, salió de mi habitación con una energía que no era muy usual para un día de semana por la mañana.
○•○•○
Adrien
Me sacudí las manos, manchadas de tierra, solté una maldición para mis adentros y me aparté algunos mechones de pelo que caían por mi frente. Deshacerme del c*****r de ese tipo no había sido fácil, sobre todo porque el tío debía de pesar más de cien kilos. Lo enterré por el bosque, un poco más allá de la entrada y había estado la mayor parte de la noche cavando el hoyo, lo suficientemente hondo para que nadie pudiera encontrarlo.
No me sentí muy cómodo haciéndolo, más que nada porque aquel pobre hombre no me había hecho nada, pero si quería llegar hasta Marinette sin dejar ningún testigo, era necesario poner fin a su vida. En aquellos momentos mi máxima prioridad era ella y si tenía que matar para protegerla, lo haría.
Entré en Miraculous echo una mierda, manchado de tierra y sangre del c*****r. Necesitaba un baño, para limpiar no solo mi cuerpo sino la angustia que tenía en mi interior. Me hubiese gustado entregarle el cuerpo a su familia, al menos darles un lugar donde pudieran visitarlo, y llevarle flores, como yo hacía con mis padre, pero la situación no me permitió hacerlo.
Cuando llegase a mi habitación lo único que me apetecía era tumbarme en la cama y dormir. Llevaba casi dos días sin pegar ojo y mi cuerpo ya me pedía descansar y poco, sobre todo, si esa misma noche iba a volver a ver a Marinette y digamos que no me apetecía pasar el tiempo con ella dormido.
Sin embargo, en el momento que pude pié sobre mi casa, me encontré con algo que me hizo quedarme en el sitio mirando lo que tenía delante. Una sonrisa burlona apareció en mi cara y procurando no hacer ruido, me apoyé en el marco de mi puerta.
Kagami estaba bailando en mi cuarto, y sí, se me había vuelto a olvidar que ahora ella vivía allí, pero encontrármela allí bailando era lo que menos me esperaba. Supongo que su trabajo en aquel circo formaría parte de eso, precisamente. La condenada se movía muy bien, y eso debió ser lo que la salvó de los maltratos que aquellos rufianes le hacían a todos los trabajadores, aunque, seguramente no se quedarían satisfechos con un simple baile, aquella gente eran de lo peor y no me sorprendería lo más mínimo que la hubieran obligado a acostarse con todos los clientes que la admiraban.
Lo más divertido de todo, era que no se daba ni cuenta de mi presencia. Estaba tan ensimismada en sus pasos que parecía estar en un mundo completamente diferente. Por alguna razón no le caía demasiado bien, y por su modo de tratarme debía detestarme, seguramente porque la separé de la gente que consideraba su familia. Pero no tuve otra opción, les hice una promesa y eso implicaba cuidar de ella y de la pequeña, y no pensaba defraudarles.
Kagami hizo un paso que la dejó de cara a mí, y en ese momento sus ojos se encontraron con los míos. Su cara fue todo un cuadro, se quedó pálida y con la boca abierta, al darse cuenta de que había sido descubierta infraganti. Ensanché aún más mi sonrisa y empecé a aplaudir para joderla.
—¡Bravo!—exclamé. Me tanteé los bolsillos despreocupadamente.—Mierda, te daría una limosna, pero no tengo dinero a mano. ¿Quieres una rosa? A los artistas se les alaba con flores.
—¡¿Qué estás haciendo aquí?! ¡¿Desde cuando me estabas mirando?!—me espetó y a juzgar por su mirada, sabía que se estaba conteniendo para no abalanzarse hacia mi y arrancarme la cabeza.
—Créeme, no lo quieres saber—dije caminando hacia la puerta de mi habitación, pero justo cuando iba a entrar, ella se puse en mi camino y cerró la puerta.
—Te he hecho una pregunta—dijo, bloqueando la entrada con su cuerpo.—Y no te vas a ir sin que me respondas.
La miré con una ceja enarcada, suspiré y me apoyé sobre la pared.
—El tiempo suficiente como para saber que se te da muy bien todo eso de bailar—dijo.—Ahora, si eres tan amable, me gustaría que te apartaras de mi camino y sigas con tus bailes, yo tengo cosas que hacer.
Sin esperar que ella misma lo hiciera, la agarré del brazo y la eché a un lado para entrar. Ella me miró con una mueca en la cara y se cruzó de brazos.
—¿De dónde vienes?—su mirada recayó en mi ropa manchada de sangre.
—Verás... eso es algo que no te incumbe—le aseguré, mirándola por encima del hombro.
—En realidad, sí. Sí que lo hace, porque me gustaría saber con qué clase de persona vivo, y en este momento no me hace mucha gracia estar delante de alguien que viene manchado de sangre.
—Te lo vuelvo a repetir. De donde yo venga, no te interesa. Y si no te gusta lo que ves, puedes coger e irte a la casa de Alya o de cualquier otro m*****o de aquí—le dije, malhumorado de que quisiera meterse en mis asuntos.
—He notado que todas las noches te vas—continuó ella.—Y no me culpes de entrometida, tú no eres muy sigilosos que digamos.
Sonreí de lado y di un paso hacia ella.
—Me has pillado—murmuré.—Soy el hombre del saco y me dedico a comer niños por las noches. Estoy más manchado de sangre porque el crío de hoy se ha resistido más de la cuenta.—Me llevé una mano al estómago—Pero no sabes lo bien que me ha sentado.
Me dio un empujón y me fulminó con la mirada.
—Eres un completo idiota—me insultó.
—Eso ya lo sé, no haces falta que me lo digas—comencé a cerrar la puerta de la habitación—. Mira ahora tengo cosas que hacer, pero cuento termine de cambiarme puedes bailarme todo lo que quieras ¿vale?
La ira cruzó sus ojos rasgados y vi como levantaba la mano para golpearme, pero justo antes de que lo hiciera cerré la puerta en sus narices.
La escuché soltar un grito de dolor seguido de una larga lisa de insultos que podían hacer estallar cada uno de mis oídos.
la ignoré por completo y miré por la ventana, contando las horas para que la luna diese la bienvenida a la noche.
○•○•○
Marinette
Sus manos recorrían mi cuerpo con delicadeza y extrema suavidad, como si estuviese echa de porcelana o de un cristal que se rompe cada vez que alguien lo mira. Sentía sus labios sobre los míos, aprisionándolos con fuerza para abrir entrada a su lengua, deseosa de explorar mucho más hondo. Su perfecto torso, plano y musculado se pegaba al mío. Piel con piel, sin ninguna prenda que nos separase, solo éramos nosotros y nuestros cuerpos. Su boca fue bajando poco a poco, abriendo un camino de besos por mi cuerpo, mientras que con una de sus manos exploraba cada parte de mí, cada zona que me hacía viajar a un mundo nuevo.
Solté un suspiro a la vez que mi cuerpo reaccionaba a sus caricias y a sus besos. Todo mi ser temblaba, exigiendo más, pidiendo más de él. Su mirada, me observaba con una profundidad y una oscuridad que me llevaba a la locura, que me hacía olvidar mi propia identidad.
Entre nosotros saltaban chispas y temía que que se desatase un incendio con cada abrazo y cada beso que ambos compartíamos. Su sonrisa, normalmente teñida de burla y diversión, presentaba algo completamente diferente: seducción.
Todo mi ser se descontrolaba, todo daba vueltas y aunque sentía sus manos sobre mí, no era suficiente, era como que su tacto carecía de opacidad, como si todo fuera irreal. No sentía sus caricias, no sentía sus besos.
—A-Adrien...—gemí, pidiendo que me tocase aún más, que profundizase todo lo que estaba haciéndole a mi cuerpo.
Quería más...
Mucho más.
—Por favor Adrien—algo dentro de mí le suplicaba, suplicaba que siguiera.
Me gustaba sentirme de esa forma, me gustaba sentirme bajo su cuerpo, víctima de sus manos y de su boca. Quería sentirme suya, de nadie más.
—Marinette...—lo escuché decir contra mi oreja.
Su proximidad y su aliento chocar detrás de mi oreja me hizo gemir.
—Dios, Marinette... Eres preciosa.
Escuchar mi nombre de su boca me estaba volviendo loca. No. Estaba loca, estaba completamente enloquecida por él, por sus labios, por su mirada.
Estaba a su merced, en una locura que no me dejaba respirar.
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—Marinette—su voz comenzó a volverse más fuerte, más intensa y más real...—Marinette, eh... ¿me oyes?
Mis ojos comenzaron a abrirse poco a poco, topándose con una estancia que parecía turbia e inestable. Fruncí el ceño y esbocé una mueca mientras me llevaba una mano a la frente.
«Dios mío, ¿qué acaba de pasar?»