II

1468 Words
Adrien   Esbocé una mueca de malestar mientras examinaba un pañuelo que se suponía que iba atado al cuello. Nino no me servía de mucha ayuda, ya que estaba muy ocupado poniéndose la ropa de estos dos idiotas.    Los miré de reojo, estaban atados delante de mí con unas miradas que podía fulminar a cualquiera.   Me agaché delante de  uno de ellos y le destapé la boca mientras le mostraba la prenda.    —¿Y esto como coño se pone?—pregunté de mal humor. Tantas gilipolleces solo para ir vestido.   —¡Cuídadito con ese pañuelo!—exclamó él—Es exclusivo de Irlanda, fabricado en la Índia por los mejores artesanos.    —¿Esta mierda es tan importante?—inquirí mirando el pañuelo con cierto deje de desprecio.    —Nadie podría llevar puesto algo tan elegante y refinado como eso—aseguró mostrando orgullo por llevar tan solo un puto pañuelo.   Por muy importante, refinada y elegante  que fuese, no me hacía mucha ilusión llevar puesto una gilipollez como esa.    —A tomar por culo, sin pañuelo—lo dejé caer al suelo y me giré sobre mí mismo, pisándolo cuando pasé por él.    —¡¿Cómo te atreves?! ¡¿No sabes el valor que tiene?! ¡Cógelo ahora mismo antes de que se manche!—me ordenó removiéndose en su sitio mientras intentaba levantarse.   Cogí el chaquetón n***o  que iba a juego con los pantalones y me lo puse encima de la camisa blanca. Con esto era más que suficiente para colarme en la fiesta. Un traje de una tela como esa, junto con unos zapatos de piel eran lo que se necesitaba para aparentar un estatus social alto.    Me giré hacia Nino para ver si ya había terminado y en cuando sus ojos me vieron, comenzó a reír a pata suelta.    Lo fulminé con la mirada y cerré mis manos en puños.    —¿Y tú de que coño te ríes?—espeté perdiendo la paciencia.    —Hay que ver... ¡Qué guapo estás!—soltó sin dejar de reír.    Caminé hacia él y lo cogí de la pechera.    —Escúchame bien, no le digas ni una palabra de esto a nadie. Ningún m*****o  de Miraculous tiene que entrarse que llevamos puestas estas cosas ¿Me has entendido?   Nino me miró aún con una sonrisa en la boca. Se zafó de mi agarre y se recolocó nuevamente sus elegantes ropajes. A diferencia que yo, él parecía estar muy cómodo con aquella ropa.    —¡Venga tío! ¿Qué hay de malo en vestir un poco elegantes?—dijo arremangándose su chaqueta con galantería.    Me miró nuevamente y por su expresión, sabía que estaba esforzándose para no volver a reír. —Oye ¿Por qué no te peinas un poco?—volvió a acercarse a mí, mientras que peinaba mi melena revuelta hacia un lado—No servirá de nada esa ropa refinada si vas con esos pelos.    —¡¿Pero qué cojones estás haciendo?!—lo aparté con brusquedad y me alboroté otra vez el pelo, sacudiendo mi cabeza.—Mi pelo está bien como está.   —¡El rey se dará cuenta de quienes sois! Somos viejos amigos de esa familia  y nos reconocerán—aseguró el irlandés mientras frotaba sus manos para intentar liberarse.    —La gente nos conoce con las máscaras—dije con una sonrisa prepotente.—Sin ellas, solo somos personas normales que van a la fiesta de compromiso del rey.    —Exacto, ¿qué hay de malo en que dos ladrones quieran disfrutar de una buena velada?—ironizó Nino cruzándose de brazos.—Aunque seamos fugitivos de la ley, también tenemos derecho a divertirnos un poco.     —Ahora si nos disculpan, tenemos que ir a una fiesta—dije con una sonrisa ladeada—.Gracias por la ropa, se la devolveremos cuando todo acabe.   —¡Sois unos desgraciados! ¡Nos las pagareis!   Volví a taparle la boca para que no llamasen la atención.    —Todo listo—dije  sacuendiéndome las manos.—¿Nos vamos?    —Cuando quieras Don Amadero Tercero de la Fontana—Nino me hizo una reverencia fingiendo cordialidad.   Puse los ojos en blanco  y comencé a caminar hacia la calle principal que desembocaba en la portalón del palacio. Habíamos dejado a los dos tipos en un pequeño callejón de la ciudad que no era muy transitable, así que con un poco de suerte nadie los encontraría, sobre todo con el alboroto del compromiso.   A la entrada se amontonaban numerosos carros y caballos de los que se bajaban miembros muy importantes de la nobleza. Varios soldados se encargaban de controlar donde debían detenerse los cocheros mientras que otros estaban en la entrada controlando quien entraba al interior.   Caminamos con total normalidad, pasando entre todos aquellos distinguidos miembros de la élite. Algunos de ellos nos saludaban con un ligero movimiento de cabeza, lo cual, me parecía muy extraño ya que no había visto a ninguno de ellos en mi vida.   Nos detuvimos frente a los dos guardias que sujetaban una lista.     —Nombre—pidieron, sin despegar los ojos del papel.    —Alexander Montero del Guadalupe—dijo Nino adoptando un tono irlandés tan ridículo como nuestra ropa.  El otro guardia me miró.    —Amadero Tercero de la Fontana—dije rápidamente, antes de que pasaran demasiado tiempo observándome, pues si bien no tenía el antifaz, mi pelo y mis ojos podían ser motivo de alerta.    —Todo correcto—aseguró el soldado.—Que disfruten la velada, señores.    —Gracias—dijo Nino justo antes de entrar a los grandes jardines de palacio. Me dio un codazo y me susurró:—¿Has visto mi perfecto acento irlandés? Ya soy todo un experto.    —Deja de hacer el gilipollas y céntrate—espeté malhumorado.—Parece que te gusta toda esta mafia de la nobleza.    —¿A mí? ¡Qué va! Solo intento meterme en mi papel, tío—se excusó, cruzándose de brazos molesto.   Recorrí los jardines de palacio. Todo estaba perfectamente decorado, con grandes mesas que ponían medir hasta diez metros, todas ellas repletas de comida donde la gente iba y venía probando los refinados platos que iban trayendo los sirvientes. En un esquina y bajo una pequeña cúpula sujetada por pilares, había un pequeño grupo de músicos que tocaban algunas canciones. Mientras, el resto de invitados hablaban entre ellos animadamente y alguno que otro se echaba sus bailes.   Mis ojos no podía dejar de recorrer la estancia una y otra vez. No podía evitar estar en tensión.   Esa fiesta era en honor de Marinette y era prácticamente imposible que ella no estuviese allí.   Tenía que ceñirme al plan como fuese y llegar inmediatamente a la zona de las mazmorras para intentar no encontrármela. Si lo hacía, todo podía irse a la mierda, y todo el trabajo no habría servido para nada.   Sin embargo, no podía tener una sensación angustiosa que no me dejaba respirar.    —¿Ves esa puerta?—le dije a Nino mientras no le quitaba los ojos aun camarero que se metía por una pequeña entrada.—Debe de ser la de servicio. Podemos colarnos por ahí y ya dar la señal para que el resto pueda entrar en el piso subterráneo sin ningún peligro.   —Tío, espérate un poco, no podemos ir al lío todavía, sería muy sospechoso—dijo negando con la cabeza.—Además, no me quiero ir sin antes probar estas cosas—se frotó las manos y se relamió los labios—parecen deliciosas.  Nino salió disparado a las mesas y en apenas unos segundos salió de mi vista, perdiéndose entre la gente que había comenzado  a amontonarse unos con otros por alguna extraña razón.    —Ya están aquí—escuché decir a una mujer.—Acaban de detener el carruaje.    —Santo cielo... Está hermosísima...—murmuró otra mientras se abanicaba atropelladamente.—Y ese vestido... es una maravilla.    —¿De donde lo habrá conseguido? No creo que su tela sea mejor que la mía.  Esquivé a aquellas cuatro alcahueteas que no hacían otra cosas que decir gilipolles y me colé entre la multitud buscando aquello a lo que todos admiraban. Aunque... en cierto modo, una parte de mí me estaba diciendo a gritos de qué se trataba.   Sabía que en lugar de acercarme, debería alejarme de allí y centrarme únicamente en el plan que me había llevado hasta aquel lugar.   Pero, no podía. Era como si mis pies actuasen solos, como si mi cuerpo solo reaccionase ante los instintos y no ante la mente.  Entonces, mis ojos por fin repararon en ella. La vi poner el primer pie en ese lugar, rodeada de cientos de personas.  Fue entonces cuando todo lo demás dejó de tener sentido. 
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