I

4472 Words
Marinette El sonido del tren chirriar contra los raíles me hizo abrir los ojos con fuerza. Esbocé una mueca de disgusto mientras me tapaba los oídos con las manos.   Levanté la mirada y vi como mi padre cerraba su libro y lo depositaba cuidadosamente sobre la mesa de madera opaca que teníamos delante.    —Al parecer se ha adelantado—se puso en pie y miró por la puerta de la cabina—. Iré a asegurar que todo está en orden para bajar. Tú no te muevas de aquí, mandaré a uno de mis hombres a buscarte.   Asentí en silencio y lo vi abandonar la pequeña salita de primera clase en la que habíamos viajado durante cuatro horas. Me recosté con desgana sobre el mi asiento y apoyé mi brazo en uno de los costados.   Aquel viaje había sido uno de los más pesados de toda mi vida. Tenía el trasero cuadrado y mis piernas estaban dormidas debido a las horas que llevaban inmóviles. Había intentado salir de nuestra cabina un par de veces, pero según papá, alguien podía hacerme daño y en un tren con tantas personas sería imposible encontrar al culpable. Exacto,  un completo paranoico de las novelas de asesinatos y suspense, y combinado con su obsesión de protegerme a cada momento suponía un completo calvario para mí.  Miré por la ventana, reconociendo cada casa, calle y barrio de la ciudad donde me había criado.   Ya habíamos llegado.   Había una barbaridad de personas amontonadas en la estación. De no ser por los guaridas, más de una se hubiese precipitado a la vía para ver de cerca a la familia Dupain- Cheng. Mi secuestro no había sido un secreto  para ningún parisino. De hecho, todo el mundo en la ciudad lo sabía y gran parte de la culpa, la tenía Jouvet y su obsesión desquiciada por encontrarme.   El rumor de supuesto cortejo había corrido por todas partes y era de esperar que más de uno sospechase sobre un matrimonio real.   Escuché el sonido de los silbatos de la guardia y algunos gritos por parte de las personas que se amontonaban. Fruncí el ceño, no esperaba tanto alboroto por tan solo la llegada de una familia de la nobleza, incluso pensé que las grandes élites se habían olvidados de nosotros.    —Señorita—un hombre, vestido de elegante uniforme, abrió la puerta de la cabina—.Su padre ha pedido que me acompañe.    Cogí mi bolso y procuré de estirar mi vestido mientras me levantaba.   —Permítame—me arrebató el bolso de las manos, después me hizo una señal para que caminase por el pasillo derecho del tren.   El sonido de las voces de los parisinos se iban intensificando a medida que llegaba hasta la salida. Un fino rayo de sol me nubló la vista y al instante, el hombre que me acompañaba me extendió mi sombrilla.   —Gracias—la tomé, un poco confusa por la rapidez con la que servía y la abrí para refugiarme del sol que se alzaba en pleno diciembre.   Me tendió su mano, ayudándome a bajar el pequeño espacio que separaba el suelo del tren con la piedra de la estación.    —Miradla, ahí está—escuché murmurar a algunos.   Levanté la mirada y observé a las decenas de personas que se amontonaban para tener visibilidad.    —La imaginaba aún peor—dijeron otros.—Dicen que tiene la mirada perdida y que no puede decir más de dos palabras con sentido, por eso Tom se la llevó lejos.    —La pobre niña perdió la cabeza por culpa de ese criminal—dijo una anciana—.A saber las barbaridades que la obligó a hacer.  Ha debido de ver cosas espeluznares.    Caminé con la mirada agachada y con mis ojos puestos en el suelo.   Aunque mi padre se hubiese empeñado en huir, era de esperar que jamás podría evitar las opiniones de la gente. En un año, daba tiempo a inventar todo tipo de rumores y mentiras sobre mí y mi familia.   —Cuidado, dejadle paso—murmuraron, abriéndome un camino repleto de todo tipo de miradas.     —Tom debe de haber perdido el juicio, yo jamás metería en mi casa a una mujer que lleva  la marca de Chat Noir—dijo un hombre.—Porque si no la mató, la habrá tenido  para otro tipo de servicios ¡Es una vergüenza!   En este caso, no fue un susurro, ni un murmullo, sino una voz que se entremezcló con otras que gritaban desde lejos cosas que prefería no entender.    Subí a un carro de madera con la ayuda del hombre que me había acompañado desde que bajé de ese tren. A los pocos metros, y con esa sonrisa tan característica de él, se encontraba Jouvet,hablando con mi padre, rodeados de guardias y soldados que los custodiaban y vigilaban para que nadie se acercase a ellos.   Era de esperarse: todo caballero debe espera a su dama a las puertas de cualquier parte. En parte, su presencia allí explicaba toda aquella aglomeración de personas.   Al parecer ninguno de los dos eran conscientes de las opiniones y los comentarios de la gente, o si lo hacían, disimulaban muy bien tener problemas de oído.     —Señorita Dupain-Cheng—lo escuché decir.   Lo había visto por el rabillo del ojo acercarse al carro y por esa razón, fingí estar fija a aquel edificio que tenía enfrente. No me moleste en torcer la cabeza para mirarlo, tan solo continué en mi posición, como si nadie hubiese pronunciado mi nombre.   No entendía a qué juego estaba jugando. Hace un año estaba dispuesto a hacerme suya delante de sus soldados y del mismo Nathaniel. De no ser por Chat Noir, ese hombre hubiese hecho conmigo de todo, menos hacerme la reina de París. Y ahora, estaba ahí parado tan campante delaten de mí, fingiendo ser el rey correcto que dice ser.    —Espero que el viaje le haya sido confortable—prosiguió.—¿Me permite?   En ese momento, torcí mi rostro para mirarlo por primera vez. Me cogió la mano y la besó con elegancia. El tacto de sus labios era áspero y de alguna forma me produjo un pequeño escalofrío por toda la espalda.    —Su padre ya está enterado de ello, pero de todas formas, me gustaría anunciárselo a usted también, en persona—dijo, fijando sus ojos en los míos—Mañana, celebraré una gala en el salón real, asistirán las familias más sobresalientes de la élite para nuestra anunciación.    —¿Es necesario una molestia tan grande para un anuncio tan insignificante?—espeté, retándolo con la mirada.   No le temía, y tampoco estaba dispuesta a mostrarle amabilidad ni mucho menos gratitud por una fiesta repleta de personas que me creían la fulana de Chat Noir.  Además, quería que se diese cuenta de que en ese acuerdo de matrimonio no entraba mi aprobación.    —Nunca es demasiado para una mujer como usted—aseguró, esbozando una sonrisa que tenía más falsedad que veracidad.—Espero que descanse bien, y que coja fuerzas para la velada de mañana.   Se inclinó levemente, mostrando una cordial reverencia y escoltado por cinco guardias se alejó por un pasillo conformado por los parisinos.   El carro se balanceó levemente cuando mi padre subió en el.   Sentí su mano, ceñirse alrededor de mi brazo, atrayéndome bruscamente hacia él.    —No quiero que vuelvas a dirigirte así al rey—su mano incrementó la fuerza del agarré—. ¿Me has entendido?    No puse evitar sentir una oleada de temor ante aquella advertencia, sobre todo si esta venía de mi padre.   Asentí varias veces, con rapidez mientras sentía como la respiración amenazaba con faltarme.    —Recuerda, que dentro de poco le pertenecerás, y deberás acatar todas sus órdenes sin decir ni una palabra.    Su mano fue liberándome poco a poco.    —Muy bien—su tono de voz cambió por completo.—Ya podemos irnos—le dijo al cochero.   Los caballos relincharon y a los pocos segundos el carro comenzó a moverse.  ○○○ Adrien   —Cogeríamos este camino—expliqué señalando un plano improvisado que había dibujado.—Y los que se habían quedado en esta calle correrían hacia esta dirección.   Levanté la mirada y vi como todos miraban con cara de no entender una mierda.   Reconocía que mi plano estaba mal dibujado y solo eran cuatro palos torcidos, pero tampoco había que ser muy inteligente como para entender que unos se iban por un puto camino y los demás por el otro.    —Entonces... ¿Pretendes que volvamos a entrar al castillo?—preguntó Kim con una ceja enarcada.    —Sí—.Afirmé mirándolo con seriedad. Me apoyé en el borde de la mesa y me crucé de brazos, esperando más comentarios.    —¡Yo lo veo demasiado arriesgado!—saltó Max por detrás.   «Puto enano bocazas»    —¡Sí! ¡Tiene razón! La última vez que intentamos colarnos, casi ni lo contamos. Por no mencionar que cogieron a Claude—animó Iván.    —De hecho, es por eso mismo por lo que quiero entrar en la prisión—dije, intentando sonar lo más calmado posible.   —¿Y la última vez fue por él también?—saltó una voz por el fondo.—Siempre hemos atacado a la élite, pero nunca hemos llegado tan lejos como para meternos en el mismo palacio.    —¡Eso! ¡Perdimos a un hombre y varios resultamos heridos, tú incluido! ¡Y todo por culpa de esa mujer!—espetó Kim.    Solo el hecho de mencionarla provocó que me hirviera la sangre.   Todo se descontroló y comenzaron a vocear y a hablar entre ellos despotricando gilipolleces.   Sobre todo, de ella.   Golpeé con fuerza la mesa, provocando un fuerte sonido que los hizo callar a todos. Al instante, se volvieron hacia mí y me miraron con ojos expectantes.     —Quien no quiera seguirme, ahí tiene la puerta para largarse—solté señalando la salida.—No voy a obligar a nadie a seguir en esto.   Los miré uno por uno, incitándoles a volver a contradecir.    —Claude fue capturado por mi culpa, y por eso mismo no quiero que nadie más caiga siendo obligado—aseguré—Así que...—caminé hacia la puerta y la abrí, haciendo un gesto con la mano—Venga, ¿Quien quiere ser el primero?    Se quedaron perplejos, mirándome con ojos muy abiertos, pero sin moverse de su sitio.    —Yo puedo meterme solo en ese castillo y rescatar a Claude por mi cuenta, sin la ayuda de ninguno de vosotros—dije.   Esperé varios minutos más, esperando a si alguno de ellos salía por esa puerta.   Nadie lo hizo.    —Como imaginaba. Mañana os quiero a todos donde os he dicho y procurad no cometer ni un fallo si no queréis hacerle compañía a Claude.  Salí por la puerta y la cerré con fuerza de mala gana.   El viento soplaba con fuerza provocando un ligero silbido al atravesar las ramas de los árboles.   ¿Por qué demonios tenían que haberla mencionado? Estaba mejor en la ignorancia, sin pensar en ella ni nada relacionado con su mundo, pero al parecer todos se empeñaban en joderme la vida y estar recordándomela a cada momento.   Ese dichoso plan había salido mal por mi culpa. ¿En qué momento había tenido la brillante idea de ir a buscarla? Ni siquiera estaba en París, ¿qué pretendía encontrar? ¿A ella acompañada del hijo de puta del rey?   Ese tema me ponía enfermo. No servía de nada que ella estuviese lejos, era cuestión de tiempo que se casara con ese desgraciado.   Y lo peor de todo es que fui yo quien lo permitió.   Hay veces en las que me maldigo a mí mismo por haber hecho una gilipollez como esa: dejarla en manos de su padre aún sabiendo lo cabrón que podía llegar a ser y sabiendo que un mariposón estaba al acecho para tirarse a ella.   Pero luego, recapacito. Y es que junto a mí, su situación no mejoraría, porque junto a mí, su vida sería aún más miserable.   Me gustaría cambiar todo. Que mi vida no estuviera repleta de tanta muerte y simplemente ser un hombre normal que pudiera darle todo lo que necesitara.   Pero era de mí de quien estaba hablando y desde que tenía doce años mi vida había estado repleta de crímenes y delincuencia. Ya había llegado a un punto donde no podía cambiar las cosas y lo único que podía hacer era lamentarme.   No volver a verla nunca más era la solución más sensata y pensaba seguirla al pie de la letra.   —¿Te has enterado?—la voz de Alya me sacó de mis pensamientos.   Me giré hacia ella y enarqué una ceja.      —Ha regresado—aseguró, mirando a la mujer que venía junto a ella.—Lo escuchamos hablar a algunos en el mercado. Tom ha regresado y estoy segura de que Marinette ha venido con él.  ○○○ Marinette Veía como todos los empleados entraban y salían de la casa descargando las pertenencias de la familia y colocándolas para que todo volviera a estar completamente igual al momento antes de nuestra partida.   No podía evitar sentirme terriblemente mal, sobre todo después de escuchar los comentarios que decían algunos sobre mí. Puede que ocurriesen muchas cosas entre Adrien y yo, pero jamás llegué a ser suya, nunca me entregué a él como mujer y aquellas palabras no eran más que falsos rumores que se habían creado para deshonrar a mi padre.   Después de un viaje tan largo, me apetecía salir a recorrer las calles de París pero temía  mostrarme públicamente, especialmente por temor a enfrentarme a nuevos insultos y desprecios. Pensé que la gente de Miraculous me despreciaba, pero ahora ellos habían pasado a ser mi familia y los verdaderos desconocidos que querían dañarme era la sociedad donde había crecido.   Mis ojos repararon en una sirvienta que entraba a la casa cargadas con dos maletas en cada mano y varios utensilios sujetados por sus brazos, a punto de caerse.   Me puse en pié de inmediato y me acerqué a ella.    —Deja que te ayude—dije quitándole de las manos una de las maletas y una caja que sujetaba dificultosamente.—Es mío, puedo subirlo yo a mi habitación.     —Muchas gracias, señorita. Pero de verdad que podía yo sola—se excusó la mujer, mirando con temor a su alrededor.   Seguramente asegurándose de que mi padre no estuviese cerca, una de las cosas que él odiaba era que me mezclase con los empleados y sobre todo que ejerciera sus tareas.    —No te preocupes, ya lo hago yo—le aseguré—Tú ve a dejar eso a la cómoda de la entrada.    —Cómo usted diga, señorita—la mujer volvió a agarrar la maleta que le quedaba y desapareció por la penumbra de los pasillos.   Agarré el asa de la mía y me dispuse a caminar hacia mi habitación hasta que vi aparecer a mi padre. Su semblante serio y autoritario hacía que todo el mundo de su alrededor se detuviese para hacerle una señal de respeto.    Su amenaza me había estado corrompiendo desde que llegué, ese matrimonio era como un diamante para él, una hija casada con el rey de París arreglaría todo lo que le quedaba de vida. Pero estaba segura deque si fuera consciente de la opinión que había allí fuera, esa oferta no le parecería tan buena.   Dejé la maleta nuevamente en el suelo y me acerqué a él.    —Papá—lo llamé.   No pareció percatarse de mi presencia ya que estaba muy concentrado encendiéndose una pipa. Dio la primera bocanada y cuando inspiró lo suficiente, dejó salir todo el humo de su boca.   Tuve que apartarme levemente para que no me estallara toda aquella nube en la cara.   —¿Podemos hablar un momento?—insistí.  Finalmente, logré que se girase hacia mí.   —Si solo son quejas sobre la celebración de mañana, puedes ahorrarte el dicursito—sentenció.  Había marcado ya un límite en nuestra conversación, pero si pensaba que yo iba a rendirme tan fácilmente, estaba muy equivocado.    —Esta mañana he escuchado muchas cosas...—dije frotándome las manos con nerviosismo.—Creo que no le caigo muy bien a la gente...   Papá volvió a llevarse la pipa a la boca mientras que me miraba con sus ojos verdes.    —La gente que ha venido a la estación son solo el populacho,  sus comentarios carecen de valor y lo que digan son solo chismes de viejas—aseguró.  —Dicen que no merezco el apellido ni mucho menos la bendición del rey—proseguí, ignorándolo—y... en parte, creo que tienen razón. No creo que al rey le haga mucha gracia una mujer que a estado tanto tiempo junto a un criminal como Chat Noir. Y sobre todo una mujer que ha sido...   —No se te ocurra terminar esa frase—advirtió mi padre.   —¿Es qué acaso pretendes borrar el pasado ignorando todo?—cerré mis manos en puños, sintiendo la rabia fluir por cada parte de mi cuerpo.—¡Todo el mundo lo sabe! ¡Y estoy segura de que no aceptaran a la prisionera de Chat Noir como su reina!   —Lo que diga el pueblo no tiene importancia—aseguró.—Solo la opinión del rey es lo que debe preocuparte.    —El rey solo me quiere por mera atracción  carnal—aclaré siendo consciente de qué camino estaba tomando un rumbo complicado— Desde que lo conozco solo ha querido una cosa y esa cosa soy yo ¿Crees que se ha interesado en mí, por nuestro apellido? ¡¿Por la familia?!  Algunos empleados se detuvieron exhaustos por nuestra conversación.   Mi padre miró a nuestro alrededor y por su forma de respirar entrecortada, sabía que estaba perdiendo la paciencia.    —Escúchame bien Marinette—me advirtió—No te permito que me hables así delante de los empleados. Estoy haciendo todo esto para que tengas una vida, para que tengas un futuro.   Negué levemente con la cabeza. Me parecía increíble que estuviese diciendo aquello. Mi matrimonio no era por mi felicidad y eso lo sabía perfectamente.    —No me digas...—ironicé, retándolo con la mirada.—Cómo me conmueve que te preocupes por mi futuro, papá. Y dime una cosa... ¿Cual es el motivo de esta decisión? Porque la que tuviste para abandonar París y mantenerme encerrada tanto tiempo lo arregló para arruinarme la vida ¿Ahora cual es el motivo para que me vendas de esta manera?   Lo que ocurrió después me tomó desprevenida. Papá levantó su mano y me golpeó en la mejilla bajo la mirada de todos los que nos rodeaban.    —Estoy intentando recuperar el honor que perdiste en esos establos y en las manos de ese miserable—dijo mirándome directamente a los ojos.—Por tu culpa esta familia perdió la honra y tú serás la que lo vuelva a traer, casándote con el rey—sentenció.—Porque te vas a casar con él y esa es mi última palabra.   Me dedicó una última mirada de advertencia y se alejó  del salón.   Mis ojos siguieron todos sus pasos hasta que lo vi perderse por los grandes pasillos de la casa. Aún anonadada por el golpe, me dejé caer en el gran sillón aterciopelado y me abracé a mi misma mientras sentía como las lágrimas comenzaban a salir de mis ojos.  ○○○ Adrien Me había pasado el día entero comiéndome la cabeza, maquinando el plan perfecto que me ayudase a entrar en el pasillo sin llamar la atención. En esta ocasión no pensaba fallar, sacaría a Claude de prisión y no perdería a ninguno de mis hombres en el intento.   El único inconveniente de todo, era que no podía dejar de pensar en las palabras de Alya.   Marinette había regresado a París y eso había revolucionado cada parte de mi plan.    Si ella había regresado era únicamente para casarse con ese desgraciado. Desde entonces  mi cabeza pensaba más en ella que en el mismo Claude.    —Aquí están—Nino apareció a mis espaldas.   Me giré hacia él y vi como traía agarrados a dos hombres con lujosos ropajes y elegante joyería sus manos. Nino los empujó y ambos cayeron al suelo.   Sonreí de lado, inspeccionando con la mirada a los dos idiotas que supondría mi entrada al castillo.    —Así que estos son los afortunados—dije llevándome una mano al mentón pensativo.    —Eres Chat Noir—dijo uno de ellos mirándome con temor—Te conozco.   Solté una risotada burlona y me arrodillé con despreocupación para quedar a la misma altura que ellos.    —No creo que me conozcas, amigo. Como mucho habrás oído hablar de mí—corregí.    —¡Sí! ¡Hemos escuchado tu nombre!—dijo el otro con un extraño acento irlandés—¡Y sabemos las cosas horribles que  haces! ¡Eres un asesino!    —Para ti, el irlandés—me puse en pié y miré a Nino—Paso de imitar un acento tan ridículo ¿De dónde decías que venían?    —El figurín viene de  Irlanda el y el otro de Italia—explicó.—Ese se llama Amadeo y el otro Alexander.    —¿Qué piensas hacer con nosotros?—quiso saber.   Y yo lo único que hacía era procurar no reírme de su forma de hablar.    —¡No tenemos nada de valor con nosotros! ¡Y si piensas matarnos, el Rey notará nuestra ausencia y os atrapará!—aseguró.—Venimos de muy lejos para su fiesta de compromiso, y ha invitado a las personas más  influyentes, como nosotros. Si no estamos presentes, iniciarán una investigación.   —¡Influyentes mis cojones!—me dispuse a pegarle una paliza por sacar a la luz al cabrón del rey.   El muy bocazas, cerró los ojos, completamente aterrorizado esperando un golpe que nunca llegó.     —¡Eh, tranquilízate, tío!—Nino me detuvo, tomándome del brazo.—Recuerda que no queremos hacerles daño.    Escuchar ese dichoso compromiso solo me daba la pista de que efectivamente Tom había regresado para entregar a Marinette, cosa que sacaba toda la rabia que tenía acumulada en mi interior.   —Recuerda el plan—susurró Nino.—No lo vayas a j***r como la última vez.    Les eché un ligero vistazo por encima del hombro. Nino tenía razón y no podía echarlo todo a perder, mucho menos por pensar en Marinette y su dichosa boda.   Tenía algo en mente y era hacernos pasar por estos dos imbéciles para colarlos en esa fiesta y por ende dentro del castillo. Después podíamos dejar cao a los guardias que controlaban y el resto de Miraculous podría entrar sin correr ningún peligro.    —Caballeros, siento deciros que tenéis que darnos todo lo que tenéis encima—dije, volvieron a mi tono de voz amable.    —¿Y qué te hace pensar que vamos a entregarte todas nuestras pertenencias?—inquirió, desafiándome por la mirada.  Solté una maldición para mí mismo a la misma vez que sacaba una pistola de mi cinturón. La recargué despreocupadamente y apunté a su cabeza.    —¿Hace falta que lo vuelva a repetir?  ○○○ Marinette  Miraba mi reflejo en el espejo al ritmo que cepillaba mi cabello azabache con las manos.   No había vuelto a ver a mi padre desde la discusión que tuvimos anoche, había estado todo el día desaparecido y al parecer no había tenido intención de hacer acto de presencia hasta el momento de la gala.   Aún no podía creer que estuviese dispuesto a tanto con tal de recuperar el honor. Incluso antes de mi secuestro, él ya estaba intentando convencerme para casarme con Jouvet para acabar con los rumores de la élite social.    Era cuestión de unos pocos segundos que Jouvet anunciase nuestro compromiso delante de todo el mundo. El sol se estaba poniendo y pronto comenzarían a llegar los invitados.    —¿Quiere que le haga un peinado bonito?—preguntó Marlene situándose detrás de mí. La vi aparecer a mi lado a través del reflejo del espejo.    —No—negué con la cabeza cogiendo un pendiente de perlas  escarlatas—Prefiero que se quede suelto, natural, así como soy yo.    —Entiendo, señorita—dijo ella, sonriéndome espléndidamente—Está preciosa esta noche, se llevará las miradas de todo el mundo.   Suspiré pesarosamente y me puse en pie dándole la espalda.    —Yo no me siento así...—confesé, mostrándome abatida.    Papá se había asegurado de  que aquella noche, yo brillara más que el sol. No sabía cuantos francos se había tenido que gastar para conseguir un vestido como ese.   Sin duda era precioso, de un color rojo intenso, de una tela tan suave como la seda. Tenía las mangas largas, debido al frío de diciembre, sin embargo su escote no era para nada discreto y dejaba mis hombros al descubierto. La falda caía voluminosa por mis piernas y mis zapatos parecían hechos de oro con incrustaciones de diamante.   No me sentía cómoda con tanta elegancia, de hecho sentía que no merecía llevar ropas tan elegantes, no era justo.    —Sé que esta noche no es una de las más felices para usted,—dijo Marlene—pero debe hacer un esfuerzo y tratar de divertirse. Olvide cual es el motivo de la fiesta y solo intente divertirse. Ya tendrá tiempo de lamentarse cuando se acerque esa boda.    —Lo sé, Marlene,—dije sonriendo tristemente—pero no sirve de nada huir de algo que irremediablemente va a llegar. Prefiero enfrentarme a la situación lo antes posible y... hacerme a la idea de que seré la esposa de ese hombre.   Cogí un fino collar de mi joyero y lo coloqué en mi cuello para quitarle un poco de importancia al vestido.   Se escucharon dos golpes consecutivos en la puerta y ambas no giramos a la vez.    —Señorita, su padre la espera abajo—dijo una voz masculina.—El carro ya está en la puerta.   —En unos minutos salgo—aseguré.    —Será mejor que salga—dijo Marlene—Sabe que a su padre no le gusta esperar.    —Lo sé.—suspiré para mí misma y cerré los ojos para coger fuerzas.    Marlene me rodeó con sus dos brazos y depositó un beso sobre mi frente.    —Le deseo la mejor suerte del mundo—dijo mirándome con dulzura—. Sea fuerte y no se deje derrumbar por la situación, por muy complicada que esta parezca.    —Gracias...—murmuré, justo antes rodearla con mis brazos y corresponder a ese abrazo que suponía mi único apoyo. 
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