Prólogo (Parte 2)

2243 Words
Adrien Solté un pequeño quejido y me mordí la lengua, aguantando las ganas de partirle la cara al puto zanahorio.  —¡j***r! ¿No puedes ser más cuidadoso?—grité molesto.  —La tengo.   Me giré con un cabreo de mil demonios y lo fulminé con la mirada. Ahí estaba plantando con una sonrisa triunfal en la cara mientras que sujetaba con unas pinzas la bala que tenía incrustada en la espalda.    —Se que duele, pero no había otro modo de sacarla—aseguró. Echó la bala sobre un cuenco de agua y esta se tiñó inmediatamente de rojo. Se limpió las manos con un trapo—Has tenido suerte, la tenías más cerca del brazo que del corazón.    —¡Bah!—gruñí con desdén—¿Y qué más da dónde estuviese?   Rodó los ojos y comenzó a desenrollar unas vendas.    —No voy a coserte todavía la herida, hay que esperar a que la carne se acostumbre a no tener nada dentro—explicó mientras envolvía mi pecho con varias capas de venda.    —¡EH, ya vale! ¡No voy a poder ni moverme!—me queje malhumorado.—Voy a parecer una puta momia.     —Has ido a buscarla ¿Verdad?—me interrumpió, ignorando completamente mi pataleta de crío.   Me giré hacia él y esbocé una mueca.    —¿De qué cojones estás hablando?  Nathaniel suspiró se puso en pie para guardar las vendas y el resto de líquidos que había utilizado para curar la herida.    —Tú plan de colarse en el castillo no era precisamente para robarle al rey sus juguetitos—ironizó.—La estabas buscando a ella, a Marinette.    Maldije en voz alta y clavé la mirada en el suelo.    —Menuda gilipollez—espeté.—No arriesgaría a la mitad de mis hombres a entrar en el castillo solo para ver a la mujer de la que yo mismo decidí alejarme.    —No se por qué, pero creo que estoy teniendo un Déjà vu—ironizó él llevándose una mano al mentón—Tengo la sensación de haber vivido esto antes.    —Déjate de idioteces, lo que ocurrió hace un año no tiene comparación con lo que ocurre ahora—dije.—No pretendía verla, eso ya es cosa del pasado.    —¿Ni siquiera para comprobar si había vuelto?—inquirió enarcando una ceja—.Deja ya de fingir Chat Noir y admítelo, al menos por respeto al pobre Claude. A saber por lo que esté pasando por culpa de un caprichito tuyo.    —¡No fue ningún capricho!—exclamé. Ya me había cabreado, y es que el zanahorio tenía un don ejemplar para sacarme de quicio con sus sermones de sabiondo—¡Y sí, quería verla! ¡Quería verla porque no hay un solo minuto en el que no piense en ella! Y no me fío de lo que puede estar haciéndole su padre en estos momentos.   Cuando me enteré que Tom Dupain, había decidido abandonar la ciudad con su hija, las ganas de volver a por ella y llevármela estuvieron en mi cabeza durante varios días. Mi plan era sencillo, devolverla a su padre pero pretendía observarla desde lejos, asegurándome de todo todo iba bien y que el cabrón de su padre no le ponía la mano encima. Ahora que se la había llevado a no se qué parte, la angustia no me dejaba vivir tranquilo.    —No creo que Tom le haga daño a Marinette—aseguró Nathaniel.—Es su hija de la que estamos hablando.   Solté una carcajada irónica.   A ese tipo no le importaba nadie. Tenía tan poco corazón que era capaz de ver morir a su hija con tal de mantener las apariencias frente al resto de la sociedad.    —Tú no le conoces bien—cogí mi camisa negra y me la coloqué de mala gana—.Lo único que le importa es el mismo.    —Aún así, el rey está detrás de ella ¿Recuerdas? Planea casarse con ella y ante eso Tom no puede competir—explicó—Respetará a Marinette, ya lo verás. No creo que deje que su hija suba al altar con la cara marcada.    —Que la entregue al rey no me tranquiliza en absoluto. Ese gilipollas es un salido que quiere tirársela a la mínima. Y cuando le ponga un anillo en el dedo la obligará a entregarse a él—aseguré. Cerré mis manos en puños con fuerza clavándome las uñas en las palmas de las manos.    —No entiendo por qué te enfureces tanto. Sabías que ella se enfrentaría a una situación así si la entregabas a su familia—me recriminó mientras se cruzaba de brazos.    —Lo sé. Y también sé por qué lo hice. Allí estará más segura, pero eso no quita el hecho que no me importe que un estirado como ese la toque—refunfuñé. Estaba seguro de que el día de su regreso sería para zanjar el puto matrimonio.    —Chat Noir, ha pasado un año—Nathaniel se acercó con una botella de vino en la mano, cogió un vaso y me lo tendió—Pensé que ya te habías olvidado, aunque sea un poco.—Arrancó el corcho del vino y vertió el líquido escarlata en mi vaso.—Estoy seguro de que ella ya lo ha hecho. Marinette parece débil por fuera, pero en el fondo es una mujer muy fuerte, capaz de pasar página si la situación lo requiere.   Moví ligeramente el vaso, arremolinando el vino de su interior. Sabía que quería distraerme con un poco de alcohol para hacerme olvidar mis penas. Cogió un vaso para él y se sirvió.    —Puede que tengas razón—murmuré llevándome el vaso a los labios y bebiéndome todo su interior de un trago. Sentí el sabor del vino inundar mis papilas gustativas, explorando cada parte de mi boca.—Ella solo es cosa del pasado.—extendí mi brazo, arrimándole el vaso para que lo rellenase—. Y tengo que empezar a preocuparme por el presente.     Bebí otro trago de vino y fijé mis ojos verdes en él.    —Vamos a tener que colarnos en la prisión para sacar a Claude.    ○○○ Marinette Sentí el fino viento golpear mi piel en cuanto puse un pie en el exterior. Me abracé a mí misma para proteger mi cuerpo del frío invierno y caminé por los jardines de la casa.   No podía dormir. Esa maldita petición de matrimonio me había quitado el poco sueño que me quedaba.   Sabía perfectamente que era cuestión de días que Jouvet pidiera mi mano. De hecho, todos aquellos continuos regalos eran la prueba definitiva que me enlazaba a él. Jouvet se encargaba de mantenerme atada desde la distancia.   La última vez que me encontré con él fue cuando me colé en palacio para rescatar a Marlene. Sus ojos me reclamaban a gritos. Ese hombre estaba dispuesto a todo con tal de conseguirme y contra el deseo de un rey yo no podía competir.   Tampoco servía de nada oponerme ni llorarle a mi padre. Según el la protección de la familia real era esencial para mantenerme a salvo de Miraculous.   Palabras que me recordaron a Adrien.   Jamás olvidaré ese momento.   El momento en el que decidió alejarse de mí y entregarme a mi padre y por ende al rey. No le importó lo más mínimo que otro hombre intentase poseerme. Supongo que eso significaba que su amor por mí no era lo suficientemente fuerte como para mantenerme junto a él.   No podía evitar culparle de todo, por haberme abandonado aún sabiendo todo lo que mi regreso supondría. Sin embargo, yo como una estúpida fui tras él y lo besé.   Aquella fue la primera vez que besé a un hombre y a pesar del resentimiento, fue una sensación que no podía quitarme de la cabeza. En realidad, nada relacionado con él conseguía salir de mi cabeza.   No era capaz de olvidarle y a pesar del tiempo y la distancia mis sentimientos seguían siendo muy claros, aunque ahora entremezclado con el rencor por haberme dejado tan miserablemente.   Siempre quise saber que fue lo que pensó cuando se enteró de mi partida.   Tras mi regreso, papá decidió huir de París durante un tiempo, a la costa. Lejos de todo, de la élite y sobre todo de Miraculous.   ¿Habría tenido la tentación alguna vez de venir a buscarme?   Los primeros días, pensé que vendría por mí. Creí que se arrepentiría y vendría a buscarme para llevarme lejos y vivir fuera de todo y del resto. Mis sueño era fugarme junto a él y simplemente viajar hacia un lugar donde nadie pudiese hacernos daño.   Pero conforme pasaba el tiempo, esta esperanza e ilusión se iban esfumando como todo aquello lo que amaba. En su ligar apareció la resignación y simplemente me dediqué a esperar lo inevitable.   Y así estaba yo en aquellos momentos. Esperando un tres que me llevaría directamente a los brazos de Jouvet.    —Señorita—la voz de Marlene me sobresaltó—¿Qué hace aquí a estas horas?    —Y-Yo...Solo pensaba—respondí clavando la mirada en el cielo.    —No debería salir expuesta de esa forma—señaló mi ropa que usaba para dormir e instintivamente me oculté con mis brazos—Su padre podría castigarla si la ve.   —Hace tiempo que dejó de importarme lo que él diga—aseguré frunciendo el ceño.   —Su padre es un hombre con el temperamento muy fuerte, no debería acostumbrarse a provocarlo—dijo situándose a mi lado.—¿Ya no tiene miedo a salir sola de noche?   Con esas palabras, se refería a aquella noche en la que salí huyendo a los establos, donde fue agredida brutalmente por tres hombres.    —Este lugar es un pueblo pequeño—expliqué esbozando una triste sonrisa.—Es mucho más tranquilo que  París.    —De todas formas no debería fiarse. Siempre hay un peligro al acecho, especialmente  los lugares más insospechados son donde más alerta hay que estar—explicó.—¿Por qué no entra? La noche está muy fría hoy.   Suspiré pesarosamente.    —Necesitaba un poco de aire fresco para aclarar mis ideas—aseguré. Froté mis dos brazos con las manos para que la fricción calentara mi piel.—Aún no logro asimilar que vaya a regresar a París.  —Esa ciudad está repleta de momentos muy duros para usted—se sentó en el gran blanco de piedra que había junto a la fuente y me incitó a levantarme—Ya que no quiero entrar ¿Por qué no se sienta?   Esbocé una pequeña sonrisa y me senté junto a ella. Cuando se ponía en ese plan sabía que quería sermonearme con sus palabras.   Realmente adoraba a aquella mujer, desde que mamá murió en ese corral de comedias Marlene ha sido lo más parecido a una madre que he tenido, aunque a decir verdad ella desde siempre  había sido mi segunda madre. Finalmente, cuando inculparon a Chat Noir de mi secuestro el mismo día que me colé en el castillo para rescatarla, Jouvet absolvió a Marlene de toda culpa y la dejó en libertad. Al menos ese idiota había hecho algo sensato por una vez en su vida.    —Está preocupada por lo que ponía en esa carta ¿No es así?  Asentí admitiéndolo.    —Finalmente lo hizo—confesé.—El rey le ha pedido mi mano a mi padre y él está dispuesto a dársela sin siquiera pararse a pensar en lo que yo quiero.    —Nunca ha amado a ese hombre y al parecer esa percepción no ha cambiado—dijo. Extendió su mano y tomó la mía con delicadeza.   —Jamás podría sentir una pizca de afecto por ese hombre. No puedo ni siquiera estar cerca de él en  un salón de de más de cincuenta metros  ¿C-Cómo podría siquiera permanecer en la misma misma alcoba  y...y...compartir su misma cama?   Mis ojos comenzaron a cristalizarse.   No quería pensar en lo que suponía ese matrimonio. Como su esposa, debía responder a sus obligaciones, entre las que estaba acostarme con él y entregarme como mujer.    —Yo...yo no sé si voy a ser capaz de hacerlo...—en ese momento estallé en llanto, dejándome llevar por la impotencia y la desesperación que sentía.    —Ya... Ya... No llores mi niña...—Marlene me envolvió entre sus brazos.   Comencé a llorar sobre su regazo igual que hacía cuando era pequeña.    —Debe ser fuerte...—me animó. Sus manos acariciaban con suavidad mi pelo, embriagándome de su calidez.—Ha paso por cosas mucho peores. Sabrá sobrellevarlo.   Me hablaba de ser fuerte justo en el momento en el que me sentía más pequeña e insignificante.   No podía luchar contra mi destino.   Era inevitable.   En dos días llegaría a París y me presentarán como la futura esposa del rey de Francia.   Ese era un destino.  El mismo Adrien lo dijo, mi lugar estaba allí. Debía saber sobrellevarlo.   Pero... cada día que pasaba, estaba más segura de no poder hacerlo.  Cada día que pasaba, lo echaba más de menos. Cada día que pasaba lo anhelaba más.  Adrien... ¿Algún día vendrías por mí?  Más que una petición era un deseo imposible. Porque él jamás volvería, simplemente porque a debía haberse olvidado de mí.  «Soñar era lo único que podía hacer con total libertad»
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