ñ—Blas…
Y me volteo y lo enfrento. Sus ojos verdes se ven firmes, sin una pizca de dolor. Pero en sus palabras, la forma en la que pronuncia mi nombre como si le doliera el simple hecho de tener que recordarlo…
—Lo tenía controlado—respondo—No necesitabas jugar al superhéroe.
—Tenemos que irnos—se apresura a decir—Puse bombas por la mansión. Si no nos vamos en veinte minutos, moriremos todos.
—Puedes irte, nosotras nos arreglaremos.
—No pienso dejarte aquí sola.
Largo una pequeña sonrisa. Ojalá me hubiese dicho eso en cuanto desapareció del hospital, el día en el que me fui a casa solo para darme una ducha y al regresar, ya no estaba. Pero no, y al verlo aquí otra vez, luego de todo lo que pasamos juntos, luego de haber dejado que se acostara conmigo y que jugara con mis sentimientos, luego de haber estado esperando su regreso todo un año...tiene el descaro de volver y decirme esto.
Me tiende la mano.
—Puedes asesinarme—continúa—Puedes hacer conmigo lo que quieras. Pero primero déjame llevarte a casa.
Retrocedo.
—Dile eso a Stacy—y añado con odio, rabia y dolor:—Scotty.
Sin darle tiempo a responder, tomo a Payton del brazo y caminamos hacia una de las puertas abiertas. Audrey me pisa los talones, preguntando una y otra vez en dónde nos encontramos. No necesito voltearme para saber que Scott me sigue con la mirada, es el sentimiento de ser vigilada por su parte lo que me lo confirma. Y entonces grita mi nombre en la lejanía, aunque paso de él. Allí en donde el estigma en mi muñeca reluce, arde y quema al rojo vivo.
—Conozco una salida—dice Uriel apareciendo a mi lado.
—Llévamos.
—¿Llevarnos a dónde?—pregunta Payton.
—Solo...sigamos.
Y así lo hacemos. No me preocupo por los demás, sé que en cualquier momento saldrán vivos. Así que sigo al invisible Uriel por los decorados pasillos de la mansión sin chitar.
—¿Esto es lo que creo que es?—dice Audrey—Estamos encerradas en medio de una jauría de demonios.
—Audrey…
—¿Demonios?—ahora es Payton quien habla. Se aleja de mi tacto y nos enfrenta. Nos obliga a detenernos y se cruza de brazos. Veo los arañazos en ellos, os moretones—¿Alguien piensa explicarme qué es todo esto?
—Hay que irnos…—susurra Uriel—Tenemos poco tiempo hasta que venga por ustedes.
Intento pasar y seguir, aunque Peyton me retiene a la fuerza.
—De acuerdo, mira—digo yo—Si no nos vamos ahora, es posible que nos maten. Así que, si te parece bien, primero las dejo fuera y entonces te explico…
—Eres una de ellos—interrumpe Payton—Como mi hermano, ¿cierto?—y ante mi silencio, añade:—Un exorcista.
—¿Quién es un exorcista?—pregunta Audrey.
—No hay tiempo para esto. Si no nos vamos...
Y entonces sucede: la mansión comienza a temblar. Primero el suelo, como una pequeña vibración que manda ondas hacia nosotras. Se va expandiendo hasta llegar a las paredes, incluso somos testigos de cómo la pintura bordó se quiebra y los ladrillos se parten. Luego, los cuadros, los vidrios de las ventanas, las luces y todo lo demás comienzan a romperse. No soy yo la primera que sale corriendo, sino que Payton nos gana a Audrey y a mí. Y yo, desesperada en tratar de alcanzarla, la sigo. Mi rubia amiga tampoco se queda atrás, sino que las tres buscamos una salida antes de que sea demasiado tarde. Uriel corre a mi lado mientras que trato de no pisar las hendiduras profundas que se hacen en el suelo, como si éste quisiera abrirse y devorarnos.
—¡Payton!—grito yo—¡Detente! ¡Payton…!
Bajamos por unas escaleras hacia el segundo piso. En cuanto pongo un pie en el suelo, en esas baldosas negras y blancas que parecen imitar un tablero de ajedrez, escucho el grito primero y luego la veo envuelta en los brazos de un tipo en traje n***o, con cuernos que sobresalen de su frente, con baba que arroja de la boca y ojos abiertos de par en par, como si tuviera sarna. Payton se agita entre sus brazos, pero el sujeto le tapa la boca y grita de felicidad. No dudo en ir a por él. Con la mansión viniéndose abajo, con un caos total en la mente y sin saber qué hacer, me arrojo directo al demonio que ya está escapando por el pasillo paralelo.
—¡Blas!—grita Audrey y me volteo. En sus manos hay dos cuchillas bien grandes y filosas. Detrás de ella, en la pared, cuelgan los pernos de donde estaban colgadas. Tomo una y con el miedo en las venas, ella me dice:—Matemos a esa mierda.
Y así es como pasamos de chicas indefensas a chicas que saben defenderse. Incluso si no sabemos pelear, ni siquiera cómo combatir contra un demonio, tenemos la iniciativa de salir adelante y comenzar un nuevo camino por nosotras mismas. Ya no me importa que seamos débiles, que se trate de demonios...no. Estoy decidida a no rendirme conmigo misma. Porque la gente siempre me dijo que no iba a lograr nada con el carácter que tengo, aunque sé bien que soy fuerte, mucho más fuerte de lo que se imaginan.
Audrey y o corremos tras al demonio que se llevó a Payton. Las paredes crujen, caen cosas del techo. Se escucha un grito por alguna parte, el gruñido de dolor que emana de alguien. Pero eso no nos impide seguir los gritos de Payton y el olor a azufre y basura que emana del demonio. Y lo veo allí, justo por doblar en uno de los pasillos sin salida. Así que cuando llegamos a su encuentro, y él se topa con un corredor sin salida, Audrey y yo tapamos el único paso que tiene.
Él muestra los colmillos filosos que posee.
—Aléjense o la mataré.
Payton grita por debajo de las manos del demonio. Él se queja, la zarandea de un lado a otro para que se calle, aunque ella llora y llora sin parar. Lo entiendo, entiendo su situación. Hace un año yo era igual. Hace un año lloraba en la cama, tapada a más no poder de sábanas y acolchados por el miedo que me producía todo esto, el saber que sí existen criaturas demoníacas y que me persiguen día y noche por un estúpido enfrentamiento familiar.
—No la toques—dice Audrey y da un paso al frente, aunque el demonio estira la mano y de sus uñas crecen cinco filosos y relucientes fierros que terminan en punta—Si la…
—No saben de qué soy capaz—sisea él como una serpiente—El Amo no quiere dejarlas escapar. Yo tengo la tarea de cumplir aquello.