Prólogo
Muchas veces se había puesto a pensar en qué significaba él dentro del mundo, cuál era el papel que representaba en la sociedad y especialmente en su entorno.
¿Era una persona insignificante?
¿Una persona que podía destacar en algo que los demás no?
¿Una persona que era opacado por todos, que se volvía invisible ante los ojos de los demás?
No lo sabía, pero aquellos pensamientos cruzaban por su mente a diario, siendo como un bucle que se repetían en su cabeza como si fuera una canción pegadiza, de esas baladas que probablemente no son de su gusto músical, pero debido a la repetición de la misma se quedaba congelada en su cabeza, repitiendose una y otra vez.
Sus padres jamás le habían enseñado sobre el valor que tenía su persona, jamás había sido educado para poder destacar y valorar aquellas características que le hacían único o que lo hacían desarrollarse ante la vida.
Sospechaba que el origen era ese, pero ya era en vano el intentar comprenderlo, al menos él lo veía de esa forma.
Por lo que ahora, que se mantenía junto a alguien que le recordaba todos los días que su vida era insignificante persé, comenzaba a creer que ese era realmente su valor, que su objetivo de existencia era meramente morboso.
En ocasiones quería lanzarse a llorar por lo que decía su mente, pero la mayoría de las veces se permitía escuchar, se permitía instruir sobre lo que era realmente, siendo ese su escape a la realidad para no tener que ver los ojos de ese ser que le causaba tanto miedo.
Pero esa sensación de escape no podía durar mucho.
Soltó un suspiro cansado mientras se veía en el espejo, su mente regresando el búcle peligroso en el cual se encontraba la mayoría del tiempo. Su mente se enfocó nuevamente en el espejo, pensando en que la mancha que se había vuelto parte de su cuerpo ahora le parecía la cosa más asquerosa que había visto anteriormente, cuando se suponía que debía ser una de las más hermosas para la vida de un omega.
Se sentía cansado, irritado y harto de todo lo que incluía su vida, siendo solamente algunos elementos que era capaz de contar con los dedos de una mano aquellas que no le permitían el dejarse ir, siendo aquel su pensamiento constante, al no encontrar satisfacción en aquello que antes le hacía saltar de la emoción.
― ¿Ya colocaste la ropa en la lavadora?
La pregunta le hizo sobresaltarse, viendo por el reflejo en el espejo a la persona que tendría que brindarle felicidad, calma y relajación. Pero que en realidad hacía todo lo contrario y no sabía quién era más tonto de los dos, si Hanju por ser tan malo con él o si él mismo por dejarse tratar como una basura.
―No he podido dividirla, a penas he terminado con mis deberes―respondió con voz seca, sus ojos cansados manteniendo la vista con los otros por uno segundos, para después despegarla con pena.
―Hazlo, mi ropa no puede estar sucia.
―Lo haré, solo quiero ducharme.
―No, lo harás ahora y luego te quitas la mugre. Ve.
Cuando cumplió sus diecisiete años y aceptó la petición de Hanju sobre ser su pareja, jamás pensó que las cosas terminarían de esa forma y menos pensó que él las permitiría. Pero podía admitir que se había vuelto una persona dependiente, alguien que sentía que no valía nada sin la presencia de Hanju a su lado y también sabía que aquello era terriblemente patético.
―Lo lamento, ahora voy.
Envidiaba a aquellas parejas que podían ser felices realmente, que se amaban y hacían que ese amor sincero se dejara notar, como lo era en el caso de sus únicos amigos, quienes gozaban de una relación sana y hermosa.
Lo deseaba, pero sabía que era tarde para él.
No podía pensar en alguna forma realista de salir de ese problema, en especial porque se le había dejado en claro que él fracasaría en el mundo sin la presencia de Hanju. Esperaba que, en algún momento, pudiera decir que su vida era algo que realmente apreciaba mantener, pero lo veía como algo lejano e incluso imposible.
"Necesito irme, necesito irme. Ya no puedo más, necesito salir de aquí"
En ocasiones no sabía si su mente era su mayor enemiga o su mejor aliada, pero aquella pregunta sería contestada cuando, en un atrevimiento, su vida diera un giro de ciento ochenta grados.