El ambiente dentro de la suite del hotel estaba cargado de tensión. No era la primera vez que discutían, pero esta vez había algo diferente en el aire. Algo denso, peligroso… eléctrico.
Esmeralda se quitó los pendientes con movimientos lentos y calculados. No iba a ser la primera en explotar. No le daría ese gusto.
Rafael cerró la puerta tras él, aflojando la corbata con un gesto brusco. No la había mirado el resto de la noche, pero ahora… ahora sí.
Y su mirada estaba cargada de furia contenida.
—Te crees demasiado inteligente, ¿verdad? —su voz era baja, pero cada palabra estaba afilada como un bisturí.
Esmeralda dejó los pendientes sobre la mesa con delicadeza, como si no sintiera la tormenta desatándose a su espalda.
—No sé de qué hablas —respondió con una inocencia que ambos sabían que era falsa.
—No juegues conmigo —Rafael avanzó hacia ella con pasos firmes—. Sabes perfectamente a qué me refiero.
Esmeralda giró despacio, enfrentándolo con la misma calma letal.
—¿Te refieres a que dije unas palabras sin tu permiso? ¿O a que no fui la esposa sumisa que todos desean?
Rafael apretó la mandíbula.
—A que no entiendes tu lugar en esto.
—Mi lugar… —ella soltó una risa sin humor—. Oh, Rafael, creí que ya habíamos hablado de esto, soy tu esposa para aparentar que estás casado con la hija de un hombre poderoso, y que eres capaz de tener el mundo a tus pies ¿no?
Su tono tenía un filo venenoso, un recordatorio de que ese matrimonio no era más que una farsa.
—Eres mi esposa porque tú te encaprichaste conmigo —repitió él, con una calma que helaba la piel—. Y lo que hiciste esta noche fue cruzar un límite.
Esmeralda arqueó una ceja, desafiándolo. Se mordió la lengua para no gritarle que no fue ningún capricho de ella, sino de su padre, y que la chantajeó para lograr ese matrimonio.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
Rafael cerró el espacio entre ellos en un solo movimiento.
—Voy a recordarte quién tiene el control.
Su mano atrapó su nuca, inclinando su rostro hacia él. No fue un gesto tierno. Fue una sentencia.
Y entonces la besó.
Un beso duro, dominante, reclamándola como si con eso pudiera reafirmar su autoridad.
Esmeralda sintió el impacto en cada fibra de su cuerpo.
El problema no fue el beso.
El problema fue que ella lo respondió.
Con la misma rabia. Con la misma intensidad.
Porque, aunque lo odiara, su cuerpo lo reconocía. Su piel lo anhelaba.
Y Rafael lo sabía.
Por eso no se detuvo.
Los labios de Rafael se apoderaron de los suyos con una exigencia feroz, atrapándola en una batalla donde no había tregua.
Y en ese instante, se dio cuenta de que la odiaba tanto como la deseaba.
Era una maldita contradicción. Una que lo estaba enloqueciendo.
Cada vez que la tenía cerca, su autocontrol se resquebrajaba.
Cada vez que ella lo desafiaba, la necesidad de someterla, de hacerle entender quién tenía el poder, se volvía insoportable.
Su lengua se abrió paso entre sus labios, devorándola sin piedad, sin suavidad.
Dios.
Esmeralda gimió contra su boca, y Rafael sintió cómo la sangre le bajaba al vientre de inmediato.
Su cuerpo reaccionaba antes que su mente.
Su piel ardía solo con el roce de la suya.
Era rabia convertida en deseo.
Un deseo que lo carcomía.
Los dedos de Rafael bajaron por su espalda hasta aferrarse a sus caderas, y sin previo aviso, la levantó, haciendo que sus piernas se enredaran instintivamente en su cintura.
Era suya.
La llevó hasta la cama con movimientos calculados, pero su mente estaba lejos de ser racional.
No cuando su olor lo envolvía, cuando su piel quemaba bajo sus manos, cuando su cuerpo se amoldaba al suyo como si estuviera hecha para él.
Cuando la dejó caer en la cama, la observó con el ceño fruncido.
¿Desde cuándo la deseaba tanto?
Desde siempre.
Desde que la conoció.
Desde que era solo una chiquilla de ojos grandes y sonrisa tímida que lo miraba como si él fuera su héroe.
Pero él no era su héroe.
Él era el hombre que se aseguraría de que nunca lo olvidara.
Sus manos fueron impacientes, posesivas. La despojaron del vestido con un movimiento certero, dejando su piel al descubierto.
Rafael sintió cómo su garganta se secaba al verla así.
No era la primera vez que la tenía desnuda frente a él, pero había algo diferente en esa noche.
Algo visceral.
Algo que lo estaba devorando desde adentro.
Cuando bajó la cabeza y atrapó un pezón entre sus labios, sintió el temblor en el cuerpo de Esmeralda.
Sintió cómo su respiración se agitaba.
Sintió cómo su espalda se arqueaba contra él.
Joder.
Le encantaba verla así.
Le encantaba escucharla así.
Y cuando su lengua descendió por su vientre y la escuchó jadear su nombre, supo que estaba perdido.
No debía tocarla así.
No debía saborearla como si fuera su más adictivo pecado.
No debía estar su lengua entre sus piernas, devorándola con una necesidad que no comprendía.
Pero lo estaba haciendo.
Y no podía detenerse.
Los gemidos de Esmeralda lo hicieron gruñir contra su piel, aumentando la presión de su lengua, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba bajo él hasta que un grito ahogado escapó de sus labios.
La sintió temblar, quebrarse, sucumbir ante él.
Y eso lo enloqueció.
Cuando subió de nuevo sobre ella, Rafael vio el deseo ardiendo en sus ojos. La sumisión involuntaria.
La necesidad de más.
—Mírame cuando te tome —ordenó, con voz ronca, dominadora.
Y cuando finalmente la embistió, ambos dejaron escapar un gemido.
Era apretada, caliente, perfecta.
Su cuerpo se aferraba a él como si lo estuviera reclamando.
Cada embestida era un castigo.
Cada jadeo de Esmeralda contra su cuello lo hacía temblar.
Pero no iba a detenerse.
—Dime quién manda, Esmeralda —gruñó Rafael contra su oído, con la respiración entrecortada.
Ella no respondió. No podía.
Pero él sintió la respuesta en su cuerpo.
En la forma en que se apretaba alrededor de él.
En la forma en que se aferraba a su espalda, arañándolo, mordiéndolo, recibiéndolo.
Los movimientos se volvieron frenéticos, desesperados.
Hasta que el placer la devoró por completo y se corrió con un grito desgarrado.
Y Rafael no pudo más.
Con un gruñido gutural, la siguió segundos después, perdiéndose en el abismo de su cuerpo, derramándose dentro de ella con una fuerza devastadora.
Por un instante, solo hubo silencio.
El sonido de su respiración desbocada.
El calor de sus cuerpos entrelazados.
Esmeralda cerró los ojos, tratando de recuperar el aliento.
Sabía que Rafael Altamirano la había reclamado esa noche.
Y que, lo quisiera o no… ella lo había dejado hacerlo. Y se maldijo por eso.
El aire en la habitación aún estaba impregnado del aroma de su piel, del deseo que había consumido cada rincón de la suite.
Pero la magia se rompió demasiado rápido.
Demasiado cruel.
Rafael se deslizó fuera de la cama sin una palabra, sin un gesto de ternura, sin una mirada que indicara que lo que acababa de ocurrir entre ellos significaba algo.
Esmeralda lo observó entre las sombras de la habitación, con su cuerpo aun temblando por el impacto del placer que le había arrebatado sin permiso, sin esfuerzo.
Pero él ni siquiera la miraba.
Como si nada hubiera pasado.
Como si ella no siguiera desnuda sobre la cama, con su piel ardiendo, con su respiración intentando regresar a la normalidad.
Rafael se puso de pie con la elegancia calculada de siempre, recogió su camisa del suelo y la abotonó con calma, como si la tensión en su mandíbula no existiera.
Como si ella no existiera.
—¿Eso es todo? —la voz de Esmeralda se quebró en la última palabra.
Rafael se detuvo por un segundo. Solo un segundo.
Luego, se giró lentamente hacia ella.
—¿Esperabas algo más?
Esa pregunta la golpeó más fuerte que cualquier insulto.
Porque no fue fría. Fue cruel.
Porque en sus ojos no había rastro del hombre que, minutos antes, la había tocado con una desesperación contenida.
Solo había indiferencia.
Esmeralda sintió que algo se le retorcía en el pecho, pero no iba a darle la satisfacción de verla herida.
Se obligó a sonreír con la misma maldita arrogancia que él usaba para todo.
—No. De ti, jamás espero nada.
Rafael inclinó la cabeza ligeramente, con esa sonrisa que no era una sonrisa.
—Bien. Así es como deben ser las cosas entre nosotros.
Esmeralda sintió las palabras como un golpe, pero mantuvo la compostura.
Rafael se dirigió hacia la puerta de su habitación, sin apresurarse, sin titubear.
Antes de salir, se detuvo con la mano en el pomo y dijo con su tono más frío:
—No vuelvas a desafiarme en público, Esmeralda.
Y luego se fue.
Así de fácil.
Así de malditamente frío.
Esmeralda apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza.
Maldito seas, Rafael Altamirano.
Se llevó una mano al rostro, sintiendo el ardor en su piel, la rabia quemándole las venas.
Se había prometido a sí misma que no caería en su juego.
Que jamás volvería a darle el poder de hacerla sentir así.
Pero lo había hecho.
Había sucumbido ante él.
Había olvidado, por unos minutos, quién era Rafael Altamirano.
Y ahora, la indiferencia con la que la había tratado era su castigo.
Un castigo que no estaba dispuesta a soportar más.
Se abrazó a sí misma, sintiendo cómo la rabia reemplazaba al deseo, endureciendo su corazón.
No iba a volver a cometer el mismo error.
Si Rafael creía que tenía el control, estaba equivocado.
Muy equivocado.