El cielo apenas comenzaba a teñirse de naranja cuando el vehículo se detuvo frente al pent-house. Rafael bajó primero. Sus escoltas ya estaban apostados en la entrada. Uno de ellos abrió la puerta trasera del auto y él se agachó. Esmeralda no reaccionó enseguida. Llevaba horas en silencio, las manos frías, los ojos enrojecidos por el llanto contenido y el insomnio. Ni siquiera intentó fingir que estaba bien. Rafael se inclinó sin decir una palabra. La rodeó con los brazos y la cargó en silencio. Ella no protestó. Apoyó la frente en su pecho, sintiendo el ritmo constante de su corazón. Subieron por el ascensor privado hasta la última planta. Los ventanales del ático reflejaban un amanecer que ninguno de los dos podía disfrutar. Ya en el dormitorio, Rafael la recostó con cuidado sobre la

