La sala de reuniones estaba llena. Las luces blancas caían como cuchillas sobre la larga mesa de cristal, donde los principales asesores de campaña esperaban, con papeles, portátiles y tazas de café a medio terminar. El murmullo se apagó apenas Rafael Altamirano cruzó la puerta con Esmeralda a su lado. Ella llevaba un traje sobrio, el rostro más sereno que en días anteriores, pero en sus ojos aún brillaba el cansancio. Había sido una semana intensa. Dolorosa. Y, aun así, estaba ahí. —Antes de comenzar —dijo Rafael, deteniéndose junto a su asiento— quiero reconocer públicamente a mi esposa. Las miradas se giraron hacia Esmeralda. Algunos la observaron con respeto, otros con una mezcla de sorpresa y admiración. —Tuviste el coraje de mostrar la verdad —continuó él, con la voz firme—. De d

