Corazón roto
"Quien haya tenido el corazón roto, sabrá qué es transformar las lágrimas en versos."
—Anónimo
***
Incluso había empezado a llover.
El día que había soñado desde que era una niña se arruinó y solo tenía un inmenso dolor en el pecho que apenas la dejaba respirar.
Jamás pensó que podía terminar así; cuando se levantó esa mañana estaba radiante de felicidad pues sabía que al final del día sería princesa de Kent tras su matrimonio con el príncipe Gadiel, y los recuerdos de una noche maravillosa en sus brazos solo la hacían desear ya tener el anillo en su dedo.
Era un día soleado. Más que perfecto.
Y ahora llovía, ella tenía la cara roja e hinchada porque lloró por horas y tenía un escándalo a sus espaldas y un miedo completamente real.
Llegó primero a la iglesia.
Él no llegó.
Esperó horas y ni siquiera su familia sabía dónde estaba.
Se sentó en la cama abrazándose las piernas, sintiéndose una tonta por darle su corazón además de su cuerpo a un hombre que evidentemente no la amaba lo suficiente como para quedarse a su lado después de todo.
Aún tenía su vestido de novia, el satén arrugado por haberse pasado toda la tarde en la cama llorando el nombre de un amor. O debería decir "el eco de un amor".
Solo se preguntaba que había hecho mal. Su hermana Philippa abrió la puerta y la vio en la cama, con sus zapatos subidos a la colcha, intentando hacerse pequeña. —El mayordomo del príncipe regente se encuentra abajo, Paulette, quiere disculparse en nombre del príncipe Gadiel.
—Discúlpame con ellos, por favor. No tengo ganas de ver a nadie. -sabía que estaba mal si se negaba a ver a alguien de la familia real, pero dabas las circunstancias y la humillación tenía algo de derecho a negarse.
—Dicen que tienen noticias del príncipe Gadiel. Quizá si quieras verlos. –Lady Paulette aun así negó. Quería poderse hundir en la oscuridad de su habitación y llorar por su corazón destrozado. —Les diré. Lo siento mucho, hermana.
Y es que ninguna explicación valía para lo que había pasado, la humillación que obtuvo solo porque él no se presentó. Al ver cómo su hermana salía se volvió a recostar en la cama y se cubrió con las colchas. Sin embargo, no tardó mucho en levantarse y arrancarlas de la cama lanzándolas aparte al igual que las almohadas.
Incluso tenían su aroma luego de la noche que habían compartido justo ahí. —Jamás debí hacer esto. –su voz sonaba cortada, ahogada, las lágrimas volvían a atravesar su rostro. El dolor del amor perdido era peor que el del amor no correspondido.
"Te amo, Paulette."
Eso había dicho. Ella creyó ciegamente.
La había hecho sentir el cielo y ahora había descendido hasta lo profundo del infierno. —Te odio, Gadiel de Kent.
Diez años antes
Su padre tomaba la mano del príncipe regente. Según sus recuerdos, se llamaba Anthony. No importaba, ella ni siquiera debía estar escuchando, pero ya que negociaban su futuro, era mejor saber a qué atenerse. Estaba escuchando todo detrás de la puerta viendo por las rendijas cuando un niño mayor que ella se acercó a ella y la miró de reojo.
Paulette hizo una mueca, Gadiel era el más molesto, siempre travieso y siempre se zafaba de todo lo que hacía. No quería tenerlo ahí. No tan cerca, la ponía sumamente nerviosa. —Ya hablaron conmigo ¿Y contigo? -dijo él mientras se mecía sobre sus pies.
Puede que fuera el príncipe fuera el hermano menor del regente de toda Inglaterra, pero para ella no era más que un pesado. —¿Tienen que hacerlo? Ya vete, no me dejas escuchar. –respondió ella con curiosidad viendo a aquel niño risueño con ojos increíblemente verdes. —No entiendo ni la mitad.
—Bueno, son conversaciones de caballeros, Paulette. Tu padre, Lord della Rossa habla con mi hermano quien es mi tutor.
Ella volvió a ver por la rendija mientras el otro niño comenzaba a mecerse en sus pies hacía delante y hacía atrás. Paulette escuchó como su padre y el príncipe regente decían que apenas tuviera su presentación ya tendría un prometido. —¿Eso de las bodas no son para adultos?
—Pues te casarás cuando seas adulta, boba.
—No estoy hablando contigo. –Y para hacer las cosas peor, su padre mencionó a Gadiel. Lanzó un chillido y vio la risa irónica que él tenía y comprendió todo de pronto. —¡Jamás me casaré contigo!
—¡¿Paulette?! –su padre salió del estudio al escuchar el grito y la vio parada en la puerta junto a Gadiel. Ya le habían dicho que espiar tras las puertas estaba mal, por lo que salió corriendo deprisa evitando que la castigaran, al menos de momento. —¿Qué hacían ahí?
—Nada. Solo escuchamos. –Gadiel miró en dirección al pasillo por dónde se había ido la niña rubia y luego miró a su hermano mayor. —Yo me voy. ¡Adiós! –y corrió hacia donde ella había ido. No le sorprendía que ella hubiera salido en dirección del jardín, siempre se ocultaba en medio de los setos y esperaba que nadie la viera por horas. Sin embargo, él sabía dónde estaba. Se arrastró por entre algunos arbustos y se metió en aquel agujero entre el laberinto del jardín encontrándose a la niña. —¿Estás bien?
—No seas tonto, ¿Quieres? Siempre me molestas, ¿Sabes que hicieron ahí?
—Sí, mi hermano me dijo todo antes que llegaras. –dijo sentándose al lado de ella. —Tampoco me quiero casar contigo.
—Ni yo contigo. Eres horrible.
—Eres tonta.
—Y tú eres un presumido.
—Solo tocas el piano.
—Desafinas al cantar y rompiste la cuerda de un violín.
—Sabelotodo.
—Largirucho.
—Fea... Boba... Boba... Muy boba.
—Y tú eres horrible. –dijo viéndolo. —¿Y no sabes más insultos? ¡Dijiste boba tres veces!
Los dos se quedaron mirando. Aunque resultó extraño esa vez. Gadiel solo tenía dos años más que Paulette, ella ocho, él, diez. Comenzaron a reír mientras Gadiel tomaba una ramita de una planta y comenzaba a molestarla nuevamente. Ella le dió un golpe en el brazo, fuerte.
Así solían llevarse.
Habían crecido como vecinos en el campo y en la ciudad. En la familia de Paulette había tres niñas, y ya sus hermanas mayores teniendo diecisiete y quince años tenían parejas aseguradas, se veían felices con eso, sin embargo, Paulette quería vivir una vida diferente y sabía a sus ocho años que no quería ser esposa de Gadiel Bridgerton. —Hay cosas peores que casarse conmigo.
—No hay nada peor que casarse con un niño tarado. No voy a ser tu esposa. Me tratas muy mal, siempre. Me molestas mucho y eres un bruto.
Gadiel asintió y comenzó a reír. —Cierto. Pero eso es porque nos llevamos mal. Deberíamos llevarnos bien, después de todo ahora eres mi novia. ¿Qué tengo de tarado? Soy un príncipe, serías una princesa si te casas conmigo.
Paulette hizo una mueca de asco y negó. —No soy tu novia. Y no quiero ser una princesa.
—Lo eres, así lo acabas de oír y serás princesa de Kent. Te vas a casar conmigo. –La vio de nuevo hacer como si fuera a vomitar y comenzó a reír. —Mi mamá dice que soy guapo.
Ella era una niña, no pensaba en bodas, bueno, a veces, pero no con el príncipe Gadiel, era bastante pesado según su opinión y preferiría saltar por un acantilado antes de tener que acercarse más a él. El trato de su padre, un simple barón, era evidente que lo hacía por dinero y status, lograr casar a una de sus hijas con un m*****o de la familia real era un premio codiciado, incluso ella siendo tan joven, lo sabía. Se siguió sujetando las piernas y el vestido con fuerza mientras se intentaba hacer más pequeña y al escuchar a Gadiel negó. —No lo eres. Te miente, eres muy alto, muy flaco, tienes ojos enormes y comes mucho.
Él comenzó a reír y asintió. —Tú eres muy bajita, muy rubia, muy gordita y tienes muchas pecas.
Paulette lo miró de reojo y rodó los ojos. Lo odiaba con todo su corazón, no quería casarse con él pero ella solo aceptaba la voluntad de su padre pues le tenía pavor. —No me quiero casar. Convenceré a papá de que no haga esto. -sabía que sería imposible, el barón della Rossa era conocido por su temperamento intenso y muy malgeniado, no todos sabían de que cosas era capaz pero sí que sabían que era capaz de muchas cosas y ninguna de ellas era buena.
Gadiel la miró con cariño y ella sintió algo de miedo. —Paulie... –lo miró, de nuevo, extrañada porque usara su diminutivo. —Nada.
—¿Qué? –dijo golpeando su brazo con fuerza haciéndolo chillar. —Por tonto. Serás el príncipe, pero nadie me está viendo y puedo hacer lo que quiera.
—Auch. -se sobó rápido y la miró. —¡Pegas muy fuerte! Iba a preguntarte si querías ir a la laguna. ¡Violenta!
—¡No voy a ir contigo a ningún lado porque no soy tu novia y no nos vamos a casar! ¡No me casaré con nadie!
—Te vas a casar algún día. ¿Prefieres casarte con un viejo como lo hizo la señorita Morris? Fuimos a su boda, al menos yo no seré calvo y panzón cuando nos casemos. Te prometo que cuando crezca seré todo un príncipe azul. -dijo con una sonrisa. —para ti.
—Serás panzón porque vives comiendo. Y no quiero un príncipe azul, prefiero los piratas. Los aventureros son mejores a los príncipes malcriados. Tú has sido muy malo conmigo ¿O se te olvida como derramaste pintura en uno de mis vestidos?
Gadiel vio una de las flores en los arbustos y la arrancó ofreciéndola a Paulette. Ella lo miró un poco roja y él le sonrió. —Solo se me ocurre disculparme por ser tan malo. Sé que soy terrible y bruto, pero me divierto. Eso fue un accidente, lo de la pintura, créeme.
—A mi costa. ¡No te creo nada!
—Solo acepta la flor. –Paulette lo hizo y suspiró. —Intentaré convencer a Anthony que rompa el compromiso.
—¿Lo harás?
—Sí. Podemos ser amigos, eres divertida y sabes mucho. Además, no quiero una novia, quiero un caballo nuevo. Pero seré tu amigo y te voy a defender y si Murray viene le diré que no te juegue sus bromas. Ni Benjamín, lo juro.
Paulette asintió y sonrió un poquito nada más mientras acariciaba los pétalos de la flor. —Hay una condición para ser amigos.
—¿Cuál?
Paulette sacó su mejor sonrisa, la misma que usaba cuando quería conseguir algo se sus padres. —Ya lo veré.
Pero eso jamás pasó. Gadiel fue enviado al colegio y Paulette volvió a casa. Los hacían verse en sus ratos libres pero las cosas no parecían progresar para ninguno de los dos. Al menos hasta que Paulette cumplió quince y Gadiel, diecisiete.
Paulette crecía convirtiéndose en una señorita muy hermosa. Su cabello era largo y ondulado de colores amarillos y rojizos que la hacían lucir como llamas de fuego. Su piel era clara y sus ojos, azules, como un cielo sin nubes. Curvilínea, aún baja para su edad, pero con una gracia y un porte muy elegante. Gadiel igualmente creció y gracias al deporte que practicaba en Eton, su altura fue recompensada con musculatura, así que cuando se volvieron a ver en el siguiente verano, ninguno de los dos podía creer lo que veía en el otro. —Lady della Rossa, es toda una dama.
—Su Alteza real. -contestó ella con una reverencia mientras su rostro estaba increíblemente sonrojado al verlo de nuevo. Había cumplido su promesa, era un príncipe azul.
Y él sonrió, maldito fuera él y su sonrisa. Había cosas que no cambiaban y él aún conservaba esa sonrisa traviesa de niño solo que ahora lucía como un hombre y eso aceleró su corazón.
Supo irremediablemente que se había enamorado. —¿Sabes? Aún somos novios.
—No soy tu novia.
—Nos vamos a casar.
—Eres prepotente.
—Eres hermosa.
Y Paulette quiso congelar el tiempo.
***
Jamás debió cumplir dieciocho. A esas alturas de su vida no solo le había dado su corazón sino también su cuerpo y su alma. Aquel plan de matrimonio había resultado en un corazón roto.
Y por desgracia, era el suyo.