Heridas abiertas

1992 Words
Habían pasado dos años. Dos años. Un mes. Veintitrés horas. Tenía el tiempo medido desde su caída en el mayor escándalo social que pudo haberse visto en Londres. Dos años, un mes, veintitrés horas desde que Príncipe Gadiel de Kent la había dejado plantada en el altar. Ahora tenía veinte y una visión más práctica de la vida y no tan romántica como solía tenerla siendo mucho más joven. La familia della Rossa había cortado casi en su totalidad sus relaciones con la familia real de los Kent-Mounbatten y debía decir "casi" porque ella había conservado a una amiga. Una semana luego de su fallido matrimonio, Eloise, una de las princesas hermana del ahora rey de Inglaterra, la había ido a visitar y fue la única persona con la que compartió sus miedos, y en lugar de juzgarla, la trató de ayudar lo más que pudo sin revelar su secreto. Y aunque había pasado dos años, un mes y veintitrés horas sin ver a Gadiel, sí que había visto a Eloise y era tan parecida a su hermano mayor que era como tenerlo presente siempre. Sin embargo, era demasiado egoísta como para dejarla marchar. En dónde el amor le había fallado, la amistad la había salvado. Y ahora era su dama de honor en su siguiente boda. Se había repuesto bastante bien, aunque delante del mundo ella debía tener algún defecto ya que un príncipe la había dejado abandonada en el altar. Sin duda ella debía ser el problema pues él lo tenía todo al tener ese rango alto. Miró el anillo en su dedo, tenía una nueva oportunidad, una nueva vida a la cual aferrarse y no perdería la oportunidad. Iba caminando con su doncella por el parque pensando en todo lo que faltaba para su boda en menos de tres semanas. —Tenemos que terminar las pruebas para mi ajuar. -dijo a su doncella antes de que una ráfaga de viento le hiciera volar su sombrero por los aires. —¡No! —¡Lady della Rossa! -Y aunque la llamó ya era tarde pues estaba corriendo detrás del sombrero fugitivo ¿Qué más daba si protagonizaba un nuevo escándalo? Intentó atraparlo, pero el sombrero parecía tener vida propia. Un ruido la distrajo de sus pensamientos, pues hacía ella venía un caballo desbocado y su jinete, a alta velocidad. Con poca gracia intentó alejarse del camino, pero sin querer pisó el borde de su falda en el susto y fue a parar directo a un charco de tierra que la bañó de barro de pies a cabeza en una forma muy poco elegante. El caballo relinchó asustado y el jinete lo levantó en sus patas traseras antes de lograr estabilizarlo y hacerlo parar por completo. —¿Está usted bien? -Paulette estaba lo suficientemente avergonzada como para querer alzar la mirada, sin embargo, aquella voz le resultó tan familiar que el corazón le dolió de solo reconocerlo. —Dios santo, Paulette. ¿Te encuentras bien? -y entonces fue que alzó la mirada y lo vio directo a los ojos. Era como una pesadilla. Seguro estaba durmiendo en su cama y por eso el giro tan extraño de los sucesos. Gadiel. —Hola. -dijo levantándose sin tomar la mano de él y sacudiéndose como podía el vestido. No dijo más, él solo la estaba mirando. —Su alteza real. Para Gadiel, Paulette no había cambiado. Tenía aquellos ojos enormes y azules que habían invadido sus sueños por muchos días. Azules. Azules. Y no podía escapar de ese color, aunque lo intentó. Estaba en el cielo, en el mar que había cruzado... En sus recuerdos, pues estuvo en las sábanas de la cama de Paulette la primera —y única— vez en que ellos habían estado juntos. Sintió una opresión en el pecho al verla otra vez y se obligó a apartar la vista, aunque no por mucho. Paulette tenía la misma cara, los mismos labios, y las mismas mejillas rosadas que la hacían apetecible, como un durazno, a su vista. Pero a pesar de que le resultaba igual que su pasado, había algo diferente en ella. Volvió a mirarla y algo se rompió dentro de él. Al volver a Inglaterra se había preguntado incontables veces que sentiría si la volviera a ver, se había esforzado mucho por olvidarla y ahora sabía que sus muchos meses en el extranjero no habían servido de nada, porque la herida seguía sin cerrar, él la seguía sin olvidar y verla le ardía como el infierno. —Vaya, tienes buen aspecto. ¿Qué tontería estaba diciendo? Paulette alzó la cara molesta y poniendo su peor expresión lo miró. —¿Disculpa? ¿Buen aspecto? ¿Qué estás haciendo aquí? Lo último que supe de ti es que estabas... o espera. ¡No me dijiste que te irías! Lo último que supe de usted... –se obligó a decir con dureza. —es que había abandonado a su prometida en el altar de una iglesia. No es una actitud muy digna para un príncipe. Todos la miraban, sabía que estaba haciendo mal al hablarle así a un m*****o de la familia real. Ella estaba molesta y era de esperarse. Lo miraba con desdén y sabía que lo tenía merecido por la forma en la que se habían separado. Seguro había quedado en el escándalo porque así era la "buena" sociedad. Sin embargo, trató de ser muy pacífico. —Te acompañaré a tu casa. Y de hecho no debería estar sin escolta, algo malo puede ocurrir. —No, gracias. ¿Por qué ha vuelto precisamente ahora? Él la miró y notó como las personas pasaban a su alrededor murmurando. Ella estaba cubierta de barro y él... Hablaban porque era su ex prometido. —Los hijos pródigos siempre vuelven a casa, aunque sea para recordar porqué se habían ido. —Debí saber que serías incapaz de contestar en serio. Eres un inmaduro, siempre lo has sido. No sirvió de nada tanta educación en Eton. —¿Y si te digo que no es asunto tuyo entonces si estaría hablando en serio? -dijo tomando las riendas de su caballo con fuerza. —Déjame llevarte a casa. Te ayudaré a subir al lomo de Tornado para que no tengas que caminar. —Así que se llama Tornado, que apropiado. -respondió con sarcasmo. —Iré sola, gracias. -Y fue entonces cuando lo pensó. Su compromiso reciente con el duque de Richfield había salido en todos los periódicos y es que después de su compromiso fallido, el duque, recientemente viudo, había decidido casarse una segunda vez y ella había sido la elegida. ¿Acaso Gadiel había vuelto por eso? Trató de no pensarlo y negó comenzando a caminar en dirección contraria. Y como si fuera un chiste lo oyó reírse. —Volví por ti, ¿Por quién más lo haría? -Paulette se giró totalmente indignada a punto de decir alguna cosa para herirlo, sin embargo, lo que vio fue un hombre atormentado y, aunque debía estarlo por cómo se había ido, no podía importarle menos. —¿Acaso pensaste que iba a perderme tu boda? —¿Viniste para asistir a mi boda? —No me la iba a perder por nada del mundo. De posible princesa a futura duquesa, interesante. —Te la perdiste hace dos años, pudiste perderte esta también. -Paulette miró sus ojos verdes, aquellos que siempre había amado y por un instante muy fugaz, totalmente efímero, sintió que el tiempo entre los dos no había pasado. Dos años. Un mes. Veintitrés horas. Sin embargo, cuando el momento terminó, el sentimiento que había reinado en su corazón se esfumó y dio paso a uno muchísimo más oscuro: La absoluta y completa ira. —¿Piensas que voy a perderme la boda de la temporada? No se habla de otra cosa. Y así se había agotado su paciencia. Las personas la veían, pero seguro perdonarían su completa indiscreción -SABÍA QUE NO SERÍA ASÍ PORQUE SE TRATABA DE UN PRÍNCIPE. -, como si estuviera poseída se acercó lo suficiente como para abofetearle el rostro con tal fuerza que llegó a pincharle la palma de la mano. Su pecho subía y bajaba intentando respirar, estaba roja del coraje y solo pudo decir: —Vete al infierno, ¡O a dónde sea que estuviste! ¡No estás invitado a mi boda! ¡No vas a aparecer! ¡No vas a armar un espectáculo! La gente cuchicheaba de que había golpeado a un príncipe y que este lucía igual que un pirata de historia. Paulette tenía que irse así que pensó rápido. De la nada le arrancó las riendas del caballo para subir rápido sobre el animal. —¡Espera! —¡Ni hablar! -Estaba sentada a horcajadas sobre el animal, sucia de barro y enojada. Azuzó al caballo y el cabello terminó por soltarse de su recogido en cuanto hizo que el animal comenzara a correr para alejarse de él. Paulette no hacía nunca esas cosas. —¡Me tienes que llevar contigo! ¡Faltan como ocho kilómetros para llegar a mi casa! -dijo gritando. —¡Bien puedes caminar o llamar a tus guardias! —¡Paulette! -Todos los miraban mientras él había andado a correr detrás del caballo y la chica que ahora era la jinete que ignoraba a toda la sociedad. —¡No puedes dejarme aquí! —¡Claro que puedo, Su alteza real! ¡Usted lo hizo! -Y fue suficiente para que ella azuzara más al animal que se lanzó hacía adelante en una velocidad muchísimo más fuerte. Se perdía de la vista de Gadiel y ella tuvo que aferrarse a su fuerza interna para no voltear y verlo. Todo había cambiado, pero las heridas seguían presentes. *** Realmente había olvidado muchas cosas de Inglaterra. Sobre todo, lo hermoso que era un día de primavera. Mayo estaba en su apogeo, las flores nacían, el prado inglés era totalmente verde. La última vez que estuvo fue en junio, dos años atrás. Apenas podía evitar pensar en todo lo que sucedió esa noche, Paulette llorando, él cediendo a sus deseos... El miedo, el dolor y la imperiosa necesidad de hacer algo bien por una vez en su vida. Tenía que dejarla. El amor no era suficiente, y no podría vivir con el desdén. Y luego estuvo en Estambul, Turquía. Dejó una nota a su familia explicándoles todo, cada una de las razones por las cuales no podía casarse con Paulette y en su mente todas eran válidas. Ella merecía algo mucho mejor. Sin embargo, aún con el dolor que suponía verla casarse con alguien mejor, alguien que ella hubiera escogido, alguien que la haría feliz... Era incapaz de dejarla sola. Y es que nadie sería suficientemente bueno amándola como él la amaba. Se las arregló para que le enviaran un auto del palacio en cuánto Paulette desapareció y al ver a su doncella, abandonada en pleno parque la invitó a subir. —Si quiere la dejo en casa, señorita... —Nancy Woodell, su alteza real. –Gadiel asintió y la doncella subió después de darle una reverencia. El camino fue incómodo. La chica que lo acompañaba parecía saber exactamente quien era y ¿Cómo no?, él había sido el desalmado que abandonó a una dama en el altar. La bajó en la casa della Rossa antes de dirigirse al palacio. No había visto a Paulette en vano, quería pensar, sabía que ella estaría enojada pero el escozor de su mejilla le recordaba que tanto lo estaba. Dos años. Un mes. Un día. Catorce horas. Todo desde que se fue. Y aunque el tiempo fuera demasiado y la distancia más que suficiente, ninguno de los dos fue rival para su memoria y menos para las heridas que estaban en su corazón. Y ahora ella cumpliría sus sueños, se casaría, sería Lady Richfield, un título más que merecido y aunque él fuera príncipe, la felicidad no se la podía ofrecer jamás. ***
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