Esa noche, luego de la cena, ella se acostó de nuevo en el catre. Miro al techo y notó que había un tragaluz. En donde estaba, podía ver el resplandor de la luna. Su luz caía al suelo de la celda, iluminando todo como si fuera de día. Suspiró de nuevo, pensó en su madre, en sus compañeros del periódico, en Cleo y su piso. De seguro, todos pensarían que estaba muerta y ella estaba allí, sin la posibilidad de comunicarse con alguien para decir que estaba bien. —Señor… Señor, sé que está allí y puede escucharme. Le suplico, le imploro que me deje al menos decirle un mensaje a mi madre. Ella debe saber que estoy viva. Es todo… Es todo lo que le pido. Efectivamente, Cedric escuchó cada palabra. No obstante, cualquier comunicación que saliera de ella proveniente de la isla, representaría la p

