Los gritos dejaron entrever que ya era demasiado tarde para más advertencias. El dolor punzante, agudo en la espalda que también se repartía por todo el cuerpo, le causaba convulsiones de desesperación. Su piel blanca se volvió más oscura gracias al vello que comenzaba a cubrir su cuerpo. Las garras, las piernas que se retorcían. Fue todo tan violento que apenas tuvo tiempo para encadenarse los brazos. Una pierna quedó libre mientras que la otra también quedó prisionera por el metal. Ella se echó para atrás asustada. A pesar que ya lo había visto como hombre lobo, nunca pensó que sería capaz de ver semejante cambio. Temió tanto por él que hubo un punto en que olvidó por completo las advertencias y su propio terror. Se acercó a él mientras la bestia emanaba toda la ira y fuerza posible.

