Jacob asintió con su cabeza y entró silbando despreocupadamente, mientras que Valery, en silencio, lo miraba dirigirse al baño a arreglarse. La puerta entreabierta le permitía verlo frente al espejo, peinándose con cuidado. Se había puesto una camisa negra que resaltaba su figura, y al verlo, Valery sintió un calor súbito ascenderle por el pecho, su respiración se agitó levemente, como si cada movimiento de él activara una alarma silenciosa en su interior. Las yemas de sus dedos hormigueaban por la necesidad de tocarlo, de detenerlo, de fundirse con él antes de que el destino hiciera de las suyas, sintió un leve cosquilleo en la nuca, como si algo dentro de ella intentara advertirle, pero su mirada no podía apartarse de Jacob. En ese instante, más que nunca, su inexistente humanidad de

