La tarde caía sobre Vancouver con una frialdad que mordía los huesos y transformaba los ventanales de las oficinas en espejos plomizos. Jacob Carrington cerró la laptop, se incorporó en la silla ergonómica y exhaló una nube de vaho; la calefacción de la empresa llevaba horas sin funcionar. En el pasillo resonaban pasos apresurados, toses y el áspero arrastre de archivadores. Era el tipo de día que dejaba un sabor metálico en la lengua, rutinas repetidas, café insípido, un cansancio que no procedía del cuerpo sino del alma. Metió las manos en los bolsillos del abrigo y caminó hasta la máquina expendedora. Mientras la bebida se vertía con un gorgoteo, el teléfono vibró, con una notificación única, distinta a cualquier correo de trabajo o recordatorio bancario. La pantalla mostró un nom

