El reloj de la torre cercana marcó las diez de la noche con campanadas veladas. Valery se puso en pie, abrochándose el abrigo. —Debería irme —murmuró, bajando la mirada un instante mientras el viento le sacudía el cabello—. Si me quedo un segundo más… Jacob asintió, sin oponerse, se levantó también, guardando las manos en los bolsillos para no traicionar el impulso de tocarla de nuevo. Ella dio dos pasos y se volvió, insegura. —Gracias por… salvarme de la bicicleta —susurró, con una sonrisa que intentaba ser ligera pero que le tembló en los labios—. Y por escucharme, aun cuando ni yo misma sabía cómo decir lo que sentía. Se inclinó hacia él. No fue un beso en los labios, no todavía; depositó un beso leve en la mejilla, tan ligero que Jacob dudó si realmente lo había sentido. Cuando

