CAPÍTULO II: INTERCAMBIO DE FAVORES

1115 Words
El despacho de Arthur Patrick Gerard no era solo una oficina, era una declaración de poder envuelta en caoba y silencio. El olor a cuero y a un single malt costoso saturaba el ambiente. Katrina se sentó en el borde del sillón Chesterfield, una minúscula mancha de rubia palidez contra la oscuridad del mobiliario, su cuerpo tenso. Había sido convocada quince minutos después de la clase, y el pánico financiero latía en sus sienes. La matrícula pendiente, la cifra abrumadora que le quitaba el sueño, estaba a punto de costarle su lugar en la academia. Arthur, el hombre que la había perturbado el día anterior, se reclinó detrás de su escritorio. Medía un metro noventa de pura presencia y autoridad. Él vestía pantalones oscuros de corte impecable y una camisa de seda que se ceñía a su torso atlético, con los dos primeros botones desabrochados. La luz del atardecer se filtraba por las persianas venecianas. Katrina apretó las manos en su regazo, sintiendo cómo el verde de sus ojos se negaba a encontrarse con el azul grisáceo y penetrante de él. Su sueño de ser artista se reducía a ese papel en su mano que declaraba su inminente expulsión. Arthur dejó caer un bolígrafo de plata sobre la superficie del escritorio, el leve click resonó. —Problemas con la matrícula, Katrina —dijo Arthur, su voz baja. Ella asintió, su garganta demasiado seca para formar una palabra. Se sentía expuesta, su pureza como una debilidad explotable. —La cantidad es... inalcanzable para mí en este momento, señor Gerard —consiguió susurrar, sintiendo el rubor,subir por sus mejillas. Arthur sonrió, una mueca depredadora que tensó la línea de su mandíbula. Se levantó, rodeando el escritorio para detenerse justo delante de ella. atrina tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. El aroma de su colonia, amaderada y limpia, la envolvió. Era la fragancia del poder absoluto. Él extendió un cheque sobre la mesa de café, perfectamente cubierto a su nombre, con la cifra total de sus estudios. —Yo cubro el total de tu educación, los materiales, la residencia en la academia, todo. Te conviertes en mi obra de arte, mi proyecto personal, con acceso ilimitado a mi tiempo y mis conocimientos. Y a mí —dijo Arthur, inclinando su cuerpo hacia ella, forzándola a mirar el cheque, la promesa y el precio—. A cambio, serás mi amante. Exclusiva. Total. Un intercambio de favores, Katrina. El corazón de Katrina se disparó. La palabra "amante" era un martillo que destrozaba el sueño. Él lo sabía; él era el director. La prohibición hacía que el deseo se sintiera más peligroso. La vergüenza de la necesidad económica la aplastó, pero el deseo de seguir dibujando y el hambre de él eran una droga. —¿Y si me niego? —preguntó, temblando. Arthur se encogió de hombros, casual y devastador. —Entonces pierdes tu plaza mañana. La decisión es tuya. —Posó su mano, lenta y electrizante, en su rodilla. El tacto era posesión y advertencia. El pánico se evaporó, reemplazado por la simple decisión de su necesidad. —Acepto —murmuró, con una rendición total. Arthur sonrió de verdad, un destello fugaz de triunfo en sus ojos grises. Tomó el cheque y lo guardó en el bolsillo interior de su camisa. —Bienvenida a casa, Katrina. Sígueme. — La guió a través de una puerta discreta a un pasillo privado. El aire era diferente, más a sándalo. Se detuvieron frente a la puerta marcada con el número dorado 225. Él abrió la cerradura con una tarjeta. El apartamento era un reflejo minimalista de su gusto: techos altos, paredes de un color gris pálido, con una vista imponente de la ciudad. Arthur la guió hasta el centro de la sala, donde la luz tenue de un aplique de pared iluminaba sus cuerpos. Él se detuvo, giró y la miró. Sus ojos no eran grises ahora, sino un azul oscuro y tormentoso. Su mirada la desnudó. Arthur prolongó la agonía de la espera, la anticipación. Se quitó la camisa de seda sin apresurarse, revelando un torso ancho y fuerte. Katrina sintió cómo cada respiración se convertía en un jadeo. La diferencia de edad, la jerarquía, la prohibición, todo se convirtió en el combustible de la tensión. Él avanzó, y esta vez, su mano fue a su cuello, deslizando sus dedos por la piel delicada de su mandíbula. Katrina cerró los ojos, inclinándose en el toque, el olor a sándalo y a su propia necesidad abrumándola. —Quítate el vestido, Katrina- Ordenó Arthur, su voz grave como el trueno, solo la autoridad. Ella obedeció. Sus manos temblaron al desabrochar los pequeños botones de su blusa. La tela cayó al suelo. Su respiración se hizo errática al despojarse de cada pieza de ropa, revelando la piel pálida. Él la observó, inmóvil, sus ojos devorándola. Cuando estuvo completamente desnuda, Katrina se sintió vulnerable, pero extrañamente poderosa bajo esa adoración silenciosa. Él finalmente se movió, acortando la distancia. Su boca encontró la suya con una urgencia que no permitió protesta. Fue un beso posesivo, profundo, que se tragó el aire y el miedo. Sus labios eran calientes y duros, su lengua era una declaración de propiedad. Arthur la levantó sin esfuerzo, sus manos agarrando sus muslos. Katrina envolvió sus piernas alrededor de su cintura, la textura suave de su piel contra la rugosidad de su pantalón. La cama era inmensa, cubierta con sábanas de seda negra que engulleron la blancura de su cuerpo. Arthur la dejó caer con suavidad, pero con la promesa de la fuerza. Él se despojó del resto de su ropa con movimientos concisos, el cuerpo de adonis en carne viva. Su erección era la dura realidad de la transacción. Se deslizó sobre ella, pesada, dominante. Katrina arqueó la espalda, su inocencia gritando y su cuerpo cediendo al hambre que no sabía que tenía. Él la preparó con besos y caricias expertas, mapeando su cuerpo con una precisión que igualaba a la de su pincel. La entrada fue rápida, un acto de posesión brutal que la hizo jadear. Él era el director, y ella era, ahora, suya. Sus movimientos eran una sinfonía de poder y necesidad, cada empuje era un recordatorio de que él estaba pagando el precio y ella estaba cumpliendo con su parte. Catrina se aferró a sus hombros anchos, mientras los gemidos se filtraban por sus labios. Él se movía con una maestría que la llevaba al borde. El clímax fue una descarga eléctrica, la culminación del miedo, el alivio y la cruda necesidad que los había unido. Arthur se desplomó sobre ella, con un peso cálido. La academia estaba pagada. Katrina ahora la pertenencia
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