El aire del apartamento 225 olía a compromiso roto y sándalo. Katrina abrió los ojos a un techo que no era el suyo, alto y con molduras que hablaban de opulencia silenciada. Estaba envuelta en sábanas de seda negra que se sentían frescas y ajenas a su piel. El espacio a su lado estaba vacío, la huella de Arthur Patrick Gerard apenas tenía un pliegue desordenado en la tela. Se levantó, el cuerpo dolorido, cada músculo protestando en un recuerdo agridulce de la noche anterior. La luz de la mañana, filtrada por las cortinas motorizadas, revelaba la extensión de su nueva jaula: un vasto salón minimalista con vistas al corazón de Londres, una cocina de diseño y un armario lleno de ropa nueva, etiquetas aún colgando de algunas prendas. Una nota pulcra, escrita con una letra fuerte y elegante que conocía por el cheque y las anotaciones de clase, estaba pegada al espejo del baño: "Clase a las diez. Desayuno en el comedor principal. No llegues tarde. A."
La frialdad de la nota reintrodujo a la realidad : la academia estaba pagada, su futuro estaba asegurado, pero al precio de su autonomía. Catrina se acercó al cristal, observando el tráfico hormigueante bajo ella. Se sentía a la vez elevada y diminuta. Este apartamento, este lujo, era el pago de Arthur, el resultado del intercambio de favores. Al recordar la negociación en el despacho, un escalofrío le recorrió la espalda. Recordaba la mano grande y posesiva de él sobre el cheque, y luego, ese toque firme y prometedor en su rodilla. El tacto que había invalidado su pánico y la había entregado a su deseo. Se sintió como una muñeca en exhibición, su cuerpo envuelto en ropa costosa y extraña que había encontrado doblada en el vestidor, su figura frágil bajo la tela de un vestido de seda color marfil.
Al entrar al estudio principal de la Academia Gerard a las diez menos cinco, el aroma a trementina y óleos, que antes le había parecido la esencia de la libertad, se sintió ahora como el aire enrarecido de una prisión dorada. Todos los demás estudiantes la miraron, pero ahora las miradas eran diferentes; no de curiosidad, sino de un respeto cauteloso. Su retraso había sido notorio. Su nuevo estatus, aunque desconocido en detalle, era palpable. Katrina se sentó en su caballete, sus manos temblaban mientras sostenía el carboncillo. Intentó concentrarse en la modelo, una mujer estoica con un velo, pero solo podía ver el azul grisáceo de los ojos de Arthur.
Él llegó tarde, como un rey que permite el retraso. Alto, impecable en su traje de lana oscura, su presencia era un campo de fuerza que distorsionaba el estudio. Arthur se detuvo justo detrás de ella. Katrina sintió el calor de su cuerpo cerca, la misma amenaza silenciosa que había sentido la noche anterior al entrar al apartamento 225. El olor a sándalo era abrumador. Cerró los ojos por un instante y la imagen regresó con una claridad vívida. Recordó el momento en que él se había despojado de su camisa de seda, revelando el torso ancho y fuerte, el cuerpo de adonis que ahora era suyo para poseer. La luz tenue del apartamento, el crujido de las sábanas de seda negra, la orden grave y autoritaria: -Quítate el vestido, Katrina.-
Su mente revivió la intensidad del primer beso, un acto posesivo y profundo que le había robado el aliento. Sus labios, calientes y duros, la lengua como una declaración de propiedad. Él no había pedido, había tomado, levantándola sin esfuerzo, sus manos de herrero agarrando sus muslos. Katrina pudo sentir de nuevo el peso de su cuerpo sobre ella, la tela áspera de su pantalón contra su piel suave. Recordó la sensación del colchón inmenso bajo su espalda, las sábanas negras contrastando con la blancura de su cuerpo. La rendición había sido total, un compromiso que se selló en el momento en que él se deslizó sobre ella, un peso cálido y dominante que la hizo arquearse. El dolor inicial, el jadeo que no pudo contener, y luego el ritmo, una sinfonía de poder y necesidad. Cada empuje era un recordatorio: él pagaba, ella cumplía.
Katrina apretó el carboncillo con tanta fuerza que estuvo a punto de romperlo. Abrió los ojos y el estudio regresó, pero la tensión del recuerdo permaneció. Estaba sentada frente a un caballete, rodeada de estudiantes y luz de día, pero en su mente aún estaba en el apartamento 225, aferrada a los hombros anchos de Arthur, su aliento mezclándose con el de él. Los gemidos se filtraban por sus labios en un recuerdo que la avergonzaba y la excitaba a partes iguales.
Arthur, sin decir una palabra, se inclinó. Su aliento cálido le rozó la oreja. —Tu línea es indecisa, Katrina. Tienes miedo de marcar. —El susurro era para ella sola, íntimo y cruel. Era un comentario sobre el dibujo, pero era una crítica a su rendición, un recordatorio de que él podía leer su debilidad. Su mano se posó en la suya, guiando el carboncillo con una precisión implacable, creando una línea audaz en el papel. El contacto, fugaz y público, fue una tortura. Era la misma mano que había cartografiado su cuerpo la noche anterior, reclamando territorios prohibidos.
-Debe ser firme. Sin vacilaciones —dijo Arthur, enderezándose. Su mirada recorrió el aula, pero se detuvo en ella con un significado que solo ellos dos entendían. Él estaba hablando de arte, pero estaba hablando de la vida que ella acababa de aceptar. La Jaula de Oro era cómoda, pero exigía una obediencia total, una firmeza en la sumisión. El clímax, la descarga eléctrica que había sellado el trato, fue el juramento.
Katrina no pudo dibujar el resto de la clase. Se quedó inmóvil, mirando la línea perfecta que él había trazado. Era una línea que representaba su futuro: brillante, prometedor y completamente controlado por él. Al sonar la campana, Arthur no le dirigió la palabra, simplemente la miró y luego miró hacia la puerta del estudio, un gesto silencioso, pero que contenía todo el peso de su autoridad. Ella supo lo que significaba. No iría a la cafetería con los demás estudiantes. Regresaría al 225. Él la esperaba. El intercambio de favores era una asignatura diaria. Su corazón dio un vuelco. Recogió sus cosas con rapidez, evitando las miradas de los demás, sintiendo el frío de la seda en su cuerpo y la promesa de un encuentro en su corazón. Ella era su alumna, su amante, y su posesión.