El violonchelo, el regalo indirecto de Arthur, se sentía como una extensión de su alma, y a la vez, como la cadena más hermosa que jamás había llevado. Katrina lo acarició con dedos temblorosos en la tranquilidad del Apartamento 225. Era lunes, el día de la audición final para asegurar su beca. La academia se había sentido inmensa y fría, pero el peso del acuerdo secreto de la noche anterior, y el recuerdo de la fría mesada de granito, la seguían como una sombra cálida y humillante. Las sábanas de seda negra de Arthur, que ahora ella llamaba cama, eran un recordatorio constante del precio de su arte. Había practicado la pieza de Bach hasta que sus dedos sangraron, no por la perfección, sino por la necesidad desesperada de probarse a sí misma que ella era más que un objeto de intercambio.
Se vistió con su ropa más sencilla: un vestido de lana de color neutro que ocultaba su figura, intentando hacerse invisible. El espejo reflejó una belleza etérea, pero sus ojos verdes guardaban una dureza nueva, forjada en el fuego de la necesidad. Al bajar al estudio principal, donde se realizarían las audiciones, el ambiente era un hervidero de ambición, envidia y nervios. Los estudiantes la miraban. Ya no era solo la chica nueva. Los rumores se movían rápido en la Academia Gerard: la "niña rumana" vivía en la residencia privada del director. El estigma era una mancha invisible.
La sala de audiciones era una pequeña aula de conciertos. En la primera fila, el panel de jueces. En el centro, presidiendo la mesa con una autoridad fría y abrumadora, se encontraba Arthur Patrick Gerard. Vestido con un traje oscuro que acentuaba su silueta de adonis, era el juez supremo de su destino. Sus ojos azul grisáceos ni siquiera se posaron en ella cuando entró. Se sintió como si no existiera, o peor, como si ya le perteneciera y no necesitara su atención pública. La indiferencia pública era parte del contrato, una crueldad calculada para mantener la fachada.
El profesor Maxwell Van Dijk,el único que le había mostrado algo de amabilidad, la llamó. Katrina caminó hacia el centro del escenario, el violonchelo en mano, sintiendo el peso de todas las miradas. El silencio se hizo total. Tomó asiento, ajustó el instrumento contra su cuerpo y cerró los ojos un instante. Las manos de Arthur, su fuerza, el granito frío, todo se disipó. Solo quedaba la música, el arte, la única cosa pura que le quedaba. Abrió los ojos y miró a Arthur. Él la miró de vuelta por primera vez. Fue una mirada sin emoción, una simple tasación de un bien. Ese desapego le dio la fuerza necesaria.
La melodía comenzó. No era solo técnica; era la liberación del dolor. Las notas de Bach resonaron, transformando el aire en terciopelo y angustia. Katrina tocaba la desesperación de su jaula de oro, la esperanza de su talento y la humillación de su cuerpo. El sonido era impecable, el sentimiento, desgarrador. Cuando terminó, hubo un momento de silencio absoluto, tan denso que Katrina pudo oír su propio corazón latiendo. Los aplausos fueron atronadores, genuinos. Maxwell se levantó y aplaudió con euforia.
Arthur Gerard no aplaudió. Se inclinó sobre la mesa, sus ojos fijos en ella. —Técnica brillante, Katrina. Pero la emoción es demasiado... cruda. Necesitas refinar la angustia, no exhibirla. La academia busca maestría, no terapia. —Su crítica fue precisa, devastadora, y completamente pública. El veneno fue servido con un tono profesional perfecto.
El resto de los jueces, sin embargo, la defendieron. Le fue otorgada la beca con honores, a pesar de las objeciones de Arthur. Ella había triunfado. Recogió su violonchelo y se retiró, el sabor de la victoria fue mezclado con la amargura de la crítica de él. Su éxito era indiscutible, pero su dueña lo había menospreciado.
Regresó al Apartamento 225. La victoria se sentía hueca. El acuerdo no se había roto; solo se había confirmado su valía como inversión. Pasó las siguientes horas preparando un almuerzo sencillo, sintiendo un impulso masoquista de hacer su parte del trato. Arthur llegó cerca de las trece y treinta de la tarde sin previo aviso. Estaba de mal humor, lo cual era inusual después de un día de éxito académico. La encontró en la cocina.
—Me dijeron que la audición fue un espectáculo. Una exhibición. —Su tono era de disgusto.
—Gané la beca, señor Gerard. Cumplí con mi parte. —Katrina mantuvo la compostura.
Él se acercó a ella, agarrándola por el mentón con un agarre que no era doloroso, pero sí ineludible. —Tu parte es más que tocar el violonchelo, pequeña. Tu parte es mía. Todo de ti. Y no quiero que te exhibas de esa manera otra vez. La angustia es privada. Es nuestra.
La besó con una furia posesiva, arrojándola contra el refrigerador de acero inoxidable. El beso era una reprimenda, una reafirmación de que su talento ahora le pertenecía. La tomó allí, de pie, sin preámbulos, sus movimientos controlados, pero llenos de una rabia helada que era más aterradora que la pasión. El traje de él se arrugó, su camisa se desabrochó. Él rasgó el vestido de lana de Katrina con una indiferencia brutal. La elevó, y ella, ya familiarizada con el ritual, rodeó su cintura con las piernas. La sensación de su dureza llenándola era el sonido más real que conocía. El refrigerador frío contra su espalda, sus gritos apagados por su boca, la humillación del dolor inicial que se convertía en éxtasis: todo era parte de la jaula.
Arthur se movió rápido, poderoso, sin preguntarle, sin esperarla, un acto de propiedad pura para castigar su éxito público. Katrina se aferró a él, las uñas clavadas en los músculos de su espalda, su única forma de participar en el acto de dominación. El clímax llegó como una sacudida eléctrica, devolviéndole la respiración que él le había robado. Cuando terminó, él la bajó, sin una palabra de afecto o piedad.
—La próxima vez, recuerda para quién tocas realmente —dijo Arthur, ajustándose el pantalón, su expresión volviendo a la frialdad de su traje.
—Lo haré, señor Gerard —susurró Katrina, sintiendo el frío del acero del refrigerador.
Él salió de la cocina sin siquiera mirarla. Ella se quedó de pie, desnuda, magullada, con una beca artística que no se sentía ganada, sino comprada. El contrato era más profundo de lo que jamás había imaginado. El arte era suyo, pero su cuerpo y su angustia le pertenecían a él.