La primera clase de composición fue un borrón de aburrimiento y tensión. Katrina evitó la mirada de Arthur, y él mantuvo su fachada de director distante, pero la electricidad entre ellos era un cable pelado. Su cuerpo aún recordaba la fría mesada del refrigerador del día anterior, una lección que no necesitaba repetir. Al terminar, Arthur le envió un mensaje de texto simple, sin preámbulos ni emoticonos: -Prepara una bolsa de mano. Te espero en media hora. Vístete para salir de la jaula-.
El mensaje la dejó temblando. Salir. Nunca había salido de la Academia Gerard, ni siquiera para tomar aire. Era la primera vez que Arthur la sacaba de su jaula de oro. Se puso un vestido sencillo, de seda negra, que Arthur le había comprado y que marcaba con sutileza las curvas que el director había reclamado. Mientras buscaba sus zapatos en el armario, vio su móvil y un impulso la dominó. Sabía que Lenna Linz era la contadora principal de la academia y, según los chismes, la pareja de Arthur desde hacía cinco años. Había una oficina de contabilidad en el ala este. La curiosidad, una serpiente venenosa, la obligó a bajar.
El hall de contabilidad era frío y clínico, todo vidrio y acero pulido. Lenna Linz estaba allí, inmersa en pilas de documentos. Era hermosa, de una belleza sofisticada y fría, con un peinado pulcro y un traje de diseñador. La vio reír con un colega, una risa que sonó dueña del mundo. La vista la congeló: Lenna se ajustaba a un collar de perlas que era idéntico al que Arthur usaba en sus retratos más antiguos. Era la mujer estable, la que existía a la luz del día. Katrina era la sombra, el objeto de lujo confinado al 225. El resentimiento, frío y amargo, la llenó. Regresó corriendo al departamento, su corazón latiendo como un tambor de guerra.
Arthur ya estaba allí, impecable en un traje gris oscuro, apoyado en el umbral. Sus ojos azul grisáceo la escanearon de pies a cabeza. —Perfecta. Vámonos, micuțyă. —Usó el término rumano de forma casual, un sutil recordatorio de que él conocía su origen, un detalle íntimo que la desarmó.
El viaje fue en su Bentley n***o, un coche que susurraba poder. Londres de noche era una sinfonía de luces líquidas, un contraste con el silencio monacal de la academia. Arthur la llevó a un restaurante en Mayfair. El ambiente era de lujo susurrado, no ostentoso. Se sentaron en un reservado. La cena transcurrió en una formalidad extraña, Arthur discutiendo arte y finanzas con un colega por teléfono, mientras ella lo observaba. Su mente regresaba a Lenna, su risa, su collar. El bistec era delicioso, pero la acidez de sus celos lo hacía difícil de tragar.
—¿Te aburres, micuță? —preguntó Arthur, notando su quietud, sus labios esbozando una sonrisa fría.
—No, señor Gerard. Solo... es mucho a la vez.
—El arte es sobre la saturación, Katrina. Acostúmbrate.
Después de la cena, el recorrido por Londres fue rápido y hermoso: el Big Ben iluminado, el Támesis bajo la luna, los escaparates de Knightsbridge. Pero no se detuvieron. Arthur conducía con un propósito, el mapa en su cabeza ya trazado. Finalmente, se detuvieron frente a un motel discreto, elegante, pero ajeno al lujo de su apartamento. El anonimato la asustó más que cualquier lugar público.
La habitación del motel era un espacio de terciopelo rojo, espejos en el techo y luz tenue, pensada para la indiscreción. Apenas la puerta se cerró, Arthur la acorraló contra ella. El tiempo de la fachada había terminado.
—Hoy fue un castigo, Katrina. Me expones al desprecio de la academia cuando brillaste en esa audición. Me recuerdas que eres joven y talentosa. Y eso merece una lección. —Su voz era un ronroneo bajo y peligroso.
No le dio tiempo a responder. La empujó hacia la cama, que crujió suavemente bajo su peso. El beso que siguió fue un robo de aliento y voluntad, su mano rasgando el vestido de seda, el sonido del tejido partiéndose era el de la última de sus defensas. Él era un animal hambriento, no un director frío. El sexo desaforado que Arthur le ofreció en ese motel fue una demostración de poder sin paliativos. La besó con una brutalidad posesiva, sus manos grandes y expertas explorando cada centímetro de su piel con el conocimiento íntimo que ya poseía. Ella era su propiedad, y él estaba decidido a reclamar su inversión.
El espejo en el techo duplicaba la escena: el cuerpo atlético de Arthur dominando la figura esbelta de Katrina, sus muslos separados, sus manos aferradas al colchón mientras él la embestía sin pausa, sin pedir permiso, solo tomando lo que era suyo por contrato. La velocidad era vertiginosa, un ritmo machacante que la llevaba al borde del colapso emocional. Ella luchó, no contra él, sino contra el torrente de placer y humillación que él le infligía. Sus gritos eran absorbidos por el terciopelo de la habitación, sus lágrimas se mezclaban con el sudor. Él la miró a los ojos, justo en el momento de la penetración más profunda, para asegurarse de que ella entendiera: era de él, incluso en su euforia.
El clímax llegó como una explosión violenta. Arthur terminó con un gemido grave, su cuerpo desplomándose sobre el de ella, pesado y satisfecho. Se retiró, dejándola temblando y exhausta. El silencio llenó la habitación, tan cargada como la electricidad que se había disipado. Arthur se levantó, fue al baño, y regresó, cayendo en la cama con una facilidad desconcertante. Se durmió casi al instante, con el aliento pesado y uniforme. Katrina se quedó despierta, con el cuerpo dolorido, pero la mente peligrosamente clara. Vio su oportunidad. La jaula estaba abierta.
Se deslizó fuera de la cama, recogió sus pedazos de ropa y se vistió con dedos ágiles. Revisó la hora: las 4:15 AM. Londres aún dormía. Tomó su pequeño bolso y miró a Arthur, un adonis durmiente que no tenía idea del peligro que representaba. En silencio, salió del motel. El aire fresco de la madrugada la golpeó, una bocanada de libertad. Tomó un taxi de vuelta a la Academia. El Apartamento 225 era su prisión, pero en ese momento, se sintió como su único refugio.