CAPÍTULO VI: FUEGOS CRUZADOS

1089 Words
Arthur llegó cerca de las siete de la mañana al penthouse que compartía con Lenna Linz. El sol de la mañana ya se abría paso entre los rascacielos de cristal, pero el apartamento se sentía oscuro, cargado de la expectativa de una tormenta. Había huido del motel, del recuerdo del cuerpo dormido de Katrina en la cama, de la humillación de haberla perdido, solo para caer en otra jaula, mucho más sutil y antigua. Arthur y Lenna se habían conocido en la Academia, y durante cinco años ella había sido su apoyo incondicional. La abuela de Arthur, doña Margarita Inés De Loyola, había fallecido en ese periodo, y Lenna había sido el ancla de Arthur en el dolor, una mujer de estructura que contrastaba con su caos creativo. Aunque Arthur nunca fuese el novio perfecto, su atractivo y belleza lo convertían en un Don Juan intermitente, y Lenna había aprendido a ceder, beneficiándose de sus ausencias con el ballet y el arte, pagándole de igual a igual con su propia frialdad. El eco de las últimas palabras de su abuela resonaba en su cabeza, una voz fantasmal que le susurraba: -Forma una familia, ten hijos, no cometas más errores- Arthur respiró profundo, sabiendo que Lenna estaría levantada, esperándolo. Se preparó para los reproches por parte de ella y la ley del hielo por parte de él. Lo que realmente lo consumía no era Lenna, sino las preguntas que tenía para su "damita", el escozor de la herida que Katrina había abierto con su huida. Entró en la cocina, y el cruce de fuego comenzó al instante. —Bueno, hasta que apareciste, ¿dónde estabas? ¿Sabes qué hora es? —La voz de Lenna era controlada, pero con el filo de un bisturí. —No me molestes, me duele la cabeza. —Arthur esquivó la mirada, el cansancio y el conflicto interno drenando su energía. —¡Arthur! No te hagas el idiota, dime con quién estabas. —¡Estaba con unos amigos, me fui de copas! ¿Ok? —Su voz se elevó, la mentira era fácil, habitual. —Deja de mentir, eres un maldito mentiroso. Lenna avanzó, sus manos firmemente plantadas en sus caderas. —Pues no me jodas, Lenna, ¿sí? Estoy disfrutando de mis pocos días de vacaciones, salí... se me pasó la hora, lo siento. —Arthur fue hacia la cafetera y se preparó un café bien cargado, el aroma amargo era un alivio químico. Tomó la taza y se dirigió a la habitación, cerrándose al conflicto. Una vez a solas, agarró su celular y la ansiedad lo dominó. Le envió un w******p a Katrina: -Hola, por qué te fuiste, desperté y ya no estabas-. El mensaje se envió con una sola tilde, indicando que ella no estaba conectada. La llamó, y solo atendió el buzón de voz: -Soy Arthur, no entiendo qué te pasó, cuando escuches el mensaje por favor respóndeme- —¿Qué pasa, ella no te responde? —Lenna se asomó a la puerta, su rostro duro, su intuición afinada. Arthur solo la miró, la furia contenida en sus ojos. No podía apartar de su mente las imágenes de Katrina de la noche anterior, su sonrisa nerviosa bajo las luces de Londres, la forma en que su cuerpo se había rendido, la primera vez que la había escuchado gemir, disfrutar, decir su nombre y darle placer a él. Su perfume, una mezcla de flores silvestres y motel barato, aún estaba impregnado en su cuerpo, un traidor silencioso. Él se tapó la cabeza con la almohada. Lenna se fue, dejando el silencio envenenado. A la medianoche, Arthur no pudo soportarlo más. El miedo irracional de que ella se hubiera ido, que hubiera usado su momento de debilidad para escapar del contrato, lo impulsó a conducir de vuelta a la Academia. Llamó a la puerta del Apartamento 225. Ella no contestó de inmediato. —Abre, Katrina, sé que estás ahí. —Su voz era una orden silenciosa, teñida de desesperación. Ella abrió la puerta, su rostro angelical de nuevo frío y defensivo. —Buenas noches. Arthur entró, cerrando con un golpe sordo la puerta a sus espaldas. —¿Qué pasó que te fuiste en la madrugada? —No me sentía bien. —No te creo, ¿por qué te fuiste? —Arthur la tomó del brazo y la puso contra la mesa de la cocina, el mismo lugar donde habían cerrado su trato inicial. —Ya le dije que no me sentía bien. —¡Me usaste! Te reíste de mí, te conté cosas de mi vida y te hiciste la estúpida y te fuiste. —La acusación era un reflejo de su propia vulnerabilidad. —¡No! Yo no soy como usted. ¿Cuántas noches me tomó a la fuerza y me hizo suya? Después... después me dejó sola y se fue.-Katrina lo enfrentó, la voz temblando, pero firme. Arthur la miró con una mezcla de odio y reconocimiento —Sabes que tengo una vida. —Yo también quiero tener una, pero no así. Usted es mi profesor y yo su alumna. —Nosotros teníamos un trato, Katrina. —Lo sé, y lo cumpliré. —No, ya no me interesa. Ahora veremos cómo solventas tus gastos aquí. —La amenaza era devastadora. —No me hagas esto, por favor. —¿Entonces por qué te fuiste y me dejaste solo? ¡Habla! —No, no grites, por favor, no me gusta cuando gritas. —Los ojos verdes de Katrina se humedecieron, el recuerdo del abuso familiar brillaba en ellos. —Deja de llorar, ¡me tienes harto! —Arthur golpeó con su puño la mesa, el impacto resonó en el silencio, la violencia del sonido era un reflejo del grito de su propio padre en la infancia de Katrina. —¡Basta, no me grites! —Ella se tapó los oídos y se apoyó contra la pared, cayendo en el pánico. —Lo siento, yo... yo no sé qué me pasó. —Arthur se acercó a ella, su furia rota por la visión de su terror y su propia monstruosidad intentó abrazarla. —No, no me toques. Ya no más, no quiero esto, no quiero que me toques. Arthur se alejó, el rechazo físico era una daga helada. Tomó su chaqueta, su rostro una máscara de dolor y orgullo herido, y salió de la habitación. Ella cayó desplomada en el piso de la cocina, con su cabeza apoyada en la pared, llamándolo en silencio y pidiéndole perdón. —Arthur... perdón... perdón
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