William El sonido del cerrojo fue distinto esta vez, posiblemente porque lo esperaba. No era el chirrido áspero de antes, ni el golpe brusco del guardia trayendo comida. Era más limpio, más firme. Como si alguien, del otro lado, supiera que algo definitivo estaba por suceder. Me levanté sin preguntar. Ya no hacía falta. Caballero había cumplido su palabra. Regresó con una carpeta bajo el brazo y una media sonrisa que no alcanzaba a sus ojos. Su tono era sereno, como siempre, pero había algo distinto en su forma de estar. Una rigidez tensa. Determinación. Había presentado el requerimiento, había presionado a los contactos correctos y —aunque jamás lo admitiría en voz alta— había metido miedo donde hacía falta. Sabía moverse. Sabía negociar. Y sabía qué cuerdas apretar cuando la ley no b

