William Cuando crucé la puerta principal de las unidades operativas de nuestra comisaría, sentí que el mundo se detenía por un segundo. El murmullo habitual, el tecleo de los ordenadores, las conversaciones cruzadas… todo se congeló. Luego, como una bocanada de aire tras una asfixia, llegaron los saludos, palmadas en la espalda, sonrisas que no sabían si eran de alivio o incomodidad. Algunos agentes ni siquiera sabían que me habían detenido. Otros, como Carlos y Santi, vinieron directo hacia mí. Me abrazaron como si quisieran confirmar que era de carne y hueso, que seguía ahí. —¡j***r, qué alegría verte, jefe! —soltó Carlos, con los ojos vidriosos, aunque trataba de disimularlo con su tono burlón—. Pensé que ibas a salir en las noticias… con una bolsa negra en la cabeza. Yo no sonreí.

