Bernadette estaba sentada frente al escritorio, la luz del mediodía colándose a través de las cortinas de lino. La pluma descansaba en su mano derecha, mientras los dedos de la izquierda rozaban con suavidad el borde del papel. El tintero estaba abierto, y había ya una gota que había manchado el borde inferior de la hoja, como si también el papel sudara ansiedad. Frente a ella, vacía, la pregunta de Lucien flotaba aún en su memoria: «¿Qué cree que hace bella a una flor?». No podía decirle la verdad, que aquellas flores opacas y ladeadas eran un reflejo fiel de cómo se sentía. Tampoco quería parecer melancólica. Las notas que escribía, incluso aquellas que sólo dejaba para ella misma, le producían ahora una vergüenza extraña. Desvió la mirada hacia un lateral del escritorio, donde estaban

