El despacho estaba en penumbra. Lucien no había encendido las lámparas ni abierto las cortinas. La luz que entraba era la del atardecer, tamizada por las pesadas cortinas de terciopelo, suficiente para ver el reflejo ámbar de su copa y el papel blanco que sostenía entre los dedos. No era una nota extensa, ni rebuscada, pero había algo en ella que no dejaba de releer. Pasó la yema del pulgar sobre la caligrafía. Había una precisión silenciosa en cada línea, como si cada trazo hubiese sido meditado con el mismo cuidado con el que se coloca una pieza de porcelana en una vitrina. La letra "A" le llamó la atención. Bernadette la trazaba con un ángulo muy cerrado, elegante, pero distinto. Ese pequeño detalle le parecía ahora profundamente íntimo. Le dio un trago lento a su copa, sin quitar los

