La seda del camisón se deslizaba por los muslos, un susurro que acompañaba cada movimiento en la penumbra. La alcoba, iluminada solo por la vela titilante, era un santuario de terciopelo y mármol, donde el deseo ardía más que el brandy en la garganta de Silas. Bernadette, con los ojos verdes brillando, respondió al beso feroz de su esposo, sus labios cediendo al hambre de él. —Oh, esposa mía. Esta noche será mejor que la primera—había dicho Silas, y ella, decidida a ser deseada, dejó que las lecciones de Madame Vivienne guiaran su cuerpo. Vivienne le había enseñado a no esperar siempre, a saber cuándo tomar las riendas. Esta era una de esas veces. Lo miró directo a los ojos, intensa. No tenía palabras, pero sí mirada, y esa mirada hablaba. Con un gesto lento, se pasó la mano por el p

