El doctor permanecía al lado izquierdo del lecho, con dos dedos posados en la muñeca de Bernadette y la vista fija en el segundero del pequeño reloj que llevaba sujeto al chaleco. Silas, al otro lado, sostenía el borde del colchón con una mano, como si temiera que el sueño —ese mar denso en el que ella había naufragado días— volviera a reclamarla si él se alejaba un instante. Los ojos de Bernadette, agrandados por la fiebre ya vencida, se mantenían abiertos con una disciplina que parecía sobrehumana. Parpadeaba lento, dos, tres veces, y volvía a anclar la mirada en la luz, rechazando la tentación de cerrarlos. No se sentía a salvo. No mientras la casa respirara el mismo aire que su verdugo. Silas inclinó el cuerpo y tomó su mano. Estaba tibia y ligera, casi sin peso. La acercó a sus lab

