La casa dormía. El silencio era tan profundo que hasta el crujir de las viejas vigas parecía un susurro culpable. Silas había esperado esa hora, la de los hombres que no quieren testigos. Solo él y el mayordomo, con un farol cubierto para que su luz no delatara sus pasos, atravesaron los pasillos alfombrados hacia el ala de servicio. Empujó la puerta de la habitación de Ana con brusquedad. La criada, adormilada, apenas alcanzó a incorporarse cuando el mayordomo le cubrió la boca con un paño. Su grito ahogado quedó atrapado entre la tela y el miedo. —Levántala —ordenó Silas, la voz grave, contenida, sin un ápice de compasión. La tomaron de los brazos y la arrastraron fuera. El piso de piedra le arrancaba un quejido cada vez que su pie descalzo golpeaba el frío. Ana intentó resistirse, p

