Habían transcurrido varios días desde la última visita del doctor. Bernadette, recluida en la penumbra de su habitación, parecía haberse hundido en un letargo que nada perturbaba. Silas, de pie junto a la ventana, observaba con el ceño fruncido la figura inmóvil sobre la cama. La fiebre, que lo había tenido inquieto al principio, se había desvanecido… pero ella no abría los ojos más que unos instantes, apenas un parpadeo antes de volver a sumirse en un sueño profundo. Cuando el doctor llegó, Silas lo recibió en la antesala con un gesto sombrío. —La fiebre ha desaparecido —dijo, casi como si fuera un consuelo—, pero… no despierta. El médico alzó la cabeza bruscamente. —¿Cómo que no despierta? Silas se apartó para dejarlo pasar, y el doctor cruzó la habitación con pasos rápidos. Examinó

